La flor de los caminos
Viene de muy lejos, como un río, y al final de su vida pasa bajo la más hermosa puente que haya sido construida jamás: el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago, labrada precisamente por un facedor de puentes, el maestre Mateu, autor de las trazas de la Ponte Miña, en Portomarín de los Caballeros de Malta. Es el camino de las peregrinaciones al Señor Santiago. Yendo hacia el Este de Europa es difícil decir dónde comienza, si en Vilna letrada, o en Mostar monacal, en Praga dorada o en Tilsit de las ferias. Y aún hay ramalillos que vienen de más allá en la Levantía, de Damasco de Siria y del Azerbayán. De esta última provincia peregrinó en el siglo XV don Mártir, un obispo de doble mitra, con vigilias de caviar caspiano. El camino atravesaba la selva germánica, haciendo posada en las nobles y ricas ciudades. En la nómina de los peregrinos a Compostela hay sonoros minnesinger enamorados, ilustres viudas de Maguncia y Lubeca, señores mendigos de la Pomerania, sastres de Nuremberg, mozos letrados de Gotinga, caballeros teutónicos de color asalmonado por la turbulenta ira… De Heidelberg era aquel maestro Arnulfo que enseñaba allá flores griegas, y perdió el habla con una alferecía. Peregrinó a Compostela, y el Apóstol mandó a su hombro derecho un ave nunca vista, que dio las lecciones por el mundo, que así conservó la cátedra. En la Isla de Francia, en la rue Saint-Jacques —donde Eugenio Montes, como el que esto escribe de nación compostelana, vio un día de melancolía que crecía la hierba—, se unían los caminos del Este con los que bajaban de las Flandes. Allí comenzaba, verdaderamente el gran río, que ya iba ancho por el jardín de la «doulz France» hasta llegar al Pirineo. El patrón de este tramo es Gaiferos de Mormaltán, el duque de Aquitania. Ocho veces, en su larga vida, peregrinó a Compostela, y en la última peregrinación murió, en el altar mayor, ante los ojos mismos del Patrón sabido. Este Gaiferos, bajo cuyo nombre de la romántica caballeresca medieval está Guillermo de Mont-de-Marsan, es ese misterioso señor del oscuro y fascinador soneto de Gerard de Nerval titulado «El desdichado»: Je suis le triste, le veuf, l’inconsolé, le prince d’Aquitaine, á la tour abolie… «El desdichado», así, en castellano, lo mismo que el lema de la Soberana Jarretera sobre el escaño de Sir Winston Churchill: «Fiel, pero desdichado». Churchill, que por los Spencer, veinte veces peregrinos a Santiago, lleva vieiras en sus armas… Gaiferos está en romances galaicos con su blanca barba y sus ojos … gazos, leonados, verdes como auga do mar.
Por Somport, donde era el famoso Hospital de Santa Cristina, uno de los tres mayores de la Cristiandad, según asegura la Guide du pélerin, y por Roncesvalles, el Camino entraba a las Españas. Roncesvalles es la ruta de Carlomagno para la primera peregrinación y para la prise de Pampelune. En la antigua abadía se conservan todavía las pantuflas del arzobispo don Turpin, y yo he sido testigo, y en parte colaborador, en un milagro. Era una tarde de niebla en Roncesvalles, húmedos y azules los tejados de la santa casa. Desde la vuelta de la carretera, antes de bajar a ella, yo comencé a decir en voz alta los versos de la Chanson, y cómo moría el paladín Roldan y San Miguel descendía del Cielo para recoger su alma y su guante. Y en un repente se abrió un claro en el cielo y rayos de sol bajaron a iluminar el prado donde Roldan, por última vez, tocó el olifante y expiró…
Las dos entradas de España se hacen una en Puente la Reina, obra de Domingo de la Calzada. Entonces había santos peones camineros en Castilla: Domingo, Juan de Ortega… En Puente la Reina era el «chori», el pájaro que el día de la Asunción de Nuestra Señora venía de donde no se sabe dónde a cantarle canciones nuevas a Dama María, y a mojar en el río sus alas y lavarle el rostro a la imagen que presidía el puente. El Camino va llano por Castilla y por León. Nájera, Burgos, Castrojeriz, Frómista, Villalcázar de Sirga, Carrión de los Condes…
Y la posada famosa de Sahagún, con mil tabernas, barrio moro, judería, juego y «striptease» en el siglo XII, la Place Pigalle del Camino, esquivada por los peregrinos virtuosos. Y más adelante León, la rica y visigótica. Y pronto los montes gallegos, con el Cebrero del Santo Grial, y Parsifal y don Galaz acariciando con las plumas de sus yelmos las ramas verdes de los alcapadres por caminos donde el corzo y el lobo se saludan. Los pies peregrinos muelen la tierra y hacen la senda por las cumbres. Desde Triacastela ya se llanea hasta Compostela. En Triacastela hizo final de etapa, allá por el año 20, un poeta francés, Germain Nouveau. Sentado al amor del fuego, dijo sus versos en lengua gálica a los labriegos que lo habían acogido, los cuales, oyéndolos en la lengua de Francia, los entendían en la lengua de Galicia, porque el Camino tiene el don de lenguas.
Abierto está el Camino, porque es Año Santo en Compostela. Vuelven a peregrinar las naciones. Y ya dijo el Dante —quien es seguro que soñó con venir en romería a Compostela— que «no se entiende por peregrino sino de aquel que va a la tumba de Jacobo o vuelve». Comparaba, en La Vita Nuova, la peregrinación jacobea a una peregrinación de amor, ¡oh Beatrice del alma mía! Un camino se abre, enorme y delicado. La flor de los caminos. Una de las grandes venas de Europa. Tienen que permitirme que invite a quien me lea a recorrerlo. Peregrinar es una de las formas más vivas y eficaces del ejercicio espiritual.