CAPITULO XLVII

Ernest regresó a Cambridge en el trimestre de primavera dé 1858, con el pretexto de estudiar para su ordenación, asunto al que debía enfrentarse, y que se acercaba con más rapidez de la que él deseaba. Hasta entonces, a pesar de no haber sido muy religioso, jamás dudó seriamente de nada relacionado con el cristianismo. Nunca había conocido a nadie que dudase ni había leído nada que le hiciera abrigar la más mínima sospecha acerca del carácter histórico de los milagros recogidos en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Debe recordarse que el año 1858 fue el último de un sorprendentemente largo período de paz en la Iglesia de Inglaterra. Entre 1844, año en que aparecieron los Vestiges of Creation, y 1859, año en que Essays and Reviews marcó el comienzo de la tormenta que se prolongaría hasta muchos años después, no se publicó un solo libro en Inglaterra que causara una conmoción seria en el seno de la Iglesia. Quizá la History of Civilization de Buckle y Liberty de Mill fueron los más osados, pero ninguno de ellos fue muy leído, y Ernest y sus amigos desconocían incluso su existencia. El Movimiento Evangélico

[71], con excepción de lo que voy a referir a continuación, era ya un asunto obsoleto. El Tractarianismo
[72] había perdido mucho fuste: todavía coleaba, pero en silencio. Los Vestiges cayeron en el olvido antes de que Ernest entrara en Cambridge; la agresión católica ya no era peligrosa; el Ritualismo
[73] era aún desconocido por el gran público, y los debates entre Gorham y Hampden
[74] llevaban años muertos; la disensión aún no había crecido; la guerra de Crimea era el asunto que más preocupaba, y a ésta siguieron la rebelión en la India y la guerra franco-austriaca. Estos grandes acontecimientos apartaron las mentes de los hombres de todo tema especulativo, y ningún enemigo de la fe logró suscitar el más mínimo interés. Nunca antes, probablemente desde comienzos de siglo, le habría sido tan imposible detectar a cualquier observador corriente algún indicio de problema inminente que en la época a la que aludo.

No hace falta que añada que la calma era sólo superficial. Los ancianos, que sabían algo más que los estudiantes, seguramente sospechaban que la ola de escepticismo que ya había estallado en Alemania se extendería hasta nosotros y no tardaría mucho en alcanzarnos. Muy poco después de la ordenación de Ernest tres libros seguidos despertaron interés incluso entre aquellos que prestaban poca atención a las controversias teológicas. Me refiero a Essays and Reviews, El origen de las especies, de Charles Darwin, y Criticisms on the Pentateuch, del Obispo Colenso.

De todos modos, me estoy apartando de mi narración. Debo volver al estado espiritual que predominaba durante la época en que Ernest estuvo en Cambridge, es decir, a los restos del despertar evangélico que había tenido lugar más de una generación antes, y que se relacionaba con el nombre de Simeón

[75].

En dicha época, todavía quedaban muchos simeonitas o sims, que era como ellos preferían que los llamaran. Cada college tenía los suyos, pero los principales núcleos eran el del Caius, donde eran captados por el señor Clayton, que por aquel entonces era tutor principal, y el de los becarios de St. John.

Detrás de la capilla que tenía entonces este último college, había un laberinto (era el nombre que se le daba) de habitaciones lúgubres y sucias, en las que vivían únicamente los estudiantes más pobres, que dependían de las ayudas del college para poder seguir estudiando. Mucha gente, incluso del mismo St. John, desconocía la existencia y emplazamiento del laberinto en el que vivían los becarios, e incluso algunos estudiantes de la época de Ernest, que tenían habitaciones en el primer patio, nunca habían logrado encontrar el sinuoso corredor que conducía hasta ellas.

En el laberinto vivían hombres de todas las edades, desde muchachos muy jóvenes a hombres de pelo cano incorporados al college en su edad madura. Apenas se les veía, excepto en el salón grande, en la capilla, o en clase. Su manera de alimentarse, de rezar y de estudiar era considerada poco ortodoxa, y nadie sabía de dónde venían, ni adónde iban, ni lo que hacían, porque nunca jugaban al críquet ni remaban. Constituían una confrérie oscura y sórdida cuyas ropas y maneras lucían tan poco como sus propios cuerpos.

Ernest y sus amigos se consideraban maravillas de la frugalidad por vivir con tan poco dinero, pero la mayoría de los habitantes del laberinto estimaba que la mitad de lo que ellos gastaban era una muestra excesiva de riqueza, de modo que todas las tiranías domésticas que Ernest había tenido que aguantar eran poca cosa comparada con los sufrimientos de cualquiera de estos becarios.

