2. Yisselda y Bowgentle

El conde Brass había combatido al frente de los ejércitos en casi todas las batallas famosas de su época; había sido el poder existente detrás de los tronos de la mitad de los gobernantes de Europa, un verdadero hacedor y destructor de reyes y príncipes. Era un maestro en las artes de la intriga y un hombre cuyo consejo se buscaba en cualquier asunto relacionado con la lucha política por el poder. En realidad, siempre había sido un mercenario, pero un mercenario que perseguía un ideal: el de impulsar a todo el continente europeo hacia la unificación y la paz. Así pues, prefería aliarse con cualquier fuerza a la que juzgara capaz de contribuir a su propia causa. En más de una ocasión había rechazado la oferta de gobernar un imperio, sabiendo, como sabía, que le había tocado vivir en una época en la que un hombre podía ganar un imperio en cinco años y perderlo en seis meses, ya que la historia aún se encontraba en un estado de cambios continuos, y la situación no se estabilizaría en largo tiempo. Lo único que intentaba era guiar un poco la historia en el sentido que a él le parecía más conveniente.

Cansado de las guerras, las intrigas e incluso, hasta cierto punto, de los ideales, el viejo héroe había terminado por aceptar la oferta del pueblo de la Camarga de convertirse en su lord Protector.

Este antiquísimo territorio cubierto de marismas y lagos se encontraba muy cerca de la costa del Mediterráneo. En otros tiempos había formado parte de una nación llamada Francia, que ahora se había desmembrado en un par de docenas de ducados, todos ellos con nombres grandiosamente altisonantes. La Camarga, con sus extensos y desteñidos cielos de colores naranja, amarillo, rojo y púrpura, sus reliquias de un oscuro pasado, sus inconmovibles costumbres y rituales, había atraído al viejo conde, quien se había impuesto la tarea de hacerse cargo de la seguridad de su país de adopción.

Durante sus viajes por todas las cortes de Europa había descubierto muchos secretos, de tal modo que, ahora, las grandes y lóbregas torres que se elevaban a lo largo de las fronteras de la Camarga, protegían el territorio con armas mucho más potentes y menos conocidas que las espadas de hoja ancha y las lanzas de fuego.

En los límites meridionales, las marismas daban paso gradualmente al mar, y a veces los barcos atracaban en los pequeños puertos, aunque raramente desembarcaban pasajeros. Ello se debía al terreno propio de la Camarga. Aquellos salvajes paisajes eran traicioneros para quienes no los conocían bien, y resultaba difícil encontrar los caminos que cruzaban las marismas; por otra parte, las cadenas montañosas flanqueaban tres lados del territorio. Quien deseaba introducirse en el interior del continente, prefería desembarcar más hacia el este y subir en una embarcación fluvial por el Ródano. De ese modo, a la Camarga llegaban pocas noticias del mundo exterior, y las que llegaban solían ser muy atrasadas.

Ésa era una de las razones por las que el conde Brass había decidido asentarse allí. Le encantaba disfrutar del aislamiento; se había visto involucrado durante demasiado tiempo en los asuntos mundanos como para que ahora le interesaran demasiado ni siquiera las noticias más sensacionales. En su juventud había dirigido ejércitos que intervinieron en las guerras que asolaban constantemente Europa. Ahora, sin embargo, se sentía cansado de tanto conflicto y se negaba a escuchar todas las peticiones que llegaban hasta él, pidiéndole ayuda o consejo, sin fijarse siquiera en las compensaciones que se le ofrecieran.

Al oeste se hallaba situada la isla imperio de Granbretan, la única nación que aún conservaba cierta estabilidad política real, con su ciencia medio loca y sus ambiciones de conquista. Tras haber construido un plateado puente alto y curvado que salvaba los poco más de cuarenta kilómetros que le separaban del continente, el imperio mostraba ahora inclinación a incrementar sus territorios por medio de su magia negra y de sus máquinas de guerra, como los ornitópteros soldados que poseían un radio de acción de más de ciento sesenta kilómetros. Pero el conde Brass ni siquiera se sentía excesivamente perturbado por la invasión del continente europeo por parte del Imperio Oscuro. Según creía, era una ley histórica que tales cosas sucedieran, y comprendía los beneficios que podrían derivarse del empleo de una fuerza capaz de unificar a todos los estados guerreros en una sola nación, independientemente de lo cruel que pudiera ser dicha fuerza.

