7. El anillo en el dedo

Hawkmoon, Oladahn y D'Averc permanecieron hombro con hombro junto a la barandilla del barco mientras la extraña nave se acercaba más y más.

Todos los miembros de la tripulación se habían arremolinado alrededor de su capitán, alejándose todo lo que pudieron de los atacantes.

Al ver los ojos desorbitados y las bocas espumeantes de los locos del otro barco, Hawkmoon comprendió que no tenían la menor oportunidad de salir bien librados. Unos garfios fueron arrojados desde el barco del dios Loco, que quedaron bien sujetos en la suave madera de la barandilla del Muchacha sonriente. Instantáneamente, los tres hombres empezaron a lanzar tajos contra las cuerdas, cortando la mayoría de ellas.

—Que sus hombres suban a la arboladura —le gritó Hawkmoon al capitán—. Que traten de hacer girar el barco. —Pero los hombres, asustados, no se movieron—. ¡Estarán todos más seguros en el aparejo!

Los hombres se agitaron, inquietos, pero siguieron sin hacer nada.

Hawkmoon se vio obligado a volver toda su atención al barco atacante, y se quedó horrorizado al comprobar que ya se había pegado al suyo, y que su loca tripulación ya empezaba a saltar sobre la cubierta del Muchacha sonriente, con las espadas desenvainadas. Sus risotadas llenaron el aire y la sed de sangre brillaba en sus retorcidos semblantes.

El primero de ellos se lanzó por el aire contra Hawkmoon, con el brillante cuerpo desnudo y la espada levantada. La hoja de Hawkmoon se elevó para recibirlo y lo atravesó al tiempo que caía; luego, con un giro rápido, dejó que el cadáver cayera al mar, a través de la estrecha abertura que aún separaba a ambos parcos. Momentos después, todo el aire se llenó de guerreros desnudos que se balanceaban de las cuerdas, saltando salvajemente de un barco a otro. Los tres hombres lograron detener a la primera oleada, lanzando sablazos a su alrededor, hasta que todo pareció adquirir el color rojo de la sangre. Pero poco a poco se vieron obligados a retroceder a medida que los hombres locos inundaban la cubierta, luchando sin gran habilidad, pero con un escalofriante desprecio por sus propias vidas.

Hawkmoon quedó separado de sus compañeros y a partir de un momento determinado ya no supo si vivían o si habían sido muertos. Los guerreros, que saltaban como locos a su alrededor, se lanzaron sobre él, pero sostuvo la espada de combate con ambas manos, haciéndola oscilar con fuerza de un lado a otro, trazando un gran arco defensivo, rodeado por un brillante semicírculo de acero. Estaba cubierto de sangre de la cabeza a los pies; únicamente le brillaban los ojos, azules y firmes, refulgiendo desde el visor de su casco.

Y los hombres del dios Loco no dejaban de lanzar risotadas… e incluso seguían riendo cuando se les cortaba la cabeza o se les separaban los miembros del cuerpo con certeros tajos.

Hawkmoon se dio cuenta de que no tardaría en verse abrumado por el cansancio. Ya empezaba a sentir la espada en sus manos como algo muy pesado, y le temblaban las rodillas. Con la espalda apoyada contra un mamparo, se defendía continuamente contra la incesante oleada de locos rientes, cuyas espadas trataban de arrancarle la vida.

Decapitó a un hombre, desmembró a otro, pero a cada golpe que daba Hawkmoon iba perdiendo gradualmente su energía.

Entonces, ai bloquear con su hoja dos espadas que buscaban su cuerpo, las rodillas se le doblaron de tal forma que cayó al suelo, apoyándose en una de ellas. Las risotadas se hicieron aún mayores cuando los hombres del dios Loco avanzaron dispuestos a rematarle.

