Montgolfier en Betanzos
Creí que en la mañana de ayer, miércoles, tendría detallada noticia del globo betanceiro, construido por mi amigo Jaime Pita, y que en la noche de San Roque, al pie de la torre de Santo Domingo de Betanzos, hincha lentamente y, cuando ha logrado el grado de rotundidad preciso, se eleva para vivir, casi en la vecindad de las estrellas, en amistad, con los vientos, según leyes misteriosas que disienten de las keplerianas que fijaron para siempre el monótono movimiento de los astros. Pero cuando estas líneas escribo, todavía ignoro si el globo ha encontrado un noroeste fácil o un terco sur. Si el globo piteño ha iniciado sin novedad el gran viaje, Jaime Pita acude a darle el parte al alcalde Tomás Dapena, y a beber con él una copa de espumante. En aquel momento el corazón de Pita está poblado de sueños julivernescos, y el alma betanceira sonríe habitada por una emoción montgolférica. El globo de Betanzos es un producto de la imaginación humana, y conviene hacer notar que un Caillois, por ejemplo, en su discurso del método imaginativo, ha eliminado eso que se llama ciencia-ficción. Porque todas las «anticipaciones» de la ciencia-ficción, son eso, anticipaciones, y que al fin, todo lo que parecía fantasía, es transformable en realidad por el complejo saber técnico de nuestro tiempo. Se va a la Luna, se hacen veinte mil leguas de viaje submarino, etc. Pero el globo de Betanzos es la transformación en papel y humo de un sueño icárico que pretende, nada menos, que perfeccionar las aves. Y hubiese sido creado aunque aquellos hidalguillos del Vivarais en Francia, messieurs de Montgolfier, no hubiesen inventado el suyo en el siglo de las Luces. Invención, por cierto, muy combatida en memoriales al rey de París, porque, si el enemigo podía venir por los aires, ¿de qué servirían las fortificaciones a lo Vauban? Y si el ladronzuelo tomaba el globo, ¿qué huerto tendría seguras sus peras y sus claudias? Y un osado criminal podía huir en las mismas narices, rojas por el consumo de vino morillón, del preboste de policía del solemne Cristianísimo. «No habrá reinos», dijo monsieur de Blancat, cuando supo que un globo había pasado el Canal.
Sirvan estas vagas notas para demostrar mi interés por el lanzamiento y viaje del globo de Betanzos. Creo, por otra parte, haber sido el primero que descubrió, entre el público local, en la plaza betanceira, la presencia de los hermanos Montgolfier, pálidos fantasmas, niebla junto a la fuente o perdida en el alero del Archivo del Reino, ojos fosforescentes asombrados de la maravilla que sobre el fuego, sabiamente dispuestas las parrillas, se desdoblaba, hinchaba, giraba, y alcanzada la esfera —el más perfecto de los cuerpos: Orígenes llegó a afirmar que seríamos admitidos en el Paraíso en forma de esfera, por la perfección irreprochable de este cuerpo—; digo que alcanzada la esfera, se iba de la mano del viento a saludar las flores celestiales, frías, parpadeantes y lejanas. Los Montgolfier le dan una palmada en la espalda a Jaime Pita y se van por aquellas colinas de viñas, nebulosos.