CAPÍTULO LXVII

En cuanto Ernest se enteró de que no iba a disponer de dinero alguno cuando abandonara la cárcel, se dio cuenta de que sus sueños de emigrar y dedicarse a la agricultora tocaban a su fin, porque se sabía incapaz de trabajar con la hoz o el hacha durante mucho tiempo. Y ahora, lo más probable era que no tuviera dinero para pagar a alguien por hacerlo. Fue esto lo que le decidió de una vez por todas a romper con sus padres. Si se hubiera marchado al extranjero, habría seguido manteniendo relaciones con ellos, porque estarían muy lejos como para entrometerse en sus decisiones.

Sabía que se iban a resistir a la ruptura, que intentarían parecer simpáticos e indulgentes y también que les enojaría perder la posibilidad de atormentarlo, pero también que, sin ruptura, siempre estaría peleándose con ellos. Lo que ahora anhelaba era abandonar su clase social y mezclarse con el pueblo, empezando por el peldaño más bajo de la escalera, donde nadie pudiera conocer sus infortunios o proyectos, si es que él los conocía. Por el contrario, lo que sus padres preferirían era que se mantuviera en los últimos peldaños de su clase social, aunque cobrara un sueldo de miseria sin posibilidad de promoción. Ernest ya había visto bastante en Ashpit Place, y sabía que un sastre, si no bebía y atendía a su negocio, ganaba más dinero que un oficinista o un coadjutor, mientras que se le exigía mucho menos en lo que a apariencias se refiere. Además, un sastre gozaba de más libertad y de mejores oportunidades de prosperar. Ernest decidió enseguida, una vez que ya había caído bastante, caer aún más abajo, rápida y graciosamente, con la idea de elevarse de nuevo, y no agarrarse a los bordes de una respetabilidad que sólo le iba a permitir existir sufriendo y pagando un precio exorbitante por algo de lo que podía prescindir.

No habría llegado a esta conclusión con tanta rapidez de no recordar algo que le oyó decir una vez a su tía: besar el suelo, una frase que le impresionó y que había retenido, quizá, por su brevedad. Cuando, más adelante, conoció la historia de Hércules y Anteo

[112], la juzgó una de las pocas fábulas de la antigüedad que le habían influido y se convirtió en su obra favorita de la literatura clásica. Su tía quiso que estudiara carpintería, como medio de besar el suelo si su Hércules, o el de ella, lo derribaba alguna vez. Ya era tarde para esto -o así creía él-, pero la idea de su tía le seguía inspirando, y había cien modos de besar el suelo, además de convertirse en carpintero.

Todas estas cosas me las dijo durante nuestra entrevista, y yo lo animé todo lo que pude. Demostraba mucho más sentido común del que yo le suponía, así que me sentí mucho más tranquilo y decidí dejarle jugar su propio juego, procurando, no obstante, estar siempre pendiente por si las cosas iban mal. El no quería romper con sus padres sólo porque no le gustaran: si fuera sólo por eso, podría soportarlo. Pero una voz interior le decía claramente que, si rompía con ellos, aún podría tener una oportunidad de que las cosas le fueran bien, mientras que si seguían relacionándose con él o sabían dónde se encontraba, lo fastidiarían y, al final, lo arruinarían todo. En realidad, pensaba que la independencia absoluta era su única oportunidad para seguir viviendo.

Por si esto fuera poco, Ernest, además, tenía en su propio destino la misma fe que, supongo, la mayoría de los jóvenes, aunque los fundamentos de esta fe sólo los conocía él. Correcta o incorrectamente, creía disponer de una fuerza que le permitiría hacer grandes cosas un día si disponía de libertad para utilizarla. No sabía dónde ni cuándo iba a llegarle esa oportunidad, pero no dudaba que la tendría, a pesar de todo lo que había ocurrido. Sobre todo, abrigaba la esperanza de que iba a saber aprovecharla cuando llegara, porque, fuese lo que fuese lo que acabara haciendo, sería algo que nadie iba a hacer mejor que él. La gente dice que los hombres intrépidos ya no tienen ocasión de luchar con dragones ni con gigantes, pero él veía cada vez más claro que ahora había tantos como en cualquier época anterior.

Aunque parezca monstruoso que alguien que esté en la cárcel tenga fe en sus altos destinos, la verdad es que no podía evitarlo, igual que no podía dejar de respirar. Era algo innato en él, y por esta causa, más que por otras, quería romper el vínculo con sus padres; porque sabía que si algún día podía participar en una carrera en la que pudiera tener el honor de llegar de los primeros, sus padres serían los primeros en detenerlo e impedir que corriera. Ellos habrían sido los primeros en decir que debía correr una carrera así, pero también serían los primeros en ponerle la zancadilla si les hacía caso y, además, reprocharle que no ganara. No podría alcanzar nunca nada a menos que se librara de los que siempre intentaban atraerlo hacia lo convencional. Pero Ernest ya había probado lo convencional y había quedado muy insatisfecho.

