Jardín de los Caballeros de Malta
Jardín de los Caballeros de Malta en el Aventino romano. Haced, ante todo, el elogio del ciprés, comenzando, si queréis, por el verso que dice:
«Ciprés, paraíso del jilguero».
Luego, tendréis que citar a Torquato Tasso, «un corazón fatigado y ardiente». Entráis por Porta San Paola cabe la Pirámide Cestia, y en el jardín Cestio robáis la rosa roja. Ya estáis en el Viale Aventino: aquí fue el monte, una de las siete colinas fatales. No es éste un artículo político y no cabe, pues, hacer en él comentario a aquella retirada de la plebe romana al Aventino, estupenda revolución que pretendía ni más ni menos que derrotar a los patricios y resolver el problema del mando, levantando aquí, en el Mons Sacer y en el Testacio, una nueva urbe. Ortega y Gasset —y quiero dejar constancia en este mismo momento de con cuan profunda emoción y respeto escribo este nombre— ha dedicado a esta retirada y a la institución que de ella surgió, el tribunado de la plebe, algunas páginas excepcionalmente esclarecedoras… Pero no hemos venido hoy a ver a la plebe en el Aventino. ¿Quién posó aquí, sobre esta tierra funeral —«Roma es túmulo a Roma misma alzado»— secular escombrera, el cerrado jardín de los Caballeros de Malta? ¿Quién posó el rosal y la fuente? A pocas varas de distancia está via Fonte di Fauno: agua que se derrama por la lujuriosa risa agreste, pero la caballería cristiana de Levante ha de rechazarla, esta agua pagana y loca. Ella le pide al agua otro cantar, que su sed es de más humana condición. Pero ¿quién se atreve a decir, ahora, la canción? Haría falta un cantar tan libre e irrefutable como el del jilguero, saliendo de los pazos umbríos del ciprés a las estancias de la luz matutina. Haría falta, ante todo, creer que ver enterrada la estrepitosa y cruzada caballería, poco menos es que haber dejado sembrado un campo de blancos lirios. Tan melancólicos como blancos.
Elena Bono, en esos poemas —Xardín dos Cabaleiros de Malta— que Eduardo Moreiras tradujo al gallego conservándoles la cálida media voz, el gentil decir como desde muy lejos —desde una pétrea y labrada balconada renacentista, o desde la ruina de mármol de un templo antiguo que se alza a la orilla de cansado y polvoriento camino—, decir que recuerda a Keats: hay poemas que yo se los oigo decir siempre a un paje nostálgico, que levanta el brazo y con la mano dibuja en el aire, para cada palabra, un feliz adiós, hijo de secretas alegrías y ardientes recuerdos. Elena Bono, en esos poemas quiere acostumbraros a decir, ante todo, ¡buenos días! a la tristeza. (¿Por qué una precoz escritora francesa ha buscado un verso tan hermoso —casi un verso de aquel Jacopone da Todi que llamaba pobrecita a la pobreza: Povertade, poverella!—, un verso franciscano, Bonjour, tristesse!, para título de su novelita?) Nos quiere, Elena Bono, como en el horaciano verso, «amigos con las musas, la tristeza y el miedo», y desde un profundo silencio, un silencio que cae sobre la tierra como una lluvia de hojas secas en el dorado otoño, tan profundo el silencio que desde él puedas decir: «la vida ya pasó», enseñarnos a recordar: enseñarnos la resurrección del espíritu, con los mismos huesos y carne que tuvo:
«A vida xa pasóu;
nom queda mais que lembrar
i-ainda, ail, fantasear
co propio corazón»
Ha buscado Elena Bono jardín recoleto, hijo del silencio y la soledad, sombrío y antiguo, para decir cálidas y acariciadoras palabras a los que ya están muertos y a sí misma, si la vida la desasosiega, si la sangre, de pronto, descubre otra vez que puede y quiere arder como la llama, si el corazón tiene prisa por romperse, frágil Murano rojo. De todos los poemas de Elena Bono recogidos en el Xardín dos Cabaleiros de Malta, el dedicado a una estela funeraria griega me parece el más significativo, no solamente de su manera —¡la manera de Keats!—, sino y también del lugar adonde la poetisa italiana ha llevado, con la serena mirada guiando la caricia y los dulces labios, la consoladora voz. La estela griega representa un hombre, con la mejilla apoyada en la mano, sentado en la proa de una nave, mirando el mar.
Cando vai vindo a tarde, o mar é bronco.
Democleides,
e silencioso.
Nista doce hora, celba a tua nave
i-o corazón que tanto sufríu.
E fica solo.
¿Acaso, al cabo de dos mil quinientos años, podrá Damocleides, Elena Bono, oír tu voz? ¡Si fuera posible, así que la vida pasa, sentarse en el Jardín de los Caballeros de Malta, a fantasear con el propio corazón! Sentado al dulce sol de otoño, leyendo en palabras galaicas la voz romana de Elena Bono, ¿no he aprendido, sin duda, que nada hay sobre la tierra, ni flores, ni hombres, ni labios, ni años, de los que se pueda decir fugaces, fugaces…? A unas cuantas varas del Aventino, el fauno vomita agua lujuriosa y risa agreste. También él es fiel, ¡oh Cinara!, a su manera. Pero la memoria melancólica le ha sido rehusada.