La filosofía del conde Brass era la filosofía de la experiencia, la que corresponde a un hombre de mundo antes que a un erudito, y no veía razón alguna para dudar de ella, siempre y cuando la Camarga, su única responsabilidad por el momento, fuera lo bastante fuerte como para resistir todo el poderío de Granbretan.

Como quiera que él mismo no tenía nada que temer de Granbretan, observaba con una cierta y remota admiración toda la crueldad y eficacia con que aquella nación extendía su sombra más y más hacia el interior de Europa a medida que transcurrían los años.

Dicha sombra se había extendido ya sobre toda Scandia y las naciones septentrionales, a lo largo de una línea moteada por la existencia de ciudades famosas como Parye, Munchein, Wien, Krahkov y Kerninsburg (que representaba una posición avanzada en el misterioso territorio de Muskovia). Se había formado así un gran semicírculo de poder dentro del territorio continental; un semicírculo cuya extensión aumentaba casi a diario, y que no tardaría en entrar en contacto con los principados más septentrionales de Italia, Magyaria y Slavia. El conde Brass suponía que el poder del Imperio Oscuro no tardaría en extenderse desde el mar de Noruega hasta el Mediterráneo, de tal modo que únicamente la Camarga quedaría fuera de su ámbito de influencia. Sabiendo esto, había aceptado la jefatura del Protectorado del territorio, cuando su lord Protector anterior, un hechicero corrupto y falso procedente del territorio de los búlgaros, fue desmembrado y destrozado por los guardianes nativos a los que había mandado hasta entonces.

El conde Brass había transformado la Camarga en una región a salvo de ataques desde el exterior, librándola igualmente de amenazas interiores. Ya sólo quedaban unos pocos baragones capaces de aterrorizar a las gentes de los poblados pequeños, y también se habían eliminado otro tipo de terrores.

Ahora, el conde vivía en su cálido castillo de Aigues–Mortes, disfrutando de los placeres simples y rurales de la tierra, mientras el pueblo se veía libre de ansiedades por primera vez en muchos años.

El castillo, conocido como el castillo de Brass, había sido construido algunos siglos antes sobre lo que fuera una pirámide artificial que se elevaba sobre el centro de la ciudad. Pero la pirámide se hallaba ahora oculta por la tierra, en la que se había sembrado hierba y se habían creado jardines de flores, y plantado viñedos y hortalizas en una serie de terrazas. Allí había prados muy bien cuidados sobre los que jugaban los niños del castillo o por los que paseaban los adultos, y cerca de los cuales se cultivaban las viñas de las que se obtenía el mejor vino de la Camarga, más abajo de las cuales crecían bancales de alubias, patatas, coliflores, zanahorias, lechugas y otras muchas verduras, así como algunas otras especies algo más exóticas, como los gigantescos tomates de calabaza, los árboles de apio y las berenjenas dulces. También había árboles frutales y arbustos de bayas cuyos frutos alimentaban a los habitantes del castillo durante la mayor parte del año.

El castillo estaba construido con la misma piedra blanca con que se habían construido las casas de la ciudad. Tenía ventanas de gruesos cristales (la mayoría de ellos graciosamente pintados), torres ornamentales y almenas de delicada manipostería. Desde sus torres más altas se distinguía la mayor parte del territorio que protegía, y la estructura estaba diseñada de tal modo que, cuando soplaba el mistral, se podía variar la disposición de los respiraderos, poleas y pequeñas puertas para que todo el castillo sonara de forma que su música, como la de un órgano, fuera transportada por el propio viento y escuchada a muchos kilómetros de distancia.

El castillo dominaba los tejados rojos de las casas de la ciudad, así como la plaza de toros que había más allá que, según se decía, había sido construida muchos milenios antes por los romanos.

El conde Brass condujo a su cansado caballo por el camino azotado por el viento que subía hacia el castillo, y gritó a los guardias para que abrieran la puerta. La lluvia amainaba, pero la noche era fría y el conde anhelaba encontrarse junto al fuego de la chimenea. Cruzó las grandes puertas de hierro y entró en el patio de armas, donde un caballerizo se hizo cargo de su montura. Subió los escalones, cruzó las puertas de entrada al castillo, bajó por un corto pasillo y entró en el vestíbulo principal.

Allí, un enorme fuego crepitaba ya en el hogar y junto a él, en un cómodo sillón acolchado, estaba su hija. Yisselda, y su viejo amigo, Bowgentle. Ambos se levantaron al entrar él y Yisselda se elevó sobre las puntas de los pies para besarle en la mejilla, mientras Bowgentle permanecía en pie a su lado, sonriente.

