4. La bestia mecánica
Después de haberse recuperado con buena comida y vino robados a los hombres de D'Averc por los hombres fantasma, Hawkmoon y Oladahn se ciñeron las armas y se aprestaron para abandonar la casa.
Sostenidos por dos de los hombres de Soryandum, fueron suavemente depositados sobre el suelo.
—Que el Bastón Rúnico os proteja —susurró uno de ellos mientras la pareja se dirigía hacia los muros de la ciudad—, pues hemos oído decir que estáis a su servicio.
Hawkmoon se volvió para preguntarle cómo se había enterado de ello. Era la segunda vez que alguien le decía que estaba al servicio del Bastón Rúnico; y, sin embargo, no tenía la menor conciencia de estarlo. Pero el hombre fantasma se desvaneció antes de que él pudiera preguntarle nada.
Frunciendo el ceño, Hawkmoon emprendió la marcha hacia las afueras de la ciudad.
A varios kilómetros de distancia de Soryandum, entre las colinas, Hawkmoon se detuvo para orientarse. Rinal le había dicho que buscara un mojón hecho de granito, dejado allí varios siglos antes por sus antepasados. Finalmente lo vio. Era una vieja piedra que parecía de plata bajo la luz de la luna.
—Ahora tenemos que dirigirnos hacia el norte —dijo—, en busca de la colina de la que se extrajo esta piedra de granito.
Media hora después distinguieron la colina. Por su aspecto parecía como si, en alguna época lejana, una espada gigantesca la hubiera cortado, aunque ahora dicha característica parecía natural puesto que la hierba había vuelto a crecer en ella.
Hawkmoon y Oladahn cruzaron el césped primaveral hasta llegar a un lugar donde unos espesos matorrales crecían contra la pared de la colina. Apartándolos, divisaron una estrecha abertura en la pared. Aquella era la entrada secreta a los almacenes donde los hombres de Soryandum guardaban sus máquinas.
Se metieron por ella y los dos hombres se encontraron en el interior de una gran caverna. Oladahn encendió la antorcha que habían traído consigo para ese propósito, y a la luz de la misma observaron una gran caverna cuadrada que, evidentemente, había sido hecha de modo artificial.
Recordando las instrucciones recibidas, Hawkmoon cruzó la caverna, dirigiéndose hacia la pared más alejada, buscando una pequeña señal que debía estar situada a la altura del hombro. Finalmente la vio… Era una señal escrita con caracteres desconocidos para él. Debajo de ella había un pequeño agujero. Hawkmoon sacó el instrumento que se le había entregado y lo apuntó hacia el agujero.
Experimentó una sensación hormigueante en la mano al aplicar una ligera presión sobre el instrumento. Delante de él, la roca empezó a retemblar. Una poderosa bocanada de aire hizo oscilar las llamas de la antorcha, amenazando con apagarlas. La pared empezó a brillar, se hizo transparente y terminó por desaparecer completamente.
«Seguirá estando allí —les había dicho Rinal —, pero habrá sido removida temporalmente a otra dimensión.»
Cautelosamente, con las espadas en las manos, los dos hombres se introdujeron en un gran túnel lleno de una fría luz verde procedente de paredes que semejaban vidrio fundido.
Delante de ellos se encontraron con otra pared. En ella sólo había un único lugar rojo, y Hawkmoon apuntó su instrumento hacia él.
Una vez más se produjo una repentina bocanada de aire. En esta ocasión casi estuvo a punto de derribarlos. Después, la pared resplandeció con un color blanco que adquirió un lechoso color azulado antes de desvanecerse por completo.
Esta parte del túnel tenía el mismo color azulado lechoso, pero la pared que se extendía ante ellos era negra. Una vez que ésta se hubo desvanecido también, entraron en un túnel de piedra amarillenta y supieron que la cámara principal de almacenamiento y su guardián se encontraban ante ellos.
Hawkmoon se detuvo un momento antes de aplicar el instrumento a la pared que tenían ante ellos.
—Debemos ser hábiles y movernos con rapidez —le dijo a Oladahn—, porque la criatura que está al otro lado de esta pared se activará en cuanto perciba nuestra presencia…
Se calló al escuchar un sonido apagado…, un fantástico fragor y estruendo. La pared se estremeció como si algo hubiera lanzado contra ella un enorme peso desde el otro lado. Oladahn contempló la pared con expresión dudosa.
—Quizá debiéramos reconsiderarlo. Después de todo, si sacrificamos inútilmente nuestras vidas…
Pero Hawkmoon ya estaba activando el instrumento y la pared protectora empezó a cambiar de color mientras una bocanada de aire frío y extraño les daba en las caras.
