La Criatura Blanca
Sombríos corredores se abrían ante ellos. Aquella fosa oscura gemía y se lamentaba como si fuera la propia Tierra la que se quejara de que picos y palas le arrancaran el preciado hierro de su vientre. El fuego y las ascuas relucían allí donde se fraguaba el hierro candente. El calor nauseabundo se cerraba en torno a Nill, Scapa y Fesco como una mortaja. Algo más allá, donde se forjaban espadas, lanzas y flechas, saltaban chispas. Detrás, se almacenaban las armas; eran miles y miles de lanzas, espadas y arcos, y sólo se divisaba una parte de ellas al resplandor mortecino de las llamas.
Había trabajadores por todos lados: ordenaban las armas o se las llevaban, traían nuevas y las tiraban sobre enormes montones. Los tres amigos fueron absorbidos como tantos otros por aquel tremendo engranaje.
Siguieron a una larga marea humana y se integraron en la masa, juntos se zambulleron en un oscuro y ancho pasillo que los llevó innumerables escalones más abajo. Finalmente una luz parpadeó ante ellos. Y una vez que franquearon los últimos peldaños, se encontraron de nuevo en una gran explanada.
No, no era una simple explanada: era un coso de arena. A su alrededor se erguían unas columnas tan inmensas que ningún árbol de los Bosques Oscuros las habría superado. Varias escaleras que parecían lenguas extendidas conducían al interior de distintos edificios. Puertas de piedra maciza se levantaban grandes y siniestras como las fauces de un monstruo. Habían llegado al centro de la torre. Los esclavos formaban una larga fila a través del coso para llevar las armas a algún lugar seguro al otro lado de los muros de la torre. Cargando todavía con sus piedras, los tres compañeros siguieron a los demás mientras lo examinaban todo con ojos temerosos. Las piedras de los muros, con un metro de grosor, relucían bajo la lluvia. El agua se bifurcaba en riachuelos por el suelo, creando charcos.
Unos gritos hicieron que Nill, Fesco y Scapa se estremecieran. No muy lejos de ellos, habían apartado de la masa a un anciano elfo y lo habían tirado al suelo frente a un grupo de guerreros grises. Luego, ante ella, Nill no vio nada más que a los soldados levantando sus garrotes y apaleando al hombre. Los gritos enmudecieron en el acto.
La muchacha temblaba tanto que tenía miedo a caer de rodillas. Pero no cayó ella.
Sino su piedra.
Se derrumbó en el suelo y rodó descontrolada entre los pies de los otros trabajadores. Nill salió corriendo tras ella y fue a agarrarla cuando una bota se plantó sobre la roca. Miró hacia arriba y se quedó paralizada de espanto.
Ante la chica había un guerrero gris.
Unos tatuajes marrones cubrían la mitad de su rostro. Llevaba media cabeza rapada.
El elfo de los pantanos sonrió sardónicamente, pero el resplandor de sus ojos produjo en Nill un terror mortal.
—¿Qué esto? —dijo con dificultad. Gotas de lluvia saltaron de sus labios y fueron a parar a la frente de Nill—. ¿Piedra?
No logró articular palabra. Su barbilla temblaba. El guerrero gris murmuró algo incomprensible, luego extendió la mano en su dirección.
De pronto, Scapa se interpuso entre ella y el guerrero. El elfo se quedó desconcertado cuando vio la mirada amenazante que le dirigía el chico, luego se percató de que era un muchacho fuerte y con la edad adecuada para no estar ya allí.
—¿Qué haces…? Muy mayor aquí y no con guerreros —los ojos del guerrero se agrandaron de golpe. Fue como si, tras la suciedad y el barro, reconociera de pronto el rostro de Scapa… Un rostro que no tenía aspecto de ser…
Cogió a Scapa por el cuello y tiró de él con tanto ímpetu que el muchacho tuvo que ponerse de puntillas.
—¡Hu… mano! —dijo el guerrero.
Nill vio que la mano de Scapa se aproximaba al puñal de su cinturón. Enloqueció de temor.
—No —gritó—. ¡No! ¡Detente!
El guerrero gris apartó al muchacho hacia un lado y, sin soltarlo, puso la punta de la lanza en la garganta de Nill. Aquella abominable sonrisa ya había desaparecido de su cara.
—¡Nosotros… nosotros somos emisarios! —Nill levantó las manos. Luego cogió por el brazo a Fesco, que del susto soltó la piedra, y lo atrajo hacia sí—. ¡Somos emisarios de los Bosques Oscuros! Tenemos que ver al rey de Korr.
Los ojos del soldado taladraron primero a Nill, luego a Fesco y finalmente a Scapa.
—¡Emisarios! —el elfo escupió las sílabas como esquirlas—. Entonces, al rey —y agachó la cabeza, dibujando una sonrisa grotesca, como si les acabara de informar de que iba a echarlos a los leones. Luego soltó a Scapa, agarró la lanza con las dos manos y retrocedió varios pasos—. ¡Aquí! ¡Aquí! —gritó levantando la lanza. Al momento aparecieron varios guerreros más, todos con tatuajes en los rostros y las cabezas rasuradas—. Aquí emisarios. ¡Llevad al rey!
