CAPÍTULO XXVIII

Ernest había oído descripciones terribles del carácter del doctor Skinner y de las tropelías que los alumnos mayores de Roughborough cometían con los más pequeños. Ya había sufrido demasiado, y sabía que lo iba a pasar muy mal si, encima, sus problemas se acrecentaban. No lloró por dejar su casa, pero me temo que sí lo hizo cuando le dijeron que estaba llegando a Roughborough. Sus padres viajaban con él en el mismo coche. Por entonces, el ferrocarril no llegaba hasta Roughborough y, como estaba sólo a unas cuarenta millas de Battersby, era el modo más fácil de llegar hasta allí.

Al verle llorar, su madre se sintió halagada y lo acarició. Le dijo que sabía cómo debía sentirse al abandonar un hogar tan feliz e ir a vivir con personas que, aunque iban a ser muy buenas con él, nunca lo serían tanto como su padre y su madre; que, a pesar de todo, ella era mucho más digna de lástima que él, porque la separación iba a ser más dolorosa para ella, etc. Al oír que sus lágrimas eran causadas por la pena que sentía al dejar su casa, Ernest dio por buena la explicación y no se preocupó por indagar el motivo real. Conforme se iban acercando a Roughborough, fue sobreponiéndose poco a poco, de modo que cuando bajaron del coche se encontraba bastante tranquilo.

Nada más llegar, los tres almorzaron con el doctor y su esposa. Luego, la señora Skinner acompañó a Christina a los dormitorios, y le mostró el lugar donde iba a dormir su querido hijo.

Es difícil saber qué objeto de estudio considera el hombre más interesante, pero lo cierto es que, para la mujer, el más apasionante es el de las otras mujeres, de modo que Christina se pasó todo el tiempo demasiado absorbida por la señora Skinner como para prestar atención a ninguna otra cosa. La señora Skinner, me figuro, analizó también a Christina todo lo que pudo. Christina estaba encantada, como siempre que conocía personas nuevas, porque en cada una veía (como debemos hacer todos) un nuevo objeto de redención. En cuanto a la señora Skinner, imagino que ya había visto demasiadas Christinas como para confiar en la regeneración que le ofrecía la que ahora tenía ante sus ojos. Creo que su opinión personal respondía al dicho de un famoso director de colegio que una vez dijo que todos los padres eran estúpidos, especialmente las madres. Sin embargo, se deshizo en sonrisas y atenciones, que Christina devoró como si fueran tributos que sólo se le ofrecían a ella y que ninguna otra madre podría merecer.

Entretanto, Theobald y Ernest se reunieron con el doctor Skinner en su biblioteca, la estancia en que se examinaba a los alumnos nuevos y se regañaba o castigaba a los antiguos. Si las paredes de dicha estancia hubieran podido hablar, ¡de cuántos errores y de cuánta crueldad gratuita habrían dado testimonio!

Como todas las casas, la del doctor Skinner olía de modo especial. En este caso, el aroma más perceptible era el del cuero ruso, pero había otro secundario que era como el olor de una farmacia. Procedía de un laboratorio situado en una esquina de la habitación, cuya presencia, junto con el uso libre y pedante de palabras como carbonato, hiposulfito, fosfato y afinidad bastaban para convencer a los más escépticos de que el doctor Skinner poseía profundos conocimientos de Química.

Debo decir, a modo de inciso, que el doctor Skinner picoteaba en muchas otras disciplinas. Era un hombre de muchos conocimientos superficiales, todos ellos peligrosos. Recuerdo que Alethea Pontifex me dijo una vez, en uno de sus días maliciosos, que el doctor Skinner le recordaba a los Borbones cuando volvieron del exilio después de la batalla de Waterloo, pero en su versión opuesta. Mientras que éstos no habían aprendido ni olvidado nada, el doctor Skinner lo había aprendido y olvidado todo. Y esto me recuerda otra de sus agudas descripciones del doctor Skinner. Una vez dijo que tenía el candor de una serpiente y la sabiduría de una paloma.

