CAPÍTULO LVI

Poco a poco, un malestar indefinido empezó a adueñarse de él. Una vez vi a un joven potrillo intentando comerse unos desperdicios de lo más repugnantes, incapaz de decidir si eran buenos o no. Claramente, necesitaba que alguien se lo dijera. Si su madre hubiera visto lo que estaba haciendo, se lo habría aclarado inmediatamente y, tan pronto como le hubiera dicho que estaba comiéndose porquerías, el potrillo las habría reconocido siempre, sin tener ya nunca más necesidad de consejo. Pero el potrillo era incapaz de resolver el dilema por sí solo, ni de decidir si le gustaba o no lo que estaba comiendo, sin ninguna ayuda exterior. Supongo que poco a poco podría haberlo resuelto, pero a base de tiempo y de muchos problemas, que una simple mirada de su madre podría haber ahorrado. Es igual que el mosto, que fermenta por sí solo, pero lo hace con mucha más rapidez si se le añade un poco de levadura. En las decisiones sobre lo que nos conviene, todos somos como el mosto, el cual, sin ayuda exterior, sólo fermenta lenta y trabajosamente.

En esta época, mi infortunado héroe se parecía mucho al potrillo, o mejor, se sentía como el potrillo se habría sentido si su madre y todos los caballos adultos del grupo hubieran jurado que estaba comiendo el alimento más sabroso y nutritivo que podía comer. Estaba tan ansioso por hacer lo correcto, y tan dispuesto a creer que todo el mundo sabía más que él, que nunca se hubiera atrevido a admitir que caminaba irremediablemente por un camino equivocado. No se le pasaba por la cabeza que podía haber un error en algún sitio, y tampoco se le ocurría buscarlo. Sin embargo, su malestar iba en aumento cada día que pasaba, hasta tal punto que, sin él saberlo, podía haber explotado nada más caerle una chispa.

Con todo, de la oscuridad general comenzó a surgir una sola idea, y a ella intentó aferrarse de modo instintivo. Me refiero al hecho de que estaba salvando muy pocas almas, mientras que cada hora se perdían miles y miles, las cuales, aplicando un poco de energía del estilo de la del señor Hawke, podrían ser salvadas. Transcurría un día, y luego otro, y ¿estaba haciendo algo? Cumplía con sus obligaciones profesionales y rezaba para que sus acciones subieran y pudiera disponer del dinero que le permitiría regenerar el universo. Pero, entre tanto, la gente se moría. ¿Cuántas almas iban a ser condenadas a largos períodos de los tormentos más aterradores que pueden imaginarse, antes de que él pudiera poner a trabajar su maquinaria de patología espiritual? ¿Por qué no salía a predicar, como hacían a veces los disidentes en Lincoln's Inn Fields y otros lugares? Podría decir todo lo que el señor Hawke había dicho. Ahora el señor Hawke era una pobre criatura a los ojos de Ernest, por ser miembro de la Iglesia Baja, pero de todo el mundo se aprende, y él podía, con toda seguridad, impresionar a su auditorio tanto como el señor Hawke lo impresionó a él, si reuniera el valor necesario para hacerlo. Los predicadores que a veces veía predicando en las plazas atraían numeroso público y él podía predicar mucho mejor que ellos.

Ernest consultó este asunto a Pryer, a quien le pareció tan vergonzoso que lo descartó enseguida. Dijo que nada podría hacer disminuir tanto la dignidad de los sacerdotes ni avergonzar a la Iglesia. Sus palabras fueron terminantes, e incluso groseras.

Ernest trató de disentir un poco: admitió que no era lo normal, pero había que hacer algo, y rápido. Así fue como Wesley y Whitfield iniciaron aquel gran movimiento que avivó la fe religiosa de cientos de miles de personas. No eran épocas para apelar a la dignidad. Wesley y Whitfield hicieron lo que la Iglesia no estaba dispuesta a hacer, y sólo por eso ganaron almas que la Iglesia ya había perdido.

Pryer miró a Ernest inquisitivamente y, tras una pausa, dijo:

- No sé qué hacer contigo, Pontifex; tienes razón y no la tienes. Coincido contigo sinceramente en que algo hay que hacer, pero no de una manera que, como la experiencia ha demostrado, no conduce sino al fanatismo y a la disensión. ¿Tienes buena opinión de los wesleyanos? ¿En tan poco valoras tu ordenación que no te importa que se lleven a cabo oficios de la Iglesia en sus templos, ni si se celebran o no con la debida ceremonia? Si esa es tu opinión, francamente no debías haberte ordenado. Si no lo es, piensa que uno de los deberes principales de un joven diácono es obedecer a la autoridad. Ni la Iglesia católica ni la Iglesia de Inglaterra permiten, de momento, que sus sacerdotes prediquen por las calles de ciudades donde hay templos de sobra.

Ernest se dio cuenta de la fortaleza de este argumento, y Pryer vio cómo dudaba.

- Vivimos -siguió diciendo, aún más convencido- en una época de transición, y en un país que, aunque se benefició mucho de la Reforma, aún no es consciente de lo que perdió con ella. Tú no puedes, ni debes, vocear a Cristo por las calles como si estuvieras en un país pagano cuyos habitantes no saben quién es. Los habitantes de Londres no necesitan eso. Cada iglesia que ven les recuerda lo equivocadas que están sus vidas, y les llama a arrepentirse. Cada campana que oyen es un testigo en su contra; cada persona con la que se encuentran los domingos, yendo o viniendo de la iglesia, es un aviso de Dios. Si todo este sinfín de influencias no les produce ningún efecto, tampoco lo harán las efímeras palabras que puedan oír de tus labios. Eres como Dives

[95], y piensas que si alguien resucitara, lo creerían. Tal vez lo hicieran, pero tu no puedes hacerte pasar por un resucitado.

Aunque las últimas palabras las pronunció entre risas, Ernest percibió un desdén en ellas que le molestó, aunque estaba bastante convencido, y así terminó la conversación. Sin embargo, las opiniones de Pryer dejaron a Ernest, no por primera vez, seriamente insatisfecho, e incluso dispuesto a no tenerlas en cuenta, aunque sin que su amigo lo notara ni lo supiera.