El Judío Errante pasa por Viena

Éste es el verdadero retrato del Judío Errante, tal como se le vio pasar por Viena del Delfinado el 27 de marzo de 1777. Salieron a conversar con él, a caballo del camino, los burgueses de la villa, después de mucho discutir entre ellos lo que habían de preguntar al eterno viajero. Y teniendo los de Viena una polémica con los de Grenoble por los fuegos de artificio que cada año, por la Asunción de Nuestra Señora, se queman en el vado de Romans, una de las preguntas era si había oído Ashaverus hablar de la invención de la pólvora, por quién, en dónde y cuándo. Y cuentan que el Judío Errante respondió que, habiéndose hallado por un casual en Siena, en la acción de Porta Camnollia, cuando los fuoruscita —los desterrados— vinieron sobre su ciudad, habiendo visto los fuegos, al señor Vannoccio Biringuccio preguntó Ashaverus qué invención era aquélla, más le sobresaltaba que el fuego griego de los bizantinos, y Aldo Petrucci, el condotiero del ojo colorado que pasaba a caballo levantando el pendón insurrecto entre la gran humareda, le grito: «¡Apártate, Israel, que es invención del propio diablo!». Y el Judío Errante, que iba hacia Florencia, saltó huyendo sin más inquirir. Pero, no habiendo satisfecho esta respuesta a los de Viena, tomaron nota del nombre de Biringuccio, y de su tratado De la pirotechnia, donde está dicho —impreso con privilegio Apostólico y de la Cesárea Majestad, y del Ilustrísimo Senado Véneto— todo lo que de pirotecnia se sabe, sea para «ofensa o defensa de guerra», para salves, o per la allegresse nellefeste, y enviaron los vieneses a Italia a comprar el libro para mejor discutir con los vizcondes de Grenoble sobre bombas de palenque, medias lunas de plata, naranjas giratorias, culos de sastre, la dama de me ves y no me ves, y el batel de fuego, que era todo lo más que en alta artificiería pirotécnica se conocía entonces.

Los burgueses de Viena del Delfinado, como buenos cristianos, aunque un tanto iracundos, después de regalarle al Judío Errante unas sandalias y convidarlo a un refresco de zarzaparrilla con agua de menta, le hicieron a Ashaverus el obsequio de seis panes ácimos, que es lo único que se sabe que el peregrinante come, y le tomaron palabra de que, si pasaba por Grenoble, nada diría del libro de Biringuccio a los señores artilleros borgoñeses. Y por aquel camino donde son las graves viñas, siguió viaje el Judío Errante.

Ando anotando las fechas en que se vio, por los caminos y encrucijadas de este mundo, el fatigado Ashaverus, y ahora anoto dos, ésta del 27 de marzo de 1777, y la de la batalla sienesa de Porta Camollia, que fue el día de Santiago de 1526. Olieron, pues, a pólvora el mismo día Siena y Compostela, que aquel día nuestra urbe estaba de fiesta. Y digo yo que, pues se sabe, aunque la fecha no se tenga averiguada —y aún hace poco lo leí en erudita nota de Fermín Gouza-Brey—, que el Judío Errante vino a Compostela, como aquí no tenía palabra empeñada, habrá podido contar a los foqueteiros del país, a los Gerboles de Pol o al Gaiteiro de Vedra, del libro del signor Biringuccio y las «flores volantes» de la gran pirotecnia italiana.

De pólvoras, pues, sabía el Judío Errante, y mucho habrá aprendido desde entonces, dado que la artillería y la pólvora fueron a más y no hubo año sin batalla en este mundo. También sabía de lenguas, lo que notó ya Cattolini, que habló con Ashaverus en Rávena en griego, latín, francés y veneciano. Y de que también sabía inglés da cuenta el grande, magnífico Boswell. Estaba Boswell con el doctor Johnson en la taberna del Ciervo Volante, en Rusell Street, comiendo un cordero asado con manzanas reinetas, y ante la perfección del asado y el dulce aroma de la salsa, Boswell gritó: «¡En ninguna Pascua se comió cordero más noble que este lechal escocés!», a lo que el filósofo doctor Johnson arguyó que quien lo podía decir era Ashaverus, porque era judío, y llevaba celebrando Pascuas desde la muerte del Señor hasta aquel año de 1765, según era notorio. Entonces, de una mesa en un rincón de la taberna se levantó «un extranjero vestido de amarillo, con larga cabellera roja y la barba cana, quien acababa de comer un mendrugo mojado con media pinta de cerveza, y dirigiéndose a nosotros dijo: “El mejor cordero pascual lo comí en Cesárea cuando era niño”. Y salió de la taberna antes de que tuviéramos tiempo de preguntarle nada. Pudo ser un extranjero burlón, un galés lunático, un terrorista o el Judío Errante…». Pero del gran James Boswell hablaremos otro día.

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