Pero volvamos a la biblioteca. Sobre la chimenea, colgaba un retrato de medio cuerpo del propio doctor Skinner vestido de eclesiástico. Era una obra de Pickersgill el viejo, pintor cuyos méritos el doctor Skinner fue de los primeros en descubrir. No había más cuadros en la estancia, pero de las paredes del comedor colgaba una hermosa colección que el doctor fue reuniendo con su conocido y exquisito gusto. La incrementó posteriormente y, cuando la subastaron en Christie's, no hace mucho tiempo, se descubrió que de ella formaban parte algunas de las obras más maduras de pintores como Solomon Hart, O'Neil, Charles Landseer y otras de nuestros académicos más recientes cuyos nombres ahora no recuerdo. Por esta razón, pudieron verse juntas y simultáneamente muchas obras que suscitaron en su día gran interés en las exposiciones de la Academia y cuyo paradero siempre había despertado cierta curiosidad. Los precios que obtuvieron decepcionaron a los albaceas pero, en realidad, estas cosas son siempre cuestión de suerte. Un crítico sin escrúpulos que escribe en un conocido semanario había desacreditado la colección. Además, se celebraron una o dos grandes subastas poco antes de la del doctor Skinner, de modo que en esta última se produjo cierto pánico y una reacción ante los altos precios que se alcanzaron en las anteriores.

En la mesa de la biblioteca se apilaban montones de libros. Papeles de todas clases se mezclaban con ellos: posiblemente, ejercicios y exámenes de los alumnos, todos mezclados sin orden ni concierto. La habitación era, en realidad, deprimente, tanto por su abandono como por el aire de erudición que transmitía. Al entrar, Theobald y Ernest tropezaron en un gran agujero que tenía la alfombra turca, de la que se desprendió una gran nube de polvo, indicativa del tiempo que llevaba sin limpiarse. Debo añadir que no era culpa de la señora Skinner, sino del propio doctor, que una vez amenazó con que, si alguien tocaba sus papeles, le sobrevendría la muerte. Cerca de la ventana había una gran jaula con dos palomas, cuyo lastimero arrullo intensificaba la melancolía que reinaba en el lugar. Las paredes estaban ocultas de arriba abajo por estanterías de libros, cada una con dos filas. Era horrible. Colocada de forma visible, en la estantería más visible, podía verse una serie de volúmenes, espléndidamente encuadernados, que llevaban el título Obras de Skinner.

Los niños son muy proclives a extraer conclusiones rápidamente, y Ernest creyó entonces que el doctor Skinner se sabía todos los libros de esta terrible biblioteca y que él, para ser un buen alumno, tendría que aprendérselos también. Su corazón le dio un vuelco en el pecho.

Le habían dicho que se sentara en una silla junto a la pared y allí se quedó, mientras el doctor Skinner conversaba con Theobald de asuntos que entonces estaban de actualidad. Habló de la controversia de Hampden

[54], que entonces era un terna candente, y comentó de modo erudito el Praemunire
[55]. Luego mencionó la revolución que acababa de estallar en Sicilia y mostró su alegría porque el Papa se negara a permitir que tropas extranjeras cruzasen sus territorios para aplastarla. El doctor Skinner y los demás profesores leían el Times, y él mismo no hacía sino repetir lo que decían sus editoriales. En aquellos días no había periódicos baratos, y Theobald sólo leía el Spectator porque, por aquel entonces, tomaba partido por los laboristas. Además, solía recibir la Ecclesiastical Gazette una vez al mes, pero no leía ningún otro periódico y le asombraron la fluidez y facilidad con que el doctor Skinner pasaba de un tema a otro.

La decisión del Papa con respecto a la revolución en Sicilia llevó seguidamente al doctor a hablar de las reformas que Su Santidad había llevado a cabo en sus dominios. Entonces rió a carcajadas al recordar el chiste aparecido pocos días antes en Punch, que decía que Pío no-no debía llamarse más bien Pío sí- sí porque, como él mismo explicó, concedía todo lo que le pedían sus súbditos. Al doctor Skinner, cualquier juego de palabras le llegaba directamente al corazón.

