Un copo de nieve muy especial
Desde hacía tres días Maferis proporcionaba alojamiento a los siete compañeros. Se dividían su minúscula cabaña, que sólo se componía de tres habitaciones: una cocina, un dormitorio y una despensa. En ella Maferis había extendido unas pieles de lobo sobre las que dormían los elfos, Nill y Bruno. Para Scapa y Fesco, que todavía estaban en proceso de curación, había llevado dos yacijas de paja a la cocina, pues allí había una chimenea que transformaba la estancia en la habitación más caldeada de la cabaña.
A pesar de la convivencia en un sitio tan reducido, tras aquellos tres días Nill sólo sabía sobre el misterioso elfo de los pantanos que tenía la cara quemada, que llevaba bastantes años viviendo repudiado en la soledad —porque eso no lo ocultaba— y que era muy, muy parco en palabras. Nill tenía la sensación de que no le caía muy bien a Maferis. A veces la observaba huraño y cuando ella le devolvía la mirada, desviaba la vista como disimulando. Con Kaveh y los caballeros hablaba ocasionalmente en lengua élfica, pero su fuerte acento de los pantanos dificultaba su comprensión. Por lo demás, no parecía que hubiera —por lo menos, según la opinión de Maferis— mucho de lo que hablar. No daba muestras de que le interesase qué habían ido a buscar a aquellas montañas nevadas, cuál era su meta y el motivo por el que dos humanos, cuatro elfos libres, una mestiza y un jabalí viajaban juntos.
Al principio Nill sentía desconfianza y a menudo pensaba, como los elfos, que Maferis podía ser un espía. Pero éste nunca abandonaba la casa y se mostraba tan poco interesado en el mundo más allá de su cabaña que aquella sospecha cayó rápidamente por su propio peso. Al final, Nill creía que Maferis les había ayudado sólo porque no tenía otra cosa que hacer. Y si ella hubiera estado tan sola, lo más probable es que hubiera hecho lo mismo.
Maferis se desvivía por Scapa. Le aplicaba compresas frías en la frente mientras él hablaba en sueños y le preparaba caldos calientes cuando volvía en sí. A pesar de que tampoco intercambiaba demasiadas palabras con Scapa, parecía que el humano le caía bien o, por lo menos, en él encontraba algo más interesante que en los demás.
Nill y los elfos pasaban largas horas de aburrimiento en la despensa, esperando que Fesco y Scapa cogieran las fuerzas suficientes para retomar el camino. La mayor parte del tiempo estudiaban el mapa y recorrían con el dedo el itinerario que todavía quedaba ante ellos, trataban de luchar contra la sensación de que ya todo estaba perdido y se enfrentaban a sus propios miedos y recelos.
¿Qué ocurriría si la torre del rey no se hallaba junto a las minas de hierro de la costa? ¿Qué ocurriría si iban en una dirección totalmente equivocada? ¡Sin provisiones se perderían de manera irremediable en las inmensas extensiones de las Tierras de Aluvión y las ciénagas!
Para apartar las preocupaciones de su mente, los elfos intentaron enseñar a Nill algunos términos de su lengua. Medaj —«hermano», «amigo» o «hermana»— y soyél —«dispuesto» o «amistoso»— eran palabras sencillas, que Nill recordaba con facilidad y pronunciaba de modo bastante aceptable. Pero la lengua élfica estaba llena de giros que sólo cobraban sentido si se tenía conocimiento de la cultura general de los elfos. Enyersol mohedd arevyen nir era una bendición utilizada habitualmente para desear una sana y duradera vida, pero traducida de forma literal sólo quería decir: «Que tu vida sea un panal de miel amarillo», pues los panales eran para el pueblo elfo un signo de salud y larga existencia. Aunque no olvidaba los vocablos en sí mismos, esas expresiones provocaban en Nill mucha confusión. Así, a veces le comentaba a Kaveh «Eres un escarabajo feliz con espíritu» cuando en realidad pretendía decirle «Tu espíritu vuela como un escarabajo tornasolado», un simpático giro que Erijel usaba mucho para recordarle a su primo que era un romántico empedernido que no pensaba las cosas.
