CAPITULO XXXIII

En casa de Frank la época de Navidad era uno de los períodos más agradables del año, o por lo menos eso era lo que Frank pensaba. Por muchas disputas, desavenencias o francas peleas que hubiese en la familia, siempre parecían disiparse alrededor del 21 y disolverse en el aire enrarecido hasta después de Año Nuevo.

Desde que Dawn, siendo muy pequeñita, se enteró de que Santa Claus no bajaba del cielo, había dejado de levantarse temprano el mismo día de Navidad y ahora abrían los paquetes de los regalos en la víspera. Después de quitar los papeles y colocar el regalo de cada uno en el sitio correspondiente, de forma que pudiesen ser admirados al otro día, se iban al Círculo de Labradores a cenar y a tomar parte en el baile anual de Nochebuena. El día de Navidad, Agnes tenía la casa abierta para todas las visitas y servía el desayuno, ponche y más tarde salchicha y alguien se quedaba siempre en la casa para recibir a los amigos que venían a admirar los regalos, trayendo regalos ellos mismos o no, según lo que hubieran convenido de antemano. Usualmente, Frank y Dawn eran los que solían visitar a las distintas personas que trabajaban para ellos y les llevaban los obsequios de rigor, contándose entre tales personas Edith Barclay y su abuela y Al y Geneve Lowe. Agnes entonces se quedaba en casa. Luego Frank la relevaba, y ella y Dawn visitaban a los diversos amigos, tales como Marg Dennis y Wally, y a los French de Israel. Luego Dawn se quedaba un rato de guardia mientras Frank y Agnes visitaban a los amigos que tenían en el Círculo de Labradores o de los Elk, llevando regalos o no, según lo convenido de antemano y bebían unos vasitos de sus respectivos ponches. Y siempre solía haber mucha gente en la casa, y en la casa de cada uno de los amigos, bebiendo ponche y admirando los regalos. Usualmente, a eso del mediodía el ponche se había acabado en todas partes, pero eso no importaba mucho, ya que casi todo el mundo estaba ya entonces bebiendo manhattans, aunque la gente antigua prefería whisky con agua, mientras admiraban los regalos.

Pero a pesar de aquella buena camaradería y de los otros goces numerosos de la época de Navidad, para Frank era la compra de los regalos para su familia lo que le proporcionaba el mayor contento. Le gustaba comprar regalos para todo el mundo, pero los que compraba para su familia le proporcionaban siempre el mayor placer y sano regocijo.

Este año le iba a dar a Agnes una nueva máquina de coser eléctrica, para reemplazar lar vieja, también eléctrica, que tenía; uno de esos chismes maravillosos que tienen accesorios para hacer de todo en un bonito mueble de caoba. También un conjunto completo de muebles ultramodernos para el salón de estar, de aquel nuevo estilo ranchero que estaba haciéndose tan popular y de la mejor clase que podía adquirirse —con dinero, para reemplazar las piezas viejas y anticuadas que habían comprado poco antes de la guerra. Había hecho el convenio necesario para que una silla fuera embalada y, con el envoltorio propio de Navidad, colocada junto al árbol, de forma que todo el mundo pudiese ver de lo que se trataba, y ya después de las vacaciones el resto sería entregado debidamente. También había elegido un regalo más personal y trivial, un conjunto de anillo, pulseras grandes y pequeñas, broche y collar, obra de artesanía mejicana, en plata y amatistas, que había encontrado por casualidad en un buen establecimiento. Como regalo principal estaba una chaqueta con capucha de piel de nutria. Hacía mucho tiempo que estaba usando una esclavina de nutria, de la que él sabía que estaba ya un poco avergonzada. V además, él había podido adquirir aquella pieza en un saldo en Cincinnati por menos de quinientos dólares por conducto de un amigo de negocios.

A Dawn le iba a regalar un traje de noche completo y de persona mayor, un modelo de Dior, juntamente con los zapatos, la ropa blanca, el bolso y la salida de teatro. Ella quería tener un vestido nuevo para la fiesta de su graduación. Él habría preferido regalarle un coche, pero Agnes había puesto el veto porque la muchacha era todavía muy joven. Así es que en lugar de eso le había regalado un juego de llaves de plata para el propio coche de él, el Buick. Sus otros regalos, porque él no quería que ella se sintiese disminuida en comparación con Agnes, eran diversos, consistiendo el principal en un conjunto de cuatro maletas de señora, las mejores que pudo encontrar en Cincinnati, ya que las necesitaría para ir a la Universidad. Para regalo trivial había ido a Terre Haute y allí le había comprado la mejor raqueta de tenis que había en el establecimiento de McMillan.

Frank no se preocupaba lo más mínimo de lo que le regalaran a él, aunque algunas veces le sorprendían regalándole algo que realmente le hacía falta y apenas se molestaba en abrir sus propios paquetes, haciéndolo únicamente por no herir los sentimientos de las mujeres. Pero lo que le gustaba era comprarles cosas. Darles cosas. Poder entrar en el mejor establecimiento y pedir para ellas lo mejor que tuvieran. (El precio no importaba. Era para su familia.) Poder entrar en una serie de establecimientos de alta categoría, y ponerse a rebuscar hasta que encontraba lo mejor de lo mejor. Y luego ver las caras que ponían cuando abrían los paquetes. El sorprendido gozo. La dilatada sonrisa. Las rápidas miradas de excitación que les (dirigían cuando empezaban a darse cuenta de lo que era.

