Diablos en Gerona
Cuando José María García-Cernuda dejó las tierras gallegas para ir a regir turísticamente la provincia catalana de Gerona y la Costa Brava, yo le pedí que se enterara del nombre, condición y andanzas de un fantasma que, según había leído no recuerdo en dónde, se le veía unas veces en las escaleras de la Catedral y otras de la Dehesa, si el Onyar daba sus nieblas vespertinas. García-Cernuda no encuentra en la vieja Girona rastro de tal fantasma y no hallo yo en mi pobre memoria el texto donde topé noticia del pálido vagabundo. En una lista de fantasmas de aves, en cambio, tengo toda la historia del halcón de Ramón Berenguer II, Cap d’Estopa, que fue asesinado por su hermano Berenguer Ramón II durante una partida de caza. El halcón, perdido en el aire, no volvió a quejarse en el guante de otro halconero, siguió la comitiva que llevaba el cuerpo del buen conde y sobre su sepultura se dejó morir. Tengo entendido que está allí en piedra, pero algunas albas de otoño, llevado de la pasión venatorial, el raudo torbellino de Noruega vuela vuelto a lucir de pluma:
La muntanya l’han vestit
els brucs i la farigola,
i les vinyes fan claror
i el llangardaix s’hi retorça
Lla baix, perduda i roent,
la estrella del dia plora.
Acaso antes de volver a piedra, el fantasma del falcó vaya a posarse en la diestra de san Carlomagno. Girona es una de las cinco iglesias de la cristiandad en la que se tiene por santo al emperador de la barba florida y se le hace fiesta. El Imperante debía de tener altar en Compostela, o por lo menos en Santa María do Cebreiro. ¡Estamos en falta los gallegos con el Cabalgador!
García-Cernuda me manda, a cambio de las imposibles noticias del fantasma, un recorte de «Los Sitios» en el que se trata de diablos gerundenses, portadores de la Pedra Grossa, destinada a clave en la bóveda de la Catedral según unos, y según otros para dar remate a la obra del Pont Major sobre el Ter, construido, como el de Ensiedeln y otros —algunos en nuestra Galicia—, por el diablo, que por premio se llevaba el alma de una virginal doncella o de un pobre barquero o pastor. En el caso del puente de Girona, una morenita. Este diablo, como se sabe por Horst, está identificado. Se llama Gerippe, que quiere decir en germánico esqueleto, y fue discípulo de Virgilio. Cuando quiere toma forma de puente, y de ahí que se comprometa a hacer un puente en una hora, porque se arquea él mismo y se tiende de orilla a orilla… También se habla en el artículo de «Los Sitios» de la «piedra del diablo» en un campo del Pla de Reixac, que por mucho que se excave alrededor de ella no se le encuentra fin, y se llega pronto, en el pozo, a oír ruido de cadenas. En Irlanda hay varias piedras de éstas, y el ruido de cadenas, es de las del puente levadizo del Sexto Infierno, donde los condenados se vuelven moscas.
Y hablando de moscas, Girona derrotó una vez con ellas, en los días medievales, a la gente de Francia. Vinieron unas moscas, las famosas moscas de San Narciso, y al que picaban le entraba una fiebre inquieta, con pústulas en la nariz, y se le caían las orejas a pedazos. El gran cronista Desclot dice que los flordelís se fueron por culpa de la peste.
Algún día, querido García-Cernuda, daremos con el fantasma gerundense. Mientras tanto, dime si vuela el falcó de Cap d’Estopa y si deja, como en el verso de Góngora, escritas derrotas de palomas «en los anales diáfanos del viento».