La torre

Fesco había encontrado a Rana otra vez. Había dado con ella en la acequia, medio ahogada en el fango y el agua. Cuando la cogió entre sus manos, sus ojos redondos brillaron débilmente.

Ahora volvía a ser ya la misma de siempre y estaba llenándose la tripa gracias a las provisiones de Scapa, mientras Fesco, Scapa y Nill dormían aún. Despuntaba la aurora.

Cuando Scapa abrió los ojos, no le importó que Rana estuviera dando cuenta de su desayuno. Nill estaba tumbada con la cara vuelta hacia él. Por lo menos eso parecía, porque los pelos despeinados y la capa con la que se había tapado hasta la barbilla poco dejaban entrever.

Scapa trató de pensar objetivamente qué sentía en realidad por ella. Su mirada provocaba en él una mezcla de sensaciones. Afecto y miedo, felicidad y vergüenza y… un extraño sentimiento de culpa.

De algún modo se había traicionado a sí mismo y a todo lo que le parecía importante. ¿Dónde había quedado Arane; Arane, que era toda su vida? ¿Podía de pronto apartar el pasado como algo carente de significado, como algo que pertenecía a otra época? Scapa suspiró. No, no podía hacerlo. Si se quedaba sin su pasado, ya no sabría quién era realmente. Pero tampoco podía agarrarse a un recuerdo que no iba a volver. Ahora deseaba permanecer con sus pensamientos, su corazón y su vida en un lugar en el que hubiera un futuro…

Respiró hondo. No quería darle más vueltas a aquel asunto. Lo único que contaba era el atentado que había planeado. Tenían que continuar juntos para matar al rey. Se lo debía a Arane. Se lo debía a sí mismo. Y después —si es que había un después—, una vez que hubiera vengado a Arane, tal vez en ese momento podría liberarse del pasado.

A su espalda se despertó Fesco. El chico se incorporó, buscó a Rana y cuando vio que su hocico revolvía en la bolsa de provisiones de Scapa, la sacó fuera y la mantuvo en sus manos. Durante un rato estuvo contemplando el terreno arcilloso que se extendía ante ellos. Habían pasado la noche al pie de los prados. Acarició a Rana sumido en sus pensamientos.

—¿Scapa?

El chico se dio media vuelta.

—¿Quieres…? —Fesco miró al suelo—. ¿Realmente quieres llegar hasta el rey? Ahora que ya no están los elfos… Quiero decir, ¿de verdades eso lo que quieres?

Scapa se sentó. Por primera vez desde que emprendió el viaje, asimiló lo que significaba que Fesco le hubiera acompañado, no sólo por él, sino por el propio Fesco. En realidad, su compañero no tenía nada que resolver con el rey de Korr. Sólo estaba allí por él.

—En casa nos espera La Zorrera —dijo Fesco en voz baja—. Y los demás —miró a Scapa. Los mechones le caían al Señor de los Zorros sobre la cara. El barro se le había adherido al rostro y a la ropa. Estaba cubierto de porquería de los pies a la cabeza. Y su capa, antaño negra reluciente, se encontraba ahora hecha jirones y llena de suciedad—. Quién sabe lo que estará ocurriendo en Kaldera con nosotros tanto tiempo fuera —Fesco se encogió de hombros.

Scapa se mordió el labio inferior. No merecía tener un amigo como Fesco. Por todos los dioses, no le había mostrado ni una sola vez lo que su amistad significaba para él.

Carraspeó con timidez.

—Fesco, tú… Tú no tienes por qué hacer esto. Puedes regresar a Kaldera. Estaría muy tranquilo dejando La Zorrera en tus manos.

Fesco dio un bufido y sacudió la cabeza con una sonrisa. Con la frente arrugada dijo:

—¿Crees seriamente que iba a llegar tan lejos para que, de repente, una mañana me diera por regresar? A ti te da lo mismo que yo esté aquí, ¿verdad? ¿Preferirías estar a solas con ella? —y señaló a Nill con la cabeza.

—No —respondió Scapa con rotundidad—. Fesco, es sólo que me preocupo. Quiero decir… ¡Condenada basura! El caballero elfo murió y eso me hizo pensar que… Tú estás arriesgando tu vida por algo que no te compete. Y yo no quiero que tú…

Fesco cerró los ojos.

