CAPÍTULO XIII

En aquel momento, tras haber sido arrojados los acostumbrados zapatos viejos al carruaje en el que la feliz pareja abandonaba la rectoría, éste acababa de darle la vuelta a la última esquina del pueblo. Todavía pudo distinguirse unos momentos, a doscientas o trescientas yardas de distancia, mientras pasaba por un bosquecillo de abetos, y luego desapareció de la vista.

- John -dijo el señor Allaby a su criado-, cierra la puerta.

Y él se metió dentro, dando un suspiro de alivio, que parecía querer decir: «Ya lo he hecho, y sigo vivo». Esta fue su reacción, tras un entusiasta estallido de gozo que había provocado que el anciano caballero corriera veinte yardas tras el carruaje para arrojar una zapatilla vieja, la cual alcanzó convenientemente su objetivo.

¿Y cuáles eran los sentimientos de Theobald y Christina cuando salían del pueblo y pasaban por el bosquecillo de abetos? Se trata de un instante en el que incluso el corazón más sano suele fallar, a menos que sea el de una persona completamente enamorada. Un hombre joven se encuentra en un bote pequeño en medio de un mar embravecido, junto con su prometida, y ambos se marean. Si el marcado navegante logra olvidar su propia angustia, y se alegra de poder sostener la cabeza de su amada cuando ésta se encuentra en su peor momento, es que está enamorado. En este caso, su corazón no fallará cuando le toque pasar por su bosquecillo de abetos. Otras personas, y por desgracia la inmensa mayoría de aquellas que contraen matrimonio pertenecen al grupo de «otras personas», sufrirán inevitablemente quince o treinta minutos de maldad, mayor o menor según el caso. Si hacemos caso a las cifras, creo que se ha debido producir más sufrimiento mental en las calles de salen de la iglesia de St. George, en Hanover Square, que en las celdas de los condenados de Newgate. En ningún otro momento pone su fría mano con más intensidad sobre todo hombre lo que los italianos llaman la figlia della Morte, que en el transcurso de la primera media hora a solas con la mujer con la que se acaba de casar, pero a la que nunca ha amado de verdad.

La hija de la Muerte también abrazó a Theobald, quien, hasta entonces, se había comportado muy bien. Cuando Christina le ofreció romper el compromiso, se mantuvo en su puesto con una magnanimidad de la que se pavoneó desde entonces, diciéndose a sí mismo: «Soy, de cualquier modo, una persona de honor, y no… etc.». La verdad es que, cuando tuvo que ser magnánimo, la libranza del dinero, por así llamarla, estaba aún lejos. Pero cuando su padre aprobó formalmente su matrimonio, las cosas empezaron a ponerse más serias; cuando la rectoría quedó vacante y fue aceptada, se pusieron todavía más serias, y cuando Christina, finalmente, eligió el día, el corazón de Theobald dejó de latir.

Un noviazgo tan largo se había hecho rutinario, de modo que la idea de cambiar le desconcertaba. Christina y él se habían llevado bien, se decía, durante muchos años. ¿Por qué, por qué, no podían seguir como estaban ahora durante el resto de sus vidas? Pero ya no tenía más posibilidades de escaparse que las que tiene un cordero conducido al matadero y, como él, sabía que no iba a adelantar nada resistiéndose, así que no se resistió. Su comportamiento fue, en realidad, honesto, y todo el mundo creyó que era uno de los hombres más felices que habían visto nunca.

Ahora, sin embargo, por cambiar la metáfora, la suerte estaba echada, y el pobre desgraciado volaba por el aire junto con la destinataria de su amor. Esta criatura tenía ya treinta y tres años, y los aparentaba. Había estado llorando, y sus ojos y su nariz estaban rojos. Si lo que podía leerse en el rostro del señor Allaby después de haber arrojado el zapato era «ya lo he hecho y sigo vivo», «ya lo he hecho y no sé cómo voy a seguir viviendo» era la frase que mostraba la cara de Theobald en el instante en que atravesaron el bosquecillo de abetos. Ésta, sin embargo, ya no podía verse desde la casa del párroco. Lo único que se veía era la cabeza del postillón, que subía y bajaba al erguirse desde sus espuelas, deslizándose por encima del seto que lindaba con la carretera, y el carruaje, que era negro y amarillo.

