CAPITULO XXIX
Poco después de que se marcharan sus padres, Ernest se quedó dormido sobre un libro que la señora Jay le había prestado, y ya no se despertó hasta el atardecer. Entonces, se sentó delante de la chimenea, que brillaba confortablemente a la luz del crepúsculo de enero, y comenzó a pensar. Se sentía flojo y débil, estaba de mal humor y era incapaz de vislumbrar una solución a los muchos problemas que debía afrontar. Igual se moría, se dijo a sí mismo, pero esta posibilidad, lejos de ser el fin de sus actuales cuitas, le pareció el comienzo de otras nuevas, porque lo mejor que le podía ocurrir era encontrarse con el abuelo Pontifex y la abuela Allaby, con quienes quizá sería más fácil llevarse bien, pero que en el fondo no eran buenos, sino bastante terrenales. Además, eran personas adultas, sobre todo el abuelo Pontifex que, por lo que pudo saber, había sido el más adulto de todos y, aunque él no sabía por qué, algo le impedía siempre querer mucho a las personas adultas, excepto a uno o dos criados que fueron siempre muy cariñosos con él. Por otro lado, en el caso de que muriera y fuera al Cielo, se imaginaba que tendría que seguir educándose en algún lugar.
Mientras tanto, su padre y su madre viajaban por caminos enlodados, cada uno en su respectiva esquina en el interior del coche; cada uno reflexionando sobre las cosas que iban o no iban a pasar. Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que los describí al lector sentados sin hablar en un coche pero, exceptuando las relaciones que mantenían entre ellos, poco habían cambiado desde entonces. Cuando yo era joven, pensaba que el Libro de Oraciones estaba equivocado al exigirnos a todos una confesión general dos veces a la semana desde la infancia a la vejez, sin tener en cuenta que a los setenta no podemos pecar tanto como a los siete años. Ya que debíamos ir a la tabla de lavar como si fuéramos manteles al menos una vez a la semana, yo creía que, un día, necesitaríamos que nos frotaran y enjabonaran menos. Pero ahora que ya soy viejo, veo que la Iglesia calcula las probabilidades mucho mejor que yo.
La pareja no intercambiaba palabra alguna, sino que observaba la luz agonizante, los árboles desnudos, los campos ocres, donde de vez en cuando podía verse una casita melancólica situada junto al camino, y la lluvia que caía con fuerza sobre las ventanas del coche. Era una tarde de las que a la mayoría de las personas decentes les gusta quedarse en casa, y Theobald estaba un poco enfadado porque aún quedaban muchas millas hasta poder sentarse de nuevo junto a su chimenea. Pero como el asunto no tenía remedio, la pareja se mantenía en silencio, observando cómo el paisaje pasaba por delante de ellos y cómo se volvía más gris y sombrío a medida que la luz disminuía.
Aunque no hablaban el uno con el otro, ambos tenían a alguien muy cerca con quien podían conversar sin problemas. «Espero que trabaje», se decía Theobald a sí mismo, «porque si no, Skinner lo va a machacar. No me gusta Skinner, nunca me ha gustado, pero es un genio, sin duda alguna. Nadie tiene tantos estudiantes que consigan entrar en Oxford y Cambridge, y esa es la mejor prueba. Yo ya he cumplido con mi obligación, instruyéndolo cuando era pequeño. Skinner dice que está bien preparado y muy adelantado. Supongo que ahora se aprovechará de sus conocimientos y no hará nada, porque en el fondo es un vago. Además, estoy seguro de que no me quiere. Y debería quererme, después de todo el trabajo que me he tomado con él, pero es un desagradecido y un egoísta. No es natural que un niño no quiera a su padre. Si me quisiera, yo le querría también, pero no puedo apreciar a un hijo que estoy seguro de que no me quiere. Me evita siempre que me ve acercarme, no está más de cinco minutos en la misma habitación que yo y, encima, es un mentiroso. Si no fuera tan mentiroso, no tendría necesidad de esconderse tanto. Es una mala señal, que me hace temer que, cuando crezca, va a ser un manirroto. Seguro que despilfarrará el dinero. Si no lo supiera tan bien, le habría dejado más dinero, pero ¿para qué? Se lo gastaría enseguida. Si no compra algo, se lo da al primer niño o niña que encuentra, olvidándose de que es mi dinero el que está regalando. Le doy dinero para que aprenda a usarlo, no para que vaya y se lo gaste todo inmediatamente. Ojalá no le gustara tanto la música, porque lo va a hacer progresar menos en latín y en griego, aunque voy a impedirlo por todos los medios. ¡Pero si hasta el otro día, cuando estaba traduciendo a Tito Livio, se confundió y puso Haendel en vez de Aníbal, y su madre dice que se sabe la mitad del Mesías de memoria! Si yo hubiera mostrado tendencias tan peligrosas cuando era niño, mi padre me habría enviado de aprendiz a una verdulería, de eso estoy seguro, etc.»
Entonces sus pensamientos lo llevaron a Egipto y a la décima plaga. Pensó que, si los niños egipcios se hubieran parecido a Ernest, la plaga habría sido una bendición encubierta. Si los israelitas ocuparan ahora Inglaterra y quisieran volver a su tierra, estaría tentado de no dejarles marchar.
