CAPÍTULO LXI

Pryer hizo bien en advertir a Ernest que no debía dedicarse a visitar casas indiscriminadamente. ¡Ni siquiera había salido de la casa de la señora Jupp y había que ver el resultado!

El señor Holt le había metido miedo en el cuerpo; el señor y la señora Baxter casi lo convierten en metodista; el señor Shaw había minado su fe en la Resurrección; los encantos de la señorita Snow habían arruinado -o casi, de no ser por un accidente- su moralidad. Y, en cuanto a la señorita Maitland, Ernest había hecho todo lo posible por arruinársela, dañando la suya grave e irreparablemente como resultado. El único inquilino que no le perjudicó fue el reparador de fuelles, a quien no tuvo ocasión de visitar.

Otros jóvenes sacerdotes, mucho más estúpidos que él, no se habrían metido nunca en estos líos. Ernest parecía haber estado predispuesto a las desgracias casi desde el día de su ordenación. En casi todas sus predicaciones cometió algún horroroso faux pas. Una mañana de domingo, en la que el propio obispo estaba en la iglesia, se encargó del sermón, que aquella vez giró en torno a la cuestión de qué clase de torta intentaba hacer la viuda de Sarepta cuando Elías la encontró buscando serojos

[104]. Ernest se afanó por demostrar que debió de ser de semillas. La verdad es que el sermón fue muy entretenido, e hizo sonreír a la concurrencia en más de una ocasión, pero el obispo se enfadó mucho y regañó severamente a mi héroe en la sacristía después del oficio. La única excusa que éste pudo argüir fue que estaba predicando ex tempore, que no había reflexionado sobre este asunto hasta estar situado en el púlpito y que se había dejado llevar por él.

En otra ocasión, el sermón versó sobre la higuera que no daba fruto

[105]. En él, Ernest describía las esperanzas de su dueño al ver cómo los delicados capullos se abrían con la promesa de convertirse en fruta en el otoño. Al día siguiente, recibió una carta de un feligrés botánico, en la que le exponía que difícilmente podía haber sido así, pues la higuera primero da fruto y florece dentro de éste, o algo parecido, de modo que un observador no ve la flor en ningún momento. Este detalle, no obstante, fue una simple anécdota que podía haberle ocurrido a cualquiera que no fuera un científico o un escritor inspirado.

La única excusa que puedo ofrecer en su favor es que era muy joven -todavía no había cumplido veinticuatro años- y que tardó mucho en desarrollar tanto la mente como el cuerpo, como le sucede a la mayoría de las personas que, al final, logran pensar por sí mismas. Y que, en cierto modo, gran parte de su educación consistió no en ponerle anteojeras, sino en sacarle los ojos de cuajo.

Pero volvamos a mi historia. Luego se supo que la señorita Maitland no tenía intención de denunciar a Ernest cuando salió corriendo de la casa de la señora Jupp. Corrió porque estaba asustada, pero resultó que la primera persona con la que tropezó fue un policía bastante entregado a su trabajo, que, además, estaba haciendo méritos. Éste la paró, la interrogó, la asustó todavía más y fue él, más que la señorita Maitland, quien insistió en arrestar a mi héroe con la ayuda de un compañero.

Towneley estaba todavía en la casa de la señora Jupp cuando llegaron los policías. Había oído un gran alboroto y bajó a la habitación de Ernest cuando la señorita Maitland ya había salido. Lo encontró allí, tendido y aturdido, al pie del precipicio moral por el que acababa de caer, por decirlo de alguna manera. Towneley se dio cuenta de todo pero, antes de que pudiera hacer algo, entraron los policías y se lo impidieron.

Uno de ellos le preguntó a Ernest si tenía amigos en Londres. Al principio, no quiso nombrar a ninguno, pero Towneley le hizo ver que tenía que decir algún nombre, y escogió el mío de entre los que mencionó.

- ¿Dices que escribe para el teatro? -preguntó Towneley-. ¿Escribe comedias?

Ernest pensó que Towneley quería decir si yo escribía tragedias, y contestó que eran astracanadas.

- Ah, bueno, bueno -dijo Towneley-. Eso lo hará famoso. Voy a verlo enseguida.

Pero, tras pensarlo mejor, decidió quedarse con Ernest y acompañarlo a la comisaría de policía. De modo que le encargó que me avisara a la señora Jupp, la cual corrió tanto hasta llegar a mi casa que, según dijo, «sudó a chorros», a pesar de que todavía hacía frío. La pobre mujer debió haber cogido un coche, pero no tenía dinero y no quiso pedírselo a Towneley. Cuando la vi, enseguida me di cuenta de que algo malo había sucedido, pero no tanto como lo que me contó la señora Jupp, cuyo corazón, según dijo ella misma, no había hecho más que «salírsele del pecho y volver a entrar constantemente» desde aquel momento.

