6. La batalla de Camarga

—No se extienden ni hacia el este ni hacia el oeste —dijo Bowgentle una mañana, unos dos meses más tarde—, sino que avanzan directamente hacia el sur. No cabe la menor duda, conde Brass, de que se han dado cuenta de la verdad y tienen el propósito de vengarse de vos.

—Quizá su venganza vaya dirigida contra mí —dijo Hawkmoon desde donde estaba sentado, en un cómodo sillón situado junto al fuego de la chimenea—. Si yo saliera a su encuentro, es posible que se dieran por satisfechos. No cabe la menor duda de que me consideran un traidor.

—Por lo que conozco al barón Meliadus —dijo el conde Brass sacudiendo la cabeza—, creo que ahora desea la sangre de todos nosotros. El y sus lobos marchan al frente de los ejércitos. No se detendrán hasta que no hayan llegado a nuestras fronteras.

Von Villach se volvió desde la ventana donde había estado mirando la ciudad.

—Dejadlos acercarse. Los borraremos de un plumazo, del mismo modo que el mistral se lleva las hojas de los árboles.

—Esperemos que así sea —dijo Bowgentle con expresión de duda—. Sus fuerzas son masivas. Da la impresión de que están ignorando por primera vez sus tácticas habituales. —¡Qué tontos! —exclamó el conde Brass—. Siempre les he admirado por la forma en que solían extenderse, describiendo un amplio semicírculo. De ese modo, siempre podían reforzar su retaguardia antes de avanzar. Ahora se van a encontrar con territorios todavía no conquistados situados en sus dos flancos, y también con ejércitos enemigos capaces de cortarles la retaguardia. Si les derrotamos lo pasarán muy mal para poder retirarse. La sed de venganza que siente el barón Meliadus contra nosotros le ha privado de su buen sentido.

—Pero si ganan —dijo Hawkmoon con suavidad—, habrán creado un camino de penetración que llegará de un océano a otro, y de ese modo el resto de sus conquistas será más fácil.

—Es posible que Meliadus justifique su acción de ese modo —admitió Bowgentle—.

Me temo que podría tener razón al anticipar tal desenlace. —¡Tonterías! —gruñó Von Villach —. Nuestras torres resistirán los embates de Granbretan.

—Han sido diseñadas para resistir un ataque por tierra —señaló Bowgentle —. Pero no hemos tenido en cuenta las naves aéreas del Imperio Oscuro.

—Disponemos de nuestro propio ejército aéreo —observó el conde Brass.

—Sí, pero los flamencos no son de metal —replicó Bowgentle. Hawkmoon se levantó de su asiento. Seguía llevando el peto de cuero negro y los grebones que le había entregado Meliadus. El cuero crujió al moverse.

—Dentro de unas pocas semanas, los ejércitos del Imperio Oscuro estarán ante nuestras puertas —dijo —. ¿Qué preparativos debemos hacer?

—En primer lugar, debemos estudiar esto —dijo Bowgentle tocando el gran mapa que llevaba enrollado bajo el brazo.

—Extendedlo sobre esa mesa —dijo el conde Brass señalándola.

Cuando Bowgentle extendió el mapa, utilizando copas de vino para sostener las esquinas, el conde Brass, Hawkmoon y Von Villach se reunieron a su alrededor. El mapa mostraba los territorios de Camarga, así como algunos cientos de kilómetros de la tierra que los rodeaba.

—Sus ejércitos avanzan siguiendo más o menos la orilla oriental del río —dijo el conde Brass indicando la ondulante línea del Ródano—. Por lo que nos ha dicho el mensajero, dentro de una semana deberían estar aquí. —Su dedo señaló las colinas que rodeaban Cevennes—. Debemos enviar exploradores para asegurarnos de conocer todos sus movimientos con anticipación. Después, cuando lleguen a los límites de nuestro territorio, deberemos agrupar todas nuestras fuerzas exactamente en la posición correcta.

—Es posible que envíen por delante a sus ornitópteros —señaló Hawkmoon —. ¿Qué haremos entonces?

—Mantendremos en el aire a nuestros propios exploradores aéreos, y de ese modo podremos descubrirlos anticipadamente —gruñó Von Villach—. Y las guarniciones de las torres podrán entendérselas con ellos si los flamencos no pueden.

—Nuestras fuerzas actuales son escasas —observó Hawkmoon—, de modo que dependeremos casi por completo de esas torres, que tendrán que limitarse a desarrollar una acción netamente defensiva.

—Eso es todo lo que necesitamos hacer —puntualizó el conde Brass—. Esperaremos dentro de nuestras fronteras, distribuyendo fuerzas de infantería para rellenar los huecos existentes entre las torres, y utilizaremos heliógrafos y otros señalizadores para dirigir la potencia de fuego de las torres hacia donde más se necesite.

—De ese modo sólo vamos a intentar detener su ataque contra nosotros —dijo Bowgentle con una ligera entonación sarcástica—. No tenemos más intención que la de resistir.

—Exactamente, Bowgentle —admitió el conde Brass mirándole y frunciendo el ceño—.

Seríamos unos estúpidos si pretendiéramos atacarles… Somos demasiado pocos contra muchos. Nuestra única esperanza de supervivencia consiste en depender de las torres y demostrarle al rey–emperador y a sus lacayos que en Camarga podemos resistir cualquier cosa que intente, ya se trate de una batalla abierta o de un largo asedio, o de un ataque por tierra, mar o aire. Sería una insensatez extender nuestras fuerzas más allá de nuestras fronteras. —¿Y qué decís vos, amigo Hawkmoon? —preguntó Bowgentle —. Sois el único que tenéis experiencia de combate con el Imperio Oscuro.

Hawkmoon guardó un momento de silencio, consultando el mapa.

—Comprendo el sentido de la táctica del conde Brass —dijo al fin—. He aprendido a costa mía que no se puede plantear una batalla abierta contra Granbretan. Pero se me ocurre pensar que podríamos hacer algo para inclinar un poco más la balanza a nuestro favor, siempre y cuando pudiéramos elegir el terreno donde librar la batalla. ¿En qué lugar son más fuertes nuestras defensas?

Von Villach señaló una zona situada al sudeste del Ródano.

—Aquí es donde las torres son más sólidas y el terreno es más abrupto, lo que permitiría agruparse a nuestros hombres. El terreno en el que tendrá que luchar el enemigo, por el contrario, está lleno de marismas en esta época del año, y eso les causaría algunas dificultades. —Se encogió de hombros y añadió—: Pero ¿de qué sirve discutir lo que más nos gustaría? Serán ellos los que elijan el punto del ataque, no nosotros.

—A menos que se les pueda atraer hacia esa zona —puntualizó Hawkmoon—. ¿Cómo lo conseguiríais? ¿Desencadenando una tormenta de cuchillos? —preguntó el conde Brass sonriendo.

—Algo así —admitió Hawkmoon—. Con la ayuda de un par de cientos de guerreros montados… que nunca aceptarían entablar una batalla abierta. Un grupo de combate capaz de aguijonear constantemente sus flancos podría desviarlos, con un poco de suerte, hacia esa zona, del mismo modo que los perros conducen a los toros. Al mismo tiempo, los tendríamos siempre a la vista y podríamos enviaros mensajes, de modo que supierais en todo momento dónde se encuentran exactamente.

El conde Brass se acarició el bigote y miró a Hawkmoon con una expresión de respeto.

—Ésa es una de mis tácticas preferidas. Quizá, después de todo, esté actuando a mis años de un modo excesivamente prudente. Si fuera más joven, probablemente habría imaginado un plan bastante similar. Podría funcionar, joven Hawkmoon, siempre y cuando tuviéramos bastante suerte.

—Ah… —exclamó Von Villach aclarándose la garganta—. Suerte y perseverancia. ¿Os dais cuenta de lo que estáis hablando, muchacho? Habrá muy poco tiempo para dormir, y tendréis que estar en guardia en todo momento. Lo que estáis considerando representa una tarea muy penosa. ¿Seréis lo bastante hombre como para llevarla a cabo? ¿Y podrán soportarla los soldados que os llevéis? Además, hay que considerar la acción de las máquinas voladoras…

—Sólo necesitaremos vigilar cuidadosamente a sus exploradores —dijo Hawkmoon—, ya que golpearemos y huiremos antes de que pueda levantar el vuelo la mayor parte de su fuerza aérea. Vuestros hombres conocen bien el terreno… y saben dónde ocultarse.

—Debemos hacer otra consideración —dijo Bowgentle apretando los labios—. La razón por la que avanzan a lo largo del río es para estar cerca de su línea de suministros fluvial.

Utilizan el río para acarrear provisiones, utillaje, máquinas de guerra, ornitópteros…, lo cual, a su vez, explica por qué se están moviendo con tanta rapidez. ¿Cómo se les va a poder inducir a abandonar ese esquema con todo su bagaje?

Hawkmoon lo pensó durante un rato y por fin sonrió burlonamente.

