CAPÍTULO LXVIII
Cuando pienso en todo lo que Ernest me contó sobre sus meditaciones de la cárcel y las conclusiones a las que llegó, se me ocurre que, en realidad, lo que deseaba hacer era la última cosa que se le podría haber pasado por la imaginación. Me refiero a que estaba intentando dejar a su padre y a su madre por amor a Cristo
Podría decirse que las circunstancias le ayudaron a saber lo que tenía que hacer más fácilmente que a la mayoría de las personas. Había tenido esa suerte, al igual que la tienen las personas que, por su origen, saben perfectamente cuáles son sus deberes. Es seguro que las personas que nacen ricas o hermosas tienen más derecho a tener buena fortuna. Algunas personas que conozco dirán que ninguna persona tiene derecho a nacer con mejor físico que el resto; otras, que la suerte es el único objeto digno de ser venerado por los seres humanos. Creo que ambas tienen razón, pero, la tenga quien la tenga, la verdad es que Ernest tenía derecho a la suerte de saber qué debía hacer con facilidad, igual que tuvo la mala fortuna de cometer la equivocación que le llevó a la cárcel. Nadie debe burlarse de un hombre por tener una buena carta en sus manos, sino por jugarla mal.
En realidad, me pregunto si a cualquier persona le habría costado romper con sus padres por amor a Cristo tanto como a Ernest. Lo normal es que las relaciones entre ambas partes se deterioren mucho antes de llegar a este paso. Dudo que alguien se haya visto nunca obligado a cortar con aquellos a los que le unen lazos de afecto por un simple asunto de conciencia: seguramente habrá ido perdiendo dichos lazos mucho antes de romper con ellos, porque las diferencias de opinión sobre asuntos de importancia vital surgen de las diferencias de carácter, y éstas ya habrán provocado desacuerdos, de modo que cortar lazos es como quitarse un diente que duele pero que está ya muy suelto y muy hueco. Lo que sí nos duele es perder a aquellos con quienes no queremos romper por amor a Cristo. Entonces sí que hay un dolor de verdad. Felizmente, aunque sea poco lo que se nos pida hacer, es suficiente con que lo hagamos: la recompensa que cosecharemos será la misma que si hubiéramos llevado a cabo una labor hercúlea.
Pero, volviendo a nuestra historia, Ernest decidió hacerse sastre. Consultó el tema con el capellán, que le dijo que no veía ningún motivo para no ganar seis o siete chelines al día, una vez saliera de prisión, si lograba aprender el oficio en el tiempo que le quedaba de condena, que no llegaba a tres meses. El médico dijo que su estado se lo permitía y, además, era una de las pocas cosas que podía hacer, de modo que dejó la enfermería antes de tiempo y se metió en el taller de sastrería, feliz de saber lo que quería y seguro de poder prosperar un día si lograba partir de una posición sólida.
Todas las personas a las que conoció se dieron cuenta de que no era un preso corriente, y al verlo tan dispuesto a aprender y a evitar problemas, lo trataron con simpatía y casi con respeto. El trabajo no le resultaba fastidioso: era mucho más agradable que escribir versos latinos y griegos en Roughborough, y hasta prefería la cárcel a verse otra vez en el colegio, o incluso en Cambridge. Los únicos problemas que estuvo a punto de tener fueron al intercambiar conversaciones o miradas con los presos que tenían un aspecto más decente. Esto estaba prohibido, pero él nunca perdía la oportunidad de romper esta regla.
Cualquier hombre con la capacidad de Ernest y que además esté ansioso por aprender, progresa rápidamente; de modo que, poco después, el sastre de la cárcel aseguró que sería tan buen sastre después de tres meses de aprendizaje como otro que se hubiera preparado durante doce. Nunca ningún profesor había elogiado tanto a Ernest. Cada día, mientras su salud mejoraba y él se iba acostumbrando a su entorno, veía más ventajas en su posición, ventajas que no previó pero que encontró a pesar de él mismo, y se maravillaba de su buena fortuna, que había dispuesto las cosas mucho mejor que él.
Su estancia en Ashpit Place había sido provechosa, pues le permitió hacer cosas que, de otra manera, le hubieran resultado imposibles a personas como él. Si a un hombre como Towneley le hubieran dicho que iba a vivir en una casa como la de Ashpit Place, no habría podido aguantarlo, como tampoco el propio Ernest si hubiera tenido que vivir allí a la fuerza por imperativos económicos. Precisamente el hecho de saber que podía abandonar el lugar en cualquier momento era lo que le impulsó a no hacerlo. Y ahora que se había acostumbrado al modo de vida de Ashpit Place, ya no le importaba nada, e incluso podría vivir en zonas de Londres aún más pobres si eran las únicas que podía costearse. En realidad, este aprendizaje de vida entre los pobres no fue producto de la prudencia ni de la previsión; lo que lo motivó fue el hacer bien su trabajo, algo que no pudo conseguir, y por eso todo había quedado en un fiasco. Pero él había hecho un pequeño esfuerzo por ser honesto, que le sirvió más de lo que se merecía. Ernest nunca habría aceptado ser muy pobre de no haber cruzado el puente hacia la pobreza que supuso su estancia en Ashpit Place. Es cierto que tuvo problemas en aquella casa, pero ahora no tenía por qué vivir en un lugar donde hubiera un señor Holt, ni iba a estar dominado por una profesión que odiaba tanto. Si no había gritos ni lecturas de las Sagradas Escrituras, podría ser perfectamente feliz en una buhardilla que, como la de la señorita Maitland, le costara tres chelines a la semana.