—¡Maldita sea, Scapa! Cuándo vas a comprenderlo de una vez: yo arriesgo mi vida muy a gusto por algo que sí me compete… ¡tu dura mollera! —el chico levantó la nariz exageradamente y acarició a Rana—. No espero nada por ello. Pero si por lo menos pudieras entender que estoy tan metido como tú en este asunto, con eso me bastaría.

Scapa tragó con dificultad. ¡Qué egoísta había sido, y durante todo el tiempo había tenido a su lado a un amigo como aquél! Se dio un golpe en el pecho, abrazó a Fesco con fuerza y le palmeó la espalda.

—Gracias —murmuró de todo corazón—. Gracias.

—¡Has machacado a Rana!

Scapa se echó atrás por un momento. Con un chillido indignado la rata se escurrió hacia las manos de Fesco, trepó por su hombro y resopló. Fesco y Scapa se sonrieron mutuamente.

—¿Qué pasa con Nill? —cambió de tema Fesco, mirando a la chica dormida—. Desde ayer te mira de una manera… Además, ya no está enfadada porque nos fuimos de la aldea sin los elfos. Ella y tú…

—No —dijo Scapa decidido—. No hay nada entre nosotros.

—Ah… —Fesco arrugó la frente y dejó que su mirada vagara por las Tierras de Aluvión. Que Scapa lo negara no cambiaba lo que él sabía. Y las nerviosas miradas de reojo que Scapa estaba echando a la chica revelaban más que todas las palabras del mundo.

Pero lo que Fesco sabía, en ese mismo momento, se quebró en mil añicos para Nill. Para Nill que no estaba en absoluto dormida. Sus manos apretaron la tela de la capa. Nada… No, así que no había nada entre ella y Scapa. ¿Qué se creía?

Se sintió tremendamente infantil. De nuevo.


* * *


Retomaron el camino en silencio. Nill hizo ver que escrutaba la posible existencia de guerreros grises, Scapa había metido la cabeza en el mapa, y Fesco acechaba de forma intermitente a uno y a otro mientras iba maldiciendo a causa de los hoyos de cieno en que no paraba de meterse. Scapa estaba algo sorprendido de que Nill no le hubiera mirado ni una sola vez desde la mañana. Entonces pensó que seguramente no querría que Fesco lo notara, y le pareció bien. Tenían asuntos importantes ante ellos, y debían mantenerse fríos y atentos.

No encontraron ni un solo guerrero gris. Las Tierras de Aluvión permanecían en silencio y sólo de vez en cuando un ligero chapoteo truncaba esa quietud. Cuando llegó la tarde, Nill, Scapa y Fesco buscaron un refugio, pero no hallaron nada adecuado y tuvieron que contentarse con tumbarse sobre la hierba. El suelo era mullido, pero no húmedo. Con la última luz del atardecer, Scapa volvió a desplegar el mapa. A esas alturas, el pergamino ya se había arrugado. Con su sucio índice marcó los dibujos.

—Sospecho que estamos aquí —dijo señalando una zona de las Tierras de Aluvión bastante alejada todavía de las minas de hierro de la costa—. Deberíamos coger este camino… —y la yema de su dedo recorrió todo el trayecto hasta allí donde imaginaban que se situaba la torre del rey.

Fesco preguntó:

—¿Cuánto creéis que nos falta todavía?

Scapa se encogió de hombros.

—Tal vez una semana —dijo—. Tal vez, tres. Veremos lo que tardamos en cruzar las ciénagas.

—Para tres semanas no tenemos bastantes provisiones —comentó Fesco en voz baja—. Lo que nos queda quizá llegue para una.

Nill se tumbó sin decir nada y se abrigó con su capa. «No te tomes tan en serio lo de las semanas», le habría gustado tranquilizar a Fesco. «Scapa dice muchas cosas que no son ciertas».


* * *


A la mañana siguiente comenzaron a racionar los víveres. No quedaba mucho y cuando el pan se acabara, tendrían que pasar hambre. Como el día anterior, anduvieron en silencio; tuvieron que sortear terrenos de arenas movedizas y superar troncos de árboles caídos, vadear hoyos en los que el fango les llegaba hasta la rodilla y caminar sobre maleza seca. Poco a poco Scapa comenzó a extrañarse de la actitud de Nill. Desde el día anterior rehuía su mirada y le trataba como si no lo viera. Pero no quería hablarlo delante de Fesco… Lo haría por la noche, cuando Fesco durmiera.

