Los reptilianos se alimentan de nuestras energías

La gran pregunta es: ¿qué forma de alimento somos para ellos? Nosotros percibimos los alimentos como algo físico, digerible y asimilable por nuestro cuerpo, pensamos en carne, pescado, cereales o cualquier forma de sustancia que aporta energía, vitaminas, minerales y proteínas a nuestro soporte vital que es el cuerpo humano.

Si analizamos correctamente esta forma de alimentación, es una evolución desde los primeros vegetales capaces de asimilar minerales y transmutarlos, en un proceso aún hoy parcialmente desconocido por la ciencia, a nuestra amplia capacidad de asimilación por diversas fuentes, algunas aéreas, otras sólidas y otras, evidentemente, líquidas; la complejidad se amplía cuanto más elevada es la especie.

Esos reptiles se alimentan de nosotros no como fuente de proteínas, sino como fuente de energías sutiles que generamos, energías que emanan de nosotros cuando estamos sometidos a alguna forma de excitación; esta es la razón por la que nos «fabricaron» sensibles a las emociones y con una acusada capacidad de generar esas energías. Somos un producto de laboratorio a medida creado con parte de su genética, algo que les permite y facilita esa asimilación de manera más correcta; de ese modo, es muy fácil ver cómo en los ancestrales textos se nos recuerda que tenemos su imagen y semejanza.

Somos «hipersensibles» y, cuando el ser humano siente dolor, exhala esas apetecibles energías abundantemente; por esta razón, los antiguos sacrificios humanos estaban rodeados de un dolor insoportable, siendo la tortura psíquica y física una placentera fuente de esas energías que a ellos tanto los embriaga. Así pues, siempre que había ese dolor en los constantes sacrificios, los dioses aparecían y se mostraban para exigir más dolor; por consiguiente, muchas religiones o culto de esos dioses nos entregaban completas recetas culinarias. Por ejemplo, el texto bíblico del Deuteronomio es un auténtico libro de cocina con el método, momento, tiempos y lugar en el que se deben efectuar los sacrificios de animales o plantas, y dedica un capítulo completo a este tema, titulado «Indicaciones sobre los sacrificios».

Hoy en día, los grandes templos se han convertido en estadios, en polideportivos, en concentraciones y eventos masivos, donde los asistentes vibran por una u otra causa, generando enormes cantidades de esa energía que tanto bien hace a los reptilianos.

Las guerras, disputas y conflictos donde los humanos sufren son algo constante. Hoy en día, más de 36 países en el mundo están en estado de guerra; conflictos que producen continuas víctimas mortales; guerras que esos aurigas-reptilianos, infiltrados en las más altas esferas de poder mundial, justifican con palabras tales como «democracia», «libertad» y «justicia», que son el reclamo de la antítesis con la que pretenden obtener la aprobación de las masas a las que gobiernan y dominan.

Es como si el pastor pudiese explicar a las ovejas que el perro está para proteger el rebaño, cuando su auténtica función es evitar que se escapen de él, y es curioso ese paralelismo, ya que no son pocos los avatares o dioses-hombres que en sus respectivas religiones han sido considerados como «el buen pastor».

La conspiración reptiliana
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