CAPÍTULO LXXVIII

Aunque Ernest tenía ya veintiséis años, y en poco más de año y medio cumpliría los requisitos para recibir su herencia, yo no veía motivo alguno para entregársela antes de la fecha fijada por la propia señorita Pontifex. Y, sin embargo, me desagradaba que siguiera al frente de la tienda de Blackfriars después de la crisis que había pasado. Hasta entonces, no había comprendido suficientemente todo lo que había sufrido, ni todos los gastos que le habían ocasionado los hábitos de su esposa.

En su momento, observé como el antiguo aspecto sombrío volvía a adueñarse de su rostro, pero fui demasiado perezoso, o albergué pocas esperanzas de poder sostener una batalla prolongada con Ellen, para interesarme por él y descubrir qué le pasaba, que era lo que debía haber hecho. Y, con todo, durante un tiempo no supe a ciencia cierta qué era lo mejor que podía hacer, pues, de no haber averiguado con certeza lo que le pasaba a su esposa, mi ahijado nunca se habría separado de ella, y nadie podría haberle ayudado en esa situación.

Después de todo, creo que yo tenía razón, y que las cosas salieron bien al final por haber dejado que se resolvieran solas. En cualquier caso, el asunto era tan complicado que yo no me habría arriesgado a intervenir mientras Ellen estuviera en escena. Ahora que se había ido, recuperé todo el interés por mi ahijado, y no dejaba de pensar qué era lo que podía hacer por él.

Hacía tres años y medio que se había establecido en Londres viviendo por sus propios medios. En ese tiempo, había sido sacerdote durante seis meses, preso durante otros seis, y comerciante y hombre casado durante los dos años y medio siguientes. Tengo que decir que había fracasado en todo lo que había hecho, incluso en su etapa de preso, pero, según me parecía, sus derrotas habían sido tan semejantes a victorias que merecía la pena preocuparme por él. Mi único temor era meterme en su vida más de la cuenta e impedirle tomar decisiones por sí mismo. En conjunto, me parecía que un duro aprendizaje de tres años y medio era suficiente. La tienda le había servido mucho: le había proporcionado una ocupación estable, cuando estaba falto de dinero, le había obligado a echar mano de sus propios recursos y enseñado a aprovechar las oportunidades ventajosas, cuando seis meses antes sólo veía problemas insuperables por todos sitios. Además, le había ensanchado su conocimiento del mundo, al convivir con las clases populares, de modo que su perspectiva vital no quedaba restringida a su propia clase social. Ahora, cuando paseaba por las calles y veía los libros en el exterior de las tiendas, los objetos de segunda mano y la infinita actividad comercial que bulle en nuestro derredor, la comprendía y aceptaba plenamente, por haber sido él mismo dueño de un negocio.

Ernest me contó en muchas ocasiones que cuando viajaba en un tren que atravesaba barrios populares y miraba las filas de casas desvencijadas, se preguntaba qué tipo de personas viviría en ellas, qué harían, cómo sentirían y en qué se diferenciarían de su propia forma de hacer y de sentir. Ahora ya lo sabía. Yo no conozco demasiado bien al autor de la Odisea (de quien sospecho, por cierto, que podría ser un sacerdote), pero la verdad es que acertó plenamente al describir sucintamente al típico hombre sabio como aquél que conoce «los usos y costumbres de muchos hombres». ¿Qué cultura puede compararse a ésta? ¿Es que la escuela y la universidad por las que había pasado Ernest no eran una mentira, una orgía enferma y debilitadora, comparadas con su vida en la cárcel y en la tienda de Blackfriars? Una vez le oí decir que volvería a pasar por todo lo que había pasado con tal de adquirir el conocimiento que le había desvelado el verdadero significado de las pantomimas del Grecian y del Surrey

[125]. ¡Con qué seguridad podía ahora, tras aquellos tres años de experiencias, arrojarse a nadar en aguas profundas!

