Yss y otras ciudades
Una amiga, gran poeta en nuestra lengua gallega, me regala, para que acompañe las largas tardes de una lenta convalecencia, un disco de Alain Stivell Cocheveleu, titulado Renacimiento del arpa céltica, y que se abre por una «improvisación/evocación» de la leyenda de la ciudad de Yss, capital del reino de Cornualles en Armórica, en el siglo V, cubierta por las aguas a causa del pecado que reinaba en ella. Se escucha el arpa y se escucha el mar, las grandes olas enormes que «asolagan» a Yss. En Galicia, donde según el arqueólogo Monteagudo hay noticia de ciento dieciséis ciudades sumergidas, por «sumergir» decimos «asolagar», que es palabra muy hermosa, y debe referirse solamente a las ciudades que yacen bajo las aguas de un lago, como Valverde, en la laguna de Cospeito, o Antioquía de Galicia en la laguna Antela, donde nace el Limia. Cuando fue desecada la laguna Antela, don Vicente Risco y servidor estuvimos muy atentos, pero nada de la ciudad asolagada apareció cuando fueron canalizadas las aguas.
Ni asomo de las altas torres, ni de los jardines colgantes como los de Babilonia, ni de la mitra dorada del rey, que a veces, en los plenilunios, brillaba en las junqueras. También fue desecada la laguna de Cospeito, y tampoco apareció Valverde, con sus siete palacios y su rey dormido, el de la enorme barba verde. Me dicen que ahora, después de la desecación de la laguna de Cospeito, que vuelven las aguas de abajo a llenarla. No podré asegurar nada hasta que lo vea.
Yss, desde que las aguas la cubrieron, nunca fue vista, ni nadie pudo descender a ella, aunque sí fueron oídas alguna vez las campanas de sus iglesias, lo que puede probarse con Debussy. Antioquía de Galicia tampoco pudo ser nunca visitada por nadie, pero se ha afirmado que en siglos pasados solían abandonarla gentes extrañas, sirios, dicen, vestidos muy de seda con grandes gorros de colores y anchas fajas rojas. Se perdían en la niebla, camino de Allariz y de Orense, y las gentes del país no se les acercaban porque los antioqueños olían a podre, a media legua de distancia.
Pero Valverde parece que haya sido vista alguna vez, y yo he tratado al nieto de uno que aseguró que la había visto, y había estado a punto de entrar en ella. Valverde fue sumergida a causa de una gran traición, dicen, aunque se asegura que lo mismo que en Yss, hubo un incesto, algo como lo de Fedra e Hipólito entre los griegos. Pudieron haberse dado ambas cosas.
Parece ser que el vinculeiro de Amenedo, don Manuel Beiras, una tarde de verano regresaba a su casa después de haber asistido al entierro de un pariente. Nosotros llamábamos «vinculeiros» a la gente hidalga que heredaba bienes vinculados. Beiras se detuvo a contemplar la laguna de Cospeito, que aquella tarde tenía un extraño color rojizo. De pronto se levantó viento del Sur, caliente, la laguna comenzó a mermar y todas las aguas se fueron. Unas vacas quedaron pastando al borde de un abismo. La laguna secó en un santiamén, y que apareció allá en el fondo la ciudad de Valverde, con sus murallas, las torres de iglesias y palacios, y en una solana del más alto de éstos estaba sentado en su trono, que era a modo de mecedora, el rey, un coronado de mejillas coloradas, dueño de una enorme barba de oro. La barba salía por la balconada de la solana, y colgaba sobre una plaza, que por las tiendas con techos de lona que se veían en ella debía ser la plaza del mercado. Iban y venían gentes, pero don Manuel Beiras solamente tenía ojos para el gran rey.
Al vinculeiro le pareció un hombre apacible, aunque triste, y de no estar en solana tan alta, Beiras se hubiese acercado a él a ofrecerle un pitillo. A los pies del rey, que estaba descalzo, yacía un gran perro leonado. Beiras anduvo un rato buscando un camino por el que bajar a la ciudad, y cuando había dado con él, que era un sendero que desembocaba en un jardín junto al palacio de la solana, volvieron a subir las aguas. Surgían por doquier, rojas como sangre, y ruidosas, y cubrieron de nuevo a Valverde, con su plaza del mercado y su rey. Cuando unos canónigos de Lugo le preguntaron a don Manuel Beiras y Verdes-Montenegro si no habría soñado, éste juró que estaba bien despierto, y añadió detalles de lo visto, como que, por ejemplo, el rey había sacado del bolsillo de su casaca un reloj de oro y había mirado qué hora era.
Un erudito bretón, Yves Le Bronder, ha escrito sobre Yss y otras ciudades sumergidas de la fábula armoricana y céltica en general, y afirma que los reyes de estas ciudades tienen delante de sí un reloj de sol, en el cual esperan ver la hora de la desecación, el castigo cumplido, en la que sus ciudades, sus reinos, volverán al aire y la luz. Este detalle del reloj me hace creer que don Manuel Beiras vio verdaderamente la ciudad de Valverde con su rey de la enorme barba. No tan grande como la de Nugha Don, que cuando amenazaba tormenta en su reino irlandés tendía su barba sobre las tierras de centeno llevar, y libraba del granizo el pan de sus súbditos.
Escucho en la calma de la tarde —hay un silencio inusitado en la ciudad, porque todos sus habitantes están ante los televisores viendo un partido de fútbol—, el arpa de Alain Stivell, a la que acompaña, monótono, el canto de las olas. Es verdadero mar, es el mar de todos los días en una costa rocosa, pero como tiene que seguir el arpa de Stivell, que evoca la hora de la tragedia de Yss, adquiere un aire de lamento que no le he escuchado nunca al Océano. Y quizás él no se dé cuenta siquiera, porque es cierto aquello del poeta Yeats, cuando hablaba de «la asesina inocencia del mar».