Todos se divertían con los intentos idiomáticos de Nill, sobre todo ella misma. Por las tardes, tumbada sobre las pieles, murmuraba las nuevas sílabas porque quería aprender la lengua de los elfos a toda costa, y no era el motivo menos importante que sus sonidos se deslizaban de aquella manera tan suave sobre la lengua. Cuando Kaveh y los caballeros conversaban entre sí, sonaba como una canción de ritmo ligero, como una brisa que meciera las hojas de los sauces.
Pero salvo esos momentos que empleaban los elfos en transmitirle su lengua a Nill, se pasaban el resto del tiempo aguardando en silencio que transcurrieran los miñutos, las horas, el día entero. El aburrimiento y las preocupaciones hacían mella en su estado de ánimo. Por un lado, Nill estaba deseando que llegara el instante en que debiera agradecer al silencioso Maferis toda su ayuda porque iban a abandonar la cabaña y volver a la libertad, y, por otro lado, tenía miedo de salir de nuevo al ancho mundo. Los guerreros grises, la torre del rey, las Tierras de Aluvión acechaban más allá de la cabaña… y quizá, sí, quizá incluso la muerte.
Si lo analizaba concienzudamente, al final de su viaje era muy probable que les esperase la muerte, de una manera o de otra. Nill sabía que ante ellos había cosas que podrían acabar con sus vidas… Pero arrinconó esa idea. De todas formas, ella ya no podía cambiar nada.
Cuando Scapa comenzó a mejorar, Nill pasaba más ratos sentada junto a su yacija; hablaba con él de esto o de aquello y le preguntaba cómo se sentía. Tumbado en su lecho, pálido y febril, y sin su capa negra, a Nill ya no le resultaba tan inquietante. Desgraciadamente ni la fiebre ni la extenuación habían podido quitarle la frialdad de su mirada.
Una vez que Nill estaba sentada al lado de Scapa y le explicaba que, por equivocación, había llamado «perdiz» a Kaveh en lengua élfica, consiguió por primera vez arrancarle una breve carcajada. En ese instante, apareció el príncipe tras ella y le dijo con aspereza:
—Vamos, ven conmigo.
Ya en la despensa cruzó los brazos sobre el pecho y añadió:
—Creo que deberías tener un poco de cuidado. Ese Scapa es y será siempre un ladrón, un tramposo y un mentiroso capaz de todas las artimañas. Si pasas tanto tiempo cuchicheando con él, el día menos pensado mete la mano en tu bolsillo y te roba el punzón por segunda vez.
Nill golpeó al príncipe en el hombro.
—No voy a dejarme engañar una segunda vez. Además, ¿qué iba a hacer Scapa con el cuchillo de piedra? ¿En sus condiciones, salir corriendo y huir de nosotros por la nieve? —y sonrió al imaginarse esa posibilidad.
—Sólo digo que no se puede confiar en él. Es… es peligroso.
—Sí, sí —replicó Nill—. Pero yo me preocuparía más de Maferis. Me resulta mucho más misterioso que Scapa.
* * *
Ya estaba avanzada la noche, mucho después de la frugal cena compuesta de tubérculos duros y pescado seco, cuando Scapa despertó asustado. Por unos instantes siguió viendo la nieve ante él; luego volvió a encontrarse en la cocina, a la acogedora luz de la chimenea. Se incorporó y puso su mano a la altura del corazón. Le latía aceleradamente contra el pecho.
—¿De nuevo el mismo sueño? —susurró una voz.
Scapa se dio la vuelta y descubrió la cara quemada del elfo de los pantanos. Le estaba mirando.
Por lo que Scapa sabía, Maferis había pasado todo el día en su dormitorio. El muchacho sólo pudo echar un vistazo a ese cuarto en una ocasión, cuando tras la cena el elfo abrió la puerta y, acto seguido, desapareció en la habitación. Entonces había visto montañas de pergaminos, una mesa oscura y algunos utensilios de escritura. Eso significaba que el elfo tenía que dejar su refugio de vez en cuando para agenciarse papel, plumas y tinta… Seguramente en una pequeña ciudad humana más allá de las montañas.
—Mañana tenéis que marcharos —dijo Maferis en voz baja.
—¿Por qué?
Algo parecido a una sonrisa se dibujó en las facciones desfiguradas de Maferis.
—Porque mañana estarás completamente curado.
Era cierto que en los últimos cuatro días la salud de Scapa había hecho grandes progresos. Él mismo tenía la sensación de que aquel zumbido constante que oía en su cabeza era precisamente por el exceso de cama.