Mientras seguía reflexionando, se acordó de que todas las cosas tienden a converger para el bien en el caso de aquellos que aman a Dios. Tal vez, se decía a sí mismo, él había tratado de amarlo también, aunque de modo imperfecto. No se atrevía a contestar con un sí, pero ahora iba a hacer todo lo posible porque fuera así. Entonces le vino a la cabeza la noble aria de Haendel «Gran Dios, qué mal te conocemos»
De nuevo le pasaron por la cabeza intuiciones del poder que sentía tener, y de cómo y cuándo iba a darle rienda suelta. El mismo instinto que le hizo ver con toda claridad que debía vivir entre los pobres vino en su ayuda. Pensó en el oro australiano y en cómo los que vivían en torno a él nunca lo habían visto a pesar de su abundancia. «Hay oro por todos sitios», se dijo a sí mismo, «para aquellos que lo buscan.» ¿No podría encontrarlo él mismo si analizaba con cuidado su entorno inmediato? ¿Cuál era su posición? Lo había perdido todo, pero quizá la pérdida misma era una oportunidad. Tal vez, como san Pablo, estaba descubriendo que, precisamente, cuando parecía débil era cuando era fuerte
Ya no le quedaba nada que perder: dinero, amigos, posición… todo perdido hasta dentro de muchos años, si no para siempre. Pero había algo más que también se iba con ellos: me refiero al miedo a lo que las personas pudieran hacerle. Cantabil vacuus
Cuando los días comenzaron a transcurrir con más lentitud, empezó a darse cuenta de que el cristianismo y su negación se relacionan tanto como los demás extremos. En realidad es un problema de nombres, no de cosas: la Iglesia Católica, la Iglesia de Inglaterra y los librepensadores tienen los mismos ideales, que se personifican en el caballero, porque no hay mejor santo que un perfecto caballero. También se dio cuenta de que poco importa la profesión de religiosidad o irreligiosidad que pueda hacer una persona, siempre que la mantenga con una coherencia flexible, sin insistir en ella cuando hace daño. El peligro está en la falta de compromiso con el dogma, no en el dogma o en la falta de éste. Este era el punto más elevado y, una vez allí, ya no se sienten deseos de molestar a nadie, ni siquiera al Papa. El arzobispo de Canterbury podría haber dado saltitos en torno a él, e incluso comer de su mano, sin arriesgarse a nada. Este prudente prelado podría pensar de distinta manera, pero no tenía por qué desconfiar de mi héroe, lo mismo que los petirrojos y zorzales que dan saltitos por nuestros jardines no deberían desconfiar de la mano que les arroja migas de pan en invierno.
Hubo un episodio que posiblemente le ayudó a llegar a la conclusión anterior y que, prácticamente, rompió su coherencia. Unos días después de haber abandonado la enfermería, el capellán lo visitó en su celda y le dijo que el preso que tocaba el órgano en la capilla de la cárcel había terminado su condena y se marchaba, así que le ofrecía el puesto a Ernest, por saber que tenía cierta experiencia. Ernest dudó al principio si le convenía acudir a más oficios religiosos que los obligatorios, pero el placer de tocar el órgano y los privilegios de que gozaba el puesto eran excelentes motivos para no ser coherente hasta la muerte. De modo que, tras haber incorporado un elemento de incoherencia a su sistema, era demasiado coherente para no ser incoherente coherentemente, y desde entonces se sumió en una amistosa indiferencia que, desde fuera, difería muy poco de la que el señor Hawke había inducido en él.
Por ser organista se libró de los trabajos forzados, para los que, según el médico, todavía no estaba recuperado, pero a los que sin duda habría vuelto cuando se hubiera fortalecido. La verdad es que también podría haber dejado de acudir al taller de sastrería y dedicarse sólo a ayudar al capellán, pero quería aprender todo lo que pudiera y no aprovecharse de su nuevo cargo, de modo que consiguió que le permitieran acudir dos horas cada tarde para seguir aprendiendo. Desde aquel momento, la vida en la cárcel dejó de ser aburrida, y los dos meses que le quedaban pasaron tan rápidamente como si hubiera estado en libertad. Entre la música, los libros, su aprendizaje y las conversaciones con el capellán, que era precisamente la persona amable y sensata que Ernest necesitaba para serenarse del todo, los días pasaron agradablemente, y cuando llegó su último día de condena, abandonó la cárcel, o creyó hacerlo, con pena.