Más sobre vientos

Fueron un cuento de Robert Cunninghane-Graham, un capítulo de El Vitorial del escudero Gutiérrez Díaz de Games —que probablemente era pontevedrés— y unas notas de Kroll en la introducción de su edición de la Heimskringla, de Snorri Sturluson, el punto de partida para las historias de vientos que yo metí en mi libro Las mocedades de Ulises. Por cierto que no he visto explicado en ninguna parte aquella terrible aparición del viento en el mar que viene en la crónica del conde de Buelna, don Pero Niño, cuando las castellanas naves iban a dar caza a la flota inglesa que custodiaba la nao en que viajaba, para bodas reales en Britania, la princesa de Holanda, y el solemne discurso que el viento pronunció en la ocasión, portavoz casi de Dios Todopoderoso. Kroll cuenta de las amistades de los vikingos, de la gran hora oceánica con los vientos de la mar, y de la presencia de ánimo de Gunnar Blakelelma, Negro Yelmo, o Yelmo Quemado, como quiere Carlyle, que cree que black, negro, está emparentado con el griego phlego —cosa que por otra parte sostiene el The Concise Oxford Dictionary, edición de 1934, que es la que yo manejo—. Gunnar cumplía el rito de verter sobre una vela nueva sangre de su hombro derecho, cuando se le presentó un viento poderoso, que quería estrenarla en el mar de los escotos. El viento le pidió a Gunnar que le prestase, en la ocasión, su gran espada, y el rey le dijo que se la dejaba de buen grado a condición de que el viento se mostrase en su forma verdadera, y no a manera de ráfagas violentas y silbadoras. Y el viento se mostró. Era un gigante de diez varas noruegas, con una enorme barba dorada, y el cuerpo cubierto de escamas plateadas como las del salmón. Se había puesto a la cintura la gran espada de Gunnar, que dada la inmensidad del señor viento parecía, sobre su vientre, un pequeño puñal.

—¡Tienes piel de pez! —dijo el rey vikingo.

—¡Es que sólo corro en el mar!

Y dijo esto con voz tan potente que quebró el mástil de la nave de Gunnar, que era de encina de Sicilia.

Anteriormente les he hablado de la danzarina Tu-Lai y de sus rizos. Tu-Lai tenía «la inclinación de la tercera caña del bambú». Imagínense un bosquecillo de bambúes a lo largo de un río, en la lejana China. Es fácil, por las estampas y por los poetas. (En un periódico coruñés, hace algún tiempo, un señor Ribagorza escribía que no había poesía en China, ya que no conocíamos ningún nombre de poeta chino. Aquello me recordó lo de Allendesalazar, un ministro de Alfonso XIII, que haciendo un viaje por el sur de Francia se detuvo en Aviñón. Visitó el palacio de los Papas y un guía les explicó el «cautiverio de Babilonia». Al salir, comentó Allendesalazar con su secretario: «¡Eso que dice el guía que los Papas vivieron aquí cien años, debe ser mentira! ¡Porque si hubiesen vivido aquí se sabría!»).

Volvamos a Tu-Lai, y a la inclinación de la tercera caña del bambú. Sopla el viento, y la primera caña se inclina en exceso. La segunda, algo protegida por la primera, se inclina menos. La tercera se inclina un poquillo y se mece. Éste es el movimiento supremamente elegante, que deben imitar las mujeres hermosas, las danzarinas y las muchachas cuando van a conocer por vez primera a su futuro marido. En China hubo estas «escuelas de viento» para la gracia del andar. En fin, andamos al viento, que es un gran misterio, como si nada.

Viajes imaginarios y reales
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