Por escondidos caminos

Cuando el domingo a la tarde, hora de entre lusco y fusco sobre el país nuestro, venía desde mi Mondoñedo para Vigo, me encontré varias veces con los Reyes Magos. En Caldas de Reyes me crucé con la solemne comitiva y levanté la mano para saludar al monarca negro, que sonreía desde lo alto de su caballo. Al pasar por Pontevedra, tuvimos que dar un rodeo, que las calles céntricas estaban copadas por los pontevedreses que saludaban a los señores de Oriente. Me vi en graves dificultades para hacer llegar a casa de Isidoro Millán un galano de castañas de la Tierra de Miranda, de esa casta pequeña y azucarada que allá llaman «de paredes», y que son las mismas prêlots de los magostos infantiles de Henry Beyle, dit Stendhal. Al llegar a Vigo, otra vez Melchor, Gaspar y Baltasar… Era la última noche en el camino, la última etapa de la estrella, antes de la mañana gloriosa de la Epifanía. En la tradición damascena, los señores orientales llegan a Belén de Judá cuando es oscura noche, pero en la pintura flamenca y en la italiana es claro día, y entra la luz del sol a acariciar los preciosos mantos, el oro y la plata de las joyas, las brillantes espuelas. En Charles Péguy también; «el sol entró como un ancho río en la cabaña», precediendo a los tres. (Ya les tengo dicho que no se sabe el numero exacto de ellos, ni su nación. Sesenta, doce, nueve, tres… Y entre armenios cinco, uno de ellos un niño, el primero que vio la estrella, y otro, que era cazador, y se perdió en el viaje). Pero cuando ustedes lean estas líneas, ya han adorado al Salvador del Mundo, y ya han regresado a sus patrias, por escondidas vías, por senderos en los que el viento barría las huellas, por el desierto sin caminos, le sable sans mémoire. Vinieron de tierras incógnitas y desaparecieron en una puesta de sol. Habían comprobado el seguro saber de las estrellas, ciencia babilónica máxima, y retornaban a sus torres a seguir leyendo en ese maravilloso texto en el que las sílabas se llaman Aldebarán, Orión, Vega, Thuban, las Pléyades, el Tahalí… No se volvió a saber de ellos hasta que se hicieron las Cruzadas. Lo más hermoso del asunto es que los francos, los borgoñones, los germanos, encontraron en Tierra Santa parientes de ellos, especialmente de Melchor. De éste había varias sobrinas en Damasco y en Antioquía, y su mano fue pedida por los barones amigos del Señor. Una de ellas vino casada a Provenza, con uno de Les Baux, otra casó con un Montmorency, otra con un Anhalt, otra con un antepasado de los Turn uns Taxis, los dueños de Duino, el castillo de las elegías de Rilke, llamado Walter el Narrador, Erzahler… Y finalmente, un día aparecieron los restos mortales de los tres, que ya tenían nombre desde el pseudo-Beda. La historia de la aparición es muy complicada. Los esqueletos de los Magos estaban envueltos en una prodigiosa luz azulada. El emperador de Bizancio mandó que le mandasen los índices de las manos derechas, y los incrustó en su cetro de oro. La Catedral de Colonia consiguió el privilegio de custodiar los santos huesos, y allí están todavía.

Pero la verdad es que nunca sabremos cuántos eran, ni sus verdaderos nombres, ni los países de donde procedían, ni qué fue de ellos después de su viaje a Belén de Judá. Ahora se van a sus ciudades, evitando a Herodes. A sus espaldas se levantan muros de niebla. Fueron los máximos sabios, y hay que suponer a su sabiduría una enorme dosis de inocencia.

Viajes imaginarios y reales
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