—No es una pregunta tan difícil de contestar —dijo—. Escuchadme…

Al día siguiente, Dorian Hawkmoon salió a cabalgar por las salvajes marismas, con lady Yisselda a su lado. Habían pasado mucho tiempo juntos desde su recuperación, y él se sentía profundamente atraído hacia ella, a pesar de que parecía dedicarle muy poca atención. En cuanto a Yisselda, se contentaba con permanecer cerca de él, aunque a veces experimentaba cierto resentimiento por el hecho de que él no le hiciera ninguna demostración de afecto. No sabía que eso era precisamente lo que él más deseaba hacer, pero que sentía por ella una cierta responsabilidad que le obligaba a controlar su deseo natural de cortejarla. Sabía que en cualquier momento de la noche o del día podía convertirse de pronto en una criatura babeante y sin mente, totalmente privada de su humanidad. Vivía sabiendo constantemente que el poder de la Joya Negra podía traspasar los límites entre los que había sido encerrada por el hechizo del conde Brass, y que poco después de que eso sucediera, los lores de Granbretan darían a la joya toda su fuerza vital para que le devorara la mente.

Así pues, no le dijo que la amaba y que había sido precisamente ese amor el que se había agitado primero en su mente más profunda, gracias a lo cual el conde Brass le había perdonado la vida. Ella, por su parte, era demasiado tímida como para hablarle de su propio amor.

Cabalgaron juntos sobre las marismas, experimentando la sensación del viento en sus rostros, envueltos en sus capas, galopando más rápidamente de lo que era aconsejable por entre los caminos semiocultos batidos por el viento, por entre los lagos y los charcos superficiales, perturbando la existencia de las codornices y los patos, haciéndoles salir volando, asustados, encontrándose con manadas de caballos salvajes a los que espantaban, alarmando igualmente a los toros blancos, galopando por las extensas playas donde las olas se deshacían en espuma blanca por entre la que chapoteaban los cascos de los caballos, bajo las sombras de las vigilantes torres, riendo y deteniendo finalmente sus monturas para contemplar el mar y gritar por encima del silbante sonido del mistral.

—Bowgentle me dijo que os marcháis mañana —dijo ella aprovechando un instante en que disminuyó la fuerza del viento y todo quedó repentinamente tranquilo.

—Sí, mañana. —Volvió hacia ella su semblante triste y después, rápidamente, se volvió de nuevo hacia el otro lado—. Mañana. Pero no tardaré en regresar.

—No permitáis que os maten, Dorian.

—No creo que mi destino sea el de caer muerto por Granhretan —replicó él, sonriendo confiadamente—. Si fuera así…, ya habría muerto varias veces.

Ella quiso decir algo pero entonces el viento volvió a soplar con furia, revolviéndole el pelo alrededor de la cara. Él se inclinó para apartarlo, sintió la suavidad de la piel en sus dedos y deseó con todo su corazón poder coger aquel rostro entre las manos y besarlo dulcemente con sus labios. Yisselda levantó la mano para coger la de él y mantenerla donde estaba, pero Hawkmoon la retiró suavemente, hizo dar la vuelta a su caballo y lo lanzó al galope, de regreso hacia el castillo de Brass.

Las nubes se arremolinaban en el cielo, por encima de los inclinados juncos y el agua ondulante de las marismas. Empezó a caer una lluvia ligera, apenas lo suficiente como para humedecer sus hombros. Después, ambos cabalgaron despacio, uno junto al otro, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Vestido con una cota de malla desde el cuello hasta los pies, con un casco de acero provisto de nariguera para protegerle la cabeza y el rostro, y armado con una larga y ancha espada que le colgaba del cinto y un amplio escudo sin insignia, Dorian Hawkmoon levantó la mano para ordenar a sus hombres que se detuvieran. Los hombres iban fuertemente armados, con arcos y flechas, hondas, algunas lanzas de fuego, hachas y lanzas, cualquier cosa capaz de ser lanzada desde cierta distancia. Las llevaban colgando de las espaldas, de las sillas de montar, de los costados; las sostenían con las manos y colgaban de sus cintos. Hawkmoon desmontó y siguió a su escolta hacia la cresta de la colina, agachándose y moviéndose con precaución.

Una vez que llegó arriba se tumbó en el suelo y miró hacia el valle que se extendía más abajo, por donde pasaba el río. Era la primera vez que veía todo el poder de los ejércitos de Granbretan.

Era como una vasta legión surgida de los infiernos que se movía lentamente hacia el sur, un batallón de infantería tras otro, un escuadrón de caballería tras otro, con todos los hombres enmascarados de tal modo que parecía como si todo el reino animal marchara contra Camarga. Altas banderolas ondeaban al viento, sobresaliendo de esta fuerza, y los estandartes de metal se balanceaban en los extremos de largas lanzas. Allí estaba el estandarte de Asrovak Mikosevaar, con su sonriente calavera en cuyo hombro aparecía un buitre, y bajo la cual se había bordado la frase ¡MUERTE A LA VIDA! La diminuta figura que se balanceaba sobre la silla, cerca del estandarte, debía de corresponder al propio Asrovak Mikosevaar. Junto al barón Meliadus, era uno de los más despiadados señores de la guerra de Granbretan. Cerca distinguió el estandarte del felino, correspondiente al duque de Vendel, gran jefe de dicha orden; más allá estaba el estandarte de lord Jarak Nankenseen, y otros muchos cientos de banderas similares, pertenecientes a otras tantas cientos de órdenes. Hasta la bandera de la Mantis se encontraba allí, aunque su gran jefe estaba ausente, pues no era otro que el propio reyemperador Huon. Pero al frente de todos ellos cabalgaba la figura de Meliadus, con su máscara de lobo, portando su propio estandarte, la figura de un lobo rampante, y hasta su propio caballo, acorazado con su armadura, parecía la cabeza de un lobo gigantesco.

La tierra se estremecía, incluso desde aquella distancia, a medida que el ejército avanzaba, y el aire portaba hasta la colina el sonido metálico del entrechocar de las armas, y un olor a sudor y a animales.

Hawkmoon no se quedó mucho tiempo contemplando el avance del ejército. Su mirada se concentró en observar más allá, donde discurría el río, lleno con un gran número de barcazas pesadamente cargadas que se apretaban unas contra otras, formando un conjunto tan espeso que casi ocultaban las aguas del río. Sonrió y le susurró al escolta que estaba a su lado:

—Eso viene muy bien para nuestro plan, ¿lo veis? Todas sus naves están juntas.

Vamos, tenemos que rodear su ejército y cruzar al otro lado desde una gran distancia a su retaguardia.

Bajaron la colina corriendo. Hawkmoon montó en su silla e hizo señas a sus hombres con la mano para que continuaran avanzando. Siguiéndole, el grupo se lanzó al galope.

Sabían que no podían perder el tiempo.

Cabalgaron durante la mayor parte del día, hasta que el ejército de Granbretan no fue más que una lejana nube de polvo hacia el sur, y el río quedó libre de embarcaciones del Imperio Oscuro. Se encontraban en una zona donde el Ródano se estrechaba y sus aguas eran más superficiales, ya que atravesaban un curso de agua artificial hecho de piedra antigua, cruzado por un bajo puente de piedra. En uno de los lados el terreno era plano, mientras que en el otro formaba un suave declive que descendía, terminando en un valle.

Cuando llegó la noche, Hawkmoon vadeó esta parte del río, inspeccionando cuidadosamente las riberas de piedra y el puente, y comprobando la naturaleza del propio lecho del río, mientras el agua se arremolinaba alrededor de sus piernas, dejándoselas heladas al penetrar por entre los intersticios de su cota de malla. El curso de agua estaba en malas condiciones. Había sido construido antes del Milenio Trágico y apenas había sido reparado desde entonces. Lo habían construido para desviar el río por alguna razón.

Ahora, Hawkmoon tenía intenciones de darle un nuevo uso.

En la orilla, esperando su señal, se habían agrupado sus lanceros, sosteniendo cuidadosamente las largas y pesadas lanzas de fuego. Hawkmoon regresó a la orilla y empezó a señalar ciertos lugares del puente y de las orillas. Los lanceros saludaron y empezaron a moverse en las direcciones que él les había indicado, levantando sus armas. Hawkmoon extendió un brazo hacia el oeste, allí donde el terreno formaba un declive y les llamó, señalándolo. Los hombres asintieron.

Cuando aún se hizo más de noche, unas llamaradas rojas empezaron a surgir de las bocas ahusadas de las armas, abriéndose paso por entre la piedra, convirtiendo el agua en vapor hirviente, hasta que todo fue caos y calor.

Las lanzas de fuego cumplieron su tarea; después, de pronto, se escuchó un gran crujido y el puente se vino abajo sobre el río enviando el agua en todas direcciones.

Ahora, los lanceros de fuego volvieron su atención hacia la ribera occidental, desprendiendo bloques que cayeron igualmente sobre las aguas, formando así una especie de represa ante la que se iba amontonando el agua.

A la mañana siguiente, el agua ya se precipitaba por un nuevo curso, en dirección ai valle, y sólo una débil corriente seguía fluyendo por lo que hasta entonces había sido el lecho original del río.

Cansados pero satisfechos, Hawkmoon y sus hombres se miraron sonrientes y montaron en sus caballos, volviendo grupas para regresar por la misma dirección por donde habían venido. Acababan de lanzar su primer golpe contra Granbretan. Y era un golpe muy efectivo.

Hawkmoon y sus soldados descansaron en las colinas durante unas pocas horas y después reanudaron la marcha hacia donde se hallaba el ejército del Imperio Oscuro.

Hawkmoon sonrió, a cubierto entre unos matorrales, sonrió al mirar hacia el valle y observar la escena de confusión que allí se desplegaba.

