Viudas en peregrinación

La más célebre de estas viudas que peregrinaron a los más santos lugares de la Cristiandad es, sin duda, la viuda que viene en los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, y la cual, con otros diversos peregrinos, va a la tumba de Santo Tomás Beckett. Había estado en Jerusalén, en Roma y en Santiago de Compostela, y entre peregrinación y peregrinación había tenido tiempo de contraer, que recuerde, por lo menos tres matrimonios. Y aún estaba lozana y no le haría ascos a unas cuartas nupcias. Recientemente, un profesor bávaro de nación, que anduvo por mi Galicia, me contó dos historias de viudas que desde Baviera hicieron el camino compostelano. Las dos historias, parece ser, según eruditos, que son una misma, aunque las dos versiones difieran mucho y los episodios sean diferentes. El asunto es que las viudas, para llegar a Compostela pasaron grandes trabajos, y para salir de ciertos peligros, atravesando la Francia del Sur y las Castillas, hubieron de pagar con su cuerpo, lo que no les pareció del todo mal. Estas viudas de Baviera, o mejor dicho, esta viuda de Baviera —si aceptamos que las dos historias se refieren a una única peregrina—, era muy hermosa en su cuarentena cumplida, y había tenido dos maridos, y a rogar por el alma del segundo iba ante Santiago apóstol, pues el finado había muerto por su culpa, defendiendo su honra, en una riña en una taberna. Y lo mismo que le aconteció cuando inició la romería compostelana, le pasó cuando regresó de ella, una vez en Rocamador y otra en una ciudad, cuyo nombre la historia no recuerda. En Rocamador fue con un sastre que le rogó aceptase un paño para unas sayas, y después que le permitiera cortárselas y coserlas, y luego probárselas, aprovechando la ocasión para levantárselas…

Creo que se podría escribir un breve tratado sobre «La perfecta peregrina», con gran copia de ejemplo de mujeres devotas que se pusieron en camino hacia los grandes santuarios, y luego, por diversas circunstancias, hallaron en el transcurso de la romería la ocasión de violar el sexto. Había que hacer apartados de solteras, casadas y viudas, y no solamente de religión católica, sino de otras religiones que estiman como cosa buena la peregrinación, o la imponen, como el Islam a los suyos, que han de ir a La Meca.

Y al llegar aquí recuerdo un pasaje de la traducción de El collar de la paloma, de don Emilio García Gómez, en el cual a Ibn Hazm, de Córdoba, una respetable dama le cuenta lo que les aconteció a ella y a otras cuatro devotas regresando de la peregrinación a La Meca y mientras navegaban por el mar Rojo. No tengo a mano el texto, cito de memoria, y no recuerdo si las cinco peregrinas eran casadas o solteras, o respetables viudas, y cuáles eran sus edades, aunque sospecho que más bien eran mujeres maduras. Y fue la cosa que en la noche se acercó a donde ellas dormían un marinero buen mozo, fornido, el cual, en silencio, se echó con la primera de las cinco, sin que ésta dijera ni pío. A la noche siguiente volvió el chicarrón e hizo lo mismo con la segunda. Y en noches sucesivas, con la tercera y con la cuarta. Irían a popa, digo yo, y todo acontecía en el silencio nocturno, con un mar en calma y bajo el parpadear de las estrellas. Por fin llegó la quinta noche, y le tocaba el turno a la quinta peregrina. La cual se hizo con una navaja o cuchillo, y cuando apareció el marinero a refocilarse con ella, la devota dama sacó el arma, cuyo acero relució a la luna. El marinero se asustó y retrocedió. Pero la verdad es lo que dijo Cervantes que «nadie sabe nada del alma de nadie». La virtuosa señora, al ver el espanto en el rostro del marinero, tuvo en su corazón una vuelta de compasión y de deseos, quién sabe la dosis de ambos elementos, y tirando el cuchillo o la navaja al mar invitó al marinero a que cumpliese la tarea nocturna que se había impuesto. Lo que hizo muy a satisfacción de la peregrina de La Meca, la cual, ya anciana, lo recordaba como aquella anciana, una noche, al amor del fuego, recordaba que Ronsard la celebraba, au temps que j’étais belle…

Ahora, en vez de peregrinas hay turistas, y éstas, como se dice vulgarmente, ya saben de qué va. Y además la disposición de ánimo no es la misma. Insisto en que lo más acertado sería un tratado de «La perfecta viuda», un poco a lo fray Luis de León, pero otro poco a lo Chaucer y a lo Boccaccio, y aun algo a lo arcipreste de Talavera. Comento esto con un amigo, quien me dice que cada vez hay más viudas lozanas y apetitosas, y que quizás el libro fuese un éxito editorial. La verdad es que también cada vez hay menos peregrinas, por lo menos en la Cristiandad, aunque quizá siga habiendo muchas a La Meca. Hay diversas historias chinas de amor que suceden en las visitas a los grandes santuarios, pero allá eso de peregrinar a los monasterios de las montañas también se ha acabado. Con lo cual uno tiene que limitarse a recordar la peligrosidad de la peregrinación a las viudas, o a las de cincuenta para arriba, que esto de la edad de las mujeres también ha cambiado.

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