Pero, como he dicho, mi ahijado ya había visto todo el trasfondo de la vida que podía serle útil, y era hora de que viviera de un modo más acorde con sus perspectivas futuras. Su tía había querido que besara el suelo, y él lo había besado de verdad, pero yo no quería que pasara inmediatamente de ser un tendero de poca monta a un caballero con una renta de entre tres y cuatro mil libras anuales. Una transformación tan súbita, de la mala a la buena fortuna, es tan perjudicial como su contraria, de la buena a la mala. Además, la pobreza agota mucho, es un estado cuasi embrionario, que el hombre debe atravesar para afianzarse luego en otra posición, pero, al igual que el sarampión o la escarlatina, es mejor pasarla pronto y librarse de ella cuanto antes.

Ninguna persona está a salvo de perder todo el dinero que tenga, a menos que haya tenido que encarar dificultades alguna vez. ¡Cuántas veces oigo a mujeres de mediana edad y a tranquilos padres de familia decir que no tienen tendencia a especular! Aseguran, una y otra vez, que sólo invertirían en los productos más seguros y de mejor reputación y, cuando se mencionan conceptos como la responsabilidad ilimitada… ¡qué escándalo! ¡Hasta alzan los brazos y miran al cielo!

Siempre que alguien habla así, podemos catalogarlo de presa fácil para cualquier estafador que se cruce en su camino. Terminará diciendo, naturalmente, que, a pesar de todas sus precauciones y de conocer los peligros de la especulación, hay algunas inversiones que parecen especulativas y que en realidad no lo son, y entonces se sacará del bolsillo el folleto de una mina de oro en Cornualles. Sólo cuando uno pierde dinero, se da cuenta de lo terrible que es perderlo, y de lo fácil que resulta cuando se sale del camino más transitado. Ernest había tenido que encarar problemas así, y además había pasado por la enfermedad de la pobreza a una edad temprana y con intensidad suficiente como para no poder olvidarla. En realidad, pasar por ella es uno de los episodios más afortunados que le pueden acontecer a cualquier hombre, siempre que no quede dañado sin remedio.

Soy tan partidario de la especulación que la pondría de asignatura obligatoria en todos los colegios. Haría que los alumnos leyeran el Money Market Review, el Railway News y todos los periódicos de información financiera, y crearía una Bolsa en la que las libras serían sustituidas por peniques. Así podrían comprobar, en la práctica, cómo es el proceso de hacerse rico en poco tiempo. Luego, el director podría otorgarle un premio al inversor más prudente, mientras que los muchachos que perdieran una y otra vez su dinero obtendrían una mala calificación. Claro que si algún alumno era un genio para la especulación y hacía dinero, habría que dejarlo especular de todos modos.

Si la universidad no fuera el lugar donde menos se aprende en el mundo, habría cátedras de Especulación en Oxford y en Cambridge. Aunque, cuando me pongo a pensar que la únicas cosas que merece la pena hacer en Oxford y en Cambridge son cocinar, jugar al críquet, remar y hacer deporte, temo que la creación de dichas cátedras no enseñaría a nadie ni a especular ni a dejar de hacerlo, sino que, simplemente, los convertiría en malos especuladores.

Una vez me contaron un caso en el que un padre llevó mi idea a la práctica. Quería que su hijo aprendiera la poca credibilidad que hay que atribuir a artículos incendiarios y a folletos ostentosos, y le dio quinientas libras para que las invirtiera como él quisiera. El padre esperaba que perdiera el dinero, pero no ocurrió así, porque el muchacho investigó e invirtió con tanto cuidado que el dinero aumentó hasta que el padre se lo arrebató, con sus ganancias, en un acto de autodefensa, como él mismo dijo.

