CAPÍTULO LX
Después, Ernest se dirigió a casa y se entretuvo hasta el almuerzo estudiando las notas del deán Alford sobre las distintas versiones de la Resurrección según el método indicado por el señor Shaw, es decir, no intentando demostrar que todas eran correctas, sino si lo eran o no, sin prejuicios sobre lo que pudiera descubrir, ya fuera una cosa o la otra. Cuando terminó de analizar las notas del deán, descubrió que nadie había podido conciliar las cuatro versiones y que éste, al no poder hacerlo tampoco, recomendaba que las cuatro fueran consideradas igual de fiables, algo que Ernest no estaba dispuesto a hacer.
Luego almorzó, salió a dar un largo paseo y volvió a casa a las seis y media. Mientras la señora Jupp le preparaba la cena -un filete y una pinta de cerveza-, le dijo que la señorita Snow estaría encantada de recibirlo una hora después. Esta noticia lo desconcertó porque su mente se encontraba en un estado de excesiva inquietud y, en aquellos momentos, no tenía ganas de convertir a nadie. Reflexionó un instante y llegó a la conclusión de que, a pesar del fuerte mazazo que habían recibido sus convicciones, la visita le seguía atrayendo, igual que si no hubiera pasado nada. No estaría bien dejarla plantada por que ella sabía que él estaba en la casa, así que lo mejor era no apresurarse a cambiar de opinión sobre las crónicas de la Resurrección de Cristo puesto que, además, no tenía por qué mencionarle este asunto a la señorita Snow cuando podían hablar de tantas otras cosas. ¿Cuáles? Ernest sintió que su corazón latía con fuerza, y un mecanismo interior le advirtió que estaba pensando en muchas cosas, pero no precisamente en el alma de la señorita Snow.
¿Qué debería hacer? Huir, huir, huir era lo único seguro. Pero, ¿habría huido Cristo? Aunque Cristo no hubiera muerto y resucitado de entre los muertos, no había duda de que seguía siendo el modelo que había que seguir. Cristo no habría huido de la señorita Snow, de eso estaba seguro, porque Él andaba siempre con prostitutas y gentes de mala reputación. Y, además, el deber del buen cristiano no es llamar a los justos, sino a los pecadores
Por otra parte, ¿adónde iban a ir aquellas pobres muchachas? ¿Iban a estar de casa en casa hasta que ya no tuvieran ningún sitio donde vivir? Era absurdo. Su deber estaba claro: iría a ver inmediatamente a la señorita Snow e intentaría convencerla de que cambiara su modo de vida. Si la tentación era demasiado fuerte, entonces huirá, así que se dirigió escaleras arriba con la Biblia bajo el brazo y un fuego crepitando en su corazón.
La señorita Snow estaba muy, hermosa en su coqueta habitación, discretamente amueblada. Creo que aquella mañana compró uno o dos pergaminos con frases bíblicas adornadas con dibujos y los colgó sobre la chimenea. A Ernest le agradó tanto que dejó la Biblia sobre la mesa sin darse cuenta. Empezó una tímida conversación, y comenzaba a ponerse colorado cuando se oyeron unos pasos apresurados subir las escaleras, que parecían ser los de alguien sobre quien la fuerza de la gravedad ejerciera poco poder y, de pronto, un hombre irrumpió en la habitación diciendo:
- ¡He llegado antes de tiempo!
Era Towneley, cuyo rostro cambió por completo al ver a Ernest
- ¡Caray! ¿Pero qué haces aquí, Pontifex?
No puedo narrar las atosigadas explicaciones que se intercambiaron los tres en menos de un minuto, tiempo suficiente para que Ernest, colorado como un tomate, se marchara, con Biblia y todo, profundamente humillado tras compararse a Towneley. Antes de llegar al rellano de la escalera, cuando se dirigía a su habitación, se oyó una franca risotada de éste a través de la puerta. Ernest maldijo el día en que había nacido.
Entonces, se le ocurrió que, si no podía ver a la señorita Snow, podría ver a la señorita Maitland de todos modos. Ya sabía muy bien lo que quería, y por eso dejó la Biblia en el extremo de la mesa. Entonces se cayó al suelo, y él le dio una patada que la envió a una esquina. Era la Biblia que su querida tía Elizabeth Allaby le regaló cuando lo bautizaron. Sí, la verdad era que sabía muy pocas cosas de la señorita Maitland, pero los jóvenes estúpidos e ignorantes, como todos los que se encuentran en el estado en que Ernest se hallaba en aquel momento, no reflexionan ni razonan bien. La señora Baxter había dicho que las señoritas Maitland y Snow eran muy parecidas, y seguramente las conocía mejor que la señora Jupp, que no era mas que una vieja mentirosa. Shakespeare dice:
¡Oportunidad! ¡Oh! i ¡Grande es tu culpa!
Tú eres la que pone por obra la traición del traidor
La que guía al lobo al sitio en que puede esperar al cordero.
Tú muestras la hora propicia al que trama el atentado.
Y ü eres la que vejas al derecho, a la ley, a la razón;
Y en tu caverna, sombría, donde nadie puede descubrirlo,
Se embosca el Pecado para apoderarse de las almas que se le aproximan.
Si la oportunidad es culpable, mucho más culpable es aquello que parece una oportunidad, pero que, en realidad, no lo es. Si la discreción es el mejor componente del valor, con mucha mas razón puede decirse que no es el mejor componente del vicio.
Unos diez minutos después de que viéramos a Ernest por última vez, una muchacha asustada, vejada, agitada y temblorosa salía de la casa de la señora Jupp con toda la prisa que le permitía su estado y, diez minutos más tarde, salían también de la casa de la señora Jupp dos policías escoltando a nuestro infortunado amigo Ernest, que arrastraba los pies, más que caminaba, con la mirada perdida, una palidez espectral y la desesperación marcada en cada surco de su rostro.