CAPÍTULO XXXVII
Si Theobald y Christina no se habían sentido muy felices con la idea de que la señorita Pontifex se ocupase de Ernest, lo fueron aún menos cuando la relación quedó interrumpida de forma tan prematura. Al parecer, estaban convencidos, por lo que había dicho su hermana, de que Ernest iba a ser su heredero, aunque estoy seguro de que ella jamás les indicó lo más mínimo a este respecto. E incluso Theobald se lo dio a entender a Ernest, en una carta que voy a reproducir enseguida, aunque cuando Theobald quería mostrarse desagradable, cualquier nimiedad más ligera que el aire asumía en su imaginación la forma que le resultase más conveniente. Yo no creo que supiesen qué iba a hacer Alethea con su dinero antes de saber que estaba a punto de morir y, como he dicho antes, si hubieran considerado probable que Ernest fuese nombrado heredero por encima de ellos, sin participar ni siquiera del legado en usufructo, habrían puesto inmediatamente obstáculos a la relación entre tía y sobrino.
Ello, sin embargo, no disminuyó su derecho a sentirse agraviados ahora que sabían que ni Ernest ni ellos iban a recibir nada, e incluso les permitió expresar su decepción en nombre de su hijo, pues eran demasiado orgullosos para admitir que, en realidad, era suya. La verdad es que era natural que se sintiesen decepcionados en circunstancias como aquéllas.
Christina dijo que el testamento era, simplemente, fraudulento, y estaba convencida de que podía recurrirse contra él si ella y Theobald encontraban una buena forma de hacerlo. Theobald, dijo, debía presentarse al lord canciller, pero no públicamente, sino de modo particular, para explicarle todo el asunto, o quizá era mejor que fuera ella misma, y ya no me atrevo a describir el delirio al que conducía esta última idea. Creo que, al final, Theobald moría y el lord canciller (que se había quedado viudo unas pocas semanas antes) le proponía matrimonio, oferta que ella, de modo firme pero no desagradecido, declinaba; seguiría, decía ella, pensando en él como un amigo, y en este momento entró el cocinero para decir que el carnicero la estaba esperando para tomar el pedido de la semana.
Creo que Theobald debió de imaginarse que yo participaba del legado de alguna manera, pero no le dijo nada a Christina. Estaba enfadado y se sentía ofendido, porque ya no podía ir a ver a su hermana y sermonearla, como tampoco había podido hacer con su padre. «Es tan mezquino que algunas personas hieran de esta manera», exclamó para sí mismo, «y que luego eviten dar la cara ante aquellos a los que han herido… Esperemos que, de cualquier modo, nos encontremos en el cielo.» Aunque de esto no estaba tan seguro, porque cuando las personas han cometido tantas faltas era muy poco probable que fueran al cielo, y la posibilidad de que pudieran verse en otro lugar ni siquiera le pasó por la mente.
Una persona tan enojada y, en los últimos tiempos, tan desacostumbrada a que lo contradijeran, tenía muchas posibilidades de descargar su venganza en alguien, método que Theobald ya había empleado con anterioridad y que le permitía desahogar su enojo con menor riesgo y mayor satisfacción para él mismo. Este alguien, como se puede adivinar, no era otro que el propio Ernest. Por consiguiente, comenzó a desahogarse con Ernest no personalmente, sino por carta.
«Deberías saber», escribió, «que tu tía Alethea nos dio a entender a tu madre y a mí que su deseo era hacerte su heredero, siempre que, naturalmente, te comportaras de forma que te ganaras su con fianza. Al final, sin embargo, no te ha dejado nada, y todas sus propiedades han ido a parar a tu padrino, el señor Overton. A tu madre y a mí nos gustaría pensar que, si hubiera vivido más tiempo, habrías sido tú el elegido, pero ya es demasiado tarde para eso.
»Tus trabajos de carpintería y la construcción del órgano deben finalizar de inmediato. Nunca creí en ese proyecto, y ahora no veo motivo alguno para cambiar de opinión. Tampoco creo que te ocasione una gran decepción, y estoy seguro de que ni siquiera tú mismo lo lamentarás en los próximos años.