Pero, ya de noche, una vez que se tumbaron en la hierba bajo un cerro recubierto de musgo, Nill le dio la espalda dispuesta a dormir. Scapa resopló enfurecido y desconcertado a la vez. ¿Qué demonios había hecho ahora?

—¿Por qué no me dices simplemente lo que pasa? —murmuró en la noche.

Para su sorpresa Nill le contestó. Y su voz sonó tan hostil que Scapa tuvo un estremecimiento.

—Pienso en Kaveh, Mareju y Arjas… ¿Todavía no te entra en la mollera? Es probable que estén muertos —sus propias palabras le resecaron la garganta. Era como si aquella idea fuera mucho más verosímil ahora que la había pronunciado en voz alta.

¿Y si realmente estaban muertos? Nill se sintió muy mal de la pena. ¡Kaveh! Y los gemelos… No podía ser, no podía suceder de ninguna de las maneras. Pero, incluso, aunque los guerreros grises no hubiesen asesinado a Kaveh y a los caballeros, lo más seguro era que Nill no volviera a verlos nunca más. «Y eso es culpa de Scapa», musitó una vocecilla malintencionada en su cogote.


* * *


Los días pasaron. El hambre, el paisaje desolado, la continua marcha, trepar por las pendientes, tropezar una vez tras otra… Todo ello ahogaba las palabras de los tres y embotaba sus miradas. Nill caminaba como una sonámbula, ponía un pie delante del otro, siempre hacia delante, hacia delante, hacia delante… Al principio, su cabeza no dejaba de dar vueltas en torno a Scapa; se sentía furiosa y triste y muy confusa. Luego pensó en Kaveh y los gemelos. Pasó mucho tiempo reflexionando sobre ellos hasta que todos sus miedos y preocupaciones se concentraron en una gran bola de tristeza. Sencillamente, los había perdido.

Ya no pensaba jamás en el rey de Korr, olvidó incluso el motivo por el que estaban allí y por qué seguían caminando… Todo le resultaba profundamente lejano. Sólo el punzón de piedra… Sin darse cuenta, el cuchillo se introducía en su mano una y otra vez. Cuando se echaba a dormir, se percataba de que se había pasado todo el día con el puño en el bolsillo, cerrado en torno al punzón, y cuando se despertaba, volvía a tenerlo entre los dedos.

Era el punzón el que la llevaba hacia delante. El punzón era lo único que todavía contaba. Por su causa estaba allí.


* * *


Una mañana, Nill despertó de un sueño que olvidó en cuanto abrió los ojos. Scapa la miraba como si llevara tiempo haciéndolo.

—Esto es lo único que queda —tenía un mendrugo de pan en la mano—. ¡Cómetelo tú! —se arrodilló junto a ella y la cogió por la muñeca—. Para ti y Fesco…

—Déjalo, Scapa —murmuró Nill—. Lo repartiremos todo entre los tres.

La rodeó con sus brazos. Nill respondió al abrazo y así permanecieron muy juntos durante un rato y de pronto se borró todo lo que les había separado los días anteriores. Nill notó sorprendida que Scapa sollozaba, muy brevemente, en un tono muy bajo.

—¡Tenemos que conseguirlo! Tenemos que derrocar al rey, y si…

—Lo sé —dijo Nill—. ¡Lo sé!

—Yo… —enmudeció por espacio de un momento; tragó saliva—. Creo que voy a morir. Alguien me dijo que un día tendría que decidir sobre mi propia muerte, y si tengo que hacerlo ahora, entonces…

—Calla. No digas eso —lo miró mientras limpiaba la suciedad de sus mejillas—. Me da miedo que hables así.

Él bajó la cabeza. Durante bastante rato no dijo nada, sólo miraba el mendrugo.

—Lo siento —dijo finalmente—. Yo… No, tú tienes razón. No se puede saber lo que ocurrirá —pero no parecía que creyera en aquellas palabras.

—Haremos lo que podamos. ¿De acuerdo?

—Sí —la miró—. Lo importante es que estemos juntos. Tú y yo y Fesco. ¡Eso es lo único que cuenta!


* * *


Los instantes se hicieron horas y los días anteriores se tornaron segundos. Siguieron tropezando tontamente, siempre hacia delante mientras el hambre se apoderaba de sus cuerpos.

