Caminos
Los caminos también mueren. Ya lo advierte Al Masudi en el libro Las praderas de oro, o más concretamente Campos de oro y minas de piedras preciosas. Ayer sostenía una conversación con unos amigos acerca de viejos caminos de mi comarca natal, que han caído en desuso, y se han perdido en el monte o al llegar a un río, cuando no han quedado reducidos a meros senderos entre labradíos y prados, y ya no hay memoria de que aquel camino que va a Santa Margarita sea el antiguo camino real al Ferrol, y el trozo de calzada que sube desde los Molinos a Lindín, una solemne e irreprochable legua de vía romana, ascendiendo a la llana Pastoriza para vadear el Miño y entrar a la amurallada Lugo. Y otros sobre los cuales se han superpuesto o han cortado recientes carreteras, destinados a morir están. Al paso que llevan, también algunas carreteras de esta provincia de Lugo pueden disponerse a bien morir. La de Mondoñedo a Vivero por Ferreira do Valedouro, pongo por caso, tal como está descarnada, roída de baches y cortada por torrenteras; más plácido y para mayores urgencias sería el viejo camino de herradura por el que vino a estudiar flores latinas —«que son a la lengua común como las rosas a las clavellinas»—, al Real de Santa Catalina en Mondoñedo, desde su Landro natal y la playa donde la sirena boreal perdió la lira, Nicomedes Pastor Díaz. Juserand, en un libro delicioso, que casi vale los chaucerianos cuentos, La vida por los caminos ingleses en la Edad Media, dice que en los días medievales, en Inglaterra, «un camino era, generalmente, una línea al lado de la cual circulaban habitualmente las gentes». (De muchas carreteras lucenses va pronto a poder decirse lo mismo, si Dios no lo remedia). Un mapa de los caminos de Europa en cada época de su historia, enseñaría más de ésta que cien textos muy eruditos. Hilario Belloc, en su El camino del estaño, dice que «trazar el esquema de las vías de una provincia romana, es comprender la base física en la que descansaba aquel antiguo poder imperial centralizado, al que está ligado el desesperante resurgimiento de Europa; y aún más: es comprender la relación de una ciudad con otra, de una guarnición con otra, de un obispado con otro obispado; es una explicación del movimiento de los ejércitos, del comercio y de las ideas durante más de mil años». Si interrogo yo por su ir y venir a los viejos caminos que ya han muerto, o a los moribundos, o me pregunto por dónde viajaban los desaparecidos, estoy preguntando por lo que aquí vivió y cómo, durante un puñado de siglos.
Esta temporada vivo curioso de algunos antiguos libros árabes de viajes, que compré poco menos que al paso. Entre ellos está una traducción francesa de los Safarnama, de Nasir-Jusrav.
Este poeta y filósofo peregrinó a la Meca, residió en Egipto, donde se convirtió a la ismailiya —es decir, pasó a la secta que el actual Aga Jan gobierna—, y habiendo regresado a su Persia natal, fue perseguido por sus opiniones religiosas y tuvo que refugiarse en las montañas de Badajsan, estériles e inaccesibles, y para hacer más difícil el hallazgo de su retiro, se asegura que una noche, ayudado por un genio benigno que había conocido en Siria, «tomó en la mano todos los caminos que van a la montaña y los mezcló, como el calígrafo mezcla las letras para que la batihoja logre una bandeja muy hermosa».
Historias semejantes hay en Oriente. Al Masudi, a quien cité antes —yo no soy un erudito; por eso pido perdón si alguna vez me encuentran tal; a mí lo que me gusta es contar llano y seguido, fantástico y sentimental a la vez; lo que pasa es que a veces está uno distraído—, Al Masudi, digo, cuenta otra historia semejante, de un fugitivo rey de Persia que habiendo construido él los caminos por donde huye, «y enterrado en los puentes, según el precepto, cadáveres de niños», —vean en Los retratos imaginarios de W. Peter la historia de Dionisio—, convoca a todos los caminos, que se juntan en su mano como un látigo poderoso. Y los siete jinetes que tras él corrían para darle muerte, todavía están perdidos en las arenas del desierto, que sus caballos se encontraron sin caminos donde levantar nubes de polvo, «y no pudiendo llegar a las ciudades que les están destinadas para morir, se explica así que vagan por las fronteras de los países». En Al Masudi es en donde, parece ser, se encuentran por primera vez noticias de los molinos de viento; se opina por Mieli, a quien consulto, que los árabes los conocían entre los siglos IX y X, y que quizá los inventaron. La Europa cristiana los conocería de ellos, y aparecen en seguida en España y en las islas mediterráneas. La Europa central y Holanda no los conoce hasta el siglo XIV. El camino por donde llegaron los molinos de viento, ¿de qué sería, sino de viento? El más hermoso molino de viento del mundo lo tuvo un español, Juan Bautista de Toledo, el de las trazas del Escorial. Lo cuenta nuestro paisano, el tudense don Amancio Portábales Pichel. Nada menos que lo tenía, en la punta del muelle de Nápoles; es seguro que allí no moliera trigo partenopeo, que todo el tiempo sería poco para que moliese aire azul, ecos que el aire llevaría de canciones napolitanas, y estampidos del rotundo Vesubio.