El río se había convertido ahora en un cenagal de barro oscuro y en medio de su cauce, como ballenas varadas en medio de una playa, estaban las barcazas de batalla de Granbretan, algunas con las proas elevadas y las popas hundidas en el barro del lecho del río, otras tumbadas de costado, con las máquinas de guerra desparramadas por cualquier parte, el ganado mugiendo de pánico y las provisiones estropeadas. Y en medio de toda aquella confusión, los soldados, chapoteando en el barro, intentaban transportar a tierra seca las cargas llenas de barro, liberar a los caballos de las cuerdas que los sujetaban, y rescatar a las ovejas, cerdos y vacas que se agitaban salvajemente entre el barro.

Hasta él llegaban los fuertes ruidos producidos por los animales y los gritos de los hombres. Las hileras ordenadas y uniformes que Hawkmoon había visto antes se habían roto ahora. En las orillas, los orgullosos caballeros se veían obligados a utilizar sus monturas como animales de carga para transportar los fardos más cerca de tierra firme.

Por todas partes se habían levantado campamentos, al darse cuenta Meliadus de la imposibilidad de continuar su avance hasta que no se hubiera recuperado toda la carga de las barcazas de transporte. Aunque se habían apostado guardias alrededor de los campamentos, todos ellos tenían puesta su atención en lo que sucedía en el río, y no en las colinas donde Hawkmoon y sus hombres esperaban pacientemente.

La tarde ya estaba muy avanzada, y como los ornitópteros no podían volar de noche, el barón Meliadus no se enteraría hasta el día siguiente de la razón exacta del repentino y sorprendente resecamiento del río. Entonces, según esperaba el propio Hawkmoon, enviaría río arriba a sus equipos de zapadores para tratar de reparar el daño; pero Hawkmoon estaría preparado para tal eventualidad.

Ahora había llegado el momento de preparar a sus hombres. Arrastrándose, retrocedió, bajando hacia la depresión que formaba la colina, donde sus hombres vivaqueaban, y conferenció con sus capitanes. Tenía el proyecto de perseguir un objetivo particular que confiaba ayudaría a desmoralizar a los guerreros de Granbretan.

Cayó la noche y, a la luz de las hogueras, los hombres del valle continuaron su trabajo, moviendo a mano las pesadas máquinas de guerra, dirigiéndolas poco a poco hacia la orilla, y transportando cajas de provisiones hacia las elevadas orillas del río. Meliadus, cuya impaciencia por llegar a Camarga no permitía descanso alguno a sus hombres, cabalgaba entre los agotados y sudorosos soldados, urgiéndoles a darse prisa. Detrás de él se levantaban los estandartes de cada orden, rodeados por un gran círculo de tiendas, aunque muy pocas de ellas estaban ocupadas en aquellos momentos, ya que la mayor parte del ejército seguía dedicado al trabajo.

Nadie descubrió las sombras de los guerreros montados cuando éstos se aproximaron.

Los caballos descendieron suavemente de las colinas y cada jinete iba envuelto en una capa oscura.

Hawkmoon detuvo su caballo y se llevó la mano derecha al costado izquierdo, de donde colgaba la fina espada que Meliadus le había entregado. La desenvainó, levantándola por un momento en el aire y después señaló con su punta hacia el frente.

Era la señal para lanzarse a la carga.

Sin lanzar gritos de guerra, produciendo únicamente el sonido del retumbar de los cascos de los caballos y el tintineo metálico de sus armas y arneses, los camarguianos se lanzaron al ataque, conducidos por Hawkmoon, inclinado sobre el cuello de su animal, que se abalanzó directamente contra un sorprendido guardia. La espada alcanzó al hombre en el cuello y el guardia se derrumbó con un sonido gorgoteante. Cruzaron por entre las primeras tiendas, cortando las cuerdas que las sostenían, destrozando a los pocos hombres armados que intentaron detenerles, sin que los granbretanianos tuvieran la menor idea de quiénes les estaban atacando. Hawkmoon llegó al centro del primer círculo, y su espada trazó un amplio arco, dando un golpe cortante sobre el estandarte que se elevaba allí, perteneciente a la orden del Perro. El palo que lo sostenía crujió, gimió y finalmente cayó sobre una de las hogueras levantando una gran cantidad de chispas.

Hawkmoon no se detuvo a mirar; espoleó a su caballo hacia el centro del enorme campamento. En la orilla del río no cundió la alarma, pues era tal el ruido producido por los propios granbretanianos, que no pudieron escuchar el que estaban creando los invasores.

Tres hombres con sus corazas a medio poner se dirigieron contra Hawkmoon. Tiró del caballo hacia un lado e hizo oscilar su espada a derecha e izquierda, deteniendo los golpes que le dirigían y logrando desarmar a uno de ellos. Los otros dos presionaron más, pero Hawkmoon rebanó de un tajo una de las muñecas que se adelantaban contra él. El otro guerrero retrocedió y Hawkmoon se abalanzó contra él hasta que su espada le destrozó el pecho.

El caballo se encabritó y Hawkmoon se esforzó por controlarlo, obligándolo después a cruzar por entre otra hilera de tiendas, seguido por sus hombres. Salió entonces a un espacio abierto y vio que su camino se hallaba bloqueado por la presencia de un grupo de guerreros vestidos únicamente con sus ropas de dormir y armados con espadas.

Hawkmoon gritó una orden a sus hombres, que se desparramaron hacia los flancos para lanzarse en tromba contra la línea defensiva, con las espadas tendidas al frente. Casi con un solo movimiento mataron o pusieron en fuga la línea de guerreros y lograron así pasar al siguiente círculo de tiendas, donde siguieron cortando las cuerdas de aquéllas. A medida que lo hacían, las tiendas se desmoronaban sobre quienes las ocupaban.

Finalmente, con la espada reluciente de sangre, Hawkmoon se abrió paso hacia el centro de este nuevo círculo, encontrando allí lo que andaba buscando: el orgulloso estandarte de la orden de la Mantis, cuyo gran jefe era el propio rey–emperador. Había un grupo de guerreros a su alrededor poniéndose los cascos y ajustándose los escudos. Sin esperar a ver si sus hombres le seguían, Hawkmoon se lanzó hacia ellos emitiendo un poderoso grito de guerra. El brazo que sostenía la espada experimentó un fuerte estremecimiento cuando ésta golpeó contra el escudo del guerrero más cercano, que alcanzó el rostro del hombre que se protegía tras él, haciéndole retroceder, arrojando sangre por la boca destrozada. Inmediatamente, Hawkmoon lanzó la espada hacia un lado, cortando otra cabeza. Su hoja se elevaba y caía como una máquina de matar implacable. Sus hombres se le unieron ahora, haciendo retroceder más y más a los defensores que formaban un grupo cada vez más apretado alrededor del estandarte de la Mantis.

Hawkmoon hizo una mueca, se inclinó hacia adelante y, con un movimiento de la espada, le sacó a un hombre el casco de la cabeza y se la partió en dos. Después, se inclinó y arrancó el estandarte de la Mantis de donde estaba clavado en la tierra, lo levantó para mostrarlo a sus hombres e hizo dar media vuelta a su caballo, disponiéndose a cabalgar de nuevo hacia las colinas. No sería nada difícil dejar atrás los cadáveres y las tiendas destrozadas.

A su espalda, escuchó el grito de un guerrero herido: —¿Lo has visto? ¡Llevaba una joya negra incrustada en la frente!

Supo así que el barón Meliadus no tardaría en comprender quién había asaltado su campamento arrebatándole el estandarte más precioso de todo el ejército.

Se volvió hacia la dirección de donde había partido el grito, hizo ondear triunfalmente el estandarte y lanzó una risa salvaje y burlona. —¡Hawkmoon! —gritó—. ¡Hawkmoon!

Era el viejo grito de guerra de sus antepasados. Ahora, había surgido inconscientemente en sus labios, estimulado por el afán de que su gran enemigo Meliadus, el destructor de su linaje, supiera quién se le oponía.

El semental azabache que montaba se levantó sobre sus patas traseras, con los belfos abiertos y los ojos brillantes, se mantuvo así durante un instante y después descendió y se lanzó al galope por entre la enorme confusión que reinaba en el campamento.

Detrás de él cabalgaban sus guerreros montados, aguijoneados por la furiosa risa de Hawkmoon.

No tardaron en llegar de nuevo a las colinas, dirigiéndose hacia el campamento secreto que ya habían preparado. Detrás de ellos, los hombres de Meliadus se movían a ciegas de un lado a otro. Hawkmoon vio que la escena de las secas orillas del río se había hecho aún más confusa, y que las antorchas se movían apresuradamente en dirección al campamento recién asaltado.

Gracias a su perfecto conocimiento del terreno, los hombres de Hawkmoon no tardaron en distanciarse de sus perseguidores hasta que finalmente llegaron a una colina rocosa donde el día anterior habían camuflado la entrada de una gran cueva. Ahora se metieron en ella, desmontando rápidamente y volviendo a colocar el camuflaje. La cueva era enorme, y más allá había cavernas incluso mayores, lo bastante grandes como para ocultar a toda la fuerza y sus caballos. Una pequeña corriente de agua se deslizaba por la caverna más alejada, donde se habían guardado provisiones para varios días. A lo largo de todo el camino de regreso hacia Camarga se habían preparado otras cuevas similares.