En algún momento del crepúsculo, el suelo bajo ellos comenzó a vibrar y la superficie de las lagunas embarradas se cubrió de ondas concéntricas. Se dejaron caer sobre la hierba al ver que, no muy lejos, una formación de guerreros grises se abría paso por los pantanos. Luego, la niebla se tragó a los jinetes y ellos se levantaron y siguieron su marcha.

Al día siguiente los tres observaron, ocultos entre las cañas, una segunda formación. Y antes de que se hiciera de noche, tuvieron que esconderse de nuevo de un tercer grupo.

Durante doce días no se encontraron ni un alma… y ¡tres tropas de guerreros los dos días siguientes! O continuaban siguiéndolos, o la torre del rey ya estaba muy cerca (y eso les provocó alivio y miedo al mismo tiempo).

De madrugada comenzó a lloviznar. Los tres amigos despertaron bajo la lluvia y se pusieron en marcha con las cabezas gachas para protegerse del agua. En algunos lugares la niebla era tan espesa que no se veían ni los pies. Unos pasos después, comenzó a llover torrencialmente y el ambiente se aclaró como si las cortinas de agua lo hubieran limpiado.

Los últimos jirones de bruma desaparecieron, se abrieron ante los chicos como un telón y les ofrecieron la visión de lo que tenían delante.

Nill, Scapa y Fesco se quedaron parados. La imagen los arrancó de aquel ambiente mágico para llevarlos súbitamente a la realidad.

Una larguísima pendiente de tierra y piedras los conducía hacia las profundidades. En la lejanía se distinguían unas extrañas colinas artificiales y varias cuevas excavadas.

Varias columnas de humo se entremezclaban con la niebla de los pantanos. Y detrás…

La mano de Scapa se asió a la de Nill, sus dedos apretaron los de ella; y las miradas de ambos se quedaron como imantadas a aquel lugar. Nill agarró el punzón con fuerza. Tan fuerte que sus nudillos se tensaron bajo la piel.

En la lejana hondonada se levantaba una punta de flecha tan gigantesca como una montaña. No era una torre. Era una fortaleza mayor que cualquier castillo, era una columna que surgía del abismo y acababa en el cielo brumoso que se extendía sobre las Tierras de Aluvión. A Nill se le doblaron las rodillas. Era como si ya hubiera visto aquello en un sueño.

La torre del rey tenía el mismo aspecto que el punzón de piedra.


* * *


Escurriéndose y tropezando, lograron bajar la pendiente. Así pudieron ver qué eran aquellos diminutos agujeros en la tierra: las minas de hierro. Por todas partes se abrían fosas oscuras en el suelo. Por aquellas fauces abiertas pululaban montones de siluetas que iban y venían; desde allí no eran mayores que hormigas. Nill sintió que aquél era el lugar más horrible de la Tierra, un cementerio para la propia vida. En aquella hondonada, que no era un valle sino un cráter en el rostro de la Tierra, habían nacido todos los miedos, todas las miserias, todos los odios. De allí venía el poder monstruoso que transformaría el mundo entero en un campo de cadáveres. Si Nill —si el punzón de piedra— no lo impedía.

La muchacha se sintió mal al pensar que ella, justamente ella, era la encargada de contrarrestar el poder de aquella torre. No tenía ni el tamaño de un piojo comparada con aquella construcción.

Fesco, Scapa y Nill lograron agazaparse tras un montón de rocas justo en el momento en que una formación de guerreros grises pasaba cabalgando por un camino tortuoso hacia las minas. Eran más de cincuenta.

Una vez que los soldados se hubieron alejado, los tres compañeros continuaron bajando a toda prisa e iban a cruzar el camino cuando sonó un grito:

¡Venga, venga!

Seis jinetes fueron a su encuentro. El primero hizo restallar un látigo. «¡Trabajo!», chilló con un fuerte acento élfico, luego recogió el látigo por encima de sus cabezas y el grupo a caballo los adelantó haciendo resonar los cascos atronadoramente.

Scapa soltó el brazo de Nill cuando los guerreros se marcharon de nuevo. El látigo no le había tocado, pero en sus ojos relucía el miedo.

—Nos han… tomado por… —tartamudeó Fesco.

