Abaris volador

Abaris empuñaba en la mano diestra la flecha de oro y volaba por los aires: volaba por doquier. Pero, a lo que parece, sus aéreas navegaciones estaban limitadas por el orto y el ocaso del sol. Dondequiera que lo sorprendía la noche, se veía obligado a aterrizar. Hacía entonces fuego y ejercía la piromántica. Predecía irreprochablemente los temblores de tierra y el asesinato de los reyes, por ejemplo el de Agamenón. También calmaba las tempestades en el mar, y reducía vientos y rayos. Podía llevar en la boca los latines solemnes de las letanías de las campañas: disipo ventos, fulgura frango. Oficiaba de San Roque entre los helenos, derrotando la peste aquí y acullá. Libró a Lacedemonia de la pústula pestífera y a Tebas del prurito negro. Había una especie de «ayuno de Abaris» contra diversas enfermedades, que consistía principalmente en cocimientos de silfión. El silfión, dice Aldo Mieli, es una planta que plantea un problema histórico del mayor interés. Abundantísima en Cirenaica, era la riqueza principal de esta colonia griega, pero la tal ferulácea se fue haciendo cada vez más rara, desapareciendo casi por completo en los primeros siglos del Imperio romano. Ahora no se la encuentra, y el género de las plantas descritas antiguamente por los botánicos, y que fueron figuradas en antiguas monedas, y que constituyeron una de las delicadezas de la cocina helénica, tiene actualmente representantes venenosos, que no pueden ser ninguno la planta entonces tan estimada. En la cocina griega el silfión era el summum de la exquisitez, como alimento y como especie, y ocupaba un lugar tan importante como el garum, la salsa pútrica y salmuérica del levante y sur de España en la cocina romana. Ambos, el silfión y el garum, se han perdido. Hubo guerras por ambos, y un tal Cneo Crispo asesinó a tres hermanos suyos por tener el monopolio del garum de Almuñécar.

Hubo en Grecia una vez un gran crimen. Tántalo, rey de la Elida por matrimonio, recibió una noche en su palacio a los dioses, que iban de paso. Tántalo tenía un hijo, Pélope, soberbio primogénito domador de caballos. Tántalo quiso probar el poder de los dioses, y obligarlos a un terrible parentesco de sangre con él. Ahogó a su hijo Pélope, lo asó, y lo sirvió en el banquete. Los dioses rechazaron con horror el manjar, y solamente Ceres comió un hombro. Zeus infundió nueva vida al primogénito sacrificado, y el hombro que Ceres se había comido lo sustituyó por uno de marfil. Los enfermos que lo tocaban, sanaban. Cuando Pélope murió, tras largos años de reinado, Abaris recogió los huesos, e hizo con ellos una estatua de Minerva. Fingió entonces un viaje al extremo de los cielos, e hizo noche por tres veces en la luna, bañándose en rocío y alimentándose con leche de las yeguas que la habitan, que tienen las mamas en el pecho, como las amazonas. Aprovechó la ocasión de pernoctar en la luna para matar en ella las serpientes y plantar una higuera. Abaris descendió de la luna con la estatua de Minerva, diciendo que la había encontrado allí y la ayudaba a descender entre los troyanos, que entonces estaban muy ocupados en fundar su memorable ciudad. Parece ser que se la vendió a los troyanos, profetizando que mientras fuese honrada la estatua entre los muros iliónicos, Troya viviría próspera y victoriosa. Troya cayó cuando Ulises y Diomedes raptaron la estatua, el Paladión.

Abaris, pues, fue el primer viajero a la luna de que haya noticia, arrastrado por la flecha de oro, regalo de Apolo, y dejó allí una higuera en memoria de su paso por la pálida pradera nocturna. El que vaya ahora allá, tendrá higos para su dieta, acaso hermanos de los higos de Esmirna, prodigios de dulzor. Y se podrá emborrachar ampliamente con leche de yegua fermentada como un bosnio cualquiera o un mogol. Los chinos repugnan el queso, y ni mogoles ni manchúes lograron hacerlo aceptar en el Celeste Imperio; el queso favorito de los janes mogoles era el de yegua. Sven Hedin lo probó en el Asia Central. De la leche de las yeguas lunares podrá comerse queso en la Tierra dentro de pocos años. Abaris, el benéfico, como San Patricio a Irlanda, libró a la luna de serpientes: cualquiera puede tumbarse a dormir sin temor en las azules praderas selenitas, y antes de dormir podrá ver cómo se levanta sobre el horizonte una luna enorme y silenciosa: la Tierra. El viento meneará las ramas de la higuera de Abaris al alba. Quizás cante un gallo. No hay noticia de que Abaris lo haya llevado allá, pero por Aristófanes sabemos que si los gallos no cantasen, ni los propios dioses inmortales sabrían que ya quebraban albores. Ni los dioses inmortales, ni Fausto, ni Desdémona ni Mío Cid Campeador.

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