CAPÍTULO XLIV
Creo que ya no voy a contar más incidentes del período escolar de mi héroe al lector. A pesar de él mismo, fue progresando hasta llegar a la clase del doctor y, durante los dos últimos años de este período, fue uno de los alumnos prefectos, aunque nunca estuvo entre los mejores. Trabajaba poco y pienso que el doctor perdió interés por él, al considerarlo un alumno al que era mejor dejar tranquilo, porque raramente le hacía intervenir en clase. Ernest, por su parte, entregaba los ejercicios cuando le venía en gana. Su obstinación, tácita e inconsciente, surtió más efecto al final que cualquier reprimenda de las que recibió al principio. Al final de su etapa escolar, su puesto inter pares estaba prácticamente en el lugar de siempre, concretamente en el mejor grupo de los peores alumnos, fueran éstos principiantes o avanzados, más que en el peor grupo de los mejores.
Sólo en una ocasión en toda su etapa escolar obtuvo elogios del doctor Skinner por un ejercicio. Ahora, él la recuerda como el mejor ejemplo de aprobación cautelosa que ha visto nunca. Tenía que escribir unos versos alcaicos
- Cuando me acuerdo -me dijo el otro día, riéndose a carcajadas-, prefiero no haber conseguido nunca la mejor calificación por un ejercicio que haberla conseguido siempre. Me alegro de que nadie pudiera hacerme escribir versos latinos ni griegos, me alegro de que Skinner nunca ejerciera ninguna influencia moral sobre mí, me alegro de haber sido perezoso en el instituto, y de que mi padre me hiciera trabajar tanto de niño. De otro modo, es muy probable que hubiera cedido a las presiones y escribiera unos versos alcaicos sobre los perros San Bernardo tan buenos como los de mis compañeros, pero, a pesar de todo, tengo mis dudas, porque otro muchacho entregó los versos latinos y, además, escribió estos otros:
Los perros de San Bernardo vienen
A rescatar niños pequeños de la nieve.
Del cuello les cuelga un barrilito
De ginebra, atado con un hilito.
»A mí me hubiera gustado escribir algo así, y lo intenté, pero no me salió. No me gustó el último verso, e intenté mejorarlo, pero no pude.»
Creí detectar en sus palabras cierto rastro de amargura contra los profesores que tuvo en su juventud, expresada a su manera, e hice un comentario en este sentido.
- Oh, no -contestó, riéndose aún más-, no más que la que pudiera sentir San Antonio por los demonios que lo tentaron cuando se los encontró por casualidad cien o doscientos años después. Claro que él sabía que eran demonios, pero bueno, demonios tiene que haber. Seguramente, san Antonio prefería estos demonios a muchos otros y, al ser viejos amigos, los trató lo mejor que pudo, dentro de los límites del decoro. Además, san Antonio tentó a los demonios tanto como ellos a él, porque su especial santidad era una tentación tan grande para ellos que no pudieron resistirse. En sentido estricto, hay que compadecerse más de los demonios, porque san Antonio los indujo a que lo tentaran y a que fracasaran, mientras que él no cayó. Creo que yo fui un muchacho desagradable y difícil de entender, y si alguna vez me encuentro con el doctor Skinner, enseguida me acercaré a él y le daré la mano.
En casa, las cosas iban mucho mejor. El asunto de Ellen y el de la señora Cross se habían disipado en el horizonte y, cuando iba, lo dejaban tranquilo, ahora que era alumno prefecto. Con todo, el ojo vigilante y la mano protectora estaban siempre dispuestas a fiscalizar sus entradas y salidas y a espiar todas sus actividades. No era raro que los ojos del muchacho casi siempre indicaran hastío y preocupación, a pesar de que tratara de guardar las apariencias y que, algunas veces, hasta se sintiera feliz y contento.
Sin duda, Theobald podía interpretar muy bien lo que estos ojos querían decir, pero su profesión consistía precisamente en apartar los suyos de todo lo que no conviniera, pues ningún sacerdote podía mantener sus prebendas si no era así. Además, se había permitido decir durante tantos años cosas que nunca debía haber dicho, sin expresar las que debía, que era improbable que viera algo una vez hubiera decidido previamente que era más conveniente no verlo, a menos que alguien se lo hiciera ver.
La verdad es que tampoco se necesitaba mucho: No hacer misterios de lo que es natural según la naturaleza, someter a su conciencia a algo parecido a un control razonable, darle más libertad a Ernest, hacerle menos preguntas, y darle dinero con el deseo de que se lo gastara en menus plaisirs…
- ¿Dices que no era mucho? -dijo Ernest, riendo, después de leer lo que acabo de escribir-. Pues es todo lo que un hombre debe hacer, pero quizá lo peor fuera lo de los misterios. Si las personas se atrevieran a hablar unas con otras sin reservas, el mundo sufriría mucho menos en los próximos cien años.
