69

—¡Eh, señor!

Becker atravesaba el vestíbulo en dirección a una hilera de cabinas telefónicas. Se detuvo y dio media vuelta. La chica que lo había sorprendido en el lavabo de mujeres se dirigía hacia él. Le indicó que esperara con un ademán.

—¡Espere, señor!

¿Y ahora qué?, pensó Becker. ¿Me quiere acusar de invasión de la intimidad?

La chica iba arrastrando la bolsa. Se acercó a él con una enorme sonrisa.

—Siento haberle gritado. Me dio un susto.

—No tiene importancia —contestó Becker algo perplejo—. Al fin y al cabo, no debía estar allí.

—Tal vez le parezca una petición un poco extraña —dijo ella, y entrecerró varias veces los ojos inyectados en sangre—, pero ¿no podría prestarme algo de dinero?

Becker la miró con incredulidad.

—¿Para qué? —preguntó. No pienso financiar tu vicio, si es eso lo que quieres.

—Intento volver a casa —dijo la rubia—. ¿Puede ayudarme?

—¿Has perdido el vuelo?

Ella asintió.

—Perdí el billete. No me dejaron subir al avión. Las compañías aéreas son muy cabronas. No tengo dinero para comprar otro.

—¿Dónde están tus padres? —preguntó Becker.

—En Estados Unidos.

—¿No puedes ponerte en contacto con ellos?

—No. Ya lo he intentado, pero están pasando el fin de semana en el yate de alguien.

Becker examinó las ropas caras de la muchacha.

—¿No llevas tarjeta de crédito?

—Sí, pero mi padre la canceló. Cree que me drogo.

—¿Te drogas? —preguntó Becker mientras echaba un vistazo a su antebrazo hinchado.

La chica le lanzó una mirada indignada.

—¡Claro que no!

Miró a Becker con aire inocente, y éste presintió de repente que le estaba tomando el pelo.

—Venga —dijo la muchacha—. Usted parece rico. ¿No puede dejarme algo de dinero para volver a casa? Ya se lo devolveré después.

Él imaginó que cualquier cantidad que le diera acabaría en las manos de algún camello de Triana.

—En primer lugar —dijo—, no soy rico. Soy profesor. Pero te diré lo que haré… —Te desenmascararé, eso es lo que haré, pensó—. ¿Qué te parece si te compro el billete?

La rubia le miró estupefacta.

—¿Haría eso? —preguntó con ojos desorbitados de esperanza—. ¿Me compraría un billete de regreso? ¡Oh, Dios, gracias!

Becker se quedó sin habla. Por lo visto la había juzgado mal.

La chica le echó los brazos al cuello.

—Ha sido un verano de mierda —dijo con voz estrangulada, casi al borde de las lágrimas—. ¡Gracias! ¡He de irme de aquí!

Becker le devolvió el abrazo a regañadientes. La rubia le soltó y él volvió a mirarle el antebrazo.

Ella siguió su mirada hasta la roncha azulina.

—Feo, ¿eh?

Becker asintió.

—¿No me has dicho que no te drogabas?

Ella rió.

—¡Es Magic Marker! Casi me arranco la piel cuando intenté borrarlo. La tinta mancha.

Becker miró con más detenimiento. A la luz fluorescente vio, borroso bajo la hinchazón rojiza del brazo, el tenue contorno de una inscripción, palabras escritas en la piel.

—Pero, pero tus ojos… —dijo Becker aturdido— están rojos.

La chica volvió a reír.

—Estuve llorando. Ya se lo dije. Perdí el vuelo.

Becker volvió a mirar las palabras del brazo.

La muchacha frunció el ceño avergonzada.

—Aún se puede leer, ¿verdad?

Él se acercó más. Lo pudo leer sin problemas. El mensaje era claro como el agua. Mientras leía las cuatro palabras borrosas, las últimas doce horas desfilaron ante sus ojos.

A David Becker le pareció estar de nuevo en la habitación del hotel Alfonso XIII. El obeso alemán se estaba tocando el antebrazo y hablando en su inglés deficiente: «Fock off und die».

—¿Se encuentra bien? —preguntó la muchacha mirando al asombrado Becker.

Él no levantó la vista del brazo. Estaba aturdido. Las cuatro palabras garabateadas en la piel de la chica comunicaban un mensaje muy sencillo: FUCK OFF AND DIE.

La rubia lo miró avergonzada.

—Lo escribió un amigo mío… ¿Estúpido, eh?

Becker no podía hablar. Fock off und die. No podía creerlo. El alemán no le había insultado, había intentado ayudarle. Alzó la mirada hacia el rostro de la muchacha. A la luz fluorescente del vestíbulo, vio descoloridas mechas rojas y azules entreveradas en su pelo rubio.

—Tú… tú… —farfulló al tiempo que examinaba sus orejas sin agujeros—. No llevarás pendientes, ¿verdad?

La chica le miró de una forma rara. Sacó un objeto diminuto de su bolsillo y lo tendió. Becker contempló el pendiente en forma de calavera que colgaba de su mano.

—¿Un pendiente de clip? —aventuró.

—Sí, joder —contestó la chica—. Los zarcillos me dan pánico.

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