Si hay o no Antioquia
Cuando estuvo aquí don Vicente Risco días pasados, no me acordé de preguntarle cómo iban las obras de desecación de la laguna de Antela, y si ya comenzaban a aparecer las siete torres de Antioquía de Galicia, que allí está sumergida. Siete torres como en Yss, Valverde y Levarnec, y en el centro de la ciudad una plaza, y en la plaza la iglesia de esbelto campanario, donde son las claras campanas matinales. Yo soy de los que creen que hay tal Antioquía, y que vamos a verla, salvo que se haya ido todavía más para abajo, y ahora tenga por cielo el fondo lodanero de la laguna… Aún hace poco tiempo que yo leía un viaje que un caballero francés del siglo XVI, François de Gevalda, hizo a la ciudad sumergida de Montrouge, en la Provenza, cerca de las bocas del Ródano. Descendió en compañía de un sabio que habitaba la ciudad y al que encontró paseando por los campos vecinos a la laguna de Broutes, en busca de hierbas medicinales. Bajó por unas estrechas escaleras y se encontró en la plaza, que era pequeña y cuadrada, con porches, a la italiana. De Gevalda fue muy admirado allá abajo, pero le prometió al sabio que no diría nada de la vida de la ciudad sumergida, en la que pasó una larga temporada. De Gevalda deja traslucir que parece que hubo amores en los jardines sumergidos, y ella era dulcemente rubia y los ojos verdes. El caballero regresó con unas botas nuevas, de piel de un pez que se caza en los bosques de abajo, y la ciencia del alfabeto caldeo, «por letra, número y figura», con lo cual podía leer de corrido en el libro del príncipe Abraham, que trata de la fabricación del oro. Libro que, como es sabido, poseyó aquel escribano de París llamado Nicolás Flamel, que vino peregrino a Santiago de Compostela a pedirle al Apóstol ayuda para poder entender los filósofos y las figuras de la tapa de latón del libro secreto. El Apóstol le ayudó, a Flamel, y en León, regresando de Compostela, encontró a un médico judío llamado Chanches —parece que haya que entender Sánchez—, quien leyó de corrido en el famoso libro. Nicolás fabricó en París cuanto oro quiso, ayudado por su esposa Perrenella, y lo gastó en hospitales, iglesias, viudas y huérfanos y otras obras de misericordia, y queriendo dejar noticia del arte, mandó pintar en el cementerio de los Santos Inocentes de París, en símbolos, la fórmula trasmutante.
No sé de nadie que haya bajado a Antioquía de Galicia, en la Antela, ni a la ciudad de Valverde en la laguna de Cospeito, ni conozco noticia de que los habitantes de estas urbes sumergidos hayan sido sorprendidos en tierra firme. Las gentes de Levarnec, en cambio, han salido a tierra alguna vez, y un hombre de allá fue ahorcado en Diñan porque quería raptar a una moza. Era un tipo alto, de barba, la piel cubierta de escamas plateadas. Hablaba una lengua desconocida y monosilábica, y para hablar llenaba la boca de agua. Era cristiano y se durmió cuando lo iban a ahorcar. El verdugo estaba inquieto y lo ahorcó dormido. Lo cuenta De Haillan. De Levarnec se dice que el rey de la ciudad se ha convertido en un enorme pez rojo, y que a veces se ve en las ondas el reflejo de su lomo.
Creo que no hemos prestado demasiada atención a Antioquía de Galicia, y que podría sorprendernos la aparición de la ciudad. Acaso todos los que la habitaron estén muertos, excepto el campanero de la catedral, salvo que las campanas toquen solas. En Yss solamente vive el alano del rey, que ladra, y se le oye, cuando las barcas pasan cerca de la puerta del palacio real.