Alguien encendió antorchas y Hawkmoon desmontó, dejando el estandarte de la Mantis en un rincón. Sonrió burlonamente mirando el rostro rubicundo de Pelaire, su lugarteniente.

—Mañana, Meliadus enviará zapadores a nuestra represa, una vez que los ornitópteros le hayan informado de la causa de sus dificultades. Debemos asegurarnos de que no destruyan el hermoso trabajo que hemos hecho.

—Sí —asintió Pelaire —, pero aun cuando destruyamos a un grupo, enviará a otro.

—Y a otro, sin duda alguna —admitió Hawkmoon encogiéndose de hombros—. Pero confío en su impaciencia por llegar a Camarga. Terminará por darse cuenta de que no vale la pena perder tiempo y hombres tratando de volver a encauzar el río. Entonces continuará su avance…, y si tenemos suerte y sobrevivimos, quizá podamos empujarlo hacia el sudeste de nuestras fronteras.

Pelaire había empezado a contar el número de los guerreros que habían regresado.

Hawkmoon esperó a que terminara y después preguntó: —¿Cuántas bajas hemos tenido?

—Ninguna, señor… —contestó Pelaire con una expresión de regocijo e incredulidad—. ¡No hemos perdido un solo hombre!

—Eso es un buen augurio —dijo Hawkmoon palmeando la espalda de Pelaire—. Ahora tenemos que descansar, pues mañana nos queda un largo camino que recorrer.

Al amanecer, el guardia que Hawkmoon había apostado a la entrada regresó trayendo malas noticias.

—Una máquina voladora —le informó al duque, que estaba lavándose en la corriente de agua—, ha estado describiendo círculos desde hace diez minutos, sobrevolando la zona. —¿Creéis que el piloto ha podido sospechar algo…, distinguir nuestras huellas, quizá? —preguntó Pelaire.

—Imposible —contestó Hawkmoon secándose el rostro—. Las rocas no permitirían ver nada incluso a alguien que hubiera tratado de seguirnos por tierra. Tenemos que esperar el momento más oportuno… Los ornitópteros no pueden permanecer durante mucho tiempo en el aire sin regresar a repostar.

Sin embargo, una hora más tarde, el guardia regresó para informar que el primer ornitóptero había sido sustituido por un segundo. Hawkmoon se mordió un labio y después tomó una decisión.

—Se nos acaba el tiempo. Tenemos que llegar a la represa antes de que los zapadores inicien su trabajo. Tendremos que recurrir a un plan bastante más arriesgado de lo que me había imaginado…

Rápidamente, llamó a uno de sus hombres y le habló; después, ordenó que se acercaran dos lanceros de fuego y finalmente ordenó al resto de sus hombres que ensillaran los caballos y se dispusieran a abandonar la cueva.

Un poco más tarde, un jinete solitario salió de la caverna y empezó a descender lentamente la suave pendiente rocosa.

Observando desde la caverna. Hawkmoon vio el brillo del sol reflejado en el gran cuerpo metálico de la máquina voladora, cuyas alas mecánicas se balanceaban ruidosamente en el aire al tiempo que descendía hacia el jinete solitario. Hawkmoon ya había previsto la curiosidad del piloto. Ahora hizo un gesto con la mano y los dos lanceros de fuego elevaron sus pesadas y largas armas, cuyos tubos ya empezaban a enrojecer, preparados. Las desventajas de la lanza de fuego consistían en que no se podían manejar instantáneamente, y en que a menudo se calentaban demasiado como para poderlas manejar.

El ornitóptero trazaba círculos cada vez más bajos. Los ocultos lanceros de fuego levantaron sus armas. Se pudo ver al piloto, inclinado sobre la cabina, con la máscara de cuervo dirigida hacia abajo.

—Ahora —murmuró Hawkmoon.

Las llamaradas rojas abandonaron los cañones de las lanzas como si fueran una sola.

La primera se estrelló contra la parte lateral del ornitóptero y sólo calentó un poco la armadura. Pero la segunda estalló contra el cuerpo del piloto, que empezó a arder casi instantáneamente. El piloto trató de apagar el fuego con las manos, abandonando los delicados controles de la máquina. Las alas se movieron erráticamente y el ornitóptero se retorció en el aire, se inclinó hacia un lado y se precipitó a tierra con el piloto tratando de recuperar el control. Chocó contra una colina cercana desmembrándose en trozos, con las alas todavía batiendo por un instante más, y el desgarrado cuerpo del piloto a varios metros de distancia; finalmente, se produjo un estallido y se escuchó un extraño chasquido. La máquina no se incendió pero sus fragmentos quedaron desparramados por toda la colina. Hawkmoon no comprendía las peculiaridades de la unidad de potencia utilizada por los ornitópteros, pero una de ellas era la forma en que explotaban.

Hawkmoon montó en su semental negro e hizo señas a sus hombres para que le siguieran. Pocos instantes después bajaban al galope la suave pendiente rocosa de la colina, dirigiéndose hacia la represa que habían creado el día anterior en el curso superior del río.

El día de invierno era brillante y claro, y el aire muy vigorizante. Cabalgaron con cierta confianza, alegres por el éxito alcanzado la noche anterior. Ralentizaron el paso al llegar cerca de la represa, vieron el río, que ahora seguía su nuevo curso, y observaron desde lo alto de la colina un destacamento de guerreros y zapadores, dedicados a inspeccionar el puente roto que bloqueaba el antiguo curso de agua. Después, se lanzaron a la carga, con los lanceros de fuego montados a la cabeza, firmemente apoyados en los estribos al tiempo que manejaban sus terribles armas.

Diez líneas de fuego surgieron en dirección de los sorprendidos granbretanianos, convirtiendo a los hombres en antorchas vivientes que corrían gritando en busca del agua.

El fuego se extendió por entre las filas de hombres con sus máscaras de topos y tejones, asi como por entre el destacamento de protección, con sus máscaras de buitres…, los mercenarios de Asrovak Mikosevaar. A continuación, los hombres de Hawkmoon se abalanzaron sobre ellos, y el aire se llenó con el estruendo de sus armas. Hachas ensangrentadas se elevaron en el aire, las espadas repartieron tajos a diestro y siniestro, los hombres lanzaron gritos de agonía y los caballos bufaron y relincharon, golpeando con sus cascos.

El caballo de Hawkmoon, protegido por una cota de malla, se tambaleó cuando un hombre enorme lanzó contra él una gran hacha de guerra de doble filo. El caballo cayó, arrastrando con él a Hawkmoon y atrapándole con su cuerpo. El hachero, con la cabeza cubierta por la máscara de buitre, se acercó levantando el arma sobre la cabeza de Hawkmoon. Éste sacó un brazo de debajo del cuerpo del animal. Sostenía la espada en alto, y la movió justo a tiempo para detener la mayor parte de la fuerza del golpe. El caballo volvió a incorporarse. Hawkmoon se levantó a su vez, soltó las riendas y, al mismo tiempo, se protegió del hacha que volvía a lanzarse contra él.

Las armas entrechocaron una, dos, tres veces, hasta que a Hawkmoon le dolió el brazo que sostenía la espada. Entonces, deslizó hacia un lado el mango de la espada y alcanzó con él las muñecas del hachero. Una de las manos del adversario de Hawkmoon soltó el hacha y el hombre lanzó un juramento desde el interior de su máscara. Hawkmoon le golpeó la máscara de metal con toda la fuerza de su espada, abollándola. El hombre lanzó un gemido y se tambaleó hacia atrás. Hawkmoon agarró la espada con ambas manos y la volvió a dirigir contra la cabeza. La máscara de buitre se partió, dejando al descubierto un rostro ensangrentado, cuya boca, rodeada por una barba, gritaba pidiendo piedad. Los ojos de Hawkmoon se estrecharon, pues detestaba mucho más a los mercenarios que a los propios granbretanianos. Lanzó un tercer golpe contra la cabeza, abriéndole un gran agujero y haciendo retroceder al hombre, ya muerto, que se desmoronó contra uno de sus compañeros, enzarzado en la lucha contra un jinete camarguiano.

Hawkmoon volvió a montar y dirigió a sus hombres contra los restos del destacamento de la legión Buitre, golpeando y destrozando cuerpos, sumidos todos ellos en una verdadera fiebre de sangre, hasta que sólo quedaron los zapadores, apenas armados con espadas cortas. Sin embargo, los zapadores presentaron muy poca resistencia y no tardaron en ser diezmados. Sus cuerpos quedaron tendidos sobre la represa, y algunos fueron arrastrados por las aguas que habían intentado liberar.

Mientras cabalgaban de regreso hacia las colinas, Pelaire miró a Hawkmoon y exclamó: —¡No tenéis piedad alguna, capitán!

—Así es —replicó el duque con aire ausente—. Ninguna piedad. Todos los granbretanianos o los que luchan a su favor, son enemigos míos, ya se trate de hombres, mujeres o niños.

Esta vez habían perdido ocho hombres. Habían vuelto a tener mucha suerte, teniendo en cuenta la fuerza del destacamento que acababan de destruir. Los granbretanianos estaban acostumbrados a masacrar a sus enemigos, y no estaban habituados a ser atacados de aquella manera. Quizá eso explicaba las pocas pérdidas que habían sufrido hasta el momento los hombres de Camarga.

