Capítulo 39
A las nueve de la noche el club Greenhouse ya presentaba un aspecto de gala. Los millares de cristales multicolores que adornaban el techo lo convertían en un cielo de fantasía, más parecido a un paraíso daliniano que a un garito de moda de Nueva York. Era el lugar para estar y ser visto, sin duda alguna. Max había reservado una de las zonas VIP y junto a Checo tomaba la primera copa de la noche esperando la llegada de los invitados.
—¿Avisaste de que venías? —preguntó Max.
—Sí, claro —respondió su amigo, y dio un sorbo a su whisky con hielo.
—Menos mal, porque me han confirmado por Twitter unos sesenta colegas.
—Joder, tío, te tendrían que contratar de relaciones públicas en un garito gay.
—Bueno, es lo que hay. En Nueva York las mujeres son mayoría y en el sector financiero, como mucho una por cada cinco hombres. Pero les he pedido que traigan amigas; como hay barra libre lo harán.
—Más nos vale, porque mis relaciones públicas traerán a unas treinta; eso sí, seguro que muy guapas, ya sabes, modelos, rusas, etcétera.
—Pues hoy hay que romper la noche. Por cierto, vendrá Arito.
—¿Quién?
—Arito, el matemático financiero que va a trabajar conmigo como director de inversiones de STAR I.
—Ah, el japonés ese del que me hablaste.
—Sí, el que me hará rico —sentenció Max—. Está feliz de pensar que va a conocerte —añadió.
—Pues encantado con tal de que no hable mucho de inversiones.
Ambos rieron.
Una camarera de aspecto muy sexi se acercó a ellos.
—Perdona, ¿eres tú Max Bogart?
—Sí, ¿en qué puedo ayudarte? —contestó.
—Más bien yo puedo ayudarte a ti. Soy la responsable de esta zona VIP que has alquilado, para cualquier cosa aquí me tienes.
—Se me ocurren muchas cosas en las que nos puedes ayudar —intervino Checo.
La hermosa camarera lo reconoció y sonriendo añadió:
—¿Tú eres Checo?
—Sí, para servirte. —Y la mezcla de sonrisa esplendorosa con mirada verde causó mella en la chica.
—Pues nada, ya lo sabéis, aquí estamos mis compañeras y yo para lo que necesitéis.
Media hora después aquello era un hervidero. La zona VIP reservada por Max por seis mil dólares estaba repleta. Bellas mujeres por todos lados, con sus ropas más atrevidas; no había duda de que las llamadas de Checo habían funcionado. Parecía una competición. Más escote, más tacones, más corta la minifalda. Los hombres, como era habitual, no vestían muy allá. La mayoría, un pantalón informal, incluso jeans y alguna chaqueta sport.
A Max le llamaron la atención dos chicas que se acercaban a la barra, pero fuera de la zona VIP reservada. No respondían a los dictados de las modelos. Se sentaron en unos taburetes altos.
Max salió de la zona VIP y se dirigió a ellas de inmediato.
—Hola, ¿habéis venido a la fiesta? —preguntó sabedor de la respuesta.
—¿Qué fiesta? —dijo la del cabello castaño.
—La fiesta que doy esta noche.
—¿Tu cumpleaños?
—No, qué va, solo un cambio de trabajo. Me llamo Max Bogart, ¿y vosotras? —dijo tendiendo la mano.
—Yo soy Heather y ella, Debra.
De inmediato Max la reconoció.
—Debra Williams, ¿la de la CNN?
—Sí —contestó la rubia reportera.
Max se quedó unos instantes callado. Había conocido a otras famosas en sus salidas nocturnas con Checo, pero algo le pasó por la mente al verla que le hizo fijarse en ella con detenimiento. En cuanto reaccionó les propuso:
—Venid a tomar una copa a nuestra fiesta.
Heather miró a Debra, que pese a su profesión era algo más tímida. Solo cuando se percató de que su amiga le hacía una señal moviendo ligeramente la cabeza hacia abajo, replicó:
—Sí, por qué no. —Y ambas se levantaron.