Los guerreros intercambiaron miradas de sobresalto. Con un poco amigable movimiento de su lanza, el elfo conminó a los tres compañeros a que se fueran.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza mientras atravesaban el coso de arena. El agua empapó sus vestidos y sus dientes castañetearon de frío. Se dirigieron a una escalera que se encontraba al fondo de la enorme plaza y que conducía a la parte superior y también hacia las profundidades de aquella bestia de piedra. Subieron por los peldaños resbaladizos. Cada dos por tres la punta de una lanza rozaba el hombro de Nill y la chica se estremecía de miedo. ¿Qué harían a continuación? ¿Qué dirían cuando estuvieran ante la presencia del rey? Si no los mataban antes…, ella tendría que asesinar a alguien.
Siguieron subiendo durante bastante rato. De pronto comenzaron a andar bajo techado y la lluvia dejó de caer sobre ellos. Los ruidos de afuera quedaron atrás y les rodeó un silencio que no presagiaba nada bueno. Sólo el viento, prisionero entre los altos artesonados, aullaba como un fantasma extraviado.
La escalera desembocó en una impresionante galería, cuya cúpula se sustentaba sobre varios arcos de piedra. Innumerables puertas partían de allí y los guerreros grises escogieron una de ellas.
Los corredores y pasillos por los que se adentraron eran anchos como verdaderas estancias. Las antorchas iluminaban las paredes oscuras, pues no había ventanas. En dos ocasiones emprendieron la subida de escaleras con más de cien peldaños. De vez en cuando se encontraban con algún guerrero gris que vigilaba ante una puerta. Más allá del reflejo de las antorchas, todo eran sombras: aquella torre parecía una tumba gigantesca.
Por fin alcanzaron un largo pasillo. El techo era tan descomunalmente alto como ancho el corredor. Allí todo parecía construido a la medida de gigantes y no para elfos o humanos.
Al final del pasillo se abría una puerta de doble hoja, tan enorme como si fuera un portón de entrada. Al acercarse, Nill se dio cuenta de que era de madera. A la luz de las antorchas se apreciaban en ella infinitos ornamentos y relieves: había escenas de grandes batallas; jinetes portando espadas y arcos, montados sobre caballos cansados, y representaciones de ollas enormes en cuyo interior borboteaba el hierro líquido. Pero justo en el centro sobresalía la imagen, mayor que cualquier otra, de una diadema de dientes recortados. La corona Elrysjar.
Ante la puerta había ocho vigilantes. Tuvo lugar un breve intercambio de palabras entre ellos y los que los acompañaban, y todos hablaron entrecortadamente en el lenguaje de los humanos. Luego, los soldados se hicieron a un lado y giraron con dificultad las ruedas de la puerta. Un fuerte crujido recorrió la madera. A continuación se entreabrió una de las gruesas hojas, de tal modo que Nill, Scapa, Fesco y sus guardianes pudieron traspasar el umbral.
Una fuerte luminosidad salió a su encuentro. No era únicamente el reflejo del fuego, sino también la luz del día: al final de la sala se erguía una fila de altos ventanales. ¡Y vaya sala! Los tres compañeros habían llegado al mismo corazón de la torre.
A la izquierda se divisaba una serie de soportales con una recargada decoración; a la derecha, varias puertas de doble hoja, flanqueadas por obeliscos. Y justo enfrente de la entrada, bajo las altas ventanas, diez escalones conducían a la tribuna del trono. Una lujosa alfombra recamada cubría las escaleras y una parte del suelo; sobre ella se divisaban, como en un mapa, el sol, las estrellas y la luna, barcos y ciudades.
Alrededor de la tribuna había una docena de guerreros. El propio trono ocultaba una cortina granate; sólo cuando se estaba justo delante de él y se miraba en esa dirección podían apreciarse siluetas de aspecto fantasmagórico a través de la tela.
También se oían voces a través de la cortina. Los guerreros hincaron una rodilla y agacharon la cabeza en actitud sumisa. Tan sólo unos segundos más tarde se atrevieron a ponerse en pie y uno de ellos dijo:
—Vuestra majestad… ¡Aquí emisarios de Bosques Oscuros! ¿Qué hacer, vuestra majestad?
Un murmullo de voces se coló por la cortina. El viento silbó contra la cúpula, parecía el lamento de un niño. Luego una monótona voz de mujer dijo:
—Su divina majestad desea que los emisarios se acerquen —y añadió inmediatamente—: ¡Arcos!
Los guardianes que estaban alrededor de la tribuna tomaron sus arcos y cargaron una flecha. Todavía no tensaron las cuerdas, sin embargo una docena de puntas afiladas apuntaron a las cabezas de los tres amigos. Muertos de miedo, ellos se aproximaron entre sí y recorrieron la inmensa sala. Ya no les separaban de las escaleras más que diez pasos.
A través de la cortina entrevieron la sombra de un diván. Alrededor había varias personas y seguía oyéndose un susurro continuado. De nuevo volvió a resonar una monótona voz de mujer:
—Su divina majestad desea que los emisarios hagan una reverencia ante el mayor poder del mundo, el emperador de las Tierras de Aluvión de Korr, soberano de las Ciudades del Este, conquistador de los mares y las costas sin nombre.