Meliadus envió cuatro expediciones más para destruir la represa, cada una de ellas acompañada por fuerzas más y más numerosas. Todas fueron destruidas por los repentinos ataques lanzados por los jinetes de Camarga, y aún quedaban ciento cincuenta hombres de los doscientos que habían partido con Hawkmoon. Esta exigua fuerza sería suficiente para llevar a cabo la segunda parte del plan concebido por Hawkmoon: empujar a los ejércitos de Granbretan, estorbados por las máquinas de guerra y los suministros que tenían que transportar ahora por tierra, de modo que poco a poco se fueran dirigiendo hacia el sudeste.

Hawkmoon decidió no seguir atacando durante el día, cuando los ornitópteros describían grandes círculos en el cielo, sino que prefirió lanzar sus asaltos por la noche.

Sus lanceros de fuego quemaban grupos de tiendas, abrasando a sus ocupantes, mientras que sus flechas derribaban a los hombres destinados a montar la guardia alrededor de las tiendas, así como a los pequeños grupos de exploradores que salían durante el día para intentar encontrar los lugares donde los camarguianos tenían sus campamentos secretos. Las espadas apenas se secaban cuando ya tenían que ser utilizadas de nuevo. Las hachas se despuntaron a causa de su terrible trabajo, y las pesadas lanzas de Camarga empezaron a fallar. Hawkmoon y sus hombres se sentían agotados, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, ya que a veces apenas si podían desmontar de sus sillas, librándose a menudo por los pelos de ser descubiertos por los ornitópteros o las patrullas de exploradores. No obstante, se aseguraban de que el camino seguido a lo largo del río quedara lleno de cadáveres de granbretanianos.

Tal y como había supuesto Hawkmoon, Meliadus no perdió el tiempo intentando buscar a la partida de guerrilleros. Su impaciencia por llegar a Camarga era incluso superior al gran odio que abrigaba contra Hawkmoon y, sin duda alguna, pensaba que una vez se hubiera apoderado de Camarga tendría tiempo suficiente para vérselas con él.

Sólo en una ocasión estuvieron ambos lo bastante cerca como para enfrentarse directamente, cuando Hawkmoon y sus jinetes, que se movían por entre las tiendas, incendiándolas y acuchillando enemigos, ya se disponían a abandonar el campo ante la proximidad del amanecer. Meliadus montó en su caballo, se puso al frente de un grupo de su caballería de lobos, y distinguió a Hawkmoon, ocupado en aquellos momentos en despachar a dos hombres aprisionados entre una tienda caída. El barón se lanzó a la carga contra él.

Hawkmoon levantó la vista, levantó la espada para detener el golpe que le dirigía Meliadus y sonrió burlonamente, al tiempo que hacía retroceder gradualmente el arma de su enemigo.

Meliadus gruñó cuando Hawkmoon le obligó a retrocer su brazo más y más.

—Os tengo que dar las gracias, barón Meliadus —dijo Hawkmoon—. La alimentación que me dispensasteis en Londra parece haber aumentado mi fortaleza…

—Oh, Hawkmoon —replicó Meliadus con voz suave pero temblando de rabia—. No sé cómo habéis logrado escapar al poder de la Joya Negra, pero cuando me haya apoderado de Camarga y volváis a ser mi prisionero, sufriréis un destino mil veces más cruel del que habéis evitado por el momento.

De repente, Hawkmoon movió su hoja por debajo de la espada de Meliadus, hizo girar la punta con un movimiento rápido y desarmó al otro. Levantó después la espada, dispuesto a golpear, y en ese instante se dio cuenta de que se acercaba un numeroso grupo de granbretanianos.

—Lo siento, barón, pero ya es hora de marcharse. ¡Os recordaré vuestra promesa…, cuando seáis mi prisionero!

Volvió grupas y se alejó riendo, poniéndose al frente de sus hombres y sacándolos del caos que reinaba por todo el campamento. Describiendo un movimiento colérico con la mano, Meliadus desmontó para recuperar su espada. —¡Insolente! —exclamó, jurando en voz alta—. ¡Se arrastrará a mis pies antes de un mes!

Llegó el día en que Hawkmoon y sus jinetes ya no lanzaron ningún ataque más contra las fuerzas de Meliadus, sino que galoparon rápidamente a través del terreno pantanoso situado por debajo de la hilera de colinas donde les esperaban el conde Brass, Leopold von Villach y su ejército. Las altas torres oscuras, casi tan antiguas como la propia Camarga, dominaban el paisaje, cubiertas ahora de guardias cuyas poderosas armas sobresalían de casi todas las almenas.

El caballo de Hawkmoon subió la colina, aproximándose a la solitaria figura del conde Brass, quien sonrió con calidez y alivio al reconocer al joven y valeroso noble.

—Me alegro mucho de haber decidido conservaros la vida, duque de Colonia —dijo con un tono de buen humor—. Habéis realizado todo lo que planeasteis…, conservando con vida a la mayor parte de vuestras fuerzas. No estoy seguro de que yo mismo hubiera podido hacerlo mejor en mis buenos tiempos.

—Gracias, conde Brass. Ahora tenemos que prepararnos. El barón Meliadus apenas si se encuentra a medio día de marcha por detrás de nosotros.

Por debajo de donde se encontraban, en el extremo más alejado de la colina, distinguió ahora a las fuerzas de Camarga, compuestas fundamentalmente por infantería.

Eran, como máximo, unos mil hombres, una cifra ridiculamente exigua en comparación con el amplio peso de los guerreros que marchaban contra ellos. Los camarguianos se veían superados en número, en una proporción de veinte a uno, y probablemente en el doble de esa cantidad.

El conde Brass observó la expresión de Hawkmoon.

—No temáis, muchacho. Disponemos de armas mejores que las espadas para resistir esta invasión.

Hawkmoon se equivocó al creer que las fuerzas de Granbretan alcanzarían las fronteras en apenas medio día. Habían decidido acampar, antes de emprender el asalto, y no fue hasta el mediodía del día siguiente que los camarguianos vieron aproximarse las fuerzas del enemigo. Avanzaban sobre la llanura en una formación abierta. Cada escuadrón de infantería y caballería estaba formado por miembros de una orden determinada, y cada miembro de una orden estaba comprometido a defender a su compañero, ya estuviera vivo o muerto. Este sistema formaba parte de la gran fuerza de Granbretan, ya que implicaba que ningún hombre se retiraba del campo a menos que su gran jefe diera una orden expresa en tal sentido.

El conde Brass, montado en su caballo, observaba la aproximación del enemigo. A un lado tenía a Dorian Hawkmoon y al otro a Leopold von Villach. El conde Brass, en el centro, daría las órdenes. «Ahora, la batalla empieza en serio», pensó Hawkmoon. Y resultaba difícil comprender cómo podrían ganar. ¿Acaso el conde Brass estaba sintiendo una confianza desmesurada?

La poderosa aglomeración de guerreros y máquinas se detuvo finalmente a unos ochocientos metros de distancia; entonces, dos figuras se apartaron del cuerpo principal del ejército y empezaron a cabalgar hacia la colina. A medida que se acercaban, Hawkmoon reconoció el estandarte del barón Meliadus, y un momento más tarde se dio cuenta de que una de las figuras era el propio Meliadus, que avanzaba acompañado de su heraldo. Sostenía un megáfono de bronce, simbolizando así el deseo de parlamentar pacíficamente.

—No creo que se vaya a rendir…, ni que espere nuestra rendición —comentó Von Villach con un tono de malhumor.

—Sin duda alguna se trata de uno de sus trucos —dijo Hawkmoon sonriendo—. Es muy famoso por ellos.

Al observar la naturaleza de la sonrisa de Hawkmoon, el conde Brass le aconsejó:

—Llevad cuidado con ese odio, Dorian Hawkmoon. No permitáis que se apodere de vuestro buen juicio, tal y como le sucede a Meliadus.

Hawkmoon se limitó a mirar delante de él y no dijo nada.

Entonces, el heraldo se llevó el pesado megáfono hacia los labios.

—Hablo en nombre del barón Meliadus, gran jefe de la orden del Lobo, primer capitán de los ejércitos al mando del muy noble rey–emperador Huon, gobernante de Granbretan y destinado a ser el gobernante de toda Europa.

—Decidle a vuestro amo que se quite la máscara y hable él mismo —gritó el conde Brass.

—Mi amo os ofrece una paz honorable. Si os rendís ahora, promete que no matará a nadie y que sólo se limitará a nombrarse como gobernador de vuestra provincia, en nombre del rey Huon, para que se haga justicia y se imponga el orden en este revoltoso territorio. Os ofrecemos clemencia. Si os negáis, toda Camarga será destruida, todo será incendiado y las mareas se llevarán los restos. El barón Meliadus dice que sabéis muy bien que tiene el poder para hacerlo así, y que vuestra resistencia será la responsable de la muerte de todo vuestro pueblo y de vos mismo.

—Decidle al barón Meliadus, que se esconde tras su máscara, demasiado avergonzado para hablar por sí mismo, puesto que sabe que es un canalla desagradecido que ha abusado de mi hospitalidad, y a quien yo mismo he derrotado en una justa lucha decidle que bien podría suceder lo contrario: que fuéramos nosotros quienes le matáramos a él y a todos los de su clase. Decidle que es un perro cobarde, y que ni siquiera mil como él serían capaces de derribar a uno de nuestros toros. Decidle que nos burlamos de su oferta de paz, por considerarla un truco más… algo tan evidente que hasta un niño lo comprendería. Decidle que aquí no necesitamos ningún gobernador, que nos gobernamos nosotros mismos y a nuestra entera satisfacción. Decidle…

El conde Brass no pudo dejar de lanzar una sonora risotada cuando el barón Meliadus volvió grupas con un gesto de cólera y, con el heraldo pegado a sus talones, galopó de regreso hacia donde aguardaban sus hombres.

