Ossian en Wetzlar y Carlota en Weimar
El título de este artículo no nace de una ocasional hora de pedantería. Surge porque acabo de leer un libro, una cuasi-novela de Thomas Mann, titulada Carlota en Weimar, escrita en el año 1940, pero que hasta ahora no había caído en mis manos. La Carlota de quien hablamos es la Carlota de Las penas del joven Werther, quien un día de septiembre de 1816 llega a Weimar acompañada de una hija suya, soltera. La diligencia se para en la plaza del Mercado, delante del famoso hotel El Elefante. Carlota viajó a Weimar con la excusa de saludar a una hermana, pero el verdadero fin del viaje era, sin duda, el encontrarse con el consejero privado, S. E. Goethe. El señor consejero privado hace dos meses que enviudó de Christine Vulpius. Carlota tuvo noticias. Los dos viudos van a saludarse, quizás a mantener alguna conversación en secreto. Por el Werther, toda Alemania conocía a Carlota, viuda Ketsner, nacida Buff, de Wetzlar. ¿Sabemos bien cuánto del joven Werther sigue viviendo en el consejero Goethe?
El tema fue estudiado más de una vez, y es lo que Carlota Ketsner va a averiguar en Weimar. ¿Verdaderamente fue amada como se cuenta en el famoso libro? Piensa que lleva en una de sus grandes maletas el talismán que puede revelarle la verdad, aquel traje blanco adornado con lacitos color rosa pálido, que vistió en el famoso baile en el que tanto danzó con Werther. El mozo apasionado fue obsequiado con dos lacitos. ¿Los conservaría Goethe? Cuando Carlota se encuentre con Goethe en Weimar, llevará puesto el mismo traje del baile, pero con un lacito menos. ¿Se dará cuenta Goethe, se acordará? Estamos en 1816, y el baile fue en 1772.
Pasaron cuarenta y cuatro años. Carlota le dio once hijos al señor Consejero Áulico Ketsner, que en gloria esté. Los amores de Goethe fueron muchos, y todavía, a los setenta y cuatro años, en 1823, se enamorará de Ulrica von Levetzow, quien todavía no cumpliera dieciocho, y llegará a pedirla en matrimonio, aunque la boda no llegará a celebrarse. Goethe besa la mano de Ulrica y se echa a llorar. Ahora, de viejo, tiene la misma facilidad para las lágrimas que el joven Werther. En fin, en la «Elegía de Marienbad», les pedirá a los amigos que lo dejen solo, en un verso con resonancias ossiánicas: «¡Dejadme solo, fieles camaradas/entre las rocas, el pantano y el moho!». Quizá sea todavía más ossiánico como Carmen Bravo Villasante lo traduce en castellano: «solo entre las rocas y el musgo verde».
En el texto correspondiente al 12 de octubre del Werther, éste, es decir, Goethe, confiesa que Ossian, los poemas ossiánicos de Macpherson, desbancó a Homero en su espíritu, y nos dice en qué consiste el sublime encantamiento: «Vagar por los brezos, aspirar el viento de tormenta que columpia en las nubes las sombras de los antepasados a la pálida luz de la luna: escuchar quejarse la voz del arrullo del monte en las cascadas, y los lamentos sordos de los espíritus en sus cuevas, y las quejas de la muchacha que agoniza al pie de cuatro piedras cubiertas de moho, bajo las que descansa el héroe glorioso que fue su amante». Sí, ahí están las rocas y el moho. Ossian entusiasma a Werther como ningún héroe homérico. El hijo de Fingal va solo al campo, y la hierba de los campos por los que camina es doblegada por sus pies después de ser inclinada por el viento. Werther sueña con desenvainar la espada y librar a su príncipe de las angustias de la vida, hiriéndose luego a sí mismo para que su alma siga a la del héroe liberado.
Pero, la más grande emoción ossiánica se produce en la última visita de Werther a Carlota, el 21 o 22 de diciembre, la víspera del suicidio. Goethe tiene, quizás, un modelo literario, que es el de Paolo y Francesca en el canto V del «Infierno», de la Comedia del Dante: Noi leggevamo un giorno per diletto/de Lanciaiotto come amor lo strinse… Como Paolo y Francesca de Lanzarote, Werther lee con Carlota las traducciones que él mismo hizo de algunos cantos de Ossian. Paolo y Francesca se besan cuando llegan a leer cómo la dama Ginebra y Lanzarote se besaron: Quando leggiamo il disiato riso/esser baciato… la bocca mi bació tutto tremante. Paolo y Francesca y Carlota y Werther, pueden decir con razón conjuntamente el primer verso del penúltimo terceto del canto V: Galeotto fu il libro e chi lo scrisse. La Celestina fue el libro. En Francesca hay una dulce serenidad de amor, el gozo sereno la ilumina, la deseada sonrisa, la deseada risa, que sale de los labios, de la boca abierta de Ginebra. Amor carnal y no por eso menos puro. Pero en Carlota y en Werther lo que se besan son las lágrimas y la desesperación. Werther estaba leyendo: «Tú me iluminaste y dices: traigo conmigo el rocío del cielo, pero pronto me marchitaré, que la tempestad que ya se presiente arrancará mis hojas. Cuando la mañana llegue, el viajero que me conoció en toda mi belleza, me buscará y me buscará por todas partes, y no me encontrará». Carlota comprende que Werther va a dejar voluntariamente la vida, y es entonces cuando se besan y abrazan. El beso de Paolo y Francesca fue una dulce y confiada entrega, pero los de Carlota son «frenéticos besos de labios que tiemblan, de bocas que balbucean palabras entrecortadas». En verdad que nunca hubiera podido sospechar esta escena el pastor Macpherson cuando inventaba los cantos de Ossian.
En fin, Carlota ya está en Weimar. La gente se apiña delante del hotel El Elefante para verla entrar y salir. ¡Lote, la Lote de Werther! Han pasado ya tres o cuatro días, y la Señora Consejera Áulica, viuda de Ketsner, es convidada a un almuerzo por S. E. el Consejero Privado Goethe, un Werther que finalmente no se quitó la vida, aunque hubo muchachos que se suicidaron porque Werther se suicidó. Goethe conserva el lacito color rosa pálido del traje de baile de Wetzlar, y en el libro de Mann hay una deliciosa escena, cuando Goethe espera a que Carlota salga del teatro, después de haber visto representar la tragedia Rosamunda, de Teodoro Körner. Goethe le prestó su coche a la señora viuda de Ketsner, un coche con la cabina tapizada de azul, el coche de los viajes de Goethe, con una mesita para escribir. Mientras Carlota llora con Rosamunda, Goethe aparece y se sienta en el coche, a esperarla. Cuando finaliza la función, Carlota entra en el coche, se da cuenta de que no viaja sola, que Goethe está allí, aguardándola, mirando para ella con sus ojos oscuros, muy abiertos, y con una expresión maliciosa.
«¡Buenas noches, querida!», dijo, «con la misma voz con que antaño leía a Ossian y Klopstock», subrayará Mann.
La escena quien mejor la comenta es el mayordomo Mager, del hotel El Elefante. Cuando el coche de Goethe se detiene delante de la puerta y Carlota baja, ella queda viendo cómo el coche se pierde en la noche, y Mager comenta:
«¡Gracias sean dadas al cielo, señora Consejera Áulica! Justo es reconocer que ayudar a Lota de Werther a bajar de la carroza de Goethe es una aventura, ¿cómo decirlo?, digna de figurar en un libro».
Claro que sí.