Las siete islas de Perros-Guirec
Cuando leo libros sobre las cada vez más dudosas gentes celtas, lo que más me sorprende es la turbamulta de etimologías que los historiadores de lo celta manejan: maravilloso ejercicio de palabras cortadas que, incidiendo en ellas por una u otra sílaba, asoman inusitadas raíces, descorriendo el velo que encubría el secreto de la palabra muerta. Así, de súbito, Breogán, el gran rey de las navegaciones y los remos luminosos, significa «el que trae la luz a la ciudad» o «el que pone la luz en la ciudad». ¿En la ciudad que él funda en La Coruña? Ahí están los cuatro versos del Leabhar Gabhala que cantó un poeta que también era navegante, Giolla Caiomghim:
Mantiveron combate e loitas
contra as abondosas hostes da España.
Breogán venceu, que era campeón.
Por el Brigancia foi fundada.
Y en su ciudad, Breogán mandó construir un faro. ¿No le bastaba al celta vagabundo, como no le bastó al alejandrino, guiarse en el mar por las estrellas? Escribo estas líneas a media noche, vertido ya por el cielo el brillante y temeroso enigma de las estrellas. Vega brilla, dulcísima, entre el Cisne y el Dragón, temblando como una niña o una gota de agua cubierta de oro. En el Águila está Altair hermosa, y en la Constelación Boreal la naranja maravillosa de Arturo. En un poema sobre el faro de Alejandría, maravilla del mundo antiguo, se dice que siete sabios arrancaron del árbol celeste, como un limón de un limonero, una estrella, y la colocaron en lo alto del faro. ¿Qué estrella tomó Breogán en sus enormes manos para su faro coruñés, llamado la Torre de Hércules? Quizás alguna polar que se perdió en esa inacabable danza de los siglos con las leguas y las estrellas. En el Dragón, la tercera por la cola, está Thuban, que fue una estrella polar hace cinco millones de años. Hasta el 5000 de nuestra era, otra estrella Gamma de Cefeo, será la polar; y frente al 10 000, Alfa del Cisne; y frente al 13 000, Vega de Lira; y frente al 16 000, Gamma de Hércules, y de nuevo, el año 23 500, volverá Thuban, el pálido resplandor, cola del Dragón. Breogán desde su torre coruñesa, creía ver al amanecer una tierra verde en el horizonte: era Irlanda. Vislumbraba, se dice, crecer la hierba en la lejana esmeralda de Irlanda, igual que un trébol de cuatro hojas posado sobre el mar. Y se dice en el poema que recomendaba a sus hijos y nietos que vigilasen a las islas que iban y venían, como naos, encima de las olas, y si aún estaba enjuto el valle de Claemfleur. Y ya hemos llegado a donde viajábamos. Haciendo el viaje a Normandía llegamos a las siete islas de Perros-Guirec. Estas siete islas son los restos de un bosque que en marzo del 709 un golpe de mar sumergió para siempre, al tiempo que separaba Mont Saint-Michel de la tierra firme. Primeramente la mar se retiró seis leguas y media, y pudo verse el valle de Claemfleur de los poemas irlandeses, con las dos ciudades sumergidas, y el castillo de Oren con sus bosques, ahora con peces en vez de pájaros por los columpios de las ramas; y más allá, frente a los lindes perdidos de Brave, ahora en las cartas británicas Sowell Bank, el hospital de Saint-Vaas y la ermita; y en las laderas los viñedos por terrazas, más hermosos que los jardines de Caserta o de Sevilla; y por entre los racimos el lento rodaballo, como el faisán por el bosque dorado del otoño. Tal huida del mar, según las crónicas, duró cuatro días; el Serenísimo Cabildo de Ruán tuvo noticia y mandó un perito a uña de caballo para tomar posesión de las tierras de aquella nueva provincia; y del lado de Bretaña vino un campeón a poner una piedra inmensa que decía que allí, en los límites de Brave, comenzaba el reino de Arturo. Pero al cabo de los cuatro días, oscureciendo la mañana como la más oscura noche, volvió la mar y se adentró en la antigua tierra y cubrió todo excepto las siete islas de Perros-Guirec. Entonces vino el «macareux» con su pico mitad rojo y la otra mitad azul, e hizo su nido en las islas. Dicen que el pico del «macareux» tiene sus colores de las plumas rojas y azules del campeón artúrico ahogado en la petición de Brave y de Oren…
¿Estarían en aquellos años góticos, los nietos de Breogán indagando el tenebroso Atlántico desde el faro de La Coruña? ¿Habrían visto surgir y luego desaparecer el valle de Claemfleur, país maravilloso en la imaginación del celta? El celta tuvo dos paraísos: Tirnanoge, el país de la eterna juventud, y Claembeath o Claemfleur, el país del placer. Al primero viajó Ossián, y al segundo quería ir el gran rey Breogán, el más poderoso de los reyes celtas españoles, rico en remos; los celtas, según las antiguas canciones, daban a los remos nombres de héroes, les guardaban un lugar delante del fuego, y ya rotos o viejos, los enterraban con funerales regios…
Me gustaría que la mar se retirase de Perros-Guirec y que viniese otra vez el sol y la luna a los caminos floridos, a los valles y a los jardines, a los palacios y al castillo de Claemfleur. Pero de todo lo que allí pudiera vislumbrarse, nada me gustaría más que divisar los rodaballos navegando entre las viñas, y los salmonetes balanceándose en las ramas floridas de los manzanos, y los pájaros, ya que algo tiene siempre que cantar en los árboles, caracolas marinas que el viento del canal sopla.