Yo mismo cometí grandes errores con mi dinero el año 1846, pero entonces todo el mundo los cometía. Durante los años anteriores, había temido y sufrido tanto que cuando, al final, gané y dejé de perder (gracias a los buenos consejos del asesor que había trabajado previamente con mi padre y con mi abuelo), decidí no correr más riesgos y mantenerme en el camino más transitado que pude encontrar. Lo que hice fue, en realidad, mantener lo que había ganado y no incrementarlo. Con el dinero de Ernest actué del mismo modo, es decir, lo invertí en acciones ordinarias de Midland, de acuerdo con las instrucciones de la señorita Pontifex. Y, sin embargo, por muchos esfuerzos que hubiera hecho por incrementar el patrimonio de mi ahijado, no habría conseguido ni la mitad de las ganancias que obtuvo sin la más mínima molestia por mi parte.

Las acciones de Midland, al final de agosto de 1850, cuando vendí las obligaciones de la señorita Pontifex, se pagaban a 32 libras. Invertí todo el dinero de Ernest en estas condiciones, y no cambié la inversión hasta unos meses antes de empezar a escribir este relato, concretamente en septiembre de 1861. Entonces, las vendí a 129 libras por acción, e invertí en acciones ordinarias de Londres y North-Western, las cuales, según me dijeron, iban a ganar más que las de Midland. Las compré a 93 libras, y mi ahijado, en 1882, todavía las conserva.

Las 15.000 libras originales se habían convertido en más de 60.000 en once años. El interés acumulado, que yo había reinvertido, ascendía a 10.000 libras más, de modo que Ernest disponía entonces de unas 70.000 libras. Hoy en día, posee casi el doble de esa suma, y todo por dejar el dinero en paz.

Aunque la fortuna ya era grande, iba a incrementarse todavía más durante el año y medio que restaba de su minoría de edad, con el fin de que, al final de este período, pudiera disfrutar de una renta de, al menos, 3.500 libras al año.

Yo quería que aprendiera doble contabilidad. De joven, me habían hecho aprender esta habilidad, no demasiado difícil, y, una vez que la dominé, me enamoré de ella, hasta el punto de considerarla un aspecto esencial de la educación de cualquier joven, junto a la lectura y la escritura. Estaba decidido, por consiguiente, a que Ernest la aprendiera, y le propuse que se convirtiera en mi ayudante, contable y administrador de mis tesoros, que era como llamaba al dinero que mostraba mi libro de contabilidad, el cual había aumentado desde 15.000 hasta 70.000 libras. Le dije que iba a empezar a gastármelo en cuanto ascendiera a 80.000 libras.

Unos cuantos días después de que Ernest descubriera que todavía era soltero, y cuando estaba al comienzo de la luna de miel, por así llamarla, de su vida de no casado, le mencioné el asunto, le dije que era mejor cerrar la tienda, y le ofrecí 300 libras al año por administrar (en lo que podía administrarse) su propio dinero. No hace falta decir que las 300 libras las deduje de su patrimonio.

Si algo le faltaba pasa ser completamente feliz, era esto. En tres o cuatro días, se había visto libre de una de las relaciones más terribles y desesperadas que pueden imaginarse y, al mismo tiempo, había cambiado una vida casi de miseria a otra en la que iba a disfrutar de unos buenos ingresos.

- Una libra a la semana -dijo- para Ellen, y el resto para mí.

- No -le respondí-. La libra de Ellen la deduciremos del patrimonio también. Tú debes disponer de las 300 libras al completo.

Yo me había decidido por esta cantidad porque era la que el señor Disraeli le adjudicó a Coningsby

[126] cuando éste disponía de muy poco dinero. El señor Disraeli pensó que 300 libras al año era la cantidad mínima con la que Coningsby podía vivir y pagar todas sus trampas. Con este dinero, su héroe podría ir tirando un año o dos. En 1862, cuando transcurrían los acontecimientos que estoy contando, los precios habían subido, aunque no tanto como en años subsiguientes. Por otro lado, Ernest no había vivido previamente con tanto lujo como Coningsby, de modo que con 300 libras iba a tener suficiente.