Ahora, si decidía aprovecharla, tenía la posibilidad de escapar de una vez por todas de aquellos que lo atormentaban y estaban dispuestos a derribarlo si le surgía la oportunidad de prosperar. Nunca la habría tenido de no haber sido condenado, pues no habría podido vencer la fuerza del hábito y de la rutina. Y quizá tampoco de no haber perdido todo su dinero. El abismo no habría sido tan grande, por lo que habría estado tentado de tender un puente. Por consiguiente, ahora se alegraba tanto de su condena como de haber perdido su dinero, pues ambas cosas le permitían entender cuáles eran sus intereses más ciertos y perdurables.

A veces dudaba, sobre todo cuando pensaba cómo su madre que, a su manera, pensaba, lo quería, lloraría y lo echaría de menos. O incluso tal vez podría enfermar y morir por su culpa. En estas ocasiones, su decisión estuvo a punto de resquebrajarse, pero cuando vio que yo aprobaba su plan, la voz interior que le decía que no debía ver más a sus padres se hizo más clara y persistente. Si no podía librarse de aquellos que le hacían la vida imposible con un esfuerzo tan pequeño, soñar con un destino era inútil. ¿Cómo iban las cien libras de su padre a impedir un proyecto así? La verdad es que sentía mucho el dolor que sus desgracias habían causado a sus padres, pero se estaba reponiendo, y pensaba que, ya que él había asumido un riesgo al tenerlos como padres, ellos también debían asumir otro por tenerlo como hijo.

Cuando casi había llegado a esta conclusión, recibió una carta de su padre que no hizo sino precipitarla. Si las reglas de la cárcel se hubieran respetado estrictamente, no se habría recibido ninguna carta en tres meses, pero el gobernador ya había hecho la vista gorda al considerar la mía como una simple comunicación de negocios, y no como la carta de un amigo. De modo que la misiva de Theobald le fue entregada a su hijo. Decía lo siguiente:

Mi querido Ernest Mi intención, al escribirte, no es reprenderte por el oprobio y la vergüenza en que nos has sumido a tu madre y a mí, por no hablar de tu hermano Joey ni de tu hermana. Por supuesto que debemos sufrir, pero sabemos a quién dirigirnos para aliviar nuestras aflicciones, y estamos más inquietos por ti que por nosotros. Tu madre es maravillosa. Está muy bien de salud y me encarga que te envíe todo su afecto.

¿Has pensado en lo que vas a hacer cuando salgas de la cárcel? He sabido por el señor Overton que has perdido el legado que te dejó tu abuelo, además de todos los intereses acumulados durante tu minoría de edad, por especular en la Bolsa. Si es verdad que has cometido tamaña estupidez, es difícil saber qué piensas hacer, y supongo que te dispones a buscar un empleo como oficinista. Sin duda, tu salario será pequeño al principio, pero tú eres el responsable y debes asumir tus acciones. Si te esfuerzas en agradar a tus patrones, seguramente te irán recompensando poco a poco.

Cuando supe por el señor Overton la incalificable desgracia que nos había acontecido a tu madre y a mí, decidí que no debía verte más. Pero, sin embargo, no quiero tener que recurrir a una medida que cercenaría el único vínculo que te une a personas respetables. Tu madre y yo te veremos en cuánto salgas de la cárcel, aunque no en Battersby -no querernos que aparezcas por aquí-, sino en otro lugar, posiblemente en Londres. No tengas miedo de vernos: no te vamos a reprochar nada. Entonces decidiremos sobre tu futuro.

De momento, pensamos que tienes más posibilidades de empezar una nueva vida en Australia o en Nueva Zelanda, así que estoy dispuesto a darte 75 libras o, incluso, si es necesario, hasta 100 libras para pagarte el pasaje a aquellas tierras. Una vez llegues a las colonias, deberás valerte por ti mismo.

Que el Ciclo te ayude y te haga, en unos años, un miembro respetado de la sociedad. Afectuosamente,

Tu padre,

T. PONTIFEX

Luego había una posdata escrita por Christina:

Queridísimo hijo, reza conmigo todos los días y todas las horas para que volvamos a ser una familia feliz, unida y temerosa de Dios, tal como éramos antes de que nos cayera esta inmensa desgracia. Tu apenada madre que siempre te querrá,

C. P.

Esta carta no produjo el efecto que habría producido antes de que Ernest comenzara su condena. Sus padres pensaban que podían reanudar su contacto en el punto en que lo interrumpieron. Olvidaban la rapidez con que la maduración personal permite superar el infortunio cuando se trata de personas jóvenes y cabales. Ernest no respondió a esta carta, y su anhelo por romper definitivamente se convirtió en pasión.

- Si hay orfanatos -me dijo un día- para niños que han perdido a sus padres, ¿por qué, por qué no hay refugios para adultos que todavía no los han perdido?

Luego describió la felicidad que debió de sentir Melquisedec, que nació sin padre, sin madre y sin genealogía

[113].