Desde detrás de la pared llegó hasta ellos un misterioso lamento de dolor y perplejidad.
La pared adquirió un tono rosado, se desvaneció… y dejó al descubierto a la bestia mecánica.
La desaparición de la pared pareció perturbarla por un instante, pues no hizo ningún movimiento hacia ellos. Estaba acurrucada sobre pies de metal, elevándose por encima de ellos, y sus planchas metálicas multicolores medio les cegaron. A lo largo de los hombros, a excepción del cuello, mostraba una masa de cuernos agudos como cuchillos.
Tenía un cuerpo algo parecido al de un mono, con cortas patas traseras y largas patas anteriores terminadas en manos con garras metálicas. Sus ojos eran multifacetados, como los de una mosca, y brillaban con cambiantes colores. En cuanto a su hocico, estaba lleno de dientes metálicos tan agudos como navajas.
Más allá de la bestia mecánica distinguieron grandes montones de maquinaria, apilada en filas ordenadas a lo largo de los muros. La estancia era muy grande. Más o menos en el centro, a la izquierda de donde se encontraba, Hawkmoon descubrió los dos instrumentos cristalinos que Rinal le había descrito. Silenciosamente, señaló hacia ellos y después se precipitó al interior de la caverna, pasando junto al monstruo.
En cuanto se pusieron en movimiento, la bestia se agitó. Lanzó un grito y trató de cortarles el paso, exudando un extraño olor metálico que a Hawkmoon le pareció repulsivo.
Hawkmoon vio por el rabillo del ojo que una gigantesca mano llena de garras se abalanzaba hacia él. Se hizo a un lado, tropezando con una delicada máquina que se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos, desparramando fragmentos de cristal y partes metálicas rotas. La mano gigantesca se cerró en el aire, a pocos centímetros de su rostro.
Cuando volvió a intentarlo, Hawkmoon ya se había apartado lo suficiente.
De pronto, una flecha se estrelló con un tintineante sonido metálico contra el hocico de la bestia, pero ni siquiera logró arañar las placas amarillas y negras de su armadura.
Lanzando un rugido, la bestia se volvió hacia su otro enemigo, vio a Oladahn y avanzó hacia él.
Oladahn retrocedió, pero no con la rapidez suficiente. La criatura lo agarró con su manaza y lo levantó, llevándoselo hacia la boca abierta. Hawkmoon lanzó un grito y golpeó con la espada la entrepierna de aquella bestia, que lanzó un gruñido y dejó a un lado a su prisionero. Oladahn quedó tendido en el suelo, conmocionado o herido.
Hawkmoon retrocedió cuando la criatura avanzó hacia él; de pronto, cambió de táctica, se agachó y se lanzó hacia la sorprendida bestia pasando por entre sus patas. Cuando ésta empezó a girarse, él retrocedió de nuevo.
El monstruo metálico bufó lleno de furia, manoteando por todas partes con las garras extendidas. Elevó las manos para intentar recuperar el equilibrio y finalmente cayó con un fortísimo estruendo, precipitándose contra Hawkmoon, ya en el suelo de la galería. Éste se deslizó ágilmente entre dos máquinas y, utilizándolas como medio protector, fue acercándose a los instrumentos que había venido a recoger.
Ahora, el monstruo empezó a destrozar máquinas en una insensata búsqueda de su enemigo. Hawkmoon se detuvo junto a una máquina que mostraba un tubo acampanado.
En el extremo del tubo había una palanca. Aquella máquina parecía ser un tipo de arma desconocido para él. Sin detenerse a pensarlo dos veces, Hawkmoon bajó la palanca. Un débil ruido surgió de aquel artilugio, pero no pareció suceder nada más.
Ahora, la bestia ya casi estaba de nuevo sobre él.
Hawkmoon se preparó para ofrecerle resistencia, decidiendo que sería mejor dirigirle una estocada contra uno de los ojos, ya que parecían ser los elementos más vulnerables de la criatura. Rinal le había dicho que aquella bestia metálica no podía ser eliminada de ninguna forma ordinaria; pero si lograba cegarla, al menos contaría con una posibilidad de escapar.
La bestia avanzó directamente hacia la máquina tras la que él se protegía. Entonces, se detuvo de pronto, se tambaleó y gruñó. Evidentemente, estaba siendo atacada por algún rayo invisible que probablemente interfería el funcionamiento de su complicado mecanismo. La bestia volvió a tambalearse y, por un instante, Hawkmoon experimentó una oleada de triunfo al creer que ya la había derrotado. Pero la criatura sacudió todo el cuerpo y volvió a avanzar, aunque con movimientos lentos y aparentemente dolorosos.
