Los peregrinos
Al acercarse la fiesta de Santiago el Mayor, es más que fácil ejercicio, casi obligación de la memoria que llevamos, iluminar esa gran parcela de la emoción humana que se llamó la peregrinación. Es fácil imaginarse el camino y el caminante. Galicia, que es pobre en carreteras —parece, incluso, que cada vez más pobre—, es como la Siria de la Geografía del Idrisi «rica en caminos». Todos ellos, más o menos, fácilmente llevan a Compostela, son afluentes del grande y general camino que posa allí, en las labradas piedras jacobeas, la frente polvorienta. Quizás el que carreteras luguesas, digo yo, tan rotas estén, descortezadas y polvorientas, será cosa de su vocación de caminos de peregrinación, sendas antiguas, veredas de romería, amigas del pie humano, de la rueda del afilador y del carro labriego, y contra tal vocación no habrá ingeniero, riego asfáltico ni apleonadora que pueda. La llama de la vocación, de la vocación religiosa, pongo por caso, quema órdenes bastante más sólidos que todos los firmes especiales… Pero yo iba hoy a contar historias de peregrinos, dos o tres, por los caminos que vienen hacia Jacobo; historias, claro es, imaginadas por mí: pero según las historias de amor, y esto ya lo sabía don Miguel de Cervantes, se sacan del enamorado amante que uno es, y de cómo uno se sufre y alucina de amor, las historias que cuento de peregrinos saldrán del peregrino que soy, de la secreta afición de vagabundo; brotarán de la inquieta expectación de los caminos, pero también de la gustosa sombra de las posadas: un camino, en la imaginación de los viajeros, se hace principalmente con posadas, con un hogar perdido entre dos etapas, una luz en la noche, un ladrido de can, un corto sueño, y al alba el gallo cantaciero avisándole al sol que ya es la hora de ponerle color a la mañana.
Se me ocurre contar ahora de un caballero que una tarde de lluvia, por finales de mayo, llegó a Portomarín, y pues traía letras de Roma, muy encintadas de rojo y selladas con las armas de la Soberanía de Malta, los del Hospital le dieron posada de respeto, y una cena muy mejorada para lo que allí usaban los freires militares, y aun hubo un suplemento de truchas, y un monje joven, portugués por más señas, cantó a la viola dos canciones. Se sabe por los inventarios, que en todo hospital sanjuanista, siempre había mucho vicio de viola, guitarras y flautas. El tal caballero romano venía a Santiago llevando bajo capa un jarrillo de vino, al que habían puesto un tiesto de plata, encajado. Y el tal vino se lo había arrebatado el Santo Oficio de Venecia, que es tan secreto como súbito, a un judío que pasaba de Chipre a Roma, y al vino que traía se aseguraba que eran restos de aquel que el Señor Jesús en Caná, invitado a una boda, milagro, tornando el agua en vino. Si entonces hubiese piedad en el mundo, seguro que le dieran aquel vino a beber a un sediento, pero siendo otros tiempos, se acordó que era lo mejor mandar el vino a Santiago, ya que el judío decía que traía un añadido de magia, y derramarlo en la tumba del Apóstol, y el vino que la piedra y la tierra sorbieran sería del caldo de la alegre boda, y lo que quedase insumible a mayores, eso sería el mágico añadido. Y aun fue escogido Compostela, porque un prelado de Roma que leía libros de peregrinación, repasando en el Calixtino, topó con aquella puerta que hay en Santiago, y que llaman de Mazarelos, y dice el texto que por ella o precioso Baco entra á cidade.
Otra cosa que se me ocurre contar es la del ermitaño Garniel que andaba por los desiertos en oración y penitencia, y habiendo caminado a un pozo, para traerle algo de agua a unos ratoncillos que estaban pasando mucha sed en unas rocas vecinas a su eremitorio, y ya se comían la cola del hambre que tenían, encontró unas cien piedras muy colocadas, tal que señalaban que eran un trozo de camino perdido en el desierto, y como más adelante encontrase las ruinas de un templo pagano —una columna todavía erguida, y a su pie, saliendo de la arena como de un sueño, una femenina cabeza de una turbadora divinidad antigua— pensó el monje que una vez curados de sed y alegrados con migas los ratones, sería obra buena convertir aquellos restos de camino pagano en camino cristiano, y pidiendo limosna compró un borriquillo muy solaz, paticorto sí, pero ligero y humano, y en dos serones cargó el ermitaño las piedras, y decidió traérselas al Señor Santiago, y ponerlas en un trozo de aquel camino que él había oído que era tan santo y tanto lo trabajaban la fe, la esperanza y la caridad. Y se puso a andar, y llegó a su orilla, y escogió un pasaje en el que el camino, saliendo de un puente, comienza a ceñirse a una colina, y allí una tras otra fue poniendo las cien piedras y quedó el empedrado muy lucido. Y no bien terminó de empedrar con las piedras paganas, vio el eremita acercarse un peregrino, y se arrodilló al ver que a aquél le lucían los pies como el sol, y que tras el peregrino venía un ángel con una escoba hecha de rosas y lirios barriendo las piedras paganas. El peregrino sería el Señor Santiago y el ángel, Don Uriel.
Historias de éstas me invento muchas. Las más de ellas, ya lo dije antes, para consolarme de las carreteras de mi lugar natal, que ya son aquellos caminos ingleses de que hablaba Jusserand: «Un camino es algo a lo lado de lo cual se camina». Pero me consuelo, y las consuelo, pensándoles, ofreciéndoles, esa vocación de caminos labriegos y de caminos de peregrinación, indomeñables. Pero las invento, también, por consolar mi imaginación con milagros antiguos, sorpresas de otros tiempos. Quizás todo consista en no verse ahora tanto suceso prodigioso, en que el hombre va perdiendo, poco a poco, dulzura de mirar.