CAPÍTULO LXX
La actitud de Ernest empezó a gustarme desde el día en que Towneley me pidió que acudiera en su auxilio. Un día después, pensé que mi joven amigo había estado a la altura de las circunstancias. Más tarde, también me agradó la entrevista que mantuve con él en la cárcel, de modo que decidí verlo con más frecuencia para formarme una idea definitiva sobre él. Yo ya había vivido lo bastante para saber que muchas personas capaces de hacer grandes cosas de mayores son un poco estúpidas de jóvenes. Como sabía que iba a salir el día 30, lo esperaba, y, puesto que me sobraba un dormitorio, le insistí en que se quedara conmigo hasta que decidiera lo que quería hacer.
Al ser yo mucho mayor que él, creí que me saldría con la mía, pero él se negó en redondo. Lo más que pude conseguir fue que se quedara hasta encontrar una habitación, la cual se puso a buscar de inmediato.
Todavía estaba bastante agitado, pero se tranquilizó tras tomar el desayuno, que no era el de la cárcel, en una habitación cómoda. Me agradó ver cómo disfrutaba de las cosas: del fuego de la chimenea, del Times, de mi gato, de los geranios rojos de la ventana, por no mencionar el café, el pan y la mantequilla, las salchichas, la mermelada, etc.: todo le parecía exquisito. Los plátanos del jardín todavía estaban llenos de hojas, y él se levantó de la mesa varias veces para admirarlos. Nunca hasta entonces, me dijo, había valorado tanto todos aquellos detalles. Comió, miró, rió y lloró sucesivamente, con una emoción que no puedo olvidar ni describir.
Me contó cómo sus padres habían ido a esperarlo cuando iba a salir de la cárcel. Yo me puse furioso y aplaudí sinceramente su actitud, cosa que me agradeció mucho. Otras personas, dijo, le dirían que debía haber pensado en sus padres antes que en él mismo, y era un alivio encontrar a alguien que veía las cosas igual que él. Yo, si hubiera sostenido una opinión diferente a la suya, no la habría expresado, pero el caso es que tenía la misma y, al igual que él, también le estaba agradecido por ver las cosas como yo las veía. Aunque aborrecía cordialmente a Theobald y a Christina, me encontraba tan en minoría por mantener dicha actitud que era reconfortante encontrar a alguien que la compartiera.
Entonces sobrevino un episodio muy desagradable para los dos. Alguien llamó a la puerta. Era una visita, no el cartero.
- ¡Por todos los diablos! -exclamé-. ¿Por qué no cerraríamos la puerta exterior? Ahora sabrán que estoy dentro. Podría ser tu padre, aunque es una hora extraña para recibir una visita suya. ¡Métete en mi dormitorio!
Abrí la puerta y… ¡naturalmente! Allí estaban Theobald y Christina. No podía negarles la entrada y me vi obligado a escuchar su versión de la historia, que coincidía con la de Ernest en lo sustancial. Christina lloraba amargamente, mientras Theobald estaba hecho una furia. Unos diez minutos después, durante los cuales me aseguré de que no tenían la menor idea del paradero de su hijo, los despedí con una excusa. Vi que miraban con sospecha los restos del desayuno, que mostraban claramente que lo había compartido con alguien y, aunque se fueron con actitud desafiante, logre librarme de ellos. Entonces salió Ernest, pálido, asustado y nervioso. No había oído la conversación, y no estaba seguro de que yo fuera capaz de derrotar al enemigo. Inmediatamente cerramos la puerta exterior, y él se recuperó enseguida.
Una vez finalizado el desayuno, discutimos la situación. Yo me había traído su ropa y sus libros de la casa de la señora Jupp, pero dejé sus muebles, sus cuadros y el piano, acordando con ella que, a cambio de conservarlos, podría utilizarlos para alquilar amueblada la habitación. En cuanto Ernest supo que yo tenía su ropa, sacó varios trajes que conservaba de la época anterior a su ordenación y se puso uno enseguida, el cual, según me pareció, le sentaba mucho mejor que lo que traía puesto.
Luego hablamos de su situación económica. Pryer le había dado 10 libras uno o dos días antes de ser detenido, de las que Ernest conservaba siete u ocho cuando entró en la cárcel que le fueron devueltas al salir. Siempre lo pagaba todo al contado, de modo que carecía de deudas y, además, tenía sus propios libros, muebles y ropa. Como ya le había dicho, podría recibir 100 libras de su padre si decidía emigrar, pero tanto él como yo (pues él me convenció tras una corta discusión) resolvimos que era mejor declinar el ofrecimiento. Y eso era todo lo que tenía.