—Tenéis el aspecto de alguien a quien le vendría muy bien una comida caliente y ponerse algo más cálido que la armadura —dijo Bowgentle al tiempo que tiraba de un cordón de llamada—. Yo mismo me ocuparé de eso.

El conde Brass asintió con un gesto de agradecimiento y se acercó al fuego, quitándose el casco y dejándolo con un seco sonido metálico sobre la amplia repisa de la chimenea. Yisselda ya se había arrodillado a sus pies y le desataba las grebas de las piernas. Era una hermosa joven de diecinueve años, con una suave piel de color rosado y un pelo entre castaño y rubio. Llevaba puesto un amplio vestido de un vivo color naranja que le hacía parecer como un duende llameante mientras se movía con rapidez para entregar las grebas al sirviente, que había acudido con ropas limpias para que su padre se cambiara.

Otro sirviente ayudó al conde Brass a quitarse el peto, el espaldar y el resto de la armadura, y éste no tardó en ponerse unos pantalones suaves y amplios, una camisa de lana blanca y una toga de lino.

Los sirvientes llevaron junto al fuego una pequeña mesa llena con platos de ensalada, patatas, carne asada y una deliciosa salsa espesa, así como una jarra de vino calentado con especias. El conde Brass tomó asiento con un suspiro y empezó a comer.

Bowgentle permaneció junto a la chimenea, observándole, mientras Yisselda se enroscaba en el sillón situado enfrente y esperaba a que él hubiera calmado una buena parte de su apetito.

—Bien, milord —dijo la joven con una sonrisa—, ¿cómo os ha ido el día? ¿Está seguro todo nuestro territorio?

—Así parece —asintió el conde Brass con una burlona seriedad—, aunque no he podido inspeccionar ninguna de las torres septentrionales, a excepción de una sola.

Empezó a llover con tal fuerza que decidí regresar a casa.

Les contó el encuentro que había tenido con el baragón. Yisselda escuchó con los ojos muy abiertos, mientras Bowgentle adoptaba una expresión seria, con su rostro amable y ascético algo inclinado y los labios apretados. El famoso filósofo–poeta no siempre aprobaba las proezas de su amigo, y parecía creer que el conde Brass atraía tales aventuras hacia sí mismo.

—Recordaréis que esta misma mañana os aconsejé que viajarais con Von Villach y alguno de los demás —dijo Bowgentle cuando el conde hubo terminado su narración.

Von Villach era el lugarteniente del conde, un viejo y leal soldado que le había acompañado en la mayor parte de sus hazañas anteriores. —¿Von Villach? —preguntó el conde riéndose al ver la cara preocupada de su amigo—. Se está volviendo viejo y lento, y no sería nada amable por mi parte hacerle salir con este tiempo.

—Tiene uno o dos años menos que vos, conde… —dijo Bowgentle con cierta hosquedad.

—Posiblemente, pero ¿podría derrotar él solo a un baragón?

—No es ésa la cuestión —replicó Bowgentle con firmeza—. Si hubierais viajado con él y os hubierais hecho acompañar por un grupo de hombres armados, no tendríais que haberos enfrentado vos solo con un baragón.

—Tengo que mantenerme en forma —dijo el conde Brass despreciando aquella discusión con un movimiento de la mano—. En caso contrario me convertiría en un viejo tan chocho como el propio Von Villach.

—Tenéis una responsabilidad para con el pueblo de aquí, padre —observó Yisselda con tranquilidad—. Si os mataran… —¡Nadie me matará! —le interrumpió el conde sonriendo burlonamente, como si la muerte fuera algo que sólo sufrían los demás.

A la luz del fuego de la chimenea, su cabeza parecía la máscara de guerra de alguna antigua tribu bárbara, casi cincelada en metal y, de algún modo, daba la impresión de ser imperecedera.

Yisselda se encogió de hombros. Poseía la mayor parte de las cualidades del carácter de su padre, incluyendo el convencimiento de que no servía de nada discutir con alguien tan terco como el conde Brass. En cierta ocasión, Bowgentle había escrito acerca de ella, en un poema privado: «Es como la seda, tan fuerte y al mismo tiempo tan suave». Ahora, al mirarlos a ambos, observó con sereno afecto cómo la expresión del uno se reflejaba en la otra.

—Hoy me he enterado de que la Granbretan se apoderó hace apenas seis meses de la provincia de Colonia —dijo Bowgentle, cambiando de tema—. Sus conquistas se extienden como una plaga.

