Merlín misionero

Llevo varios días trabajando en una antología de las Cantigas de Santa María del Rey Alfonso X, porque este año ha decidido la Real Academia Gallega que el día 17 de mayo, «Día das Letras Galegas» —aniversario de la publicación del libro Cantares Gallegos, de Rosalía—, sea dedicado al Rey poeta. Y la verdad es que anduve paseando por entre los milagres de Nuestra Señora como por un jardín. Uno, como el que aconteció con el arcediano de París que era amigo de escribir versos y prosas, podía, o debía, ser explicado al comienzo de toda clase de poética en todos los centros de enseñanza de la cristiandad. El milagro fue que el arcediano no encontraba una rima, y así no le salía poema —«a prosa», dice la cantiga—, y fue, en la iglesia de San Víctor, a arrodillarse delante de la imagen de Nuestra Señora, pidiéndole que le ayudase en la composición. Y después de haber rezado, volvió a la tarea, y halló inmediatamente la rima. Terminada la obra fue a leérsela a la imagen de Nuestra Señora, la cual, gentilmente, pues a ella se refería el texto, se inclinó hacia el arcediano, y le dijo:

¡Merci! ¡Muitas gracias!

E inclinada quedó la imagen de María, hasta que en los días de la Revolución de Francia fue destruida.

Por mi afición a la demonología me detengo especialmente en anotar a los milagros en los que salen demonios. El demonio, y esto se sabe por Cabell en su The Satan’s sons, está verdaderamente cansado e irritado de que lo pinten horrible, orejudo y de pezuña hendida o con pata de oca, la tez oscura, los colmillos porcinos, pataleando bajo la lanza afilada de Miguel Arcángel. Un pintor estaba pintando en la bóveda del ábside de una iglesia una imagen de Nuestra Señora, bajo cuyos pies aparecía derrotado el demonio, la bestia antigua, a la que el pintor había pintado espantoso y negro. Quizá lo de espantoso no le importase tanto al demonio como el que lo pintase negro. Recuerden ustedes la Historia del Diablo, de Defoe, el autor de Robinsón Crusoe. Y decidió Satán castigar al pintor quien de tal manera le insultaba. El pintor estaba en alto andamio, pintando en el rostro de María. Le estaría poniendo, digo yo, una sonrisa alegre, o una mirada tierna. En fin, su pincel andaba por su rostro como una mariposa anda por los verdes campos. Y fue entonces Satán cuando convocó a los vientos que andaban sueltos por la comarca, y los hizo entrar en tromba en la iglesia, con tal fuerza que derrumbaron el andamio, y hubiera caído con los maderos de éste el pintor si no hubiese gritado: «¡María, váleme!», y tanto le valió la Gloriosa, que el pintor quedó colgado del pincel con el que estaba pintando el rostro de la Señora. Al ruido del andamio que se derrumbó, acudieron los vecinos, y vieron huir al demonio, negro como el pintor lo había pintado, y el artista allá arriba, sujeto a la bóveda del ábside por el pincel que le ponía sonrisa o mirada a la Madre de Dios. Defoe, Cabell y otros han sostenido que el demonio es de blanca piel, y su derrota en los días de la Gran Insurrección no lo han ennegrecido. Por decirlo de alguna manera, es alto, esbelto, muy gentil de maneras, y en cierto modo elegante. Vestidos los demonios, siempre que pueden, en Viena, Londres, Florencia y Lisboa, y perfumados en París. A mí tampoco me gustaría que me pintasen de senegalés, por ejemplo, y encima orejudo y acolmillado retorcido. Las cosas como son.

Pero entre los milagros que vienen en las Cantigas del Rey Alfonso hay uno que los filólogos no explican de dónde pudo haberle llegado la noticia al cantor de Nuestra Señora, y es el de la discusión de Merlín con el Gran Rabino de Escocia sobre la Santísima Trinidad, y sobre la concepción de María por obra y gracia del Espíritu Santo. Entonces fue el mago Merlín, visto la testarudez del judío, a pedirle a Santa María que el primer hijo que tuviese la mujer del rabino que naciese con la cabeza revirada, es decir, con el rostro hacia atrás. Quedó preñada la judía, y cuando parió, salió el niño tal como Merlín se lo había pedido a la Señora, con el rostro sobre la espalda y la nuca sobre el pecho. Merlín pensaba, nos dice el Rey en su cantiga, que viendo tamaño monstruo, toda la judería universal se convertiría a la verdadera fe. El asunto es peliagudo, no sólo porque nos muestra al mago Merlín como misionero, por decirlo así, del catolicismo en Escocia, sino porque quien fue usado como argumento fue un niño, inocente que no tenía nada que ver ni con el mosaísmo de papá, ni con la ira que le entró a Merlín por no poder convencer con sus argumentos al Gran Rabino de Escocia. Quizás haya que aceptar todos los milagros de Nuestra Señora que vienen en el libro de las Cantigas menos éste. Quizá la noticia le llegó a Alfonso por algún peregrino irlandés o escocés que hizo la romería de Compostela. Por otra parte, a Merlín lo que le iban bien eran los disfraces, los engaños, el hacer que una persona se pareciese tanto a otra que fuese tomada verdaderamente por aquélla.

Así hizo con Uter Pendragón, el padre del Rey Arturo, al que dio figura del señor de Tintagel para meterlo en la cama de su esposa y engendrar de entrada al gran Rey de la Tabla Redonda. Merlín podía conseguir los mismos efectos haciendo que él pareciese que tenía la cabeza con lo de delante para atrás, sin que realmente la tuviese virada. Sólo como argumento. Pero me parece muy duro que la Gloriosa le hiciese caso al sabio Merlín hasta este punto. De todas formas, falló, que los judíos no se convirtieron.

Y así, con estas historias, con estos milagros, se me han ido estos dulces días de marzo, que más parecen de comienzo de mayo. Desde mi ventana veo un pejigo cuajado de flores rojas, y ahora mismo me traen una camelia que creo que es más bien tardía, y que se llama como el nieto del Rey Alfonso, Don Diniz, el que reinó en Portugal, y tan dulcemente cantó amigo las naves que mandaba hacer en la ribera, en Lisboa sobre o ler. Desde entonces siempre hubo naves en Portugal, meu pais das naus e máis das frotas, que dijo Antonio Nobre. Naves y naufragios. Tuvo más naufragios Portugal que todos los otros países marineros del mundo.

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