A veces destacaban algunos, al descubrirse tras un primer examen que podían ser de utilidad al college. A éstos se les concedían becas más cuantiosas, que les permitían vivir con ciertas comodidades y mezclarse con estudiantes de mejor posición social pero incluso ellos, con pocas excepciones, tardaban en desprenderse de la rudeza con que llegaban a la universidad, y su origen social seguía siendo evidente incluso cuando ya eran profesores y tutores. Yo he visto a algunos alcanzar puestos muy altos en el mundo de la política o de las ciencias, y conservar todavía el aire del laberinto y el aspecto de becarios de St John.

Estos pobres individuos, tan poco atractivos en su aspecto físico, en su modo de moverse y en sus maneras, mucho más descuidados y mal vestidos de lo que podemos imaginarnos, formaban una casta aparte, cuya manera de pensar y de actuar no coincidían con las de Ernest y sus amigos, y fue en ellos en quien más prendió el simeonismo.

Los simeonitas, la mayoría de los cuales se encaminaba al sacerdocio (porque en aquellos días casi nunca se decía órdenes sagradas), aseguraban tener una vocación extrema para el ministerio, y estaban dispuestos a hacer economías durante años para poder cursar los necesarios estudios de Teología. Para muchos, el hecho de convertirse en sacerdotes suponía entrar en una posición social de la cual entonces estaban excluidos por barreras que, como ellos sabían muy bien, eran infranqueables. Por consiguiente, la ordenación despertaba tales ambiciones que se convertía en el motor de sus acciones, muy al contrario de Ernest, para quien se trataba de algo parecido a la muerte: sucedería algún día, pero no había necesidad de preocuparse mucho, de momento.

Con el fin de prepararse mejor, se reunían en sus habitaciones para comer, rezar y demás ejercicios espirituales. Bajo la supervisión de ciertos tutores bien conocidos, daban clases en escuelas dominicales e insistían, a tiempo y a destiempo

[76], en impartir enseñanzas espirituales a todo aquel a quien pudieran convencer para que les escuchase.

Pero los estudiantes ricos no eran precisamente el terreno más fértil para la semilla que intentaban sembrar. Las pequeñas beaterías con que adornaban su discurso, cuando por casualidad tropezaban con alguien a quien consideraban demasiado terrenal, no provocaban otra cosa que rechazo en las mentes de aquellos a quienes iban dirigidos. Cuando repartían folletos, que depositaban de noche en buzones de jóvenes inocentes que a esa hora dormían, éstos terminaban en la chimenea o incluso merecían un destino peor, y a ellos mismos se les trataba con el mismo desprecio que, según sostenían orgullosamente, se había tratado a los verdaderos seguidores de Cristo en todas las épocas. Cuando se reunían para rezar, uno de los pasajes que más citaban era aquél de san Pablo en el que pide a los conversos de Corinto que se percaten de que no son personas nobles ni sabias

[77]. Los simeonitas afirmaban que ellos también se sentían orgullosos de carecer de estos dos atributos y que, como san Pablo, no se vanagloriaban de nada que tuviese que ver con la carne.

Ernest tenía varios amigos en St. John, por medio de los cuales supo de los simeonitas e incluso vio a algunos, que les fueron señalados cuando pasaban por el patio. Sentían una atracción repelente hacia él, que los detestaba, aunque era incapaz de darles la espalda. En una ocasión, llegó a parodiar uno de los folletos que les habían dejado por la noche, y dejó un ejemplar en los buzones de los simeonitas más importantes. El tema que escogió fue El cuidado personal. La limpieza, decía, estaba muy próxima a la divinidad; les preguntaba de qué lado estaban y concluía exhortando a los simeonitas a bañarse con más asiduidad. La verdad es que no puedo elogiar el humor de mi héroe en este caso: su folleto no era bueno, pero lo traigo a colación para mostrar que, en esta época, era una especie de Saulo y disfrutaba persiguiendo a los elegidos, no porque, como ya he dicho, sufriera devaneos escépticos sino porque, como el granjero del pueblo de su padre, aunque no podía soportar que se burlaran de la religión cristiana, tampoco le gustaba que se la tomaran en serio. Los amigos de Ernest creían que el hecho de que no le gustasen los simeonitas se debía a que era hijo de un sacerdote que, como todos sabían, lo intimidaba. Sin embargo, es más probable que surgiera de una simpatía inconsciente hacia ellos que, como en el caso de san Pablo, lo condujo al final a las filas de aquellos a quienes más odiaba y despreciaba.