—Una plaga bastante saludable —replicó el conde Brass arrellanándose en la silla—.

Por lo menos, establecen el orden.

—Quizá el orden político —argumentó Bowgentle con mayor vehemencia—, pero en modo alguno el orden espiritual o moral. Su crueldad no tiene precedentes. Están locos.

Sus almas están corrompidas por la afición hacia todo lo malvado y por el odio contra todo lo que sea noble.

—Esa perversidad ya ha existido antes —observó el conde Brass acariciándose el bigote —. El hechicero búlgaro que me precedió aquí, por ejemplo, era tan malvado como ellos.

—El búlgaro sólo era un individuo, como el marqués de Pesht, Roldar Nikolayeff, y los de su clan. Pero se trataba de excepciones y en casi todos los casos los pueblos que gobernaban se rebelaron contra ellos y los destruyeron a su debido tiempo. Pero el Imperio Oscuro es una nación formada por individuos de esa ralea, y consideran como naturales todas las acciones malvadas que cometen. El deporte favorito que practicaron en Colonia consistió en crucificar a todas las niñas de la ciudad, convertir a los niños en eunucos y obligar a todos los adultos que quisieron salvar sus vidas a representar actos obscenos en las mismas calles. Eso no es ninguna crueldad natural, conde, y en modo alguno fue lo peor que hicieron. Su entretenimiento preferido consiste en degradar todo rasgo de humanidad.

—Esas historias han sido exageradas, amigo mío. Deberías darte cuenta de ello. Yo, por ejemplo, también he sido acusado de…

—Por lo que he podido oír —le interrumpió Bowgentle —, los rumores no son una exageración de la verdad, sino más bien una simplificación. Y si sus actividades públicas son tan terribles, ¿cómo serán sus placeres privados?

—No puedo soportar el pensar… —dijo Yisselda.

—Exactamente —intervino Bowgentle de nuevo, volviéndose hacia ella—. Y son muy pocos los que se atreven a repetir aquello de lo que han sido testigos. El orden que imponen es superficial, mientras que el caos que generan destruye las almas de los hombres.

El conde Brass encogió sus anchos hombros.

—Hagan lo que hagan, no es más que una cuestión temporal. Pero la unificación que imponen a todo el mundo es algo permanente… Recordad mis palabras.

—El precio a pagar por ello es demasiado elevado, conde Brass —dijo Bowgentle cruzando los brazos sobre el pecho cubierto con una toga negra—. ¡Ningún precio es demasiado alto! ¿Qué quieres? ¿Que los principados de Europa se dividan en segmentos cada vez más pequeños, y que la guerra se convierta en un factor constante en la vida del hombre común? Actualmente, muy pocos hombres conocen lo que significa la paz mental, desde la cuna hasta la tumba. Las cosas cambian una y otra vez. ¡Al menos, Granbretan ofrece consistencia! —¿Y terror? No puedo estar de acuerdo con vos, amigo mío.

El conde Brass se sirvió una copa de vino, bebió su contenido y bostezó un poco.

—Te tomas estos acontecimientos inmediatos demasiado en serio, Bowgentle. Si tuvieras mi experiencia, te darías cuenta de que tales iniquidades no tardan en pasar, ya sea por simple aburrimiento de quienes las practican, o bien porque, de algún modo, son destruidos por los demás. Dentro de cien años Granbretan será una nación que se encontrará dentro de los límites de la rectitud y la moral.

El conde Brass miró a su hija, haciéndole un guiño y sonriéndole, pero ella no le devolvió la sonrisa, y pareció estar de acuerdo con Bowgentle.

—Su crueldad es demasiado profunda como para que se cure con el transcurso de cien años —dijo éste —. Eso es algo que se puede deducir observando simplemente su apariencia. Esas bestiales máscaras enjoyadas que jamás se quitan, esas grotescas ropas que se ponen incluso cuando hace el calor más espantoso, las posturas que adoptan, su forma de moverse… Todo eso los muestran como lo que realmente son: locos por herencia, y su progenie heredará su misma locura—. Bowgentle pasó la mano por una de las columnas de la chimenea—. Nuestra pasividad es como una especie de admisión de sus propios actos. Deberíamos…

—Deberíamos irnos a la cama a dormir, amigo mío —le interrumpió el conde Brass levantándose—. Mañana tenemos que aparecer en la plaza de toros para el inicio de las fiestas.

Hizo un gesto de saludo hacia Bowgentle, besó ligeramente a su hija en la frente y abandonó el salón.

El Bastón Rúnico
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