Los falsos países
Hablaban un día en un café compostelano, delante de don Ramón del Valle-Inclán —ya en el último año de su vida, pero todavía vivo el genio y el ingenio—, del Afganistán y de los perros afganos, y comentó don Ramón:
—¡Todo eso lo he inventado yo hace veinte años!
Y describió el país, Kabul y los perros de allá con inusitada precisión, aunque probablemente el autor de Tirano Banderas nunca hubiese leído una geografía ni una historia del Afganistán, ni quizás hubiese visto jamás un perro afgano.
Habló durante una larga hora don Ramón de las mañanas azules del invierno, allá en la vecindad del techo del mundo, y de los atardeceres rojos del verano, que embermejaban, por varias semanas, los rostros de los naturales.
De las riquezas que decía del Afganistán no me recuerdo. Pero sí la anécdota, porque en un catálogo de libros de historia acabo de leer que un tal M. Maillet dedica un extenso libro, creo que el primero sobre el tema, al Gabinete de Falsos de M. Colbert, el ministro de Luis XIV.
No sé exactamente cómo funcionaba el susodicho gabinete, que más o menos consistía en un grupo de señores dedicados a escribir descripciones fantásticas de países inexistentes, en las costas de África o Máis ala de Trapobana, que diría el portugués.
Una vez descrito el país —y hecho el inventario de sus riquezas naturales, e insistiendo siempre en la docilidad de los indígenas— estábamos en vísperas del buen salvaje rousseauniano— y de la bondad y generosidad de su monarca, se procedía a hacer propaganda de tal El Dorado, la cual traía consigo la constitución de una compañía para el comercio con aquel reino, y la explotación de sus minas.
Parece ser que con el dinero para la explotación de los falsos países, Colbert consiguió dinero para el comercio con países verdaderos del África Occidental y del Oriente. Política imaginativa de un realista que no vaciló en usar para la invención de países a un M. Perrault, por ejemplo. Me gustaría saber los nombres de los reyes inventados y de las dinastías, y cómo quizás una minoridad hacía propicio el momento de establecerse allá. Supongo que los jefes de las expediciones colbertianas tendrían que aprenderse de memoria la lista de los monarcas del país visitado, cosa que lo más probable es que no la supiese el monarca reinante.
En el excelente estudio de Valsina sobre La tradición oral, se cuenta de un reino africano que, cuando sube al trono un nuevo monarca, para establecer la legitimidad de éste, desfilan ante él los jefes de palacio llevando en vasijas de barro los cordones umbilicales de todos sus antecesores en el trono. Y al pasar ante el rey dicen en voz alta el nombre correspondiente. Aunque el asunto sea algo más complicado, porque el propio Valsina nos explica que suele haber dos historias dinásticas, la verdadera, que sólo la conoce un grupo limitado de indígenas —sacerdotes, guerreros—, y otra pública y general, a la que tienen acceso los forasteros. Con lo cual podía suceder que los colbertianos, habiendo inventado una historia falsa de un país, al llegar a él aprendían otra historia tan falsa como la suya.
¿Cómo llegaban a un país inventado en París? Muy sencillo: se quedaban en otro cien millas más arriba, o iban hasta cien millas más abajo. Todo era Guinea. Debió de haber un momento en el que Guinea no cabía en África, y la prueba es que desbordó hasta Oceanía, con la Nueva Guinea…
Una de las cosas tristes de nuestro tiempo es que ya no es posible la geografía imaginaria. El hombre lo ha fotografiado y cuadriculado todo, y ya no queda isla perdida en el océano que no esté en las previsiones de los promotores turísticos, ni reino tumbado al sol en la costa de África que no tenga delegado en las Naciones Unidas.
El Afganistán y el paso de Kiber y las tribus de la frontera Noroeste, pertenecían a la mitología de la política inglesa en la India a lo largo del siglo XIX. Los agentes británicos sumaban noticias contradictorias. Nadie da tantas noticias contradictorias y provisionales como los agentes secretos. Reunidos sus informes, darían un nuevo rostro del mundo. Los últimos cincuenta años de política mundial han probado abundantemente la inconsistencia de los informes de los servicios llamados «de inteligencia» y en general su carácter imaginario. Quiero decir, irreal, basados en la creencia de la repetición de los sucesos.
En fin, como el Afganistán no había sido, en definitiva, inventado por don Ramón del Valle-Inclán —ni tampoco los elegantes perros afganos—, y estaba ahí, han podido entrar a él las tropas soviéticas. Y si fue un día un país de la imaginación en una tertulia de un café compostelano, ya ha dejado de serlo. Ya ha entrado en la más realista de las geografías. Ya no habrá mañanas azules ni atardeceres bermejos, que dejen su huella en el rostro de los pastores. Todo pasa a ser eso que llaman «realismo socialista», y que es una de las cosas más tristes y aburridas del siglo.