—Por trabajadores de las minas —Scapa tragó saliva y se volvió a los otros dos—. Ocurra lo que ocurra —susurró—, sea lo que sea, si uno de nosotros tiene la posibilidad de matar al rey, ¡que lo mate! Tenéis que prometerlo.

Nill apretó los dientes con fuerza. De pronto tenía la sensación de que lo que iba a prometer era que consentía la muerte de Scapa. Él la miró con tristeza. ¿Tal vez estaba pensando lo mismo?

—Promételo —repitió.

—Lo prometo —murmuró ella. Luego le devolvió al chico su apretón de manos—. Lo lograremos. Juntos.

Scapa miró a Fesco.

—¿Tú también?

—Sí. Lo prometo.

Scapa observó a sus compañeros durante un momento. Fue consciente de que eran lo único que tenía. Todo lo que era importante para él. «Lo que amo», pensó. Y aquellas palabras no le asustaron, como siempre había temido.

—Venid. Allí nos aguarda nuestro destino. Y el del rey.

La senda pasaba por delante de las entradas de las cuevas. Elfos de los pantanos vestidos con andrajos cargaban cestas y empujaban carros de un sitio a otro. Eran ancianos, niños y, aquí y allá, unos cuantos hombres y mujeres demasiado débiles para servir como guerreros. No eran más que esqueletos sobre los que se tensaba la sucia piel. No salía ni una voz de las cuevas oscuras. Sólo golpes de martillo, cadenas arrastradas, piedras que caían y los constantes resuellos y toses de los trabajadores. Por fin pudieron sobreponerse al horror. Hundieron los rostros y miraron al suelo: no muy lejos de ellos había varios guerreros grises que vigilaban a los trabajadores, portando lanzas y garrotes. Scapa se encorvó deprisa y cogió un fragmento de roca del suelo. Nill comprendió el motivo e hizo lo mismo.

—¡Vamos, Fesco! —masculló ella.

Entonces él se dio cuenta y, con el pulso muy poco firme, cogió una piedra también. Pasaron junto a los guerreros con las cabezas gachas. Nadie los tuvo en cuenta. Tres de ellos estaban ocupados en apalear a un esclavo.

Nill, Scapa y Fesco cargaron con las piedras todo el camino, hacia las minas. Cuando oían el retumbar de los cascos, se apartaban de la vereda, como hacían todos los trabajadores que, delante o detrás de ellos, llevaban también algún peso. Una vez que los jinetes ya habían pasado, seguían caminando en aquella dirección, pues los guardias con sus garrotes no andaban lejos.

Tuvieron que hacerlo durante media hora. Luego alcanzaron el límite de las minas y ante ellos se extendía un campo de doscientos metros que separaba la cantera y las minas de la robusta muralla de la torre. Incontables guerreros iban y venían ante las puertas de la fortaleza, que eran tan altas que un ejército de gigantes las habrían atravesado sin problemas.

Scapa, Nill y Fesco dieron media vuelta hacia la mina más próxima. Sólo tuvieron que apartarse una vez del camino, al igual que todos los trabajadores que habían llegado hasta allí. Todo aquel que osara abandonar las minas y dar un paso hacia la explanada ante la torre no tenía más que ponerse en manos de los dioses.

Los tres compañeros se introdujeron con los demás trabajadores sin ser vistos en la mina. Los ojos de los vigilantes no notaron ninguna diferencia entre ellos y los otros harapientos.

Los recibió la oscuridad. El sudor y la pestilencia de la descomposición y la muerte se mezclaron con la humedad de la tierra. Nill se sintió prisionera en una fosa común. Sus dedos ya no soportaban el peso de la roca. Cerró los ojos con fuerza. «¡Tranquilízate!», se ordenó a sí misma. «¡Calma! ¡Calma!». No sólo su vida dependía ahora de la habilidad que demostrara, sino también los Bosques Oscuros, el equilibrio de toda la Tierra. Y, sin embargo, en ese momento Nill únicamente podía pensar en su propia vida. Aunque eso la llevara a incurrir en errores. Había comprendido —ahora que tantos sudorosos, sucios, esqueléticos elfos de los pantanos se agolpaban a su alrededor, criaturas todas ellas más muertas que vivas—, por fin había comprendido que ya no les quedaba ninguna salida. Temblando, trató de coger aire, pero no lo consiguió. Aquel que hubiera visto la torre del rey estaba perdido.