»Y ahora, unas cuantas cosas más en relación con tu futuro. Como sabes, dispones de una pequeña herencia que te pertenece, según el testamento de tu abuelo. Esta disposición fue hecha de forma accidental y, según creo, debido a un malentendido del abogado. Probablemente, el legado no debía surtir efecto hasta la muerte de tu madre y la mía propia pero, tal como dice el testamento, será tuyo en cuanto cumplas veintiún años. De esta cantidad hay que restar importantes deducciones. Primero, el impuesto de transmisiones y, después, todavía no he decidido si debería descontar los gastos de educación y mantenimiento desde tu nacimiento a tu mayoría de edad. Lo más normal es que no vuelva a insistir totalmente en este asunto, si te comportas de modo apropiado, pero la verdad es que debería deducir una cantidad importante. Quedará, por tanto, muy poco: unas 1.000 o 2.000 libras, que serán tuyas de verdad. Las cantidades exactas te serán comunicadas a su debido tiempo.
»Esto, te lo digo muy en serio, es todo lo que puedes esperar de mí -hasta Ernest se dio cuenta de que esta frase no era original de Theobald- al menos hasta mi muerte, que ninguno de los dos sabe cuántos años puede tardar. No es una cantidad enorme, pero es suficiente si se complementa con constancia y seriedad de objetivos. Tu madre y yo te pusimos el nombre que llevas con la esperanza de que siempre te recordara…»
Pero ya no puedo seguir copiando este dechado de efusiones. Era el mismo juego de siempre, consistente en debilitar la voluntad cíe Ernest, que se resumía en las siguientes palabras: Ernest no servía para nada, y si seguía así, terminaría con toda probabilidad mendigando por las calles, sin zapatos ni medias, nada más terminara de estudiar en el instituto o, tal vez, en la universidad y, sin embargo, él, Theobald, y Christina eran tan buenos que este mundo no se los merecía.
Después de escribir esto, Theobald se sintió bondadoso y le envió a las señoras Thompson de turno más sopa y vino de lo que generosamente les solía enviar.
A Ernest le perturbó la carta de su padre profunda y apasionadamente. Pensar que incluso su querida tía, la única entre sus parientes a quien realmente quería, se había vuelto en su contra y se había forjado una mala opinión de él, a pesar de todo. Éste era el golpe más desagradable. Como la enfermedad se declaró tan rápidamente, la señorita Pontifex, pensando sólo en el bienestar de su sobrino, omitió hacer sobre él mención alguna que pudiera poner en tela de juicio las insinuaciones de su padre. Al ser, además, una enfermedad infecciosa, no quiso verlo una vez que supo lo que realmente tenía. Yo mismo no supe de la carta de Theobald, ni pensé lo suficiente en mi ahijado como para hacerme una idea de su estado. Muchos años después, la encontré en una antigua cartera que Ernest había utilizado en el instituto, en la que también guardaba más cartas viejas y documentos escolares que he utilizado en este libro. Él no se acordaba de esta carta, pero me dijo, al verla, que fue la primera cosa que le hizo comenzar a rebelarse contra su padre, una rebelión que estimaba justa, aunque no lo confesara abiertamente. Otro asunto no menos serio era que la carta le hizo pensar que su deber era renunciar al legado de su abuelo. Puesto que era suyo sólo por error, ¿cómo iba a quedárselo?
Durante el resto del semestre, Ernest fue negligente y muy desgraciado. Quería mucho a algunos de sus compañeros, pero temía a los que creía superiores, y era dado a considerarlos a todos superiores a él, excepto a los que estaban, obviamente, mucho más atrasados. Tenía una pobre opinión de sí mismo, y al faltarle la fuerza física y el vigor que tanto ansiaba, y descuidar su trabajo escolar, creía carecer por completo de buenas cualidades. Era malo por naturaleza, uno de aquellos a los que el arrepentimiento no le servía para nada, aunque con lágrimas lo buscara
- Pontifex -dijo el doctor Skinner, una vez que cayó sobre él en el vestíbulo como si fuese un desprendimiento de moralidad, sin darle tiempo a escapar-, ¿es que nunca te ríes? ¿Por qué estás siempre tan extraordinariamente serio?
El doctor no pretendía ser antipático, pero el muchacho se puso colorado y escapó.