Elevó la espada desesperadamente; agarró la muñeca de uno de sus atacantes, se la retorció y le cogió la espada, de modo que ahora tenía dos. Utilizó la espada del loco para detener los golpes, y la suya para lanzar nuevas estocadas, y poco después logró recuperar la verticalidad, le pegó una patada a otro hombre y se volvió rápidamente con la intención de correr hacia la escalera que conducía al puente. Una vez allí, se volvió de nuevo para continuar la lucha, disponiendo en esta ocasión de una ventaja adicional sobre sus atacantes, que se apelotonaron ante los escalones para subir hacia donde él estaba. Desde su posición elevada, vio que D'Averc y Oladahn todavía estaban junto a la barandilla, y que se las habían arreglado hasta el momento para mantener a raya a sus atacantes. Miró hacia el barco del dios Loco. Seguía estando bien sujeto al Muchacha sonriente, pero no había nadie en él, puesto que toda la tripulación se había lanzado al ataque. Entonces, a Hawkmoon se le ocurrió una idea.

Dio media vuelta y echó a correr, alejándose de sus atacantes, se subió a la barandilla, agarró una cuerda que colgaba de las jarcias, y se lanzó al vacío.

Mientras atravesaba el aire, rogó para que la cuerda fuera lo bastante larga. Cuando ya empezaba a perder impulso se dejó caer, aparentemente contra el costado del buque enemigo. Sus manos lograron agarrarse a la barandilla del otro buque mientras caía. Se aupó sobre la cubierta y empezó a cortar las cuerdas que mantenían unidas a las dos naves. —¡Oladahn…, D'Averc, seguidme, rápido! —les gritó.

Desde la barandilla del barco asaltado, los dos hombres le vieron, empezaron a subirse a las jarcias y caminaron precariamente por el peñol del mástil principal, seguidos por los aullantes hombres del dios Loco.

El barco del dios Loco ya empezaba a deslizarse sobre las aguas, apartándose, y el espacio que lo separaba del Muchacha sonriente se iba ampliando rápidamente.

D'Averc fue el primero en saltar hacia la barandilla del barco de vela negra, agarrado a una cuerda con una sola mano. Se balanceó en el aire durante un instante, corriendo peligro de estrellarse contra las aguas. Pero finalmente lo consiguió.

Oladahn le siguió, cortando una cuerda que todavía unía a ambos barcos y dejándose caer sobre el vacío, deslizándose hacia un lado y terminando por caer de bruces sobre la cubierta del otro barco.

Algunos de los guerreros locos trataron de seguirles, y algunos lograron alcanzar la cubierta de su propio barco. Se lanzaron en grupo contra Hawkmoon, sin dejar de reír, juzgando, sin duda alguna, que Oladahn había muerto.

Hawkmoon tuvo que defenderse de nuevo. Una hoja le golpeó en un brazo, y otra en el casco, cerca del visor. Entonces, de repente, un cuerpo cayó entre los guerreros desnudos y empezó a lanzar tajos a su alrededor, casi de un modo tan maniaco como ellos.

Se trataba de D'Averc, metido en su armadura de cabeza de oso, cubierto por la sangre de los guerreros que había matado. Instantes después, apareciendo por detrás de los atacantes, llegó Oladahn, que como es evidente sólo había quedado ligeramente aturdido a causa de la aparatosa caída, emitiendo el salvaje grito de guerra de las montañas.

Entre los tres, no tardaron en matar a todos los guerreros locos que habían logrado alcanzar el barco. Los demás se lanzaban al agua desde la cubierta del Muchacha sonriente, sin dejar de reír salvajemente, tratando de alcanzar su barco a nado.

Al mirar hacia el Muchacha sonriente, Hawkmoon vio que, milagrosamente, la mayor parte de los hombres de su tripulación habían sobrevivido…, pues en el último instante habían subido a los aparejos del barco.

D'Averc echó a correr y se hizo cargo del timón del barco del dios Loco, cortando las amarras y manejando el timón de modo que la nave se alejara de los hombres que se acercaban a nado.

—Bueno —comentó Oladahn envainándose la espada e inspeccionándose las heridas—, parece que hemos escapado por poco… y con un barco mejor.

—Con un poco de suerte volveremos a encontrarnos en el puerto con el Muchacha sonriente —dijo Hawkmoon sonriendo burlonamente—. Confío en que siga queriendo llegar a Crimea, pues hemos dejado todas nuestras posesiones a bordo de ese barco.