Bueno, pensaba él felizmente, dilatándosele el pecho, aquello le proporcionaba un placer auténtico, una genuina sensación de virtud, y unos buenos sentimientos vigorosamente fuertes, y una felicidad y una paz imposibles de describir a nadie que nunca las hubiese experimentado. Aquello demostraba lo mucho que las quería.

¡ Por Dios, nadie había tenido nunca una familia mejor!

Aquel año, el día 20, salió de la tienda más temprano que de costumbre para ir a Terre Haute a buscar el árbol. Ellos tres, él y sus dos muchachas, Agnes y Dawn, lo adornaron más temprano que de costumbre, en medio de gran regocijo y alegría, que conmovían profundamente el corazón de Frank, y después de aquello las llevó al Círculo de Labradores al anochecer, en lugar de llevarlas justamente antes de la cena.

Había habido alguna discusión sobre si se debía invitar a Wally Dennis y a su madre a que estuvieran presentes la Nochebuena en la ceremonia de abrir los regalos y compartir el árbol; y la misma discusión hubo con respecto al hermano Dave.

Dawn había sugerido invitar a Wally y a su mamá, porque, decía ella, madre e hijo no tendrían unas Navidades muy lucidas. Desde luego, tendrían su propio árbol y sus regalos, pero ella sabía muy bien que sería todo bastante exiguo, aun contando los regalos que llegasen de parientes de fuera de la ciudad. Frank, que más o menos sentía simpatía tanto por Wally como por Marg (y que inmediatamente tomó nota mental para elegir algunos regalos para ellos en la tienda) puso de manifiesto que la magnitud de su propio árbol y de sus regalos, de los cuales iba a haber una gran cantidad, podrían resultar embarazosos si alguien los comparaba con los de los Dennis, y que ello haría que los Dennis se sintieran más molestos que complacidos. Dawn, que no había pensado en eso, estuvo de acuerdo en que aquello podría ser verdad.

En cuanto al asunto de Dave, Frank ya había hablado hada algún tiempo con Agnes sobre lo que debían hacer respecto a Dave, si debían invitarlo o no para la Navidad. Agnes, personalmente, por su gusto, se habría guardado muy bien de invitarlo; pero por otra parte no veía cómo podían librarse de hacerlo. Era casi obligatorio que lo invitaran, pensaba. Y así era como habían dejado la cosa. Pero más tarde Agnes había visto a Gwen en una reunión, y Gwen le había dicho que ella y Bob iban a tener a Dave para la Navidad y el correspondiente fin de semana. Agnes se lo había explicado todo esto a Frank, sugiriendo que, puesto que tal era el caso, todo lo que tenían que hacer ahora era invitar a Dave, ya que de antemano sabían que no podría venir. Su sugerencia había resuelto todo el problema. Frank había llamado a Dave a la parada de taxis para invitarle a que pasara la Navidad con ellos, y Dave contestó que ya tenía otra invitación y que no podía acudir, con lo cual quedó resuelta la cosa.

En cuanto a los Dennis, decidieron invitarlos para desayunar con ellos a primera hora de la mañana de Navidad, y sin llegar a decírselo, podrían sugerirles que se quedaran con ellos todo el día si querían. Esto se dejaría depender de la discreción de Agnes. Pero como todo el día habría gente entrando y saliendo y Marg Dennis no podía permitirse el lujo de tener una casa abierta, lo más probable sería que sin necesidad de discutir mucho, tanto Mark como Wally accederían a quedarse todo el día.

De esta forma todo se había arreglado satisfactoriamente, pensaba Frank complacido, mientras las llevaba al Círculo de Labradores. Como casi siempre parecía suceder en época de Navidad. Y él no podía sentirse de un humor más excelente.

En el Círculo de Labradores el inmenso árbol estaba ya levantado, tal como lo estaba desde hacía dos semanas, en un ángulo de la sala principal, de techo altísimo, que funcionaba la mayor parte del tiempo como comedor, sala de bailes y salón de recepciones en los casamientos. Un cierto número de mesitas con candelabros estaban dispuestas para la cena. Un enorme fuego flameaba en la gran chimenea, al otro extremo, y el mundo esperaba que habría nieve y que serían unas Navidades blancas.

La sala era hermosa, y estaba llena de gente que entraba y salía. Con el enorme fuego de la chimenea en un extremo y el árbol bien alumbrado en el otro, la gente disponía de pretexto para pasear de arriba abajo, mirando el árbol y volviendo al fuego en torno al cual los butacones y los divanes formaban una especie de cuartito accesorio. La gente que no había venido para quedarse a la cena llegaba ahora para pasar la noche. Paseaban llevando en las manos sus vasos de bebidas y se sentaban con uno o con otro conocido para charlar un rato. No había ninguna ceremonia. Las carcajadas sonaban aquí o allí sobre el zumbido de las conversaciones.

Sí, señor, era un club hermoso, un club realmente estupendo, pensaba Frank complacido. Y especialmente en época de Navidad. El espíritu de las vacaciones estaba ya en el aire. De esta forma era como debían vivir los seres humanos, la forma como cada habitante de América debía tener la posibilidad de vivir.

Después de la comida, Frank se fue al bar de los hombres, en el que estaba además la habitación para el juego del poker. Agnes se dirigió a otra de las salitas, sentándose junto a una ventana cerca del fuego, y Dawn se dedicó a pasear sola, muy aburrida.