El más complejo mundo
Como si no hubiese ya suficientes problemas históricos, ni tantas dudas sobre la identidad de los pueblos y los componentes de las diversas naciones, resulta ahora, según el profesor Barry Fell, de Harvard University, que la tribu india norteamericana de los algonquines es una mezcla de gallegos —si podemos llamar gallegos a los habitantes de Galicia allá por el 500 antes de Cristo— y de los habitantes de la costa nordeste de los Estados Unidos, las tribus de las Woodland, según la terminología de allá, «The Northeastern-Mackenzie Culture Area», que comprende iraqueses, hurones, objibwa, cayucas, senecas, etc., ocupantes de la actual Columbia británica y las tierras que baña el Hudson. El profesor Fell habla de celtíberos, quienes salieron de Galicia en sus naves —supongo que una que recientemente ha construido en Vigo el arqueólogo Fernando Alonso Romero, en su mayor parte de cuero—, y navegando tras el sol llegaron a la desembocadura del río Hudson, el río de Nueva York. Llegados los gallegos —es más fácil el hablar así— a la nueva tierra, se mezclaron, supongo que después de un largo período de luchas, y quizá tras una especie de rapto de las sabinas —¡qué blancas y apetecibles en la pintura clásica!—, con los indígenas, dando origen a la tribu algonquina, veneradora del oso y comedora de arroz, salvajes, grandes cazadores y, en su día, la punta de lanza de la gran confederación iroquesa. Si entiendo bien una noticia de EFE que han publicado los periódicos, los gallegos que alcanzaron tierras al Oeste del Tenebroso, mantuvieron comunicación con Europa hasta la caída del Imperio romano, y Fell sospecha que quizás hasta el año 1200, es decir, más o menos hasta el reinado de Fernando III, de acuerdo con una inscripción hallada en una piedra en Tejas. Supongo que Fernando III no se habrá enterado de que tenía súbditos allá, quizá porque, como asegura el profesor Wilson, arqueólogo y compañero de Fell, los gallegos del Oeste utilizaban la escritura oghámica. Fell y Wilson enumeran los dólmenes que encontraron, las inscripciones, la orientación de cuevas y habitaciones al sol naciente, etc. Ya digo, son gente de la Universidad de Harvard, la Universidad de Kissinger, la que trabaja en este asunto, sensacional descubrimiento. Un periódico madrileño dando la noticia titula: «Los celtíberos precedieron a los vikingos en su viaje a América».
Pero ¿por qué navegaron galaicos y lusitanos hacia el Oeste? Como saben, los hijos de Breogán navegaron a Irlanda porque desde La Coruña, desde el Faro, desde la torre Hércules o de Breogán, veían en las claras mañanas, esas que regala cristalina el suave viento del Sur, una como inmensa esmeralda posada en el océano. La tal esmeralda era la verde Erín. Pero por mucho que creamos en el alcance de la vista de los breogánidas, es muy difícil creer que vieran a poniente, desde Finisterre, la costa americana. Puede pensarse que, perdida en las olas una flota galaica, el príncipe que la mandaba decidiese proseguir el viaje hacia el país donde el sol muere, lo cual sería concebible en esos celtas de los historiadores románticos y de don Ramón Otero Pedrayo, «raza vagabunda amiga de los finisterres». ¿O ya habían inventado los celtas las islas de la Eterna Juventud en el océano inmenso, las Floridas atlánticas? Y no habían aún imaginado las enormes bestias, Leviatán, Jasconius, y los insondables abismos, donde el sol apaga su fuego como el hierro al rojo vivo el suyo en el agua de la fragua del herrero.
Supongo que a continuación de Fell y de Wilson, habrá ahora lingüistas trabajando en la lengua algonquina, procurando hallar vestigios célticos o ibéricos o ligures. Pero, lo más probable, es que cuando expongan el resultado de sus trabajos Fell y Wilson, y rindan cuentas de los dólares empleados en sus investigaciones, los expulsen de la Universidad de Harvard, culpables de un delito de historia-ficción. Y ya en este terreno, me sorprende el que nunca se hayan invertido los términos del problema, es decir, que nadie haya descubierto la llegada de indios iraqueses o hurones a Europa. Parece ser que dos seres extraños, de pintado rostro, fueron hallados en una canoa en el siglo XIII en las costas de Normandía, y que sus ropas de piel fueron usadas en una iglesia de Ruán para vestir a los santos Cosme y Damián. Todo hace creer que eran indígenas americanos. Desgraciadamente, llegaron muertos, y no pudieron engendrar en normandas, dando lugar a una especie de tribu algonquina, como la nacida de gallegos y gente de la confederación iroquesa. Aparte de que no eran más de dos los llegados, y de que hay que tener en cuenta lo que las escritoras americanas opinan acerca del escaso tamaño de los órganos genitales de los indios americanos, y de su mediocre atractivo sexual. Recientemente, la señora Alice Coothouse… Es una pena que cuando la Revolución de Francia se perdieran las ropas de gala de Cosme y Damián, las cuales nos hubieran permitido averiguar si se trataba de ropas indias, o si los muertos de la barca eran escoceses borrachos. Lo más seguro es que los primeros indios que tocaron tierra europea fuesen los que venían en la carabela «Pinta», llegada a Bayona del Miñor, en Galicia, en marzo de 1493, y que habían de ser mostrados a los Reyes Católicos para que viesen el perfil y la cobreza de sus súbditos de ultramar. Pero adolecieron, murieron, y el humor y la dulzura de la tierra la conocieron de difuntos. No sé si está estudiado cómo terminaron los otros indios que trajeron las carabelas a España, ésos que en la pintura de Historia aparecen arrodillados ante los Reyes, en Barcelona. Nadie se preocupó aquí, tampoco, de sus genitales, y del sex-appeal que tenían. Desde luego, en los western siguen sin tener ninguno, y nunca vi que una viuda blanca se fuese con un cazador indio a luna de miel por las praderas. A lo mejor, los gallegos que dieron origen a los algonquines, sicut Fell de Harvard, llevaron allá el beso open mouth, y el coito de frente, que según Graves y Patai en Los mitos de los hebreos, en el momento de su invención fue considerado como un ascenso en la condición femenina.