Pero volvamos a Roughborough. El día de su despedida, cuando fue llamado a la biblioteca para un apretón de manos, se sorprendió al comprobar que, aunque estaba contento por marcharse, no le guardaba al doctor ningún rencor especial. Había llegado al final de la etapa y seguía vivo y, en general, no peor que otros compañeros. El doctor Skinner lo recibió amablemente, y estuvo incluso algo dicharachero en su particular modo grandilocuente. En su gran mayoría, los jóvenes son siempre simpáticos y Ernest sintió al marcharse que otra entrevista como aquélla no sólo habría disipado todos los antiguos rencores, sino que lo habría integrado en el grupo de admiradores y seguidores del doctor, en el que se encontraba, justo es decirlo, la mayor parte de los mejores alumnos.
Justo antes de decir adiós, el doctor sacó un libro de aquellos estantes que, seis años antes, habían parecido tan terribles, y se lo regaló con la dedicatoria (texto en griego) que, según creo, significa «con mis mejores deseos». El libro, De comitiis Atheniensibuss, estaba escrito en latín y su autor era un alemán, Schomann. No iba a ser exactamente una lectura placentera, pero Ernest pensó que ya era hora de que entendiera bien la Constitución ateniense y su sistema electoral, aspectos que estudió muchas veces y olvidó otras tantas. Ahora que el doctor le había regalado este libro, dominaría el asunto de una vez por todas. ¡Qué raro era todo! Quería acordarse de las cosas y ponía un gran empeño, pero no era capaz de retenerlas. Tenía muy mala memoria, pero si alguien tocaba una melodía y le decía lo que era, nunca se olvidaba aunque no hiciera el menor esfuerzo por recordarlo ni se percatara de que estaba ejerciendo su memoria. Su mente no estaba bien constituida, y él no servía para mucho.
Como todavía le quedaba tiempo, cogió las llaves de la iglesia de Saint Michael y se fue a tocar en el órgano una última pieza, que ya sabía tocar bastante bien. Caminó meditabundo por el pasillo y luego tocó «They loathed to drink of the river»
Cuando el tren salía, divisó la casa que su tía había alquilado, y donde podía decirse que murió tratando de ayudarlo, y se fijó en las dos ventanas por las que tantas veces había salido al jardín para entrar en el taller. Se reprochó a sí mismo por haber sido tan ingrato con aquella buena mujer, el único de sus parientes en el que creía haber podido confiar. Aunque su recuerdo era querido, se alegró de que no hubiera presenciado los problemas en que se metió después de su muerte. Tal vez no se los habría perdonado y él no lo habría podido soportar. Pero también, si hubiera vivido, muchos de aquellos problemas se habrían evitado. Cuanto más reflexionaba, más triste se ponía. Se preguntaba dónde acabaría todo, si el futuro le iría a deparar pecado, vergüenza y desgracias, como el pasado, y si el ojo vigilante y la mano protectora de su padre seguirían exigiéndole más de lo que podía soportar. O, por el contrario, ¿se sentiría algún día razonablemente contento y feliz?
El sol estaba envuelto en una niebla gris, de modo que podía mirarlo directamente. Ernest, mientras reflexionaba, fijó los ojos en él, como si se tratara del rostro de alguien conocido y amado. Su cara se mantuvo seria al principio, aunque satisfecha, como la de un hombre agotado tras una enorme tarea, pero, en pocos segundos, vio el lado más humorístico de sus desgracias y esbozó una sonrisa mezcla de reproche y alegría, como si pensara qué poco importaba todo lo sucedido y qué pequeños eran sus infortunios comparados con los de otras personas. Todavía mirando fijamente al sol y sonriendo, recordó que había ayudado a quemar la imagen de su padre en efigie y sus ojos se pusieron brillantes, hasta que él mismo rompió a reír. Justo en aquel momento, la nube gris se apartó del sol y él volvió a la realidad al encontrarse de pleno con la luz. Entonces se dio cuenta de que estaba siendo observado atentamente por un compañero de viaje sentado enfrente de él, que tenía una enorme cabeza y pelo grisáceo, del color del hierro.
- Mi joven amigo -le dijo, en tono amable-, la verdad es que no debería ponerse a conversar con habitantes del sol mientras esté en el vagón de un tren público.
No dijo nada más, sino que desplegó The Times y se puso a leerlo. Por su parte, Ernest se puso colorado. Los dos no volvieron a dirigirse la palabra, sino que se intercambiaron miradas de vez en cuando y cada uno se quedó con la cara del otro.