D'Averc dirigía hábilmente el barco hacia el norte. Su única vela se hinchó al verse impulsada por el viento y la nave fue dejando atrás a los hombres, que continuaban nadando en su dirección. Aquellos locos seguían riendo, incluso cuando se ahogaban.

Después de haber ayudado a D'Averc a trincar el timón, de modo que el barco pudiera continuar el curso por sí solo, iniciaron la exploración de la nave. Estaba abarrotada de tesoros que, evidentemente, eran el fruto del pillaje de otras naves, pero también había gran cantidad de cosas inútiles —armas rotas, instrumentos de navegación, montones de ropa—, y aquí y allá se encontraron con un cadáver en descomposición o un cuerpo desmembrado, todos ellos apilados en las bodegas.

Los tres hombres decidieron desembarazarse de los cadáveres. Los envolvieron en capas, o ataron con correas los miembros sueltos y lo arrojaron todo por la borda. Fue un trabajo nauseabundo que les ocupó durante largo rato, ya que algunos de los restos los encontraron semiocultos bajo montones de otras cosas.

De pronto, Oladahn se detuvo mientras trabajaban, con los ojos fijos en una mano humana cortada que, de algún modo, se había momificado. La tomó de mala gana entre sus manos e inspeccionó un anillo que vio en el dedo meñique. Miró a Hawkmoon y dijo:

—Duque Dorian… —¿Qué ocurre? No te molestes en quitar ese anillo. Lo único que tienes que hacer es desembarazarte de esa cosa…

—No… Se trata del anillo. Mirad…, tiene un dibujo peculiar… Hawkmoon cruzó con impaciencia la estancia débilmente iluminada y observó el objeto, abriendo la boca, desconcertado, al reconocerlo. —¡No! ¡No puede ser!

El anillo era el de Yisselda. Se trataba del mismo anillo que el conde Brass le había colocado en el dedo para señalar así su compromiso con Dorian Hawkmoon.

Aturdido por el horror, Hawkmoon tomó la mano momificada, con una expresión de incomprensión en su rostro. —¿De qué se trata? —susurró Oladahn—. ¿Qué os perturba tanto?

—Es de ella. Es de Yisselda.

—Pero ¿cómo pudo haberse encontrado navegando por este océano, a tantos cientos de kilómetros de Camarga? No es posible, duque Dorian.

—Es el anillo de ella —repitió Hawkmoon contemplando fijamente la mano, inspeccionándola ávidamente cuando cobró conciencia del hecho—. Pero… la mano no es suya. Mirad, ese anillo apenas si encaja en ese dedo. El conde Brass se lo colocó en el dedo medio, e incluso entonces estaba bastante suelto. Esta mano pertenece a algún ladrón. —Sacó el precioso anillo del dedo y arrojó la mano al suelo—. Alguien que quizá estuvo en Camarga y robó el anillo… —Sacudió la cabeza y añadió casi como hablando para sí mismo—: Pero no es probable. Y, sin embargo, ¿qué otra explicación hay?

—Quizá ella viajó en esta dirección…, dirigiéndose posiblemente en vuestra busca —sugirió Oladahn.

—Sería una tontería haberlo hecho. Pero es posible. No obstante, si ha sido así, ¿dónde está ahora Yisselda?

Oladahn estaba a punto de decir algo cuando, procedente de arriba, se escuchó un terrible estruendo. Ambos levantaron la vista hacia la entrada a la bodega.

Un rostro sonriente, con expresión de loco, les contemplaba desde arriba. De algún modo, uno de los guerreros locos se las había arreglado para subir a bordo. Ahora se preparaba para saltar sobre ellos.

Hawkmoon consiguió desenvainar la espada en el instante en que el loco atacaba, espada en mano. El metal se cruzó con el metal.

Oladahn desenvainó su propia espada, y D'Averc acudió corriendo, pero Hawkmoon gritó: —¡Cogedlo vivo! ¡Tenemos que cogerle vivo!