Nill, Fesco y Scapa se arrodillaron y permanecieron así mientras continuaban los susurros, aunque algo más bajos, tras la cortina.
—Su divina majestad desea que… el emisario del pelo oscuro levante la cabeza.
Nill sentía un nudo en el estómago. ¿Qué significaba aquello? Miró a Scapa por el rabillo del ojo. Él levantó despacio la cabeza y miró hacia las cortinas granates. Algo se movió dentro. Hubo un frufrú de telas, alguien se puso en pie. Y entonces, durante un breve instante, una mano blanca salió entre las cortinas y tiró un melocotón.
La fruta saltó por los escalones, rodó por la alfombra y se quedó quieta justo ante la rodilla de Scapa. Por un momento Scapa se quedó desconcertado, y Nill creyó que ella no sería capaz de levantarse nunca más… Pero de pronto lo hizo como el rayo. No porque hubiera perdido todo el miedo de golpe. No. Se había quemado.
A causa del cuchillo de piedra.
Dio un grito agudo, saltó hacia atrás y manoteó su falda. ¡El punzón estaba ardiendo! ¡Le había quemado la piel como hierro candente! Sin reflexionar, lo sacó de su bolsillo y pretendía tirarlo al suelo… cuando sus dedos se quedaron pegados a él. Creyó oír una especie de crepitación, ésa era la muestra de lo caliente que estaba el cuchillo al contacto con su piel.
El punzón había cambiado de forma. Ahora era afilado y se había vuelto rojo como el hierro en el fuego.
El corazón de Nill corría apresurado. Miró a su alrededor: todos los ojos estaban fijos en ella. En ella y en el cuchillo.
—¡Coged el cuchillo! —gritó una potente voz—. ¡Quitadle el cuchillo!
Los guerreros grises que estaban a sus espaldas y los guardianes de alrededor de la tribuna reaccionaron tan deprisa como Fesco y Scapa. Los dos chicos se pusieron de un salto ante Nill. Un segundo después, se oía ya un tintineo de espadas y sus puñales iban al encuentro de aceros y lanzas.
A pesar de su valor, no podían hacer frente a tantos guerreros y, además, proteger a Nill. Enseguida alguien la agarró, un brazo se cerró en torno a su pecho y le quitó el aire. Una segunda mano le abrió los dedos. El cuchillo de piedra se escurrió del puño de Nill.
—¡NO!— gritaron Scapa y ella a la vez, y el muchacho se abalanzó sobre el guerrero gris que asía el punzón dando muestras de hondo dolor en su rostro. Pero inmediatamente los demás levantaron sus armas hacia Scapa.
—¡No hagáis daño al chico! —ordenó una voz.
Él se tiró sobre los guerreros, dejó caer su puñal y agarró el cuchillo de piedra con las dos manos. Del dolor y la sorpresa que éste le produjo, Scapa pegó un grito… ¡El cuchillo estaba ardiendo! Pero no lo soltó; al contrario, lo apretó con más fuerza. Una lanza le golpeó las costillas y le dejó sin respiración.
—¡Dejadle en paz! ¡No le hagáis daño! ¡Scapa!
Se deshizo de los brazos de los guerreros grises. El punzón ardía en su mano. Scapa ya no lo sentía.
Una muchacha había aparecido por detrás de la cortina. Los guerreros grises se quedaron como paralizados cuando ella levantó la mano en un gesto autoritario, y cayeron de rodillas. La chica miró a Scapa.
Llevaba un lujoso vestido de terciopelo rojo y amarillo. El cuello alto sobresalía de su cabeza como un pétalo y su cabello estaba recogido bajo una aparatosa guirnalda.
Era la chica más hermosa que había visto Nill, y la más misteriosa.
Sus rasgos eran perfectos, perfectos como los de un cuadro. Sus labios formaban un arco, pero parecían incapaces de sonreír. En cuanto a sus ojos, se mostraban más fríos que el acero. Y alrededor de su frente se ceñía una diadema de piedra negra, gruesa, cuyos dientes se apretaban como garras a su cabeza.
Scapa bajó el cuchillo de piedra.
Un calor apabullante se adueñó de Nill. La muchacha llevaba la corona. Era…
—Eres el rey de Korr —tartamudeó Nill. Su voz se quebró.
La mirada de la joven fue de Scapa a ella con perplejidad como si de pronto hubiera notado que había alguien más en la sala.
—El rey de Korr está muerto —dijo. Nill ya no sentía el suelo bajo sus pies. Con la voz entrecortada dijo:
—¿Quién eres?
En el rostro de la muchacha no se produjo ninguna agitación.
—Vencí al rey de Korr con una artimaña. Le quité el poder. Yo… —la chica levantó la cabeza—. Soy la Criatura Blanca.
Scapa no sentía la luz del día en su cara. Vagaba en la oscuridad de un océano en el que no había ni tierra ni cielo, ni arriba ni abajo.
Y allí, al borde de la escalera, ante la cortina granate, se hallaba Arane.