11. Pensamientos de la condesa Plana
Las motivaciones de Plana para buscar la compañía de Meliadus eran equívocas, puesto que en realidad no se sentía interesada especialmente por el barón, sino por sus cometidos y, sobre todo, por los dos gigantes de rígidas piernas procedentes del este.
Le preguntó acerca de ellos mientras yacían en la enorme cama de la condesa, y Meliadus le confió la frustración que sentía, lo mucho que odiaba la tarea que se le había confiado, casi tanto como a los propios emisarios; y también le habló de cuáles eran sus verdaderas ambiciones, que consistían en vengarse de sus enemigos, los que habían matado al esposo de la condesa, los habitantes del castillo de Brass; le habló de que había descubierto que Tozer había encontrado a un anciano en el oeste, en la olvidada provincia de Yel, y que aquel anciano podía poseer el secreto de alcanzar a sus enemigos.
Y habló también de sus temores de estar perdiendo poder y prestigio (aunque sabía muy bien que, entre todas las mujeres, Plana era la menos indicada para escuchar tales pensamientos secretos), y de que el rey–emperador parecía confiar en otros, como en Shenegar Trott, haciéndoles saber cosas que en otros tiempos sólo comunicaba a Meliadus.
—Oh, Plana —dijo poco antes de caer en un inquieto sueño—, si fuerais la reina podríamos cumplir con el más poderoso destino de nuestro imperio.
Pero Plana apenas si le escuchó, apenas si pensaba y se limitó a permanecer echada a su lado, moviendo el cuerpo de vez en cuando, pues Meliadus no había logrado aliviar el dolor de su propia alma, y apenas si había satisfecho el ansia de sus ingles. Sus únicos pensamientos se dirigían hacia los emisarios, que ahora debían de estar durmiendo a sólo dos pisos por encima de donde ella se encontraba.
Terminó por levantarse de la cama, dejando a Meliadus roncando y gimiendo en sueños. Se vistió de nuevo, se puso la máscara y abandonó la habitación, deslizándose por los pasillos y subiendo la rampa hasta que llegó ante las puertas vigiladas por los guerreros de la orden de la Mantis. Las máscaras de insecto se volvieron interrogativamente hacia ella.
—Sabéis quién soy —dijo ella.
Lo sabían, y por eso mismo se apartaron de las puertas. Ella eligió una y la abrió, penetrando en la excitante oscuridad de las habitaciones del emisario extranjero.