Los países del Sr. Merlín

Pues ando metido en historias con el señor Merlín, el antiguo encantador, siguiéndole los pasos a sus magias, adivinaciones y memorias, fue lo primero el hacerme un mapa de sus viajes, y aun pintar los países con colores, y donde es un castillo, una mota, donde un palacio, una logia italiana, y donde una ciudad, la almenada muralla y las torres de las iglesias y la piña de los tejados, y a los ríos que corren les puse puentes de tres ojos, aunque Merlín no los haya pasado, pues he llegado a la conclusión de que iba y venía volando. Y de una «mariegola», una colección de recetas técnicas variadas del siglo XVI, he copiado su retrato, y en el mapa lo pinté con su propia barba rizada y el bonete de dos picos con que en la «mariegola» venía doctorado. Una vez pintado el mapa y retratado Merlín, por ciertas filosofías que uno ha estudiado, llegué a pensar si no habría alcanzado yo algún poder sobre el señor Merlín, y aun, desasosegándolo, caído en su enojo. Bajo el emperador Domiciano, un tal Mattio Pompusiano incurrió en la cólera imperial, que no era manca, por tener en la pared de su casa un mapamundi, y andar con una copia de un lado para otro: poseer la imago mundi era ponerse a punto de dominar el mundo. La prohibición islámica del retrato tiene este profundo significado. Pero yo no estoy seguro de que el retrato de la «mariegola» sea el verdadero retrato del señor Merlín. En un proceso francés de brujería, una de las anabolenas acusadas, después de soltar una sabrosa antología de palabras profanas, dijo que tenía amores con Merlín, al que había conocido haciendo romería al Puy, que una de las señas de él era, además de la gentileza y la ciencia, la extrema mocedad y el dorado bozo que le apuntaba. ¿Si todavía le nacía bigote en el 1700, cómo iba a tener barba negra rizada en 1500? En estas dificultades estoy.

Dos países hay, en los viajes merlinianos, que no vienen en los mapas de hogaño: la isla de Avalón y la selva de Gabor. Avalón significa lo mismo que Sodoma: «su secreto», «la secreta», pero en Avalón está el palacio de los Leales Amadores, y allí están, paseando por galerías de mármoles blancos y cristales azules, el señor don Amadís y aquella serena y leve pluma, esa mata de aroma que la brisa menea, que llamamos doña Oriana. Y en un bosque que hay a trasmano del palacio, y que es como un jardín, y en unas eras de pan, está el cuervo, el grave y dolorido rey, Arturo de Bretaña, legítimo señor nuestro: «cada pluma suya es fiel como un guante de la nobleza antigua». Sólo hay tres dinastías, tres legitimidades: Edipo en Tebas, Ulises en Itaca, y Arturo de los celtas. El emperador, Carlomagno, no es «legítimo», su derecho es de otra naturaleza, que es «sagrado», y no hay más que un Imperio, el Sacro Romano. Todo lo demás es ilegitimidad, separatismo e insurrección. Felipe Augusto de Francia, «uno de los tres grandes Capetos directos», yendo para las Cruzadas, par a par con Ricardo Corazón de León, y aun siendo, como dicen, Maquiavelo avant-la-lettre, quiso aliarse con el Rey Arturo y con el Viejo de la Montaña, y les mandó embajadores. Lo acabo de leer en los Cahiers de Charles Benoist. Los embajadores a Arturo se perdieron entre las altas hierbas de Irlanda, y los que fueron al Viejo de la Montaña, los acuchilló Saladino en el camino de Damasco. Avalón es una isla del color de la naranja, y siempre es mayo allí; el ave que canta en sus jardines es la calandria, y Merlín robó, de las orillas de su lago, el junco real que se estremece cuando toca la roca en que habita el oro. Gabor no es una isla, que es una selva, a doce días de Truro de Cornubia —ciudad famosa por sus deanes y las sobrinas de sus deanes, peritas en encaje y en viola, muy corteses aunque algo repolludas por ser criadas con requesón y molleja de urogallo: los deanes, en la guerra de las Dos Rosas se dedicaron a la artillería—. Gabor quiere decir, como Neftalí, «mi combate», y en su espesura tenía Merlín su fragua, donde labraba las grandes, deslumbradoras, paladines espadas de los artúricos: la selva la alanceaban caminos de aventura, y yo creo que tal los iba imaginando el señor don Quijote cuando, a la del alba sería, cruzaba el antiguo y conocido campo de Montiel. En Gabor vigilaba el dragón, cabalgaba lanza en ristre el héroe, lloraba la doncella, las hadas tejían prodigios, nacían lagos como trébol entre los árboles, y los reyes perdían sus reinos como quien pierde un anillo de oro entre la hierba. Merlín se sentaba, anocheciendo, a contemplar en la redoma el escorpión y en el reloj, la arena colorada, la sangre que la herida vena del tiempo derrama. En Gabor siempre es otoño, y las hojas secas las arremolina el viento de Shelley, el viento del Oeste; en un claro del bosque, la cierva se mira en el agua cristalina de una fuente. ¿Cómo puede existir algo tan dulce, tímido y fugitivo en un áspero siglo de armaduras?

Viajes imaginarios y reales
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