Hawkmoon comprendió que estaba recuperando lentamente su fortaleza. Tenía que atacar ahora si es que quería contar con alguna posibilidad. Echó a correr hacia la bestia.
Ésta movió la cabeza con lentitud. Pero Hawkmoon se había aupado sobre sus planchas, apoyándose en las hendiduras que formaban, para sentarse sobre sus hombros mecánicos. La bestia emitió un fuerte rugido y levantó un brazo para arrancarse a Hawkmoon de un manotazo.
Desesperado, Hawkmoon se inclinó hacia adelante y, utilizando el pomo de su espada, golpeó con fuerza, primero sobre un ojo y después sobre el otro. Ambos ojos quedaron hechos añicos con un sonido agudo de cristal quebrado.
La bestia rugió y elevó las garras no hacia Hawkmoon sino hacia sus propios ojos heridos, dando así al joven duque el tiempo necesario para bajarse de los hombros de la criatura y precipitarse hacia las dos cajas que había venido a buscar.
Se sacó una bolsa de tela del cinturón, donde la había llevado sujetada, y metió las dos cajas en su interior.
El monstruo mecánico deambulaba ciegamente de un lado a otro. Cada vez que chocaba contra algo, sonaba un fuerte estruendo metálico. Ahora podía estar ciego, pero, desde luego, no había perdido nada de su fuerza.
Hawkmoon se deslizó silenciosamente por entre la bestia aullante, corrió hacia donde Oladahn seguía tendido, se echó al pequeño hombre sobre uno de sus hombros y se precipitó hacia la salida.
Detrás de él, la bestia metálica había captado el sonido de sus pasos y empezaba a volverse, dispuesta a perseguirle. Hawkmoon aumentó la velocidad de su carrera, con el corazón amenazando salírsele del pecho a causa del enorme esfuerzo.
Corrió por los pasillos, dejándolos atrás poco a poco, hasta que llegó a la entrada de la caverna que daba al mundo exterior. El monstruo metálico no podría seguirle a través de un hueco tan pequeño.
En cuanto se hubo deslizado por la abertura, sintiendo el aire fresco de la noche en sus pulmones, se relajó y contempló el semblante de Oladahn. El pequeño hombre bestia respiraba con normalidad y no parecía tener nada roto. Sólo un lívido moretón en la cabeza parecía lo bastante serio como para explicar la pérdida del conocimiento. Mientras inspeccionaba su cuerpo en busca de otras posibles heridas, el pequeño hombre bestia empezó a abrir los ojos lentamente. Un débil sonido surgió de entre sus labios.
—Oladahn, ¿os encontráis bien? —preguntó Hawkmoon con ansiedad.
—Ah… Me arde la cabeza —gruñó Oladahn—. ¿Dónde estamos?
—A salvo. Y ahora, intenta levantarte. Está a punto de amanecer y tenemos que regresar a Soryandum antes de que se haga de día. En caso contrario nos descubrirán los hombres de D'Averc.
Dolorosamente, Oladahn se puso en pie. Desde el interior de la caverna llegó hasta ellos un aullido salvaje y un gran estruendo metálico, señal de que la bestia mecánica intentaba atraparles. —¿A salvo, decís? —dijo Oladahn señalando hacia la ladera de la colina situada detrás de Hawkmoon —. Es posible, aunque… ¿por cuánto tiempo?
Hawkmoon se volvió. Una gran fisura acababa de aparecer en la muralla. La bestia mecánica se agitaba, esforzándose por liberarse para perseguir a sus enemigos.
—Mayor razón para poner pies en polvorosa —dijo Hawkmoon recogiendo la bolsa y echando a correr en dirección a Soryandum.
Apenas habían avanzado un kilómetro cuando escucharon un terrible estruendo tras ellos. Miraron hacia atrás y vieron como la pared de la colina se cuarteaba hasta abrirse y por allí surgía la bestia de metal, cuyos aullidos resonaron a lo largo de las colinas, amenazando con llegar incluso a Soryandum.
—La bestia está ciega —explicó Hawkmoon—, de modo que es posible que no nos siga de inmediato. Si logramos llegar a la ciudad creo que estaremos a salvo.
Aumentaron la velocidad de su carrera y no tardaron en alcanzar las afueras de Soryandum.
Poco después, cuando ya estaba amaneciendo, recorrían las calles en busca de la casa de los hombres fantasma.