Mientras Hawkmoon contenía al loco, D'Averc y Oladahn volvieron a envainar las espadas y cayeron sobre la espalda del guerrero, agarrándole por los brazos. El hombre se liberó dos veces, pero finalmente cayó al suelo pataleando, al tiempo que ellos lo sujetaban con fuertes cuerdas y lo ataban. Al cabo de un rato se quedó quieto, riéndose de ellos, sin ver nada, echando espumarajos por la boca. —¿De qué nos va a servir vivo? —preguntó D'Averc con amable curiosidad—. ¿Por qué no cortarle el cuello y acabar de una vez con él?

—Esto es un anillo que acabo de encontrar —dijo Hawkmoon sosteniéndolo en alto para que lo viera—. Pertenece a Yisselda, la hija del conde Brass. Quiero saber cómo lo obtuvieron estos hombres.

—Es extraño —comentó D'Averc frunciendo el ceño—. Tengo entendido que la muchacha todavía está en Camarga, cuidando de su padre. —¿De modo que el conde Brass está herido?

—Así es —contestó D'Averc sonriendo—. Pero Camarga sigue resistiendo nuestros ataques. Yo sólo trataba de perturbar vuestro ánimo, duque Dorian. No conozco la gravedad de las heridas del conde Brass, pero sé que él aún vive. Y ese prudente amigo suyo, Bowgentle, le ayuda a mandar a sus tropas. Por lo último que sé, el enfrentamiento entre el Imperio Oscuro y Camarga ha terminado en tablas. —¿Y no habéis sabido nada de Yisselda? ¿No habéis oído decir que haya abandonado Camarga?

—No —contestó D'Averc desconcertado—. Pero creo recordar… Ah, sí…, a un hombre que sirvió en el ejército del conde Brass. Creo que lo convencieron para que tratara de raptar a la muchacha, aunque ese intento no tuvo ningún éxito. —¿Cómo lo sabéis?

—Porque Juan Zhinaga…, el hombre en cuestión, desapareció. Es presumible que el conde Brass descubriera sus pérfidos propósitos y lo matara.

—Me resulta difícil creer que Zhinaga sea un traidor. Conozco superficialmente a ese hombre… Fue capitán de caballería.

—Capturado por nosotros durante la segunda batalla de Camarga —añadió D'Averc sonriendo—. Creo que era un alemán, y nosotros teníamos a buen recaudo a algunos miembros de su familia… —¡Le hicisteis chantaje!

—Le hicieron chantaje, en efecto, aunque yo no fui el responsable de eso.

Simplemente, me enteré del plan durante una conferencia que se celebró en Londra entre los diversos comandantes que habían sido convocados por el rey Huon para informarle del curso de los acontecimientos en las campañas que estábamos librando en Europa.

—Pero supongamos que Zhinaga tuvo éxito en sus propósitos —dijo Hawkmoon con las cejas fruncidas— y que, de algún modo, no consiguió llegar con Yisselda hasta donde está vuestra gente, y fue detenido en su camino por los hombres del dios Loco…

—Jamás se atreverían a ir tan lejos como el sur de Francia —rechazó D'Averc la idea—. Si lo hubieran hecho así nos habríamos enterado.

—En tal caso, ¿cuál es la explicación?

—Preguntémosle a este caballero —sugirió D'Averc señalando al loco, cuyas risas se habían apagado de tal modo que eran casi inaudibles.

—Confiemos en que podamos sacarle alguna cosa con sentido —comentó Oladahn dubitativamente—. ¿Creéis que se puede conseguir algo con dolor? —preguntó D'Averc.

—Lo dudo —contestó Hawkmoon—. No conocen el miedo. Tenemos que intentar otro método distinto. —Miró con aversión al loco y añadió—: Le dejaremos tranquilo durante un tiempo y confiaremos en que eso le calme un poco.

Volvieron a subir a la cubierta, cerrando la entrada a la bodega. El sol empezaba a ponerse y ahora ya tenían a la vista la costa de Crimea, en forma de unos negros acantilados recortados contra el cielo púrpura. El agua estaba tranquila y parecía moteada bajo la luz del sol poniente. El viento soplaba hacia el norte.