Me dijo que se proponía alquilar inmediatamente una buhardilla sin vistas y sin amueblar en la casa más tranquila que pudiera encontrar, al precio de unos tres o cuatro chelines a la semana, y buscar trabajo como sastre. Yo pensé que no importaba mucho por dónde empezara, ya que estaba convencido de que, una vez se pusiera a trabajar, enseguida encontraría algo que verdaderamente le gustara. El problema era encontrar un empleo. No bastaba con que supiera cortar y coser trajes -es decir, que dominara las destrezas básicas de la sastrería- y lo mejor era que entrara en un buen taller, donde algún experto lo pudiera guiar en sus primeros pasos.
Pasó el resto del día buscando alojamiento, que encontró de inmediato, y aclimatándose a la libertad. Por la tarde, lo llevé al Olympic, donde Robson protagonizaba una astracanada basada en Macbeth, en la que la señora Keeley actuaba en el papel de Lady Macbeth. En la escena previa al asesinato, Macbeth decía que no sería nunca capaz de matar a Duncan al ver sus botas en el descansillo de la escalera. Lady Macbeth acababa con las dudas de su marido agarrándolo del brazo y dándole azotes y empujándolo hasta sacarlo de escena entre patadas y chillidos. Ernest rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
- ¡Shakespeare es malísimo después de ver esto! -exclamó, de pronto.
Recordé su ensayo sobre los trágicos griegos, y me sentí más épris
Al día siguiente, se puso a buscar trabajo y no lo vi hasta las cinco de la tarde, cuando regresó, diciéndome que no había podido encontrar nada. Lo mismo ocurrió al día siguiente, y al otro. En todos los sitios adonde iba, le decían invariablemente que no y, a veces, incluso le ordenaban que saliera inmediatamente del taller. Por la expresión de su rostro, noté que estaba empezando a asustarse y que yo debía acudir en su auxilio. Me contó que había preguntado en muchos sitios y que siempre le decían lo mismo. En realidad, lo que descubrió es lo fácil que es mantenerse en tu ocupación de siempre y lo difícil que es empezar una nueva.
Una tarde, Ernest se puso a hablar de pronto con el pescadero de Leather Lane, al que acudió para comprar un arenque para cenar, y éste le dijo lo siguiente, de modo informal y sin motivo alguno:
- Nadie sabe lo que uno puede vender en pequeñas cantidades, dos o tres peniques como mucho, si sabes cómo hacerlo. Mire lo que me pasó con unos berberechos. El sábado pasado, mi hija Emma y yo vendimos siete libras de berberechos entre las ocho y media y las once de la noche, y todo en pequeñas cantidades: un penique, dos peniques, incluso medios peniques, aunque no muchos. Fue el olor lo que los vendió. Estuvimos cociéndolos durante mucho rato, y en cuanto el olor salió del sótano y llegó a la calle, la gente empezó a comprarlos, pero en cuanto el olor se iba, las ventas se paraban; de modo que los cocimos una y otra vez hasta venderlos todos. Ahí está lo importante: si conoces tu negocio, vendes, pero si no, lo echas todo a perder. Si no hubiera sido por el olor, no habría vendido ni diez chelines aquella noche.
Esta y otras historias parecidas impulsaron a Ernest a seguir buscando un empleo de sastre, por tratarse del único oficio que sabía hacer, aunque transcurrieron tres o cuatro días y siguió sin encontrar nada.
Entonces hice lo que tenía que haber hecho en un principio, es decir, visitar a mi propio sastre, que llevaba cosiendo para mí casi un cuarto de siglo, y pedirle consejo. Su opinión era que el plan de Ernest no iba a dar resultado.
- Si hubiera empezado a los catorce años -me dijo el señor Larkins, que era como se llamaba mi sastre-, quizá podría encontrar algo, pero un hombre de veinticuatro años no puede entrar a trabajar en un taller de sastrería. No se llevaría bien con los demás, ni los demás con él. No sabría mantener una relación de igual a igual con sus compañeros, y a ellos no iba a caerles bien por esa razón. Un hombre debe haberse rebajado mucho, por la bebida o por sus propias inclinaciones naturales, para poder llevarse bien con las clases populares que tienen una educación tan distinta a la suya.
El señor Larkins me contó muchas otras cosas, y terminó llevándome al lugar donde trabajaban sus operarios.
- Esto es un paraíso -dijo- comparado con la mayoría de los talleres. Y, sin embargo, ¿usted cree que un caballero podría soportar este ambiente quince días seguidos?
Yo mismo me alegré de poder salir de aquel ambiente fétido y caliente después de cinco minutos, y me di cuenta de que ningún ladrillo de la cárcel de Ernest iba a moverse porque se pusiera a trabajar en un taller de sastrería.
El señor Larkins me dijo, para terminar, que incluso en el caso de que mi protegido fuera mejor trabajador de lo que era, ningún maestro de taller iba a darle trabajo por miedo a indisponerse con sus operarios.
Me marché pensando que debía haber previsto todo aquello, y dudé más que nunca si no era mejor darle unos cuantos miles de libras a mi joven amigo y enviarlo a las colonias, cuando, al entrar en casa sobre las cinco de la tarde, me lo encontré, exultante, y me dijo que había encontrado lo que andaba buscando.