Esperaron durante un cuarto de hora y entonces vieron que los ornitópteros se elevaban en el aire. Hawkmoon lanzó un suspiro. En otra ocasión ya había sido derrotado por aquellas máquinas voladoras. ¿Volvería a ser derrotado por segunda vez?

El conde Brass levantó su espada a modo de señal y se escuchó un gran sonido de aleteo. Hawkmoon miró hacia atrás y vio que los flamencos escarlata levantaban el vuelo, con sus gráciles movimientos muy superiores en belleza, en comparación con los torpes movimientos de los ornitópteros de metal que los parodiaban. Elevándose vertiginosamente en el cielo, los flamencos escarlata aletearon en dirección de los ornitópteros metálicos, con sus jinetes montados en las altas sillas, cada uno de ellos armado con una lanza de fuego.

Los flamencos ganaron altura con facilidad y no tardaron en hallarse en mejor posición, aunque resultaba difícil creer que pudieran igualar a las máquinas de metal, por muy torpes que éstas fueran. Rojos chorros de fuego, apenas visibles desde la distancia, envolvían los costados de los ornitópteros, y uno de los pilotos fue alcanzado de lleno, muriendo casi instantáneamente y cayendo de su máquina. El ornitóptero, sin piloto, siguió batiendo las alas y entró en barrena, cayendo en la marisma situada bajo la colina.

Hawkmoon vio un ornitóptero que disparaba su doble cañón de fuego contra un flamenco y su jinete. E! pájaro escarlata dio un brinco en el aire, describió una vuelta de campana y se estrelló contra el suelo entre un verdadero diluvio de plumas. El aire estaba caliente y las máquinas voladoras hacían mucho ruido, pero la atención clel conde Brass se dirigía ahora hacia la caballería granbretaniana, que avanzaba hacia la colina, lanzada a la carga.

Al principio, el conde Brass no hizo el menor movimiento, sino que se limitó a observar la enorme oleada de jinetes a medida que se acercaba más y más. Después, levantó de nuevo la espada y gritó: —¡Torres… abran fuego!

Las toberas de algunas de las desconocidas armas se volvieron hacia los jinetes enemigos y produjeron un sonido agudo que Hawkmoon creyó le iba a hacer estallar la cabeza, pero no vio que nada saliera de aquellas armas. Entonces, se dio cuenta de que los caballos se encabritaban en cuanto llegaban a la zona cubierta por las marismas. A continuación, los caballos corcovearon, con los ojos muy abiertos y la espuma saliéndoles de los belfos. Los jinetes fueron desmontados hasta que la mitad de la caballería se encontró con sus hombres desparramados por encima del traicionero barro de las marismas, tratando de controlar a sus animales.

El conde Brass se volvió a mirar a Hawkmoon.

—Un arma que emite un rayo invisible capaz de transportar el sonido. Sólo escucháis una parte del que produce…, pero los caballos lo experimentan con toda intensidad. —¿Debemos lanzarnos ahora a la carga? —preguntó Hawkmoon.

—No, no hay necesidad. Esperad y contened vuestra impaciencia. Los caballos caían, rígidos, perdido el sentido.

—Desgraciadamente, al final los mata —dijo el conde Brass.

La mayor parte de los caballos no tardó en hallarse entre el barro, mientras sus jinetes maldecían y trataban de vadear las marismas para ganar tierra firme, donde permanecieron, sin saber qué hacer.

Por encima de ellos, los flamencos aleteaban y rodeaban a los ornitópteros, compensando con su gracilidad de movimientos lo que les faltaba en poder y fortaleza.

Pero muchos de los pájaros gigantes estaban cayendo, en mayor número que los ornitópteros.

Grandes piedras empezaron a caer entonces cerca de las torres.

—Las máquinas de guerra están utilizando sus catapultas —gruñó Von Villach—. ¿No podríamos…?

—Paciencia —le interrumpió el conde Brass, aparentemente imperturbable.

En ese momento, una gran bola de fuego se dirigió hacia ellos, yendo a chocar contra la torre más cercana. Hawkmoon señaló hacia el frente enemigo:

—Es un cañón de fuego… el mayor que he visto jamás. ¡Nos va a destruir a todos!

El conde Brass se dirigió hacia la torre sometida al ataque. Le vieron desmontar y entrar en la construcción, que parecía condenada. Momentos más tarde, la torre empezó a girar sobre sí misma, cada vez con mayor rapidez, y Hawkmoon observó, lleno de asombro, que estaba desapareciendo bajo tierra, mientras las llamas se extinguían inofensivamente sobre ella. Él cañón dirigió entonces su atención hacia la torre contigua y, al hacerlo, ésta empezó a girar a su vez y a descender hacia el suelo, al tiempo que la forre anterior surgía de nuevo de la tierra, se detenía y abría fuego contra el cañón con un arma montada sobre sus almenas. Este arma tenía un brillo verde y púrpura, y mostraba forma acampanada. De ella salieron volando una serie de objetos blancos y redondos que cayeron cerca del cañón de fuego. Hawkmoon vio como aquellos objetos rebotaban entre los artilleros que manejaban el cañón. Entonces, su atención se desvió hacia un ornitóptero que se estrelló cerca de donde se encontraba, lo que le obligó a volver grupas y galopar a lo largo de la cresta de la colina, hasta hallarse lo bastante lejos de la unidad de fuerza que debía de estar a punto de explotar. Von Villach se le unió enseguida. —¿Qué son esas cosas? —le preguntó Hawkmoon.

Pero Von Villach sacudió la cabeza, tan extrañado como su camarada.

Hawkmoon se dio cuenta entonces de que habían dejado de surgir esferas blancas y de que el cañón de fuego ya no disparaba. El centenar de guerreros que antes había estado actuando alrededor del cañón tampoco se movía. Con un estremecimiento, Hawkmoon se dio cuenta de que todos habían quedado helados. Ahora, el arma de forma acampanada siguió lanzando esferas blancas, que cayeron cerca de las catapultas y otras máquinas de guerra de Granbretan. Poco después, los servidores de todas estas piezas también habían quedado helados, y dejaron de caer rocas cerca de las torres.

El conde Brass abandonó la torre en la que había entrado, montó sobre su caballo y cabalgó para unirse a ellos.

—Aún nos quedan por desplegar otras armas ante esos estúpidos —dijo.

—Pero ¿podrán hacer retroceder a un ejército tan numeroso? —preguntó Hawkmoon.

Porque, ahora, la infantería había empezado a moverse, y su contingente era tan enorme que no parecía que pudiera haber armas lo bastante poderosas como para detener su avance.

—Ya veremos —replicó el conde Brass señalando una atalaya que se elevaba sobre una torre cercana.

Por encima de ellos, el aire estaba ennegrecido por las aves y las máquinas enzarzadas en la lucha y el trazo de las llamaradas cruzaba los cielos, así como piezas de metal y plumas ensangrentadas, que caían a su alrededor. Resultaba imposible saber qué bando estaba ganando la batalla aérea.

La infantería ya estaba casi encima de ellos cuando el conde Brass levantó la espada en dirección a la atalaya, y desde la torre unas armas de boca ancha apuntaron contra los ejércitos de Granbretan. Unas esferas de cristal, de un azul brillante a la luz del día, se abalanzaron hacia los guerreros atacantes, cayendo entre ellos. Hawkmoon observó cómo se rompía su formación y los guerreros empezaban a correr salvajemente, tratando de apartar el aire a su alrededor y arrancándose de las cabezas las máscaras de sus respectivas órdenes. —¿Qué ha sucedido? — le preguntó extrañado al conde Brass—. Las esferas contienen un gas alucinatorio —le dijo el conde —. Eso hace que los hombres tengan terribles visiones—. Entonces se volvió sobre la silla y levantó la espada hacia los hombres que esperaban más abajo. Éstos empezaron a avanzar—. Ha llegado el momento de enfrentarnos a Granbretan con armas más ordinarias —dijo.

Desde las filas de infantería que habían quedado indemnes surgió una lluvia de flechas y de llamaradas disparadas por las lanzas de fuego. Los arqueros del conde Brass se tomaron la revancha y sus lanceros de fuego replicaron al ataque. Las flechas rebotaron en sus armaduras y algunos hombres cayeron. Otros fueron alcanzados por las llamaradas. A través del caos producido por las lanzas de fuego y la lluvia de flechas, la infantería de Granbretan fue avanzando con lentitud, pero con seguridad, a pesar del gran número de bajas que había sufrido. Se detuvieron al llegar ante el terreno pantanoso, obstruido como estaba por los cadáveres de los caballos, mientras sus oficiales les gritaban furiosamente que siguieran el avance.

El conde Brass ordenó que acudiera su heraldo, y los hombres se aproximaron llevando la sencilla bandera de su jefe, un guantelete rojo sobre campo blanco.

Los tres hombres esperaron, mientras la infantería enemiga rompía filas y empezaba a abrirse paso por entre el barro y los cadáveres de los caballos, esforzándose por llegar al pie de la colina, donde esperaban las fuerzas de Camarga para rechazarlos.

