El terror de la encrucijada

Pertenezco a un pueblo que, como otros en Europa, ha sentido —y quizás aún sienta— el terror de la encrucijada de caminos. Aún no hace mucho que mi amigo el etnógrafo Taboada Chivite ha publicado un breve y esclarecedor estudio sobre la encrucijada en el folklore gallego. En tal estudio aparecen nuestros dioses antiguos de las encrucijadas y obligadas referencias a griegos y romanos, a Hécate, los hermes, los lares compitales, Diana trifaz… San Martín de Dumio, en el siglo VI, prohibirá a los gallegos el encender luces en las encrucijadas, et per trivia cereolum incendere. Durante muchos siglos, los gallegos hemos querido acabar con el terror de la encrucijada levantando en ella un crucero. Por todo esto, y porque he escuchado muchas veces en nuestras aldeas historias trágicas que acontecieron en las encrucijadas, o que fue precisamente en un cruce de caminos donde el lobo hambriento se decidió a atacar a un hombre, o que en tal lugar justamente se aparecieron difuntos, o a un transeúnte lo envolvió un mal aire, etc., cuando escucho a los políticos que dicen, por ejemplo, que «España está en una encrucijada», o me pongo a hojear un libro que se titula precisamente A Galicia rural na encrucillada, me sobresalta como un eco del terror antiguo, y veo a España y a la Galicia rural en el cruce de dos caminos, sujetas ambas a la acción de poderes nefastos allí aposentados, y sin que nadie ose, pues vivimos en tiempos racionalistas y científicos, cumplir un rito salvador. No tenemos a mano a la Genebra Pereira del Auto das Fadas, de Gil Vicente, que sabía expulsar todo lo maligno e infeliz de las encrucijadas y con sus hechizos dar bonas fadas/nas encruzilhadas. El conjuro de Genebra Pereira es más bien confuso, pero también es confusa la política. Piel de sapo, hiel de muerto excomulgado, piedras cogidas al pie de la horca, bollo de trigo con dos ratones y el elogio de la negrura del gato, «negro es el cuervo y negra es la pez, / negro es el rey del ajedrez / negra es la vira del zapato, / negro es el saco que yo desato»… Y aún tiene Genebra que hablar con el diablo, que va y viene por la encrucijada, «con las bragas dependuradas», verso que no sé muy bien cómo interpretar. Portugal también estuvo en la encrucijada y pareció salir con bien de ella. Acaso allá utilizaron una nieta de Genebra Pereira.

Lo que parece que no se sepa muy bien ni haya sido estudiado seriamente, puesto el hombre, o Portugal, o España, o la Galicia rural, en la encrucijada, si es posible adivinar cuál es el camino propicio o fasto. Ustedes habrán leído en Ramuz —casi nadie ha leído a Ramuz; pregunto a amigos de mi propio gremio plumífero si han leído al suizo Ramuz, y me responden que no; todos están leyendo algo que va de moda, pero a Ramuz, una antigualla, no— cómo le contaron que la peste, en una encrucijada, llegaba siempre por el camino de la derecha. Pero el problema es que un hombre puesto en el centro de una encrucijada, girando para echar un vistazo, va teniendo todos los caminos a su derecha. Si es cierto que el lobo, en la encrucijada, ataca al hombre que toma el camino de la izquierda, ese hombre también tendrá los cuatro caminos a la izquierda, si se queda en el centro, antes de decidirse, dando vueltas. Estos dos hechos, que plantean graves problemas de interpretación, pueden servir igualmente de argumento para decidir sobre la fundamental falsedad de la división política en derechas e izquierdas, que termina consistiendo en que unos dicen que son de derechas y otros dicen que son de izquierdas. Para la gauche de comienzos de siglo, tanto el tirano Pinochet como el tirano Brejnez serían eso, tiranos, y a ninguno de los dos les sería tolerado apellidarse gauchistas. Jorge Luis Borges, que ahora sale de pinochista, podría imaginar un laberinto en el que la derecha es siempre la izquierda, y viceversa, y como no se puede salir de él, por eso mismo.

En cierto modo, el laberinto consiste en una serie de encrucijadas, y creo que hombres y colectividades siempre están en el laberinto, en las encrucijadas, que unas veces se repiten rápidamente y otras a ritmo lento. Por otra parte, el hilo de Ariadna sólo lo ha habido una vez, y no parece repetible; el hilo de Ariadna es una forma de mesianismo.

Pienso, pues, que nadie debe asustarnos con el terror antiguo y perpetuo de las encrucijadas, máxime ahora que estamos sin divinidades favorables especializadas, y aun de tenerlas no sabríamos cómo orarles. ¿Cómo se ponen luces en las encrucijadas? ¿Cuántas y cómo campanillas se tocan? No creo que lo sepa nadie en mi país. Don Vicente Risco contó que en Laias, en Orense, el gallego avisado, cuando se encontraba con una aparición en la encrucijada, la interrogaba humildemente.

Si eres cousa boa, dime o que qués, e si eres cousa mala, ¡a los tuyos!

No aos teus, en gallego, sino en castellano, «a los tuyos». Con lo cual el requerimiento y la orden tomaban mucha más fuerza, y la cousa mala, tendría que marcharse sin remedio. Pero la primera parte del requerimiento, «si eres cosa buena dime lo que quieres», prueba que también se puede dialogar en las encrucijadas… En fin, la verdad es que pese a todas estas vagas reflexiones, cuando escucho o leo que estamos en una encrucijada, huelo el terror de los gallegos antiguos en los cruces de caminos. Me santiguo y me digo que no hay que nombrar la encrucijada, aunque no sea en vano.

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