—Será mejor que corrija nuestro curso —sugirió D'Averc—. Creo que estamos navegando demasiado hacia el norte.

Avanzó por la cubierta para aflojar el timón y hacerlo girar varios puntos hacia el sur.

Hawkmoon asintió, con un gesto ausente, observando a D'Averc, quien, con su gran máscara echada hacia atrás, gobernaba el barca con mano experta.

—Esta noche tendremos que echar anclas y continuar la navegación por la mañana —observó Oladahn.

Hawkmoon no dijo nada. Su cabeza estaba llena de interrogantes sin contestar. Las vicisitudes de las últimas veinticuatro horas le habían puesto al borde del agotamiento, y el temor que ahora había aparecido en su mente amenazaba con conducirle a una locura mucho más terrible que la del hombre que tenían atado en la bodega.

Aquella misma noche, algo más tarde, estudiaron a la luz de las lámparas suspendidas del techo el rostro dormido del hombre que habían capturado. Las lámparas se balanceaban al compás del barco anclado mecido por las aguas, arrojando sombras oscilantes hacia los rincones de la bodega y sobre los grandes montones de objetos desparramados por todas partes. Una rata chilló en alguna parte, pero los hombres ignoraron el sonido. Todos ellos habían dormido un poco y ahora se sentían más relajados.

Hawkmoon se arrodilló al lado del hombre atado y le tocó la cara. Sus ojos se abrieron al instante, miró apagadamente a su alrededor y les observó a ellos. Su expresión ya no era la de un loco, sino más bien la de alguien que está algo sorprendido. —¿Cuál es vuestro nombre? —le preguntó Hawkmoon.

—Coryanthum de Kerch…, y vos, ¿quién sois? ¿Dónde estoy?

—Deberíais saberlo —contestó Oladahn—. A bordo de vuestro propio barco, ¿no lo recordáis? Vos y vuestros compinches atacasteis nuestra nave. Hubo una lucha feroz.

Logramos escapar y vos nadasteis en pos de nosotros e intentasteis matarnos.

—Recuerdo haberme hecho a la vela, pero nada más —dijo Coryanthum con un tono de voz que reflejaba perplejidad. Entonces trató de incorporarse—. ¿Por qué me habéis atado?

—Porque sois peligroso —contestó D'Averc con naturalidad—. Estáis loco.

Coryanthum se echó a reír. Era una risa totalmente natural. —¿Loco? ¡Tonterías!

Los tres hombres se miraron entre sí, extrañados. Porque, en efecto, el hombre no mostraba ahora el menor rasgo de locura. Una expresión de comprensión apareció en el semblante de Hawkmoon. —¿Qué es lo último que recordáis?

—Al capitán dirigiéndose a nosotros. —¿Qué os dijo?

—Que íbamos a tomar parte en una ceremonia…, que íbamos a beber una bebida especial… Nada más que eso. —Coryanthum frunció el ceño—. Tomamos aquella bebida…

—Describidnos vuestra vela —le pidió Hawkmoon—. ¿Nuestra vela? ¿Por qué? —¿Tiene algo especial?

—No que yo recuerde. Es una vela… de color azul oscuro. Eso es todo. —¿Sois marino mercante? —preguntó Hawkmoon.

—En efecto. —¿Y éste es el primer viaje que hacéis en este barco?

—Así es. —¿Cuándo os enrolasteis?

—Anoche, amigo —contestó Coryanthum con expresión de impaciencia—. El día del Caballo, según el cálculo de Kerch. —¿Es ése un cálculo universal?

—Oh… —exclamó el marino levantando una ceja—, fue el once del tercer mes.

—De eso hace tres meses —dijo D'Averc—. ¿Eh? —Coryanthum miró al francés a través de la semipenumbra—. ¿Tres meses? ¿Qué queréis decir?

—Que fuisteis drogado —le explicó Hawkmoon—. Drogado y después utilizado para cometer los actos de piratería más bárbaros de los que hayáis oído hablar. ¿Sabéis algo sobre el culto al dios Loco?