—Así que —murmuró Maferis— ya puedes contarme tu sueño. No os volveré a ver nunca más.
Scapa clavó los ojos en el elfo de los pantanos. Sintió lástima al pensar en su vida tan solitaria, y al mismo tiempo… Sí, al chico le embargó un sentimiento que hacía mucho, mucho que nadie le había provocado: un poco de miedo. Había algo en los ojos de Maferis, algo frío, calculador, que parecía taladrarle hasta los tuétanos.
—¿Por qué tendría que contarte mis sueños? —replicó Scapa.
El elfo se encogió de hombros.
—Hace mucho que nadie me cuenta un sueño. Y yo llevo mucho tiempo sin interpretar ninguno. Me entretendrá.
Scapa volvió a sentir que aquella mezcla de pena y miedo se instalaba en él. Sin apartar la manta, dobló las piernas hacia el cuerpo y las rodeó con los brazos.
—No lo entenderías. Nadie me comprende.
Para asombro de Scapa, Maferis se rió.
—¡Hay que ver lo bien que se te da dramatizar!
—¿Qué quieres decir? —refunfuñó el joven.
La risa del elfo se extendió por la habitación, pero sus ojos permanecieron fríos y estáticos.
—Eres tan dramático que llevarías luto eterno por la muerte de una mosca que te cayera simpática. Conozco muy bien a los chicos como tú, ladrón, aunque no haya muchos…, eso es cierto —un brillo difuso veló sus ojos. Fue como si se hubiera sumergido en lejanos recuerdos—. Odias o amas apasionadamente, ¿me equivoco? En medio no hay nada para ti. Te vuelcas en algo con toda la pasión del mundo o te resulta por completo indiferente. Puedes ser el rey más feliz del mundo o la criatura más desgraciada de la Tierra, pero nada más… ¡justamente porque eres tan trágico con todo lo que te ocurre! Sólo lluvia o sol, ¡nada de elegir algo intermedio! —Scapa se sentía igual que si aquel elfo hubiera derribado un altar en su interior y lo hubiera profanado. Y ahora, para colmo, seguía pisoteándolo—. En fin, chico, te conozco, te conozco muy bien. Todas tus desgarradoras pasiones. Todos tus anhelos y desesperaciones y sufrimientos y fervores escondidos tras tu rostro pálido; sí, sí, a mí no me los puedes ocultar. Ni tu hondo pesar ni tu amor desbocado.
Scapa adoptó una mirada lo más desdeñosa que pudo.
—No tienes ni remota idea.
—¿Ah, no? —el tono de Maferis sonó casi amistoso—. Demuéstramelo. Cuéntame tu sueño. Ecrath se youváh, alma sellada.
Tras algunas vacilaciones, Scapa decidió narrárselo.
¿Por qué? Realmente, no lo tuvo claro del todo. Tal vez porque sentía lástima de Maferis, tal vez por aburrimiento, tal vez… Tal vez porque tenía curiosidad por saber qué interpretación le daba.
—Vale. Este es mi sueño. Saca de él lo que quieras —el chico se humedeció los labios con la lengua. Y tardó todavía un rato en dar con el principio adecuado—. Estoy en el cielo, aunque a mi alrededor todo permanece oscuro. Y, sobre mí, se extiende el mundo. No veo a nadie y… empieza a nevar.
—¿A nevar? —repitió Maferis.
—Sí, nieva. Pero la nieve salta del suelo, debajo de mí, hacia arriba. Y luego… hay alguien frente a mí. Un recuerdo. Y yo sé de pronto que el recuerdo no está en el pasado, sino en mi futuro, y que me espera allí. Entonces empiezo a sangrar por los brazos. Y por todas partes alrededor de su cara la sangre brota hacia arriba. Quiero tenderle una mano a ella, pero ya no es de carne y hueso. Se desvanece en la nieve y flota hacia arriba, o sea, hacia el mundo de abajo, y luego…, luego todo se vuelve blanco. Y delante de mí, durante un instante, veo un prado, interminable, verde. Y allí está… Y el sueño se termina.
Durante unos segundos Scapa aguardó una respuesta. Como Maferis permanecía callado, lo miró interrogante.
