Ulises regresa a Ítaca
La fascinación que sobre mí ejerció y ejerce la figura de Ulises vagabundo, hace que, como llevado de la mano, vaya a su encuentro cada día. Ahora mismo, en dos libros que tengo abiertos en mi mesa, hallo tres noticias que conciernen al héroe de las batallas y de los discursos, y concretamente una al día en que regresa a Itaca. «Dichoso quien, como Ulises, hizo un hermoso viaje», dirá el primer verso del más hermoso soneto de Francia, y tengo para mi que Joachin du Bellay veía a Ulises como yo lo veo, un héroe solitario y nostálgico, y las historias de sus viajes como un can fiel latiendo contra sus piernas cuando cuelga el remo y otra vez se calienta al fuego de sarmientos en la isla nata, prefiriendo ya, y para siempre, «al aire marino, la dulzura angevina». La douceur angevine es el nombre inmortal de la nostalgia y el retorno. Todos regresamos, unos a Itaca, otros a Anjou. Pero de esto hablaremos mañana. Vayamos, ahora, con las noticias odiséicas.
Todo lector de Hornero recuerda que el regreso de Ulises a Itaca fue acompañado por un eclipse de sol, «tiniebla súbitamente fatal y fría» en la que fue escrito el destino de los pretendientes de Penélope. Según Mieli, ya en 1612 se intentó averiguar por este eclipse la fecha exacta de la caída de Troya. Pero ahora, dos célebres astrónomos, manejando tablas rigurosamente exactas, han probado definitivamente lo que el Dr. Schoch había anunciado hace veinte años: que el día 10 de abril de 1178 a. C., a las once y cuarenta y un minuto de la mañana, hubo un eclipse total de sol visible en Itaca: hacía varios miles de años que no se veía un eclipse de sol en el reino de Odiseo, y desde entonces no se ha vuelto a ver allí otro total. Parece, pues, correcta la fecha que se suponía más probable de la caída de Troya: el 1200 a. C. En las tradiciones de Itaca, supone Haldane, estos acontecimientos, el eclipse de sol, el regreso del héroe y la muerte de los pretendientes de Penélope, se enlazaron porque no debieron distar muchos años entre sí. La flecha del arco odiseico pudo ser comparada, cruzando el aire matinal de Itaca, a la brillante luz del sol que regresaba a la hora meridiana tras el terrible viaje a las sombras. ¿Y no regresaba el gran rey también de un terrible viaje, de oscuras horas y naufragios, para de pronto brillar, en las gradas de mármol del palacio real, púrpura y oro? Ulises, en Homero, más de una vez sonríe, con esa hermosa y serena sonrisa de los hombres graves y melancólicos y se lleva la mano a la bien partida y canosa barba y la acaricia. Si habla, levanta la diestra mano como para recoger del aire las palabras, las mariposas mágicas de la lengua.
Otra noticia odiseica es una noticia de ruiseñores. Los pasados terremotos abrieron en Itaca grandes grietas en una colina, y ahora se han excavado allí unas tumbas antiguas, unas tumbas del tiempo de Ulises, y sepultados palacios, y han sido recogidos huesos humanos, y en una gran sala subterránea, esqueletos de pájaros, que los ornitólogos deciden son de ruiseñores. «Los ruiseñores cantan en la tumba de Orfeo», era un verso que todos sabíamos, pero ignorábamos que los ruiseñores cantaran en la tumba de Ulises. Con palabras mías —¡perdón, oh alegre y viejo Homero!—, Ulises, polvo sí, mas polvo enamorado, podía decir: «¡Ruiseñor, corazón de mi silencio fuerte!», ¡Ulises entre los ruiseñores! El nombre inglés de ruiseñor, nightingale, etimológica y literalmente, «alegre campanilla de la noche», siempre me pareció eufónico y significativo, y ahora en la noticia odiseica, Ulysse among the nightingales, profundamente revelador. ¿Acaso la ilustre y fugitiva sombra llevó consigo, para el viaje sin retorno —el viaje, Ulises, del que no es posible regresar a Itaca—, los nocturnos cantores?
«Ruiseñor, corazón, ave de forma grave;
orilla es de ti mismo
donde la tierra profunda huele a rosa
y llovizna en los labios.
Ribera es de tu bosque,
maravilla del árbol verde claro,
sonoro río y vena de tu canto».
Por la pradera de asfódelos, hacia el bosquecillo en que se deshojan los álamos negros, camina Ulises y los ruiseñores de la última hora se posan en su hombro. Quizás no canten más que el nombre del héroe, aquel nombre que Ulises reveló a los feacios: «Nadie». Me place imaginar que el último ruiseñor hizo su nido en la barba fugitiva y moribunda de Odiseo.