Goethe en Maguncia
Comentando yo con Alberto Casal un artículo publicado recientemente en «El Ciervo» artículo que comenzaba con la tantas veces citada frase de Goethe que afirma que es preferible una injusticia a un desorden, le hacía notar a mi ilustre amigo, a quien la antinomia injusticia-desorden preocupa, cómo la frase goethiana, desconectada de la ocasión en que fue dicha, aislada del suceso que la motivó, y modificada en las citas que de ella se hacen, redactada en forma más significativa y absoluta, viene obligada a decir más que lo que dice. Lo que acontece, por otra parte, con las más de las citas. Creo que vale la pena recordar la hora y el lugar en que nació la frase de que ahora hablamos. Fue el día 25 de julio de 1793, y en la ciudad de Maguncia, que los franceses acababan de rendir al rey de Prusia, y estaban evacuando. El príncipe a quien servía Goethe, el duque de Weimar, estableció su Cuartel en una casa en la calzada del Rhin, el 17 de julio: «Con mi tradicional amor al orden y a la limpieza, escribe Goethe en su diario del cerco de Maguncia, hice barrer y baldear la hermosa plaza de delante del alojamiento, que estaba sembrada de paja y astillas, y toda suerte de desperdicios, propios de un campamento rápidamente abandonado». La ira popular maguntina se desataba, sobre todo, contra los propios convecinos seducidos por la Revolución de Francia, miembros de los clubs revolucionarios. Al evacuar las tropas francesas del general D’Oyre la plaza, muchos clubistas se disimularon entre ellas, lo que excitó más aún la ira de los leales. La salida de Maguncia de las tropas francesas es una de las grandes páginas de Goethe: los marselleses «pequeños, negros, puñeteros», la infantería ligera, los cazadores a caballo cantando la Marsellesa, «ese Te Deum revolucionario que siempre tiene en sí algo triste y amenazador, aunque sea ejecutado con toda viveza», y finalmente los comisarios franceses, encabezados por Merlín de Thionville, con su uniforme de húsar, «la barba y la mirada salvajes». Goethe presencia la salida desde el Cuartel del duque de Weimar. El 24 y 25 de julio los maguntinos y los emigrados que regresaban a la ciudad, se dedicaban a la caza de clubistas y de franceses rezagados. Éstos conseguían escapar, aunque con apuros, pero los clubistas pagaban con la vida. Con las tropas francesas salían de la ciudad algunas mozas de Maguncia: «unas caminaban al lado del regimiento, otras en medio de las filas. Sus propios conocidos las saludaban, burlándose de ellas. Recorrían su camino en medio de pullas, pero las mozas parecían alegres y tranquilas; algunas les decían adiós a sus vecinas; pero la mayor parte iban en silencio, contemplando a sus amantes».
Apareció de pronto en la calzada un hombre de gran presencia, a caballo, y a su lado, con traje varonil vestida, cabalgaba una dama, gentil y muy hermosa. Es Goethe quien dice. Tras ellos seguían algunos carruajes, cargados de cajas y baúles. El silencio de la multitud, apiñada en la calzada, era amenazador. Se oyeron gritos.
—¡Detenedlo! ¡Matadlo! ¡Es el bribón del arquitecto que saqueó el deanato de la Catedral y después le prendió fuego!
«Sin pararme a reflexionar sino en que no debía ser permitido que fuera perturbada la seguridad pública ante el alojamiento del duque, y con el repentino pensamiento de lo que diría el príncipe y general si a su regreso al hospedaje no le fuera posible alcanzar su puerta sino pasando sobre los restos de aquella justicia hecha por mano airada, bajé a saltos la escalera; salí a la plaza y grité con voz imperativa: ¡Deteneos!»
Goethe arenga a la muchedumbre, recuerda que la libre evacuación se hace bajo la palabra del rey, y advierte a los irritados maguntinos que «vuestra desgracia y vuestro odio no os da aquí ningún derecho». El pueblo se aquieta, el caballero y la dama le dan a Goethe las gracias y rápidamente galopan por la calzada. Cuando Goethe entra en el Cuartel del duque de Weimar, mister Gore, el observador inglés, le reprocha la súbita intervención, que pudo tener un mal final; Goethe responde:
—No me da miedo. Usted mismo, ¿no encuentra más agradable que le haya conservado limpia la plaza delante de casa? ¿Qué le parecería si estuviera toda llena de cosas destrozadas, que enojarían a todo el mundo, excitarían las pasiones y no servirían de nada a nadie?…
«Pero mi buen Gore no podía admitir que yo me hubiese comprometido hasta aquel punto, con peligro propio, por un hombre desconocido, y acaso un criminal. Yo le señalaba, siempre bromeando, la plaza limpia delante de la casa, y acabé por decirle con impaciencia: “Mi carácter natural hace que prefiera cometer una injusticia a soportar un desorden”».
Ésta es la ocasión. Va a hacer ahora ciento sesenta y tres años, en que Goethe pronunció su famosa frase, y ésta es su versión literal. «El gran argumento de los conservadores», que dice José Ramón Recalde, había encontrado una expresión que iba a tener una larga vida.
Dicho todo esto, querido Alberto Casal, me gusta también decirte que me alegró encontrar en las páginas de Goethe a Merlín de Thionville, el húsar de la mirada soberbia y la barba intonsa, bajando por la calzada que lleva al río. Desde que escribí mis historias merlinianas, encuentro con frecuencia en los libros gentes que se llamaron Merlín. Merlino da Brescia, físico y volador, y Merlín de Zelada, hermano del cardenal Zelada, primado toledano, en cuya colección se encontró el más completo manuscrito de El Millón de Marco Polo, son, con el comisario francés en Maguncia, los tres últimos con quienes di. Y todos ellos son extraña gente, de sobresaltada vida y sorprendente condición. Quizá sea cosa del gran nombre que soportan.