El elfo de los pantanos se apoyó en el respaldo de su asiento. Miró a Scapa, inmóvil, mientras fuera el viento silbaba alrededor de la cabaña. Los crujidos de la madera llenaron la habitación. Maferis sonrió apenas perceptiblemente y señaló con el índice hacia arriba.
—Sí, el viento. Escucha cómo aúlla. Cómo juega con los enormes copos —apoyó los codos en los brazos de la silla y volvió las palmas de las manos hacia el cielo—. Los reúne y los transforma en ondas blancas, y luego los separa y empuja los trozos de manera despiadada. Nosotros, elfos y humanos, no somos nada más que copos a merced del viento, ¿sabes? La vida nos rompe y arrastra en distintas direcciones, a veces juntos, a veces separados. Parece que tan sólo seamos un juego divertido para la vida —Maferis se inclino levemente hacia Scapa—. Tú, hijo mío, me pareces un copo de nieve muy especial. El viento te llevará muy alto en el cielo blanco, y tú deambularás sin rumbo fijo por las calles de la vida, llevado y traído entre la tierra y el aire. Ese prado intermedio es el único lugar pacífico y en él no estarás jamás. Irás al cielo, mientras las masas centelleantes se echen contra ti, y en la otra dirección, hacia el mundo, que se hunde encima de tu cabeza… Bailarás al compás del viento, quieras o no. Y, sin embargo, sí puedes cambiar algo en el rumbo de tu vida, hijo mío. Escucha, escucha el viento… Escucha sus palabras… Entonces, conocerás el camino que debes seguir. Y allí donde pongas tus pies estará escrito el destino del mundo.
Scapa no movió ni un músculo. Trató de corresponder a la mirada del elfo, pero no lo logró; sus pestañas temblaban.
—¿Cómo me vaticinas un destino así? Yo no soy tan importante como crees. Tal vez sea Nill la que esté destinada a algo tan grande, pero yo…
—¿Nill? —dijo el elfo de los pantanos contrayendo su rostro deformado—. ¿Nill? ¿La chica? —se adelantó en la silla y agarró de forma tan imprevista a Scapa de la muñeca que éste se estremeció—. Hay una razón de peso para que el mundo esté formado y conducido por los hombres, hombres como yo y como tú… Nosotros somos capaces de hacer grandes cosas. Y las mujeres… —de pronto el timbre de su voz se hizo sibilante—. Las mujeres, si son interesantes, ¡suelen estropear casi todo lo que tocan!
Scapa miró a Maferis con frialdad, a pesar de que le había dado miedo el odio que había percibido en su voz.
—No lo creo —susurró—. No creo que yo pueda hacer más y sea más importante que Nill.
El elfo hizo un gesto de impaciencia.
—Ya lo verás, chico, igual que lo descubrirás todo cuando llegue el momento adecuado. Pero no dudes de tu destino. En tu caso el futuro y el pasado están tan unidos como el cielo y la tierra, el odio y el amor. Tu sangre fluirá para cambiar el mundo, igual que en tu sueño. Quizá fluya únicamente en tus venas, y tú vivirás; quizá fluya también en la nieve… Y quizá la elección sea sólo cosa tuya. Si decides permanecer con vida, eso significará la muerte de miles. Si tú mueres, a lo mejor se salvarán innumerables seres. Tal vez sea al revés, quién sabe… ¡Ese es tu destino!
Maferis se levantó llevándose las manos a la espalda, hizo un gesto con la cabeza y se fue a su dormitorio. Ya se lo había dicho. Le había dicho al chico su futuro, tal como había planeado desde su llegada. Su tarea estaba hecha, y tal vez sólo por esa noche, por ese instante, todo había transcurrido en su vida tal cual había ido. Tal vez ese instante era todo lo que Maferis tenía que hacer en la Tierra; y el pensamiento le hizo sentirse bien.
No sería rey de los elfos. No dirigiría ningún pueblo ni jamás transformaría el mundo. Pero sí que había contribuido en algo a todo ello. El chico de los ojos oscuros precipitaría los acontecimientos del mundo por él. Aquel chico en el que Maferis había plantado un trozo de sí mismo. Aquel chico que era Maferis, porque la carga que Maferis llevaba de dolor y soledad vivía también en las entrañas del muchacho. Y esas entrañas serían las que llevarían al mundo a su hundimiento.
Y a su despertar.