CAPÍTULO VI
El señor Pontifex no era de las personas que se preocupan por buscar razones. Entonces, la gente no era tan introspectiva como ahora, y vivía sin pensar mucho en las cosas. El doctor Arnold
Como otros hombres ricos de principios de este siglo, comía y bebía mucho más de lo que necesitaba para gozar de buena salud. E incluso su excelente constitución física no pudo resistir un período tan prolongado de sobrealimentación, y de lo que nosotros considerarnos ahora exceso de bebida. Su hígado enfermaba con cierta frecuencia, y cuando bajaba a desayunar tenía los ojos amarillentos. En aquellas ocasiones, sus hijos sabían muy bien que debían estar atentos. Por lo general, no es la ingestión de uvas demasiado verdes la causante de la dentera de los hijos
Reconozco que, a primera vista, parece muy injusto que los padres se diviertan y que a los niños se les castigue, pero los jóvenes deberían recordar que, durante muchos años, formaron parte de sus progenitores y que, por tanto, lo pasaron muy bien en la persona de sus padres. Cuando se olvidan de la diversión, les pasa lo mismo que a aquél al que le duele la cabeza después de emborracharse la noche anterior. A pesar de todo, no finge ser una persona distinta de la que se emborrachó, ni se le ocurre decir que es su yo de la noche anterior y no el de la mañana el que debería ser castigado. De igual modo, los hijos no deberían quejarse del dolor de cabeza adquirido en la persona de sus padres, porque la continuidad en la identidad, aunque no lo parezca a simple vista, es tan real en un caso como en el otro. Lo que sí resulta cruel es que los padres se diviertan una vez que los niños han nacido, y que se castigue a éstos por ello.
En aquellos días, que eran los peores, adoptaba opiniones muy pesimistas sobre las cosas, y se decía a sí mismo que sus hijos no lo amaban, a pesar de su bondad. ¿Y quién puede amar a un hombre que padece del hígado? Qué ingratitud tan mezquina, se decía a sí mismo. Qué desagradable para él, que fue un hijo modélico, siempre honrando y obedeciendo a sus padres, aunque no se gastaran ni una centésima parte del dinero que él había empleado en sus hijos. «A los jóvenes siempre les pasa lo mismo», se decía a sí mismo. «Cuanto más tienen, más quieren, y menos te lo agradecen. He cometido un gran error: ser demasiado blando con mis hijos, pero no me importa, porque he cumplido con mi deber, y hasta me he excedido. Si me fallan, será ya un asunto entre ellos y Dios. Yo seré inocente, de todas maneras. Quizá debiera haberme casado de nuevo y ser padre de una segunda familia que tal vez sería más cariñosa, etc.» Se lamentaba de la costosa educación que le estaba pagando a sus hijos, pero no veía que dicha educación les iba a costar a sus hijos mas que a él, en tanto que los alejaba de la posibilidad de ganarse la vida fácilmente en vez de ayudarles a ello, y les obligaba a estar a merced de su padre durante años a una edad en la que deberían ser independientes. La educación que se recibe en un colegio privado cercena las posibilidades de un muchacho, que ya no puede ser obrero o mecánico, pues éstas son las profesiones que permiten cierta independencia económica, si exceptuamos a los que van a heredar una fortuna o a aquellas personas que tienen confirmada, desde muy jóvenes, una situación segura y estable. Pero el señor Pontifex no se daba cuenta de nada de esto. Todo lo que veía era que se estaba gastando mucho más dinero en sus hijos que el que la ley le obligaba a gastar, y… ¿qué más querían? ¿Por qué no había colocado a sus hijos de aprendices de verduleros? ¿Es que no lo podía hacer mañana mismo, si lo estimaba oportuno? La posibilidad de tomar esta decisión era un tema recurrente cuando se enfadaba y, aunque es verdad que nunca los mandó a que fueran aprendices de verduleros, sus hijos, al comparar sus experiencias, a veces concluían que ojalá lo hubiera hecho.
En otras ocasiones, cuando no se sentía bien, los llamaba porque le divertía cambiar el testamento en su presencia. Fingía desheredarlos a todos y destinar el dinero a una fundación de asilos de ancianos, hasta que se veía obligado a restituirles sus derechos, para poder tener el placer de desheredarlos de nuevo la próxima vez que se enfurecía.
Naturalmente, si los jóvenes permiten que su conducta se vea influida de alguna manera por los testamentos de personas vivas, cometen un serio error, y deben hacerse a la idea de que van a sufrir bastante. Pues el poder para cambiar o modificar un testamento puede provocar tantos abusos, y se convierte tantas veces en instrumento de tortura, que, si yo pudiera, prohibiría por ley a cualquier hombre hacer testamento durante tres meses, a partir de haber cometido uno de los delitos anteriores. Y dejaría que fuera un tribunal o un juez el que dispusiera de sus propiedades según estimasen oportuno y razonable, si falleciera durante el período en que su capacidad de testar quedaba en suspenso.