Durante cierto tiempo, la pareja permaneció en silencio. Lo que sintieron durante aquella media hora queda para la imaginación del lector, porque contarlo es algo que está por encima de mis posibilidades. Finalmente, Theobald extrajo una conclusión tras hurgar en el último rincón de su alma. Consistía en que, ya que Christina y él se habían casado, lo mejor era que sus futuras relaciones conyugales comenzaran cuanto antes. Si las personas que tienen problemas dan un primer paso que les parece claramente razonable, les será más fácil dar un segundo. ¿Cuál era entonces, pensaba Theobald, el primer y más obvio asunto que debía considerarse, y cómo podrían llegar a conciliarse de modo equitativo las posiciones relativas de él y de Christina con respecto a dicho asunto? Sin lugar a dudas, la primera cena de los dos iba a ser el primer episodio conjunto de las obligaciones y placeres de la vida conyugal. Y, también sin duda alguna, Christina tenía el deber de encargarla y él de comerla y pagarla.

Los argumentos que precedieron a esta conclusión, y la conclusión en sí misma, se le ocurrieron a Theobald cuando se encontraban a unas tres millas y media de distancia de Crampsford, en dirección a Newmarket. Había desayunado muy temprano y frugalmente, en contra de su costumbre. Luego salió de la rectoría sin tomar el almuerzo servido tras la boda. A Theobald le gustaba cenar temprano, y entonces se le ocurrió que tenía hambre. Fue fácil pasar desde aquí a la conclusión expresada hace un momento de modo que, tras unos breves minutos de reflexión, le habló del asunto a su esposa, rompiendo así el hielo.

Pero la esposa de Theobald no estaba preparada para tomar una decisión tan importante con tanta rapidez. Sus nervios, que nunca habían sido muy fuertes, estaban en tensión desde antes de la ceremonia. Quería pasar inadvertida, porque era consciente de parecer algo mayor de lo que debía parecer una novia recién casada aquella misma mañana. Temía a los empleados de la posada, a la camarera, al camarero, a todos y a todas, y su corazón latía tan rápidamente que apenas podía hablar, y mucho menos pasar por el trago de encargar la cena en un hotel desconocido a una empleada desconocida. Rogaba y rezaba por que la libraran de hacerlo. Si Theobald se ocupaba de encargar la cena entonces, ella lo haría todos los días en el futuro.

Pero el inexorable Theobald no iba a cambiar de opinión con excusas tan absurdas. Ahora mandaba él. ¿Es que Christina no había prometido solemnemente, dos horas antes, honrarle y obedecerle? ¿Es que ya estaba resistiéndose en un asunto tan trivial? La amorosa sonrisa desapareció de su rostro, seguida de un duro gesto que hasta aquel viejo turco, su padre, habría envidiado.

- Todo eso son tonterías, mi querida Christina -exclamó suavemente, mientras daba un pisotón en el suelo del carruaje-. Una de las obligaciones de cualquier esposa es encargar la cena de su marido. Tú eres mi esposa y, por tanto, espero que encargues la mía.

Pues a Theobald se le podía acusar de todo, menos de falta de lógica.

Su esposa se puso a llorar, y le dijo que era un antipático. Él no contestó, pero se le revolvieron las tripas. ¿Era éste el fin de seis años de devoción sin límite? ¿Para esto se mantuvo fiel cuando Christina le ofreció librarlo del compromiso? ¿Era esto lo que Christina quería decir cuando hablaba de deberes y de obligaciones espirituales? ¿Era posible que, el primer día de casados, no viera que la primera muestra de obediencia a Dios es la obediencia al esposo? Estaba a punto de regresar a Crampsford para quejarse al señor y a la señora Allaby; no quería haberse casado con Christina; en realidad no se había casado con ella, todo era un sueño horrible, y él… Pero, de pronto, una voz le martilleó los oídos, diciendo: «No puedes, no puedes, no puedes…». «¿No puedo?», se preguntó la desgraciada criatura a sí mismo. «No,» dijo la despiadada voz, «no puedes. Eres un hombre casado.»

Theobald se retrepó en una esquina del carruaje y, por primera vez, sintió lo injustas que eran las leyes del matrimonio en Inglaterra. Buscaría las obras completas de Milton para leer su panfleto sobre el divorcio. Quizá pudiera encontrarlas en Newmarket.