Sólo se sentía feliz en un lugar, que era la antigua iglesia de Saint Michael, donde ensayaba su amigo el organista. Por esta época, empezaron a publicarse ediciones baratas de los grandes oratorios, que Ernest compró uno tras otro. A veces le vendía un libro de texto a un librero de segunda mano para comprarse un ejemplar de El Mesías o de La Creación o de Elías con lo que le daba. Esto era engañar a sus padres, pero es que Ernest estaba fallando una vez más, o al menos así lo creía él, y deseaba mucho la música y muy poco a Salustio o a quien fuese. Algunas veces, el organista se iba a casa y le dejaba las llaves, y así podía tocar solo durante cierto tiempo. Luego cerraba el órgano y la iglesia antes de volver al instituto a la hora de pasar lista. En otras ocasiones, mientras tocaba su amigo, vagaba por la iglesia, mirando los monumentos y las viejas vidrieras, sintiéndose embelesado por la vista y el oído al mismo tiempo. Una vez se lo encontró el antiguo párroco cuando vigilaba la instalación de una nueva vidriera, supuestamente obra de Alberto Durero, que había comprado en Alemania. Le hizo varias preguntas a Ernest, y al descubrir que era aficionado a la música, le dijo con voz temblorosa (porque tenía más de ochenta años):
- Ojalá hubieses conocido al doctor Burney, el autor de la Historia de la música. Yo lo conocí muy bien cuando era joven.
Esto hizo latir más fuerte el corazón de Ernest, que sabía que el doctor Burney, cuando era colegial en Chester, solía escaparse para ver a Haendel fumar en pipa en el café del edificio de la Bolsa. Y ahora estaba delante de alguien que, aunque no hubiera visto personalmente a Haendel, conoció a personas que sí lo habían visto.
Aunque, a veces, se topara con algún oasis en este desierto, por regla general el muchacho estaba siempre delgado y pálido, como deprimido por un secreto que, sin duda, guardaba, pero del que no puedo culparle. A pesar de todo, mejoró su rendimiento en el instituto, aunque cayó en desgracia con los profesores y no se ganó la estima de aquellos muchachos que, según él pensaba, nunca podrían imaginarse lo que era guardar un secreto así. Esta era una de las características más sobresalientes de Ernest: no le importaban mucho los muchachos que simpatizaban con él, pero idealizaba a aquellos que siempre lo rehuían, aunque esto les ocurre a casi todos los muchachos en todas partes.
Al final, la situación desembocó en una crisis aguda cuando, al final del segundo semestre posterior a la muerte de su tía, Ernest llevó a su casa en su cartera un documento que Theobald tachó de «infame y ofensivo». No hace falta explicar que me refiero a la factura del instituto.
Este documento siempre provocaba una gran ansiedad en Ernest, porque era analizado con el mayor cuidado y contrastado con él hasta el más mínimo detalle. A veces, adquiría artículos necesarios para su educación, como cuadernos o diccionarios, y los vendía, como hemos dicho, para sacar un poco de dinero y comprar música o tabaco. Estos fraudes, pensaba Ernest, siempre estaban a punto de ser descubiertos, y por eso se sentía muy aliviado en cuanto terminaba el interrogatorio. Esta vez, Theobald armó un gran revuelo con respecto a los extras, pero pasó sobre ellos a regañadientes. La factura terminaba con una página en la que se recogía el progreso moral y académico de Ernest. Decía lo siguiente:
INFORME DE LA CONDUCTA Y EL PROGRESO ACADÉMICO DE ERNEST PONTIFEX. CURSO QUINTO, CLASE SUPERIOR. SEGUNDO SEMESTRE ANTES DEL VERANO, 1851.
Lenguas clásicas. Perezoso y negligente. Ningún progreso.
Matemáticas. “ “
Teología. “ “
Conducta en el instituto. Obediente.
Conducta general. Poco satisfactoria, por su impuntualidad y escasa atención a sus deberes.
Premio en metálico por méritos. 1ch. 6p. 6p. Op. 6p. Total 2ch. 6p.
Número ole puntos por méritos. 2 0 1 1 0 Total 4
Número de puntos de castigo. 26 20 25 30 25 Total 126
Número de puntos de castigo. 9 6 10 12 11 Total 48
extra
Recomiendo que el dinero que se le dé para sus gastos se haga depender del de sus méritos.
El director,
S. SKINNER