El señor Pontifex solía llamar a sus hijos varones al comedor.
- Mi querido John, mi querido Theobald -decía-, miradme. Mi vida empezó con lo que llevaba puesto cuando mi padre y mi madre me enviaron a Londres. Mi padre me dio diez chelines y mi madre cinco, por si tenía algún gasto, y en ese momento me parecieron muy generosos. Nunca le pedí a mi padre un chelín en toda mi vida, ni recibí nada más que la pequeña cantidad que me daba todos los meses, hasta tener mi propio salario. Yo me hice a mí mismo, y espero que mis hijos también lo hagan. Por favor, no penséis que voy a pasarme la vida ganando dinero para que mis hijos se lo gasten por mí. Si queréis dinero, tendréis que ganarlo vosotros mismos como yo hice, porque os doy mi palabra de que no voy a dejaros ni un penique a menos que me demostréis merecerlo. Parece que los jóvenes de hoy esperan lujos y excesos que nadie esperaba cuando yo lo era. Ya sabéis que mi padre fue un simple carpintero, y aquí estáis los dos, en colegios privados, que me cuestan tantos cientos de libras cada año, mientras que yo, a vuestra edad, no hacía más que trabajar detrás de una mesa en la oficina contable de mi tío Fairlie. ¿Qué no habría hecho yo de tener la mitad de vuestras ventajas? Incluso si os convertís en duques, o encontráis imperios en tierras desconocidas, dudaré que hayáis trabajado proporcionalmente tanto como yo. Pero no, iréis al colegio y luego a la universidad, y después, si os parece, tendréis que ganaros la vida en el mundo.
Poco a poco se iba enfureciendo hasta llegar a tal estado de virtuosa indignación que, a veces, les pegaba a los niños allí mismo, alegando alguna razón inventada en ese preciso momento.
Y, con todo, los Pontifex fueron niños afortunados. De diez familias con hijos jóvenes, nueve eran peores que ésta. Ellos comían y bebían buenos alimentos, dormían en cómodas camas, eran atendidos por los mejores médicos cuando caían enfermos, y recibían la mejor educación que podía pagarse con dinero. La falta de aire puro no parecía afectar mucho la felicidad de aquellos niños, que vivían en una callejuela de Londres, pues la mayor parte del tiempo se la pasaban cantando y jugando como si estuviesen en un prado escocés. Y es que la falta de un ambiente mental favorable no la echan de menos aquellos niños que nunca la han conocido. La gente joven posee el maravilloso don de morir o adaptarse a las circunstancias. Incluso si son infelices, muy infelices, resulta asombroso lo fácil que es impedirles que se den cuenta, o que lo atribuyan a alguna otra causa que no sea su propia maldad.
A aquellos padres que quieran llevar una vida tranquila, yo les diría lo siguiente: decidles a vuestros hijos que son muy traviesos, más que la mayoría de los demás niños. Poned a los hijos de algún conocido como modelos de perfección, e imbuid a vuestros hijos de un profundo sentido de su propia inferioridad. Tenéis muchas más armas que ellos, de modo que no pueden enfrentarse a vosotros.
A esto se le llama influencia moral, y os permitirá intimidarlos tanto como queráis. Ellos creen que vosotros sabéis más, y aún no os han pillado mintiendo lo suficiente para sospechar que no sois la persona excepcional y escrupulosamente sincera que simuláis ser, ni saben aún lo cobardes que sois ni lo pronto que cederíais si se enfrentaran a vosotros con juicio y constancia. Guardad los dados, y lanzadlos por vosotros y por vuestros hijos. Después, cargadlos, porque podréis evitar fácilmente que los examinen. Contadles que sois singularmente indulgentes, insistid en el incalculable beneficio que les habéis conferido, primero por traerlos al mundo, y segundo por ser hijos vuestros y no de otros. Decidles que ponen en riesgo sus más preciados intereses cada vez que os enfadáis y que os ponéis desagradables como modo de aliviar vuestra alma. Insistid en los preciados intereses. Alimentadlos espiritualmente con azufre y melaza, como en las historias dominicales del difunto obispo de Winchester. Disponéis de todas las buenas cartas y, si no, las podéis robar. Si las jugáis con algo de sensatez, seréis cabezas de familias felices, unidas y temerosas de Dios, como lo fue mi viejo amigo, el señor Pontifex. Es verdad, vuestros hijos lo descubrirán algún día, pero ya será demasiado tarde para poder aprovecharse o para molestaros.
Algunos escritores de sátiras se han quejado de que todos los placeres de la vida se concentran en su primera parte, y que luego los vemos disminuir hasta desaparecer, quizá, con las miserias de una vejez decrépita. Pero a mí me parece que la juventud es una estación sobrevalorada, como la primavera, que es deliciosa si resulta buena, pero que en general es mala y se caracteriza más por sus desapacibles vientos del este que por sus placenteras brisas. El otoño es la estación más suave, y lo que perdemos en flores, lo ganamos en frutas. Cuando a Fontenelle