Hawkmoon distinguió a Meliadus a cierta distancia en la retaguardia, y también reconoció la bárbara máscara de buitre de Asrovak Mikosevaar, mientras el gigantesco muscoviano dirigía a su legión Buitre a pie y era uno de los primeros en cruzar la ciénaga y alcanzar la pendiente de la colina.

Hawkmoon hizo avanzar un poco su cabalgadura, de tal modo que pudiera encontrarse directamente en el camino que debía seguir Mikosevaar cuando éste avanzara.

Escuchó un grito y la máscara de buitre le miró fijamente, con ojos inyectados en sangre. —¡Aja! ¡Hawkmoon! ¡El perro que nos ha preocupado durante tanto tiempo! ¡Veamos cómo os comportáis ahora en una lucha justa, traidor! —¡No me llaméis traidor, carroñero! —espetó Hawkmoon lleno de cólera.

Mikosevaar levantó con ambas manos acorazadas su gran hacha de guerra, volvió a gritar y se lanzó hacia donde estaba Hawkmoon, que saltó del caballo y, armado con escudo y espada, se preparó para defenderse.

El hacha, toda ella calzada de metal, retembló contra el escudo haciendo retroceder un paso a Hawkmoon. Inmediatamente siguió otro golpe que rajó el borde superior del escudo. Hawkmoon balanceó la espada y golpeó con fuerza el hombro de Mikosevaar, pesadamente acorazado, produciendo un gran crujido y haciendo saltar las chispas. Los dos hombres se mantuvieron firmes en su puesto, lanzando un golpe tras otro, mientras la batalla arreciaba a su alrededor. Hawkmoon miró hacia donde se encontraba Von Villach y lo vio enzarzado en una lucha cuerpo a cuerpo contra Mygel Holst, archiduque de Londra. Ambos eran hombres de fuerza y edad similares. En cuanto al conde Brass, se abría paso por entre las hordas de guerreros, tratando de salir al encuentro de Meliadus, quien, evidentemente, había preferido supervisar el curso de la batalla desde cierta distancia.

Desde su posición ventajosa, los camarguianos resistieron el embate de los guerreros del Imperio Oscuro, manteniendo sus posiciones con firmeza.

El escudo de Hawkmoon ya había quedado transformado en un retorcido amasijo de metal y resultaba prácticamente inútil. Su brazo lo dejó caer y agarró la enorme espada con ambas manos, levantándola para detener el hachazo de Mikosevaar, dirigido contra su cabeza. Los dos hombres gruñían de agotamiento mientras maniobraban de un lado a otro sobre la resbaladiza tierra de la colina, tratando de golpear al otro con la fuerza suficiente como para hacerle perder el equilibrio, o dirigiendo un golpe repentino contra las piernas o el torso, ya fuera desde arriba o desde los flancos.

Hawkmoon sudaba copiosamente en el interior de su armadura, y lanzó un fuerte gruñido causado por el esfuerzo. De pronto, uno de sus pies se deslizó, haciéndole resbalar y cayó con una rodilla en tierra. Mikosevaar se adelantó y levantó el hacha para decapitar a su enemigo de un solo tajo. Hawkmoon se dejó caer a lo largo en dirección a su enemigo, al que agarró de las piernas, haciéndole perder igualmente el equilibrio.

Ambos hombres rodaron hacia la ciénaga y los montones de caballos muertos.

Golpeándose y lanzando maldiciones, ambos se detuvieron entre el barro. Ninguno de los dos había soltado su arma, y ahora se incorporaron, tambaleantes, preparándose para continuar la lucha. Hawkmoon se apoyó contra el cuerpo de un caballo de guerra y lanzó un tajo contra el muscoviano. El golpe le habría podido cortar el cuello a Mikosevaar si éste no se hubiera agachado a tiempo, pero le arrancó el casco de buitre de la cabeza, poniendo al descubierto su poblada barba blanca y unos ojos encendidos y llenos de locura. El hacha del muscoviano descendió hacia el vientre de Hawkmoon, pero éste la detuvo con un giro de su espada.

En ese momento, Hawkmoon soltó la espada y se lanzó contra el pecho de Mikosevaar, con ambas manos por delante. El muscoviano cayó hacia atrás. Mientras trataba de incorporarse, Hawkmoon se revolvió rápidamente, agarró la espada, la levantó y la descargó de punta contra el rostro de su enemigo. El hombre lanzó un grito horrendo.

La hoja se elevó y volvió a descender. Asrovak Mikosevaar volvió a gritar y, de pronto, el sonido murió en su garganta. Hawkmoon atravesó una vez más a su enemigo hasta que su cabeza apenas si fue reconocible; después, se volvió para ver cuál era el curso de la batalla.

Era difícil decirlo. Los hombres caían por todas partes y daba la impresión de que la gran mayoría de ellos eran granbretanianos. La lucha en el aire ya casi había terminado y sólo unos pocos ornitópteros trazaban círculos en el cielo, aunque parecía haber muchos más flamencos. ¿Sería posible que Camarga estuviera ganando?

Hawkmoon se volvió cuando dos guerreros de la legión del Buitre corrieron hacia él.

Despiadadamente, se agachó para levantar la ensangrentada máscara de Mikosevaar y se echó a reír ante ellos. —¡Mirad! ¡Vuestro gran jefe ha sido vencido…, destruido!

Los guerreros dudaron un instante. Después, dieron media vuelta y echaron a correr por donde habían venido, alejándose de Hawkmoon. La legión del Buitre no tenía la misma disciplina que las otras órdenes.

Hawkmoon empezó a abrirse paso dificultosamente sobre los cadáveres de los caballos, que ahora estaban literalmente cubiertos de cadáveres humanos. La batalla había amainado en esta zona, pero pudo ver a Von Villach en la colina lanzando una tremenda patada contra el cadáver de Mygel Holst, y emitiendo un rugido de triunfo, al tiempo que se volvía para enfrentarse a un grupo de guerreros de Holst que corrían hacia él blandiendo sus lanzas. Von Villach no parecía necesitar ninguna ayuda. Hawkmoon empezó a correr lo mejor que pudo hacia la cresta de la colina para hacerse así una mejor idea de cómo se desarrollaba la batalla.

Su espada quedó ensangrentada tres veces más antes de llegar a donde se había propuesto. Una vez allí, contempló el campo de batalla. El enorme ejército que Meliadus había lanzado contra ellos había quedado reducido a una sexta parte de su tamaño original, mientras que la línea de los guerreros camarguianos seguía sosteniéndose con firmeza.

La mitad de las banderas de los señores de la guerra habían caído, y otras apenas si se mantenían en pie. Las apretadas formaciones de la infantería granbretaniana ya se habían roto desde hacía tiempo, y Hawkmoon comprendió que estaba sucediendo lo increíble, que las filas de unas órdenes se mezclaban con las de otras, produciéndose así una gran confusión, ya que estaban acostumbrados a luchar hombro con hombro de sus propios camaradas.

Hawkmoon distinguió al conde Brass, todavía montado a caballo, enzarzado en una lucha contra varios guerreros, en una posición situada colina abajo. Vio el estandarte de Meliadus a una cierta distancia. Estaba rodeado por los hombres de la orden del Lobo.

Meliadus se había ocupado de protegerse muy bien. Ahora, Hawkmoon distinguió a algunos de sus comandantes —entre los que estaban Adaz Promp y Jarak Nankenseen—, que cabalgaban hacia donde se encontraba Meliadus. Evidentemente, deseaban retirarse, pero antes tenían que recibir la orden de Meliadus en tal sentido.

Sólo pudo suponer lo que los comandantes le dijeron a Mcliadus: que la flor y nata de sus guerreros había quedado destruida, que no valía la pena soportar tal destrucción simplemente por apoderarse de una pequeña provincia.

Pero los heraldos que estaban cerca no hicieron ninguna llamada con sus trompetas.

Evidentemente, Meliadus se resistía a admitir sus ruegos.

Yon Villach se acercó a donde él estaba, montado sobre un caballo cogido en el campo de batalla. Se levantó el yelmo y le sonrió a Hawkmoon.

—Creo que los estamos derrotando —dijo—. ¿Dónde está el conde Brass?

—Está dando buena cuenta de unos cuantos —contestó Hawkmoon señalando hacia donde estaba el conde —. ¿Debemos sostener la posición o empezar a avanzar? —preguntó con una sonrisa —. Ahora podríamos hacerlo si quisiéramos. Creo que los comandantes granbretanianos están flaqueando y desean retirarse. Si les presionáramos un poco, eso podría decidirles.

—Enviaré un mensajero a consultar al conde —asintió Von Vülach—. Es él quien debe tomar la decisión.

Se volvió hacia un jinete y le murmuró unas palabras. El hombre empezó a descender la colina a través de la confusión de guerreros enzarzados en la batalla.

Hawkmoon le vio llegar a donde estaba el conde. El conde Brass levantó la mirada hacia donde ellos estaban, saludó con la mano, hizo dar una vuelta a su caballo y empezó a subir. Diez minutos más tarde, el conde se las había arreglado para llegar a lo alto de la colina.

—He destrozado a cinco señores de la guerra —dijo lleno de satisfacción—. Pero Meliadus se me ha escapado.

Hawkmoon repitió lo que antes le había dicho a Von Villach. El conde Brass se mostró de acuerdo con el sentido del plan, y la infantería de Camarga no tardó en avanzar con firmeza, empujando a los guerreros granbretanianos colina abajo.