—Un poco. He oído decir que se localiza en alguna parte de Ucrania y que sus partidarios se han aventurado últimamente por otras partes…, incluso en mar abierto. —¿Sabéis que vuestra vela lleva ahora la señal del dios Loco? ¿Qué hace apenas unas horas asaltasteis nuestra nave y os visteis involucrado en un baño de sangre? Mirad vuestro cuerpo… —Hawkmoon se inclinó hacia él para cortar las cuerdas—. Estáis completamente desnudo. Mirad lo que lleváis en el cuello.

Coryanthum de Kerch se incorporó lentamente, extrañado ante su propia desnudez, llevándose los dedos al cuello y palpando el collar que llevaba allí.

—Yo… no comprendo nada. ¿Se trata de un truco?

—De un truco malvado… que nosotros no cometimos —contestó Oladahn—. Fuisteis drogado hasta que os volvisteis loco. Después se os ordenó matar y apoderaros de todo el botín de que fuerais capaces. Sin duda alguna, vuestro «capitán mercante» era el único hombre que sabía lo que iba a sucederos, y ahora es casi seguro que no está a bordo. ¿Recordáis algo? ¿Alguna instrucción sobre el lugar al que debíais ir?

—Ninguna.

—Sin duda el capitán tenía la intención de encontrarse más adelante con el barco y guiarlo hacia el puerto que él utilice como base —comentó D'Averc—. Quizá exista un barco que mantiene regularmente el contacto con los otros, si es que todos están llenos con idiotas como éste.

—En alguna parte de este mismo barco debe existir una gran provisión de droga —dijo Oladahn—. No cabe la menor duda de que todos se alimentaban regularmente con ella.

Este tipo no ha vuelto a tomar la droga únicamente gracias a que hemos sido nosotros quienes le hemos encontrado. —¿Cómo os sentís? —le preguntó Hawkmoon al marinero.

—Débil…, como si me faltara todo signo de vida y sentimiento.

—Es comprensible —dijo Oladahn—. Es casi seguro que esa droga termina por matarle a uno. ¡Es un plan monstruoso! Apoderarse de hombres inocentes, administrarles y alimentarles con una droga que los enloquece y que en último término los mata, y utilizarlos mientras tanto para robar y matar, para después recoger todo el botín. Jamás había escuchado nada igual. Creía que el culto al dios Loco estaba compuesto por fanáticos honestos, pero da la impresión de que todo está controlado por una fría inteligencia.

—Por lo menos en sus acciones sobre el mar —dijo Hawkmoon —. A pesar de todo, me gustaría encontrar al hombre responsable de todo esto. Sólo él puede saber dónde está Yisselda.

—En primer lugar, sugiero que arriemos la vela —dijo D'Averc—. Entraremos en el puerto con ayuda de la marea. No nos recibirán muy bien si ven la vela que llevamos. Por otra parte, podemos hacer un buen uso de todo este tesoro. ¡Ahora somos hombres ricos!

—Seguís siendo mi prisionero, D'Averc —le recordó Hawkmoon—. Pero tenéis razón, podemos disponer de una parte de este tesoro, puesto que las pobres almas que lo poseían ya han muerto. En cuanto al resto, lo podemos entregar a algún hombre honesto para que lo reparta, y compense así a quienes han perdido a sus parientes y fortunas a manos de los marinos locos. —¿Y después, qué? —preguntó Oladhan.

—Después volveremos a hacernos a la vela… en espera de que asome el jefe de este barco. —¿Podemos estar seguros de que aparecerá? ¿Qué pasará si se entera de nuestra visita a Simferopol? —preguntó Oladahn.

—En tal caso, no cabe la menor duda de que aún tendrá más deseos de encontrarnos —replicó Hawkmoon sonriendo burlonamente.

El Bastón Rúnico
titlepage.xhtml
Khariel.htm
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Section0023.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Section0055.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Section0089.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml
Section0105.xhtml
Section0106.xhtml
Section0107.xhtml
Section0108.xhtml
Section0109.xhtml
Section0110.xhtml
Section0111.xhtml
Section0112.xhtml
Section0113.xhtml
Section0114.xhtml
Section0115.xhtml
autor.xhtml