Los dos subimos a un coche, que nos llevó a la comisaría de policía. Ella se pasó el rato hablando sin parar.

- Y si los vecinos me critican mucho, no es porque él les diga nada. El señor Pontifex nunca ha dicho nada de mí, y me trata como si yo fuera su hermana. La verdad es que se me ponen los pelos de punta. Una vez pensé que mi Rose también se podría llevar bien con él, de modo que la mandé a que le quitara el polvo y le limpiara la habitación mientras yo fingía estar ocupada, y le puse un delantal precioso, pero él no se fijó en ella, igual que no se fijaba en mí, y ella tampoco dijo nada; ni siquiera le habría aceptado ni un chelín, si él se lo hubiera ofrecido, pero el caso es que no pareció enterarse de nada. La verdad es que no sé lo que piensan los. jóvenes de hoy. Hacen que una se quiera morir ahora mismo, pues más de una muchacha honrada tiene que volverse a casa noche tras noche sin ni siquiera cuatro peniques en el bolsillo, cuando por una habitación vacía, sin muebles ni nada, y con una pared delante de la ventana, le cobran treinta y seis a la semana.

»Pero el señor Pontifex no es malo, tiene un buen corazón. Nunca es antipático. Y, además, tiene esos ojos tan bonitos… Pero cuando hablo de él, mi Rose me dice que soy tan tonta que tendrían que pegarme un tiro. Quien no me cae bien es ese Pryer. ¡Ay, ése! Le encanta herir los sentimientos de las mujeres y tirárselos a la cara. Un hombre de verdad debe ser amable con las mujeres, pero él… él te arrancaría los pelos a puñados. ¡Pero si hasta me dijo en la cara que me estaba haciendo vieja! ¡Vieja! No hay ninguna mujer en Londres que conozca mi edad, excepto la señora Davis, de Old Kent Road, y aparte de algunas varices en una pierna yo me encuentro tan joven como siempre. ¡Vieja! En un instrumento antiguo todavía pueden tocarse hermosas melodías. Detesto sus sucias insinuaciones.»

La verdad es que, si hubiera querido que dejara de hablar, no habría podido hacerlo. Dijo muchas más cosas de las que he incluido al final, pero la verdad es que no me acuerdo de todas, y muchas serían imposibles de publicar.

Cuando llegamos a la comisaría, Ernest y Towneley ya estaban allí. Como no hubo violencia, sólo se le acusaba de agresión leve. No obstante, todo era bastante lamentable, y los dos nos dimos cuenta de que nuestro joven amigo iba a pagar cara su inexperiencia. Intentamos pagar una fianza y llevárnoslo aquella misma noche, pero el inspector no la aceptó, de modo que tuvimos que dejarlo allí.

Towneley volvió a la casa de la señora Jupp para ver si podía encontrar a la señorita Maitland y negociar algunas cosas con ella. No la encontró allí, pero sí en Camberwell, en casa de su padre, el cual estaba furioso y se negaba a aceptar la intercesión de Towneley. Era un disidente, y se sentía feliz por poder explotar al máximo el escándalo causado por un sacerdote, de modo que no se pudo hacer nada.

A la mañana siguiente, Towneley, que consideraba a Ernest como una especie de medio ahogado al que tenía que sacar del agua de cualquier modo sin plantearse cómo se había metido en ella, me visitó y ambos decidimos poner el asunto en manos de uno de los mejores abogados de entonces. Me gustó mucho la actitud de Towneley y creí necesario contarle lo que no le había dicho a nadie más, es decir, que Ernest heredaría el dinero de su tía en unos pocos años y sería un hombre rico.

La verdad es que Towneley estaba haciendo todo lo que podía, pero yo sabía que el secreto que le revelé le haría considerar a Ernest una persona de su propia clase y que incluso se esforzaría más por hacer bien las cosas. Por su parte, Ernest no podía expresar su enorme gratitud con palabras. Le he oído decir que puede acordarse de muchos momentos, cada uno de los cuales podría pasar por ser el más feliz de su vida, pero que aquella noche destaca por ser la más triste que haya pasado nunca, y que, a pesar de todo, la simpatía y amistad de Towneley la hicieron más llevadera.

No obstante, a pesar de nuestro gran interés, ni Towneley ni yo pudimos hacer mucho más que prestarle apoyo moral. Nuestro abogado nos dijo que el magistrado ante quien Ernest iba a comparecer era bastante severo en casos como el que se juzgaba, y que el hecho de ser sacerdote le perjudicaba todavía más.

- Es mejor no pedir libertad bajo fianza -dijo- ni intentar defenderse. El rector del señor Pontifex y ustedes dos testificarán a su favor, eso será suficiente. Nos disculparemos ante el juez una y otra vez, le pediremos que dicte sentencia ahora mismo y que no envíe el caso a un juicio con jurado. Si lo conseguimos, les aseguro que nuestro joven amigo saldrá de ésta mejor de lo que podía esperar.