9. Huon consulta con sus capitanes
—Bien, bien, caballeros. Supongo que sólo se tratará de alguna clase de revuelta civil.
La voz dorada provino del arrugado cuello, y los intensos ojos negros miraban de un lado a otro, hacia las máscaras reunidas ante él.
—Es una traición, noble monarca —dijo una máscara mantis, cuyo portador llevaba el uniforme sucio, y cuya máscara aparecía quemada por una lanza de fuego.
—Es una guerra civil, gran emperador —resaltó otro.
—Y están a punto de vencernos —murmuró el hombre situado al lado del anterior, casi hablando consigo mismo—. No estábamos preparados para esto, excelso gobernante.
—Claro que lo estabais. Totalmente. Os acuso por ello a todos… y también a nos.
Hemos sido engañados. —Los ojos se movieron con lentitud por entre los capitanes reunidos—. ¿No está Kalan entre vosotros?
—No, gran señor. —¿Y Taragorm? —preguntó con suavidad la dulce voz.
—Taragorm tampoco está presente, rey todopoderoso.
—Vaya… Y algunos de vosotros creéis haber visto a Meliadus en el buque insignia…
—En compañía de la condesa Flana, magnífico emperador.
—Eso tiene lógica. Sí, en efecto, hemos sido engañados. Pero no importa…, supongo que el palacio está bien defendido, ¿no es cierto?
—Sólo una gran fuerza podría atreverse a intentar ocuparlo, señor del mundo.
—Pero ¿y si ellos disponen de una gran fuerza? ¿Y si cuentan con la ayuda de Kalan y de Taragorm, que son capaces de proporcionarles otros poderes? ¿Estamos preparados para resistir un asedio, capitán? —preguntó Huon, dirigiéndose al capitán de la guardia Mantis, que inclinó la cabeza.
—En cierta medida, excelente príncipe. Pero algo así no tiene ningún precedente.
—Eso es cierto. Quizá debiéramos salir en busca de refuerzos.
—Tendrían que acudir desde el continente —informó el capitán—. Todos los barones leales se encuentran allí… Adaz Promp, Breñal Farun, Shenegar Trott…
—Shenegar Trott no está en el continente —dijo con amabilidad el rey Huon—. … Jerek Nankenseen, Mygel Holst…
—Sí, sí, sí…, conozco los nombres de nuestros barones. Pero ¿podemos estar seguros de que son leales?
—Yo así lo supondría, gran rey–emperador, puesto que sus hombres han perecido hoy en combate. Si estuvieran aliados con Meliadus, sin duda alguna le habrían apoyado los que son leales a su orden.
—Vuestra suposición es probablemente cierta. Muy bien…, llamad a los lores de Granbretan. Decidles que deben traer consigo todas las tropas de que dispongan, y que deben hacerlo con la mayor rapidez posible. Decidles que nos encontramos en una situación inconveniente. Será mejor que el mensajero se marche desde los tejados del palacio. Tenemos entendido que aún disponemos de varios ornitópteros.
Desde alguna parte les llegó, apagado y distante, un rugido que parecía provenir de un cañón de fuego, y la sala del trono retembló ligeramente.
—Una situación extremadamente inconveniente —añadió el rey–emperador con un suspiro—. ¿Cuáles estimáis que han sido las ganancias de Meliadus durante la última hora?
—Se han apoderado de casi toda la ciudad, a excepción del palacio, excelente monarca.
—Siempre he sabido que era el mejor de mis generales.