A esto siguió el asunto de las reformas. Abrían una nueva era en la historia de la cristiandad, y tendrían consecuencias tan trascendentales e insospechadas que podrían conducir incluso a la reconciliación entre las Iglesias de Inglaterra y de Roma. El doctor Skinner acababa de publicar un opúsculo sobre el asunto, en el que demostraba sus profundos conocimientos, y donde atacaba a la Iglesia de Roma de un modo que no parecía facilitar mucho la reconciliación. Basaba sus ataques en las letras A.M.D.G., que había visto escritas en el exterior de una capilla católica y que, naturalmente, querían decir Ad Mariam Dei Genetricem ¿Podía haber algo más idólatra?

Me dicen, no obstante, que mi memoria me debe haberle jugado una mala pasada, cosa que hace con frecuencia, cuando he dicho que el doctor dijo que las siglas A.M.D.G. querían decir Ad Mariam Dei Genetricem, porque sería incorrecto en latín, y que lo que el doctor debió decir realmente fue «Ad María Dei Genetrix». No cabe duda de que el doctor se expresaba correctamente en latín, que yo he olvidado el poco que aprendí, y que no voy a consultar nada, pero estoy seguro de que el doctor dijo «Ad Mariam Dei Genetricem». Y, si lo dijo, Ad Mariam Dei Genetricem es, de cualquier modo, un latín pasable para fines eclesiásticos.

La respuesta del párroco católico no había aparecido todavía, y el doctor Skinner estaba eufórico, pero cuando apareció, y quedó claro que A.M.D.G. quería decir algo tan peligroso como Ad Majorem Dei Gloriam, la sensación fue que se trataba de un subterfugio inaceptable para cualquier inglés inteligente. Aun así, era una lástima que el doctor Skinner hubiese escogido este asunto y no otro para basar su ataque, porque le procuró ventaja a su enemigo. Y cuando se deja terreno al enemigo, los espectadores tienen el extraño hábito de pensar que el adversario no se atreve a plantar cara.

Mientras el doctor Skinner describía a Theobald este opúsculo, dudo que éste se sintiera más cómodo que el propio Ernest. Se aburría profundamente porque, en el fondo, odiaba el liberalismo, aunque le diera vergüenza decirlo y declarara, como ya he dicho, estar de parte de los laboristas. En realidad, él no quería reconciliarse con la Iglesia católica, sino que todos los católicos se hicieran protestantes, y no podía entender por qué no lo hacían. Sin embargo, el doctor hablaba con un espíritu tan liberal y lo interrumpía tan bruscamente cuando intentaba decir una palabra o dos, que no tuvo más remedio que dejarlo hablar, algo a lo que no estaba acostumbrado. Theobald no hacía más que preguntarse cómo iba a poner término a la conversación, cuando de pronto se produjo una interrupción al descubrirse que Ernest estaba llorando, sin duda debido a la infinita sensación de aburrimiento, que era incapaz de soportar. Evidentemente, estaba muy nervioso y abrumado por las emociones de la mañana, por lo que la señora Skinner, que entró en la habitación en ese momento acompañada de Christina, propuso que pasara la tarde con la señora Jay, la encargada del botiquín, y que no fuera presentado a sus compañeros hasta la mañana siguiente. Sus padres se despidieron cariñosamente de él, y el niño le fue entregado a la señora Jay.

¡Oh, maestros y profesores! Si alguno de vosotros lee este libro, que no olvide que cuando un crío especialmente tímido entra en vuestro despacho acompañado de su padre, y vosotros lo tratáis con el desprecio que merece y le hacéis la vida imposible durante los siguientes años, ese niño puede ser vuestro futuro biógrafo. Nunca contempléis a un desgraciado cachorro cabizbajo, sentado junto a la pared de vuestro despacho, sin deciros: «Tal vez este sea el chico que, si no tengo cuidado, le contará al mundo qué clase de hombre fui». Aunque sólo aprendan y recuerden esta lección dos o tres maestros, los capítulos que preceden no habrán sido escritos en vano.