Así, la novia estaba sentada, llorando, en una esquina del carruaje, y el novio en la otra, enfadado, y temiéndola como sólo un novio puede temer a la novia.

Poco después, sin embargo, se oyó una débil voz desde la esquina de la novia, que dijo:

- Querido Theobald, querido Theobald, perdóname. Estaba muy, muy equivocada. Por favor, no te enfades conmigo. Encargaré la… la…

Pero la palabra cena quedó ahogada por sus sollozos, que iban en aumento.

Al oír estas palabras, Theobald sintió cómo se aliviaba el peso que sentía en el corazón, pero lo único que hizo fue mirarla fijamente, y no de manera agradable.

- Por favor -continuó diciendo la voz-, dime qué te apetece, y se lo diré a la empleada en cuanto lleguemos a Newmar… -pero otro estallido de sollozos le impidió pronunciar la última palabra.

El peso que aún había en el corazón de Theobald se iba aliviando cada vez más. ¿Iba a ser posible, después de todo, que no se saliera con la suya? Además, ¿no era ella la que había cambiado de tema, pasando de hablar de sí misma a hablar de la inminente cena?

Theobald se tragó sus temores y dijo, con voz todavía disgustada:

- Creo que podríamos tomar un pollo asado con salsa, patatas nuevas y guisantes, y luego veremos si tienen tarta de cereza con nata.

Unos minutos después, él la atrajo hacia sí, la besó hasta hacer desaparecer las lágrimas, y le aseguró que iba a ser una buena esposa para él.

- ¡Querido Theobald! -exclamó ella en respuesta-, ¡eres un ángel!

Theobald la creyó, y diez minutos después la feliz pareja bajaba del carruaje en la posada de Newmarket.

Christina efectuó su difícil tarea con enorme valor. Urgió y suplicó a la encargada, en secreto, que no hiciera esperar a Theobald más de lo que fuera absolutamente necesario.

- Si puede traernos alguna sopa, señora Barber, nos ahorraremos diez minutos, porque nos la comeremos mientras se asa el pollo.

¡Ved como la necesidad le dio fuerzas! La verdad era que tenía un terrible dolor de cabeza, y que habría dado todo lo que pudiese por estar sola.

La cena fue todo un éxito. Una pinta de jerez calentó el corazón de Theobald, quien ahora confiaba en que, después de todo, las cosas iban a salirle bien. Había ganado la primera batalla, y esto da mucho prestigio. ¡Y con qué facilidad! ¿Por qué nunca se habría atrevido a tratar a sus hermanas así? Lo haría en cuanto las viera de nuevo. Quizá aún estaba a tiempo de enfrentarse con su hermano John, o incluso con su padre. De este modo construimos castillos en el aire cuando nos encienden el vino y las victorias.

Cuando acabó la luna de miel, la señora de Theobald Pontifex era la esposa más devota y solícita de toda Inglaterra. Según reza el antiguo proverbio, Theobald había matado al gato al principio. Era un gato muy pequeño, un gatito quizá, pero incluso así lo retó a un combate mortal y, al final, sostuvo su sangrante cabeza, en actitud desafiante, ante el rostro de su esposa. El resto había sido muy fácil.

Es raro que alguien, a quien he descrito como tímido y afable, se comportara como un energúmeno, tan súbitamente, el día de su boda. Quizá he pasado por los años de noviazgo con demasiada ligereza. Durante ese tiempo, Theobald había sido tutor de alumnos universitarios, e incluso vicedecano. Nunca he conocido a ningún hombre que no se haya sentido más importante después de ser fellow residente durante cinco o seis años. Es verdad que, nada más entrar en un radio de diez millas alrededor de la casa de su padre, era preso de un encantamiento que hacía que sus rodillas temblaran, que su grandeza le abandonara, y que se sintiera otra vez como un bebé muy crecido rodeado de una nube perpetua. Pero iba poco por Elmhurst y, tan pronto como salía de allí, el encantamiento se rompía y volvía a ser tutor de alumnos, vicedecano, prometido de Christina e ídolo de las mujeres de la familia Allaby. De todo esto se deduce que, si Christina hubiera sido una gallina respondona de las que despliegan sus plumas para mostrar resistencia, Theobald no se habría atrevido a enfrentarse con ella, pero era sólo una gallina común, dotada incluso de menos valor personal del que suelen tener las gallinas.