En cuanto llegaron a la zona VIP Max les preguntó:
—¿Qué queréis tomar?
—Zumo de tomate —contestó Debra.
—Yo lo mismo —añadió Heather.
—Perdonad un momento; os podéis sentar aquí, voy a pedir. —Rápidamente se acercó a la camarera y le pasó la orden, para de inmediato iniciar la búsqueda de Checo; necesitaba refuerzos. Al fin lo vio unos metros más allá; cómo no, hablaba con dos modelos de la agencia Elite que les habían presentado hacía un rato.
—Perdonad —les dijo Max a las chicas, y se acercó al oído de Checo—. Vente, tío, te necesito.
—No jodas, que ya voy encaminado.
—Que te vengas, joder, que te voy a presentar a dos tías.
—Pero qué más da, dos aquí, dos allá; quédate tú conmigo, a estas me da que nos las tiramos en el lavabo —dijo Checo desconcertado ante la insistencia de su amigo.
—No seas bestia, coño, estás hablando con un prestigioso financiero que a partir de hoy ya no folla en los lavabos. —Ambos rieron.
—OK, te acompaño.
—Chicas, perdonadme un momento —les dijo Checo para a continuación besarlas en la boca. A una y a la otra. Ambas con cara de resignación, aceptaron el beso como un pequeño tributo.
—No tardes, te esperamos, las dos —le dijo una de ellas con su expresión más sugestiva.
—Espero que tus amigas valgan la pena... Porque es tu fiesta, que si no... a buenas iba yo a desperdiciar esos dos bombones.
—Mira, una de ellas es Debra Williams, la reportera de la CNN; esa es para mí.
—¡Ah! vale, gracias.
—Pero la otra se llama Heather y es superatractiva, te pega mucho.
—Oye, no estoy hoy para calamares. —Así es como llamaban a las mujeres poco agraciadas.
—Que no, hombre, que en serio está muy buena; lo que pasa es que la rubia tiene algo.
—No, si ya la he visto por la tele, no hace falta que me lo digas.
Las botellas de Moët & Chandon parecían volar sobre bandejas sostenidas bien alto. Adornadas con bengalas encendidas, para que nadie se quedara sin verlas, chispeaban en todas direcciones creando un alboroto de luces y reflejos perfecto para acompañar la música de Black Eyed Peas. Un bonito espectáculo para dibujar una estela que anunciase a quién se dirigían. En Nueva York, saber quién tiene dinero era ley, y una botella de champán francés constituía un buen indicador.
—Mirad, os presento a Checo; ellas son Heather y Debra.
—Hola —dijo Heather.
—¿Con quién habéis venido? —preguntó Checo.
—Solas.
Max aclaró:
—Es que no habían venido a la fiesta, nos acabamos de conocer en la barra.
—¿Tú eres Debra Williams? —inquirió Checo.
—Sí, y tú Checo —respondió ella con presteza.
—Sí, claro, encantado de conocerte.
—Igualmente.
Debra, la joven reportera que empezaba a ser conocida, acostumbraba a trabajar a pie de calle cubriendo todo tipo de eventos en torno a la ciudad de Nueva York. Era una mujer bella de cabello rubio y aspecto dulce. A Checo no le interesó; parecía seria, no respondía al tipo de mujer con el que acostumbraba a acostarse. Sin embargo, Heather sí que era muy atractiva. Quizá no tan guapa como alguna de las modelos que asistían a la fiesta, pero con mucha personalidad. El pelo largo, castaño y ondulado. Le llamó la atención que llevara jeans un viernes por la noche; eso no era habitual en una mujer de Nueva York.
—¿A qué te dedicas? —le preguntó.
—Soy catalogadora de arte —contestó Heather al tiempo que, sin que nadie lo advirtiera, se colocaba mejor la funda de su pistola Glock bajo su chaqueta de cuero negro.