El viajero desconocido
Procedente de la colección Guennal, en el Brooklyn Museum, se guarda una estatuilla, un viajero misterioso, alguien que pisaba el polvo de los caminos del año 5000 o del 3000 antes del Señor. Los arqueólogos no han logrado ponerse de acuerdo acerca de quién es, de dónde viene. ¿Un héroe será, o un rey, un sacerdote, un demonio, un dios, un pastor? Si es un pastor, ¿acaso Abraham, Ibrahim Jalil Abdurrahman, el amigo de Dios? «Y Sarai era estéril y no tenía hijos, y Thareh tomó a Abraham su hijo, y a Lot, hijo de Aaran, y a Sarai, su nuera, y salió con él de Ur de los Caldeos para la tierra de Canán»… Sarai quiere decir, en hebreo, «princesa mía». ¿Era tan hermosa, en verdad? Con su sonrisa, como con plumas de la cola del ibis, quería el faraón acariciar su corazón, y la mandó llevar a palacio para hacerla su esposa, que Abraham había mentido, diciendo que era su hermana. Como a la Helena de los griegos, a Sarai los años la embellecían, y los hombres se turbaban ante ella. Pero quizá no sea un pastor, no sea Abraham el misterioso desconocido. Quizá sea un héroe, uno de los héroes de Sumeria o de Asiría, un rey elamita, cazador entre los pastores. Pero pese al báculo, al ceñidor, símbolo de poder casi real, al fantástico calzado y a la mitra, y al burujo que a la espalda lleva, y que asemeja las alas y la cola de un gran pájaro; pese a todo lo que pudiera inclinarnos a mitológica opinión, contentémonos con llamarle «el viajero desconocido», alguien que abandona al amanecer la ciudad —Nínive, Ur o Susa— y por el camino del rey, a cuya orilla se abren los labios de los pozos, inicia una larga peregrinación. Ulises o Persiles, cualquier nombre es bueno, ahora.
¿Y por qué viaja? Un libro árabe de geografía, y de los más célebres, se titula: Descanso del que está poseído por el deseo de contemplar horizontes. Alguien sueña con colinas, y una vez que ha subido a la más alta —quizás ha llegado, en la noche, a una torre que hay en ella y llama a la puerta, y ladra un can, y un criado se asoma a la terraza con una linterna, y enterado de la nación y condición del peregrino le franquea la entrada, y lo lleva al amor del fuego, donde está el señor de la colina con sus hijos, y el peregrino cuenta la historia de un rey que tenía un ojo colorado; o que los elefantes son fíeles a los juramentos, o que hay un reino en Levante que está en partición por culpa de una mujer hermosa, y los hijos del señor se miran, que son jóvenes y no conocen mujer, y la noticia del peregrino fue como desnudar una espada ante guerreros iracundos—; digo que ha subido a la colina más alta el peregrino, y ha visto amanecer desde ella, y en el horizonte contempló unas montañas que corona la nieve, y acaso pregunte qué país es aquél, y si hay que cruzar un río y cuáles los vados, y si hay posada con agua fresca, y cuántas ciudades, y cómo reciben al extranjero, al «exquilino» que decían en Bolonia del forastero —«inquilino» era ciudadano— y le ponían un sello rojo en la mano… Se viaja por una noticia o por una imaginación, por oír cantar un pájaro o por amanecer un abril en Carcasona… Quizás el señor de la colina le hable de Carcasona al peregrino, y éste salga a la busca de la ciudad, y todas las luces que a la anochecida se encienden a lo lejos le parezcan la ciudad, y nunca son la ciudad; se acerca el peregrino a unas luces que se reflejan en el agua de un ancho río, y no es una ciudad, que son las barcas de los pescadores, y esto le sucedió en China a un filósofo vagabundo. «Todo camino está hecho con carne humana y esperanza», dijo Enrique von Kleist, un vagabundo que murió al borde de un camino. ¿Acaso un Enrique von Kleist de Ur, de Susa, de Nínive, de Elam, éste desconocido? Pero no, los vagabundos como Kleist necesitan el caballo, son cólera montada, viento a espuela. Este desconocido más parece un pequeño filósofo. Si camina hacia Occidente habrá que decirle lo que Ornar Jayam al pasajero del quitasol: «¿Buscas acaso la vid? Si así no es, ¿qué prisa tienes?».
Todo esto viene a decir que me ha emocionado la estatuilla, acaso un «teraphim», una doméstica imagen, como las que Raquel robó en casa de su padre, y Jacob enterró bajo un roble en Sichem. Acaso un dios de algo, acaso un transeúnte protector, un desconocido que llegó por el camino del rey al atardecer, se detuvo bajo la higuera, bebió lentamente un cuenco de leche de cabra, contó una historia que hizo felices a los atentos oyentes, y a la mañana siguiente, con el alba, se marchó, dejando una sombra en la puerta de la casa, una sombra que hubo que recoger en una pequeña estatua de barro y guardarla en el hogar como la memoria de un viejo y lejano amigo. Que por esto se sabía que un dios o un ángel era el viajero desconocido.