Los pensamientos de Christina iban en otra dirección. «¡El nieto de lord Lonsford! Es una pena que se llame Figgins. De todos modos, la sangre es la sangre, tanto por línea materna como paterna, y todavía más si se supiera lo que realmente pasó. Me pregunto quién fue el señor Figgins. Creo recordar que la señora Skinner dijo que había muerto, pero tengo que enterarme. Sería estupendo que el joven Figgins invitara a Ernest a su casa a pasar las vacaciones. Quién sabe, quizá podría conocer al propio lord Lonsford o, al menos, a sus otros descendientes.»
Mientras tanto, el niño seguía sentado y melancólico delante de la chimenea, en la habitación de la señora Jay. «Papá y mamá», se decía a sí mismo, «son mejores y más listos que nadie pero, por desgracia, yo nunca seré ni bueno ni listo.»
Los pensamientos de la señora Pontifex continuaban:
«Quizá fuera mejor que invitáramos nosotros al joven Figgins primero. Eso sería estupendo. A Theobald no le gustará, porque no le gustan los niños. Tengo que pensar cómo prepararlo, porque sería sensacional que el joven Figgins pasara unos días con nosotros. O, si no, mejor que Ernest vaya primero con Figgins, conozca al futuro Lord Lonsford, que debe de tener su edad, y entonces, si se hacen amigos, Ernest podría invitarlo a Battersby, y él podría enamorarse de Charlotte. Creo que hemos hecho muy bien en mandar a Ernest al doctor Skinner. La bondad del doctor Skinner era tan destacable como su genio. Se ve enseguida, y seguro que él la ha percibido en mí con la misma fuerza que yo la he notado en él. Creo que Theobald y yo lo hemos impresionado bastante. La verdad es que la categoría intelectual de Theobald impresiona a cualquiera, y yo me encontraba en mi mejor momento. Cuando sonreí al dejarle a mi hijo, confiando en que va a estar tan cuidado como en mi propia casa, estoy segura de que se sintió muy complacido. Seguro que muchas de las madres que le envían sus hijos no le impresionan tanto, ni le dicen cosas tan agradables como yo. Mi sonrisa puede resultar muy dulce cuando me lo propongo. Nunca he sido lo que se dice bonita, pero siempre me han dicho que soy atractiva. El doctor Skinner es un hombre muy apuesto, demasiado, la verdad, si lo comparamos con su señora. Theobald dice que no es tan apuesto, pero los hombres no entienden de esto, y su cara es tan agradable y brillante… Creo que me sienta bien el sombrero que llevaba. En cuanto lleguemos a casa, le diré a Chambers que me cosa el echarpe de lana azul, etc.»
Durante todo este tiempo, la carta que reproduje antes yacía dentro de uno de los cajones privados de Christina. Fue leída, releída y juzgada favorablemente muchas veces y, a decir verdad, reescrita más de una vez, aunque siempre llevaba la misma fecha porque a Christina le gustaba gastar una pequeña broma de vez en cuando.
Ernest, todavía en la habitación de la señora Jay, seguía musitando. Pensaba que los adultos, cuando son señoras y señores de verdad, nunca cometen travesuras, y que él siempre las cometía. Había oído que algunos adultos eran demasiado terrenales, y eso era malo, pero no igual que ser travieso, y nadie les regañaba o castigaba por eso. Sus padres no eran terrenales, e incluso, a veces, le habían explicado que eran excepcionalmente poco terrenales. El sabía muy bien que no habían cometido ninguna travesura desde que eran niños, y que incluso entonces fueron prácticamente intachables. ¡Qué distintos eran de él mismo! ¿Cuándo aprendería a querer a papá y mamá como ellos lo querían? ¿Cómo iba a ser, sino, bueno y sabio como ellos o, al menos, simplemente bueno y sabio? ¡Nunca! No podía ser. No quería a sus padres, a pesar de su bondad y de lo buenos que eran con él… Odiaba a su padre y no le gustaba su madre, y esto sólo podía hacerlo un niño malo y desagradecido, después de todo lo que hacían por él. Además, no le gustaban los domingos, no le gustaba nada bueno, sus gustos eran bajos y se sentía avergonzado. Prefería la gente que decía palabras malsonantes, mientras no se las dijeran a él. En cuanto a sus lecturas del catecismo y de la Biblia, no le interesaban lo más mínimo. Nunca había prestado atención a un sermón en toda su vida, e incluso cuando lo llevaron a Brighton a oír al señor Vaughan quien, como todo el mundo sabía, decía sermones tan bonitos para los niños, se puso muy contento cuando terminó. Tampoco se veía capaz de soportar los oficios religiosos si no fuera por el órgano, los himnos y la música. El catecismo era horrible. Nunca había logrado comprender para qué iba a necesitar a Dios, el Padre Celestial, ni entendía lo más mínimo lo que significaban los Sacramentos. Otro asunto desconocido eran sus deberes para con los demás. Pensaba que tenía deberes con todo el mundo, pero que nadie tenía deberes para con él. Luego estaba aquella palabra odiosa y misteriosa: negocios. ¿Qué quería decir? ¿Qué eran «los negocios»? Su padre era un estupendo hombre de negocios, al menos eso es lo que le decía su madre, pero él nunca lo sería. No había la menor posibilidad, y era horrible, porque todo el mundo le decía que algún día tendría que ganarse la vida. Sin duda, pero ¿cómo, teniendo en cuenta que era estúpido, vago, ignorante, displicente y débil físicamente? Todos los adultos eran listos, excepto los criados, e incluso éstos eran más listos que él. ¿Por qué la gente no nacía siendo ya adulta? Entonces pensó en Casablanca
Y de este modo siguió divagando su joven mente, hasta que ya no pudo continuar y volvió a dormirse.