Hawkmoon encontró un caballo sin jinete, lo montó y condujo el avance, emitiendo salvajes gritos mientras lanzaba tajos a diestro y siniestro, cortando cabezas, desgarrando extremidades y torsos como manzanas cortadas del árbol. Su cuerpo se hallaba totalmente cubierto con la sangre de la matanza. La cota de malla aparecía rasgada y amenazaba con desprendérsele. Todo su pecho era una informe masa de cardenales y cortes menores, el brazo le sangraba y la pierna le dolía horriblemente, pero lo ignoró todo, arrebatado por la sed de sangre, y se dedicó a matar un hombre tras otro.

Durante un instante de momentánea tranquilidad. Von Villach, que cabalgaba a su lado, le dijo:

—Parecéis dispuesto a matar más perros que todo nuestro ejército junto.

—No cejaré hasta que la sangre de Granbretan llene toda esta llanura —replicó Hawkmoon hoscamente —. No cejaré hasta que haya quedado destruido todo rastro de vida en Granbretan.

—Vuestra sed de sangre es como la de ellos —observó Von Villach irónicamente.

—No, la mía es mayor —replicó Hawkmoon al tiempo que continuaba su avance —, porque la mitad de la suya sólo es por puro deporte.

Y se alejó sin dejar de lanzar tajos.

Finalmente, pareció como si sus comandantes le hubieran convencido, porque las trompetas de Meliadus sonaron, tocando a retirada, y los supervivientes se apartaron de los camarguianos y echaron a correr.

Hawkmoon mató a varios de los que arrojaron sus armas en actitudes de rendición.

—No me importan los granbretanianos vivos —espetó en una ocasión atravesando con su espada a un joven que se había quitado la máscara y suplicaba piedad.

Pero, finalmente, hasta la amargura de Hawkmoon quedó más que saciada. Entonces, dirigió su caballo hacia donde se encontraban el conde Brass y Von Villach, y los tres observaron cómo los granbretanianos reorganizaban sus filas y se alejaban.

Hawkmoon creyó escuchar un gran grito de cólera elevándose por encima del ejército en retirada, creyó reconocer al propio Meliadus en aquel grito de venganza y sonrió despreciativamente.

—De una u otra forma, volveremos a ver a Meliadus —dijo. El conde Brass asintió, mostrándose de acuerdo con su observación—. Se ha dado cuenta de que Camarga es invencible cuando se la ataca con los ejércitos, y sabe que somos demasiado listos para dejarnos engañar por sus tretas. Pero no tardará en encontrar otra forma de atacarnos.

Los territorios que rodean Camarga no tardarán en pertenecer al Imperio Oscuro, y entonces tendremos que estar en guardia durante todo el tiempo.

Aquella noche, cuando regresaron al castillo de Brass, Bowgentle habló al conde:

—Ahora os daréis cuenta de que Granbretan es un imperio loco…, como un cáncer capaz de infectar a la historia, dirigiéndola por un curso que no sólo conducirá a la más completa destrucción de la raza humana, sino que, en último término, es capaz de producir la destrucción de toda criatura inteligente o potencialmente inteligente en el universo.

—Estáis exagerando, Bowgentle —replicó el conde Brass sonriendo—. ¿Cómo podríais saber tanto?

—Porque mi tarea consiste en comprender las fuerzas que actúan para configurar lo que denominamos destino. Os lo vuelvo a decir, conde Brass, el Imperio Oscuro infectará a todo el universo, a menos que sea extirpado de este planeta…, y preferiblemente de este continente.

Hawkmoon estaba sentado, con las piernas extendidas ante él, haciendo todo lo que podía por aliviar el dolor de sus músculos.

—No he comprendido los principios filosóficos en los que basáis vuestras creencias, sir Bowgentle —dijo—. Pero, instintivamente, sé que tenéis razón. Nosotros sólo creemos ver a un enemigo implacable que tiene el propósito de gobernar el mundo… Ya ha habido otras razas como ésta en el pasado, pero en el Imperio Oscuro hay algo diferente. No olvidéis, conde Brass, que pasé algún tiempo en Londra, y fui testigo presencial de muchas de sus locuras más excesivas. Vos sólo habéis visto sus ejércitos, los cuales, como sucede con la mayoría de los ejércitos, luchan despiadadamente por ganar, utilizando para ello tácticas convencionales porque creen ser los mejores. Pero no hay nada de convencional en ese rey–emperador, que no es más que un cadáver inmortal metido en su globo del trono. Tampoco hay nada de convencional en la forma secreta que tienen de relacionarse unos con otros, ni en el sentido de locura que subyace en el ánimo de toda la ciudad… —¿Queréis decir que no hemos sido testigos de lo peor que son capaces de hacer? —preguntó el conde Brass con una expresión muy seria.

—Eso es lo que pienso —contestó Hawkmoon—. Lo que me induce a descuartizarlos como lo hago no es sólo la sed de venganza…, sino una sensación mucho más profunda que me hace verlos como verdaderas amenazas para las propias fuerzas de la vida misma.

—Quizá tengáis razón —dijo el conde Brass suspirando—. No lo sé. Únicamente el Bastón Rúnico podría demostrar que tenéis razón o que estáis equivocado.

Hawkmoon se levantó, con el cuerpo rígido.

—No he visto a Yisselda desde que hemos regresado —dijo.

—Creo que esta noche se ha acostado temprano —le dijo Bowgentle.

Hawkmoon se sintió desilusionado. Había anhelado tanto su bienvenida. Hubiera deseado contarle todas sus victorias. Ahora, le sorprendía que no estuviera allí para saludarle.

—Bueno —dijo, encogiéndose de hombres—, en tal caso creo que yo haré lo propio.

Buenas noches, caballeros.

Desde su regreso, habían hablado poco de su triunfo. Ahora empezaban a experimentar la reacción natural ante un duro día de lucha, y todos parecían sentirse un poco ausentes aunque, sin lugar a dudas, al día siguiente lo celebrarían.

Al llegar a sus habitaciones, Hawkmoon las encontró a oscuras, pero tuvo la sensación de que allí había algo extraño y desenvainó la espada antes de acercarse tambaleante a una mesa y encender la lámpara que había sobre ella.

Había alguien tumbado en la cama, sonriéndole. Era Yisselda.

—Ya me he enterado de vuestras hazañas —dijo la joven—, y quería felicitaros en privado. Sois un gran héroe, Dorian.

A Hawkmoon se le aceleró la respiración y el corazón empezó a latirle con violencia en el pecho.

—Oh, Yisselda…

Lentamente, paso a paso, avanzó hacia la joven acostada, librando un conflicto entre su conciencia y su deseo.

—Me amáis, Dorian, lo sé —dijo ella con suavidad—. ¿Os atrevéis a negarlo?

No pudo hacerlo.

—Sois… muy… audaz —balbuceó Hawkmoon tratando de sonreír.

—Así es…, puesto que vos os mostráis tan extraordinariamente tímido. Como veis no soy inmodesta.

—Yo… no soy tímido, Yisselda. Pero nada bueno puede salir de esto. Estoy condenado… La Joya Negra… —¿Qué es esa joya?

Hawkmoon se lo contó todo con cierta vacilación, le dijo que no sabía durante cuántos meses resistirían las cadenas del hechizo del conde Brass, impidiendo que la joya adquiriera toda su fuerza vital, le dijo que en cuanto su poder quedara en libertad, los lores del Imperio Oscuro serían capaces de destruir su mente.

—De modo que, como veis… no debéis comprometeros conmigo… Sería mucho peor si lo hicierais.

—Pero ese Malagigi…, ¿no trataréis de conseguir su ayuda?

—El viaje duraría meses. Y en tal caso podría estar desperdiciando todo el tiempo que me queda en una búsqueda inútil.

—Si me amáis os arriesgaréis a hacerlo así —dijo ella, mientras él se sentaba en la cama, junto a ella, y le cogía la mano.

—Sí, lo haré —admitió él pensativamente —. Quizá tengáis razón…

Yisselda se incorporó y atrajo el rostro de él hacia el suyo, besándole en los labios. El gesto no fue artero, sino que estuvo lleno de dulzura.

Hawkmoon ya no pudo contenerse. La besó apasionadamente y la estrechó entre sus brazos.

—Iré a Persia —dijo al fin—, aunque el camino será peligroso, ya que en cuanto abandone la seguridad que me ofrece la región de Camarga, las fuerzas de Meliadus me perseguirán…

—Regresaréis —dijo ella convencida—. Sé que regresaréis. Mi amor os traerá de vuelta a mi lado. —¿Y el que yo siento por vos? —preguntó él, casi hablando consigo mismo, acariciándole el rostro con suavidad—. Sí…, es posible que sea así.

—Mañana —dijo ella—. Marchaos mañana mismo y no perdáis más tiempo. Esta noche…

Yisselda volvió a besarle y Hawkmoon replicó intensamente a su apasionamiento.

El Bastón Rúnico
titlepage.xhtml
Khariel.htm
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Section0023.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Section0055.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Section0089.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml
Section0105.xhtml
Section0106.xhtml
Section0107.xhtml
Section0108.xhtml
Section0109.xhtml
Section0110.xhtml
Section0111.xhtml
Section0112.xhtml
Section0113.xhtml
Section0114.xhtml
Section0115.xhtml
autor.xhtml